jueves, 27 de septiembre de 2007

Dios de la lluvia

Lo tengo comprobado. Nunca falla. El día que me decido a limpiar los cristales de mis ventanas, o a llevar el coche al túnel de lavado, sé que, invariablemente, al día siguiente caerá un chubasco monumental.

¿No os sucede lo mismo?

He hecho mis indagaciones y todo el mundo a quien le explico mi caso me responde que les ocurre igual.

Es curioso cómo las personas olvidamos estas cosas tan obvias a la hora de enfrentarnos a los grandes problemas vitales.

Este verano pasé las vacaciones en mi pueblo natal. Aldea apacible y bucólica, perdida en medio de la meseta castellana. Con su chopera, sus tierras de labradío, sus páramos desnudos, donde retozan las ovejas, y su campanar de espadaña. Tierra áspera engendradora de dura estirpe, azotada, como tantas otras, por la pertinaz sequía. Hasta su río, ironía del destino, lleva un nombre revelador: el río Sequillo. La mayor parte del año no es más que un lecho polvoriento de guijarros donde crecen algunos juncos escuálidos.

La sequía es algo atávico. Tanto, que a menudo pienso que, lejos de ser una maldición de lo cielos, más bien es el estado natural de esos parajes. Sequía y la eterna letanía quejumbrosa de los labradores. Qué le vamos a hacer. Un año más. Ay, Dios…

Pero, este año, la sequedad fue atroz. Sumada a un verano extraordinariamente caluroso, la amenaza de los cortes de agua se sumó a la constante alarma general, agravada por el bombardeo insistente de los medios de comunicación sobre el cambio climático.

Un día, la bombilla se encendió en mi mente. Comenté mi genial idea por la tarde, sentada con mis amigas de la infancia, bajo una sombrilla, mientras los niños correteaban por la calle, ajenos a la inclemencia del sol castellano.

-¿Nunca os ha ocurrido que, cuando limpiáis los cristales, al día siguiente llueve?
En seguida brotaron las afirmaciones vehementes y un cúmulo anécdotas caseras, sazonadas de barro, polvo y limpiacristales. A todas les había sucedido. Cuando se calmaron un poco, continué.
- Pues bien, ¿qué tal si nos ponemos de acuerdo, hacemos correr la voz, y todas las vecinas del pueblo limpiamos los cristales al mismo tiempo? Seguro que, al día siguiente, cae una tromba impresionante. ¡Se acabó la sequía!
Mis amigas se chotearon a gusto.
-¡Eso es peor que sacar a la Virgen para que llueva! –rió Charito.
-¿Cómo vas a poner de acuerdo a todas las mujeres del pueblo? –Esperanza se llevó las manos a la cabeza-. ¡Se te reirán a la cara!

El caso es que insistí y, finalmente, logré convencerlas. Por probar, ¡no había nada que perder! Soco, que era la secretaria del ayuntamiento, dijo que lo comunicaría en el pregón. Y, al día siguiente, los altavoces situados en el campanar atronaron el aire mañanero con este insólito anuncio:
“Se hace saber que, en vista de la gran sequía que asola nuestro pueblo, se ha decidido que mañana, día 12 de agosto, todas las personas que lo deseen están convocadas a limpiar los cristales de sus casas, a fin de propiciar una lluvia abundante. La limpieza general comenzará a las 10 de la mañana. Se invita a todos los vecinos y vecinas a participar de esta iniciativa solidariamente.”

A la incredulidad siguió el asombro. Y a la perplejidad, las burlas. Aquel día, tuve que aguantar murmullos, risitas, comentarios sardónicos y la vergüenza de mis propios hijos y de mi marido. “Mujer, es que tienes unas ideas de bombero…”, “Mamá, por favor, ¿a quién se le ocurre?”, “Mira, mira, ahora todos nos señalan”.

Sólo mis cuatro amigas incondicionales, Soco, Charito, Esperanza y Angelines, me apoyaron.
Pero, al día siguiente, un sutil efluvio de amoníaco perfumado se esparció por las calles del pueblo. Todas no, pero juraría que más de la mitad de las vecinas se puso a frotar sus cristales con ahínco.

Aguardamos.

