martes, 4 de septiembre de 2007

Añoro el fuego

Añoro el fuego. Añoro la guerra. Añoro la tempestad.

Mis días se deslizan como gotas de rocío. Como cuentas de collar, que enlaza doce lunas. Iguales, serenos, transparentes.

He regresado al hogar. A la paz, al sosiego. Mis días transcurren en calma, ordenados. Me refugio en el trabajo. Me refugio en el saber. Pero me falta aire.

Vengo a caminar junto al mar. Me descalzo y piso la arena blanca. Esa arena que contempló tus juegos infantiles, tus primeros escarceos con el mar… Esa arena que ve acostarse el sol sobre las aguas. La que me vio nacer contemplaba su nacimiento. Y ya lo ves. Yo anidé en tu tierra, y tú te fuiste lejos de ella.

Regresaste. A tu nueva patria. A tu hogar. A ella… y a ese chiquillo de ojos negros, que tal vez nunca sabrá que no fue hijo del amor.

Camino y dejo que las olas me laven los pies. Mis ojos se pierden en ellas. ¡Ojalá me pudieran lavar la memoria!

Mi vida es serena. Regresé a mi lugar. Al calor de la leña, al refugio del bosque amado, del camino hollado una y mil veces, a mi maestra, a mi hogar.

Pero dentro de mí ruge el recuerdo. Y no puedo olvidar. No puedo… ¡y no quiero!

No quiero, porque vivo de él. De él me alimento, de él respiro, en él me hundo, por él muero…
Añoro los años turbulentos. Años de guerra, de incerteza, de pasión. Añoro la miel y la hiel que me diste a saborear a tu lado. Nunca rechacé el dolor. Pagué gustosa el precio. Aún cuando sabía que no me pertenecías. Ni yo a ti.

Desde el primer día en que me hendiste, desbordando tu vacío sobre mí, abriste un abismo en mis entrañas. Ya nada puede llenarlo. Sólo tú.

Sentada en una roca, intento rogar a los cielos… Lleváoslo lejos, lejos de mí. Lleváoslo, o traedlo de nuevo.

Añoro el fuego de tu piel. Añoro tus manos, tu boca, tu aliento… el peso de tu cuerpo sobre mí. Ansío ese amor roto, sí, quebrado como una caña, despedazado y sangrante. Pero, aún y así, amor. Lo he querido, aún roto, aún desgajado. Porque es tuyo.

El viento me despeina, y enloquezco por volver a enredar mis dedos en tus cabellos. El mar brama, y arrastra mis lamentos sin respuesta. No lloro, grito. Las olas se llevan tu nombre. Tengo sed.

Ese fuego que ardía entre nosotros, ese fuego, era mi hogar. Regresé, pero aún sigo allí. Aún busco calor en el rescoldo de esa hoguera, enterrada en mi fantasía. ¿Lo buscas tú? Ese fuego que nos daba vida, y luz.

¿Era paz lo que buscaba? Ahora no. Ansío la guerra de nuevo, ansío la tormenta desatada que nos perdía a los dos, el ciclón voraz.

Ahora el fuego sigue en mí, latente. Ya no me da calor. Siento frío. Mis días son oscuros, sin color. Pero el fuego sigue. No puedo matarlo. No quiero.

Ya no me da luz. Me quema.