jueves, 27 de septiembre de 2007

Piropos

Que paletas, barrenderos, basureros o mozos de almacén le silben o le echen los tejos a una cuando va tan tranquila por la calle, es algo muy común, trance por el que casi toda mujer ha pasado alguna vez. Que, llegada cierta edad, te sigan piropeando chavales a quienes podrías muy bien decir: “Chiquillo, ¡que puedo ser tu madre!”, pues aún resulta gracioso. Pero que tu paso despierte tal conmoción que llegue a provocar un accidente… eso ya es trágico.

Cuando oí el claxon y vi pasar el camión, raudo y rozando el bordillo, mientras caminaba por la acera, volví la cara, contrariada. Un brazo se agitaba y una cabeza de rizos alborotados lanzaba sus trinos al vuelo. Ya no recuerdo qué me gritó. Sí recuerdo, perfectamente, el espantoso “CRASH” que siguió, a los pocos segundos, cien metros de calle más allá. Al estruendo siguieron los cristales rotos, los gritos de los peatones y el revuelo. “Santo cielo”. El camión de limpieza urbana se había salido de su carril y había arrollado un turismo, que circulaba por el contrario. Sólo recuerdo que corrí, con una inexplicable sensación de culpabilidad, sacando inconscientemente el móvil del bolso. Mi llamada fue la primera que sonó en comisaría, y también en urgencias. A los dos minutos, las sirenas acuchillaban el aire y un coche de policía y dos ambulancias bloqueaban la calle.

Nadie se explicaba el accidente. “Una distracción”. Las palabras sonaban y me retumbaban adentro, como acusadores martillos de un juez. Una distracción…

Me sentí culpable. Culpable por ser guapa, culpable por querer ser guapa, por empeñarme en llevar ropa favorecedora, por mis tacones, por mi maquillaje, por mi melena, por… Maldita sea, por ser mujer. Por ser hembra de curvas tentadoras y mortalmente peligrosas. Maldita sea. Ellos, estoy segura, no se sienten culpables de ser unos jodidos faunos con incontinencia verbal.
Quise reparar mi falta. Y al día siguiente fui al hospital. Pregunté en recepción, cargada con mi enorme bolsa de Interflora. Me indicaron. Ante los atónitos familiares y amigos, pasé por tres habitaciones de la planta de accidentados, saludando brevemente y depositando mis ramos de flores y las cajitas de bombones sobre las mesillas. “Lo siento mucho”, musitaba. “Espero que se recupere pronto”. Luego me iba, apresurada, excusándome. “Estuve allí cuando el accidente, ¿saben?”, expliqué a dos madres y a una novia perpleja. “Quería saber cómo se encuentran”.

El primero era el conductor. Hombre de mi edad, más o menos, barrigón cervecero y pelo rapado, tatuaje en el hombro y dos piercings en la oreja. Era el que había salido mejor parado. Brazo roto y contusiones. El segundo que vi era el conductor del turismo. Joven, aunque apenas pude verlo, llevaba la cara vendada. Era el más grave. El último era el alegre, de los pelos alborotados. El del piropo. El de la novia. Ella era monísima. Una muñeca Bratz hecha carne, de senos perfectos y cinturilla de avispa. “Joder”, pensé, “¿Y con esa novia necesitabas echarme los tejos?”. El chico me miró y creo que algo debió removerse en su memoria. De no ser porque me fui apresuradamente, aún creo que me hubiera lanzado un requiebro, el muy capullo.

Descendí las escaleras, con la conciencia más ligera. “A ti”, pensé, “aún te estuvo bien”.

4 comentarios:

zoquete dijo...

Sigo con mi periplo por tus relatos, disfrutando de tu técnica, preguntándome con tus reflexiones. Éste de los piropos me ha gustado como anécdota, pero en tal caso soy partidario de rebajarle el mensaje aleccionador. Como reflexión creo que se le puede sacar más jugo.

Para ser más concreto:

"El último era el alegre, de los pelos alborotados. El del piropo. El de la novia. Ella era monísima. Una muñeca Bratz hecha carne, de senos perfectos y cinturilla de avispa. "Joder", pensé, "¿Y con esa novia necesitabas echarme los tejos?""

Das en el clavo en el perfil típico del piropeador, y también en una reacción común en muchas mujeres: considerar el piropo una señal de carencia. Si ése es tu personaje, perfecto. No obstante me hubiera parecido interesante, como has hecho con otros relatos, huir del tópico y aprovechar para mostrar otra cara. Personalmente no creo que la conclusión debiera cambiar aunque el conductor tuviera una novia menos agraciada. Un golpe de efecto y que puede dar mucho que pensar, es que el conductor no tuviera novia, sino novio. En el fondo, el piropo también tiene mucho de teatro, de actuación...

Elisabet dijo...

Zoquete, este cuento es precisamente de los más tontos y menos ambiciosos que he escrito. A nuestro amigo común no le gustó nada, por cierto, cuando lo colgué en BV. Así que tu comentario es un lujo. No pretendía grandes cosas, la verdad. Ah, y eso de la técnica... ¡me ha tocado el coraçao!

howard dijo...

Hola, sabes escribes muy bien. Yo soy un un joven peruano de Trujillo para ser mas exacto y la verdad es que no se q hacer. Pregunto por todas partes y nadie me dice como puedo publicar una novela. Nose hacer otra cosa q leer y escribir como un demente. Porfavor quisiera q me ayudes con algunos consejos, ya q al parecer tu tienes mas experiencia q yo. Te dejo mi correo, espero q me agregues : howard15_3@hotmail.com
Saludos .

Elisabet dijo...

Howard, escríbeme a mi correo labaladademaya@hotmail.com y te enviaré información muy interesante para jóvenes escritores noveles.
Escribir y leer como un loco ya es un buen comienzo :) Pero conseguir publicar es una batalla para la que hay que prepararse bien y perseverar mucho. Animo,

Elisabet