El sol seguía sonriente su curso por el inclemente firmamento, de ese azul rabioso que sólo he visto meseta adentro. Por la tarde llevamos a los niños a la piscina del pueblo más cercano. Al caer la noche, nos reunimos un buen grupo, los amigos y vecinos de siempre, sacando las sillas a la calle, para tomar el relente y conversar hasta las tantas. Las estrellas relucían, gruesas como puños, y parecían guiñarnos el ojo, burlonas. Ni una nube.

A la mañana siguiente amaneció igual. Las miradas condescendientes y los susurros a mi espalda ya comenzaban a escocerme cuando, hacia las tres de la tarde, una brisita picarona barrió el polvo de la calle. En el comedor de la vieja casona familiar, bajo el ventilador de aspas, mi cuñado se dio un manotazo al hombro, por enésima vez.

-¡Joder, con las moscas! Qué pesadas andan. ¿No habéis enchufado el aparato ese?
-Pues claro –contestó mi prima, de mala gana-. Le cambié la pastilla al fogoeléctric esta mañana. Será el calor…

Yo dirigí la vista a la raya de luz que asomaba bajo la persiana bajada. Mmmm. Las abuelas sabían bien que, cuando las moscas están pesadas, el aire viene cargado…

Nos despertó de súbito, en medio de la siesta. Diría que medio pueblo saltó de sus camas y sofás, sobresaltado. El trueno retumbó como una bomba y se oyeron voces, acompañadas del chasquido de varias puertas y persianas. A los pocos segundos, las gotas de agua tamborileaban en el polvo. Y, apenas un minuto más tarde, cayó la lluvia.

No, no era lluvia lo que caía. ¡Era el diluvio! Un edredón de nubes cubría el cielo y el agua se abatió, como una manta líquida, espesa y metálica, arreciando contra la tierra.

La luz se cortó. Nos quedamos sin línea de teléfono. Salí a la calle, alborozada, y no tardé en reunirme con mis amigas. Bailamos como locas, chapoteamos en el barro, bebimos cataratas de lluvia y dejamos que aquella ducha de proporciones bíblicas nos empapara el cabello y las ropas, que en instantes se nos pegaron a la piel. Perdimos las chancletas, las gomas del pelo y hasta el decoro, ignorando las ceñudas caras que nos miraban a través de los cristales… Cristales que, por supuesto, habría que volver a limpiar.

“Están locas”. “¡Locas!” Por unos instantes, no nos importó la lluvia de críticas que se nos venía encima. Lo importante era la otra, la LLUVIA. Y nos reímos a carcajadas, cantando y chillando como poseídas, mientras el cielo escurría las nubes y se vaciaba sobre la aldea.

A los dos días, salimos en el periódico comarcal. “Inesperado diluvio arrasa la localidad de Villalba de Solera. Inundaciones en las casas. El pueblo se queda sin luz. La carretera, cortada. Se espera restablecer el tránsito durante el día de hoy. El río Sequillo se desborda de su cauce…”
Aún ahora recogemos cubos de agua y rascamos manchas de humedad de las paredes. El gobierno autonómico ha comenzado a pagar indemnizaciones… Pero los expertos también dicen, y lo creo, que la lluvia salvó la tierra. Los árboles reverdecen y la hierba crece por doquier. La próxima cosecha de Villalba de Solera será espléndida.

* * *

Ayer recibí un sobre de Angelines, que siempre me envía por correo un ejemplar de la prensa comarcal. “Lo de este verano aún trae cola”, me dice en su breve carta. Me sonrío leyendo: “La inexplicable tromba de agua que ha afectado el municipio de Villalba de Solera ha llamado la atención de físicos y meteorólogos. Un equipo de expertos se ha desplazado hacia el pueblo para estudiar el fenómeno. Se piensa que, de documentarse otros casos similares, podríamos hallarnos ante un nuevo fenómeno, causado, posiblemente, por los efectos del cambio climático…”

¡Qué cambio climático ni qué narices! No sé si ir a hablar con esos “expertos” de laboratorio… El único secreto es un trapo de algodón y una botella de Cristasol.

1 comentario:

Esther dijo...

Eli, una pequeña joyita, divertida, disfrutable de principio a fin...

“Perdimos las chancletas, las gomas del pelo y hasta el decoro, ignorando las ceñudas caras que nos miraban a través de los cristales… Cristales que, por supuesto, habría que volver a limpiar.”

¡Claro que sí! El que diga que no funciona esta forma de invocar la lluvia, entonces en su vida ha limpiado cristales.

Besos
Esther