jueves, 27 de septiembre de 2007

Censura

Estoy asustada. E indignada. He recibido un aviso… y creo que os lo debo comunicar. Tengo miedo, la verdad. Jamás pensé que escribir sería tan arriesgado.

Hace días he venido recibiendo extraños mensajes en mi buzón de correo. En inglés, de la CIA. ¡Nada menos! Los he desdeñado, no es la primera vez que me llegan mensajes de ese género. Te dicen algo así como que te han “pinchado” el e-mail y te están rastreando, porque han descubierto que frecuentas lugares web ilegales, o has hecho descargas sin licencia… Varias personas me han dicho que no son más que hoaxes o engañabobos. La verdad es que los envié directamente a la papelera y no hice caso.

Lo malo ha sido cuando he recibido esa llamada… Ha sido esta mañana. Aún me tiemblan las manos sobre el teclado, mientras escribo esto.

-¿Señorita Elisabet?
He parpadeado unos instantes, perpleja. Nadie entre mis amigos y conocidos sabe que “Elisabet” es mi nick en los foros virtuales… y ninguno de mis colegas de los foros sabe mi número de teléfono. Así que he pensado que debía ser un error.
-Perdone, me parece que se equivoca.
-No, no. Escuche, ¿no es usted Elisabet, tal como está registrada en Bibliotecas Virtuales, Sedice.com o en Ababolia?
Me he quedado sin palabras, con el corazón en la garganta. ¿Cómo pueden saberlo? La voz era masculina, correcta y neutral.
-¿De qué se trata? –he preguntado, con el tono más frío e indiferente que he podido. Cautelosa.
-Verá, señorita Elisabet… ¿O es señora? –el hombre de la voz ha esperado un instante en vano, no he respondido-. Verá. Desde hace un tiempo, estamos monitoreando el tráfico virtual que corre por diversos espacios muy concurridos. Pertenecemos a la policía cibernética. ¿Ha oído hablar de nosotros?
Una broma, he pensado. Una maldita broma.
-Oiga, si esto es una broma de mal gusto, voy a colgar.
-No. No, por favor. Le ruego que atienda. El asunto es grave, le afecta directamente a usted y a muchas más personas. De modo que le pido que me escuche con atención.
Ahora con el corazón entre los dientes, he tragado saliva.
-Mire, no sé ni cómo han dado ustedes con este teléfono, ni por qué me llaman. En realidad…
-En realidad, señorita Elisabet, sabemos que su nombre no es éste. Su verdadero nombres es… –y lo ha dicho-. Su documento de identidad es… Vive en… -ha dicho mi dirección con escalofriante exactitud-. Y tenemos su teléfono, como ve. ¿Se convence ahora de que ésta es una llamada seria?
Ahora sí que he tenido que agarrarme a los brazos de la silla.
-¿Cómo sé que esto no es un engaño? -me he resistido, aún.
Me ha parecido que la voz sonreía, comprensiva.
-Disculpe, me presentaré. Soy el agente Alvarez, del cuerpo de policía cibernética. Como puede suponer, Alvarez es también un nick… Lo hacemos por seguridad. Pero puede usted llamar a la Dirección General de Policía. Pida que le pasen con nuestro departamento y pregunte por mí… En seguida sabrán de quién se trata.
El capullo sabe que no llamaré. ¿O será cierto?
-Pero, ¿cuál es el motivo de su llamada? ¿Por qué me están vigilando?
-Verá, Elisabet. Tenemos su IP localizada –mierda, la IP… pueden ver todo, “todo” lo que hago en mi PC...-. También hemos intervenido sus cuentas de correo, tanto la personal como la de Hotmail. Seguimos a diario sus mensajes y todo cuanto cuelga en los diferentes blogs y portales a los cuales está subscrita. Hemos estado monitorizando sus posts en los foros. Un equipo de expertos ha analizado sus escritos, así como las respuestas que recibe y las intervenciones de otros participantes en los foros. Hacemos esto, Elisabet, cuando detectamos anomalías o ítems de riesgo.
-De… ¿riesgo?
-Es una forma de hablar. En nuestra jerga, los ítems de riesgo son aquel material y contenidos que, de forma explícita o implícita, hacen apología de la violencia, la pornografía, el terrorismo, el sexo u otras formas de delincuencia digital…
-Pero, ¡oiga! Yo… yo sólo participo en unos foros literarios. Soy una ciudadana honesta. Si tanto saben, sabrán que no tengo un solo antecedente penal… Nunca he visitado una página pornográfica, ¡lo juro! Ni me he descargado material de esa índole… Ni siquiera sé cómo descargar canciones, ni películas. ¡Jamás lo he hecho! Si en mi equipo hay algo sospechoso, puede ser por los dichosos popups, que se descargan solos, o algún virus, algún gusano…
De nuevo la voz ha sonreído. Maldita sea, ¿quiere ser amable, después de amilanarme de ese modo?
-No se trata de eso, Elisabet, sino de lo que usted escribe. Hemos detectado alarmantes indicios de contenido erótico, violento y sexista en sus escritos. Nuestra experta en delitos de género ha señalado varios aspectos muy delicados…
Entonces he saltado. De pronto, mi temor se ha convertido en indignación. ¿En qué siglo vivimos?
-Señor… Alvarez. Agente Alvarez. ¿Usted ha leído todo lo que la gente cuelga por ahí? ¿Se ha leído en serio mis escritos? ¡Eso es… es ridículo! Toda la literatura está llena de violencia, de sexo, de conflictos de género… ¿Dónde está la libertad de expresión? ¿Es que ahora van a implantar de nuevo la censura?
Él ha continuado, como si no me hubiera oído.
-Y no sólo eso. También existe un evidente riesgo de corrupción de menores…
-¿Qué? ¡Eso es una locura! ¿De qué me habla?
-Le hablo, Elisabet, de que en esos foros hay muchos participantes que son menores de edad. ¿No lo sabe? Hay chicos y chicas de doce, catorce, dieciséis años… Esos contenidos pueden afectar gravemente su integridad emocional.
Dios mío. No puede ser… Yo que siempre me he preocupado por la educación de los niños, de los jóvenes… ¿Cómo puede tacharme de corruptora de menores? Ese hombre me quiere hacer sentir culpable. Lo sé.
-Agente, usted no sabe lo precoces que son los adolescentes de hoy… Sí, claro que lo sabe. Están muy preparados, han visto mucho mundo y nada les escandaliza. ¡Nos dan cien vueltas a los adultos!
-Eso no quita que sean menores –ha respondido Alvarez, impertérrito.
-Pero, oiga… ¿Qué se supone que debo hacer? ¿No escribir? ¿Colgar cuentos de la abuelita, o canciones de cuna? ¿No se da cuenta de que la literatura…?
-Elisabet, lo siento, pero no puede utilizar la literatura para fines poco éticos y delictivos. Ahí acaba la libertad, como usted dice. Es lo que estoy intentando hacerle comprender.
¿Comprender? ¡Ahora sí que no comprendo nada!
-Agente, ¡usted no tiene ni idea! No confundamos las cosas. La literatura es eso… literatura. Me parece que es usted el que mezcla ficción y realidad.
-Ese es uno de los riesgos que tienen escritos como los suyos. Que los lectores puedan tomárselos al pie de la letra. ¿Comprende ahora por qué es tan peligroso que cuelgue en la red según qué relatos?
Mi temperatura ha ido en aumento. Creo que el agente Alvarez ha podido ver humo saliendo de su auricular.
-Mire. No sé a dónde quiere ir a parar. ¡Sigo sin entenderlo! Estamos en un mundo libre. Existe la libertad de expresión. La literatura, siempre, ¿me oye?, siempre, ha estado repleta de toda clase de aberraciones. Lea usted la Ilíada y la Odisea. Encontrará todo el machismo, el sexismo y la violencia gratuita que quiera… ¡y son obras cumbre de la literatura universal! Ya que me va de moral… ¡lea la Biblia! Le aseguro que no es un cuento de monjas para niños. Lea Shakespeare, lea Cervantes, lea cualquier clásico… La literatura es como la vida misma, feroz, engañosa, cruel, conflictiva y sangrienta… Pero es apasionante. Y es bella, ¿sabe? Es bella, y por eso nunca, ¡nunca! deja de enseñarnos cosas. ¡Me parece que no tiene ni idea de lo que habla! Es más, cada vez estoy más convencida de que esto tiene que ser una broma de pésimo gusto…
He tomado aliento. El agente ha vuelto a sonreír. Ahora lo he oído.
-Lamentablemente, no es así. No crea que no la comprendo, no… Pero, sintiéndolo mucho, debo avisarla –pausa-. Las normas de seguridad digital cada vez serán más estrictas. La estamos vigilando. No vamos a permitirle que siga publicando ciertos contenidos. En cuanto salte la alarma de riesgo, tenga por seguro que sus textos serán borrados automáticamente. Recibirá usted un aviso.
No puedo creérmelo. No puedo. De nuevo he sentido frío.
-Si reincide, volveremos a advertirla. A la tercera vez, sus cuentas de correo serán bloqueadas y usted no podrá acceder a Internet. Tendrá que pedir un permiso al juez. Recibirá en su casa la notificación oportuna. Y su actividad en la red será constantemente supervisada.
Me he quedado aturdida, como si me hubieran aporreado.
-Oiga… Me está diciendo…
-Le estoy diciendo que tenga cuidado con lo que publica. A partir de ahora, deberá evitar todo contenido que roce esos aspectos de riesgo. Usted puede escribir cuanto quiera… pero deberá imponerse unas restricciones.
-De acuerdo –mi voz ha salido pequeñita y delgada, como un hilo.
-No la volveré a molestar, señorita –me ha dicho Alvarez, ahora todo gentileza, como si se disculpara-. A menos que nos veamos obligados a ello. Era nuestro deber comunicárselo.
Ya. Ahora me viene de chico bueno. Después del sustazo.
-Bien… Gracias. Me doy por avisada.

Clic. He colgado, despacio.
De pronto, he sentido como si me hubieran chupado la sangre. Débil. Cansada. Muy triste.

Aún me tiemblan los dedos sobre el teclado.