martes, 4 de septiembre de 2007

Perucho, Xan y la bruja Rosalía

Andaban Perucho Correcaminos y Xan el Tonto de aldea en aldea, ora trabajando, ora gastándose su escaso peculio en las ferias de pueblo que encontraban. Perucho sabía que esa suerte de vida regalada no iba a durar, y que en cuanto arreciaran los vientos de otoño se acabaría su buena racha. Pero no estaban hechos el espíritu libre del zagal ni el minúsculo cerebro de Xan para vivir como diligentes y previsoras hormigas y, mientras la fortuna les sonriera, se dedicaban a medrar al sol, como felices cigarras tañendo su violín.

En ésas andaban, cuando Perucho oyó decir a un buhonero que la bruja Rosalía andaba por aquella comarca, de viaje. Perucho siempre había querido conocer a la afamada meiga. Así, se informó de su paradero y, ni corto ni perezoso, fue a buscar a Xan, que se estaba dando un atracón de morcilla y lacón bajo un entoldado, después de haber ganado todas las competiciones de fuerza y todas las peleas que se le presentaron.

-Nos vamos, pedazo tarugo –le dijo, tirándole del brazo, enorme como tres piernas-. Vamos, engulle ese bocado y andando.

Xan rezongó un poco, pero siguió dócilmente al muchacho. Pues si había algo aún más fuerte que su insaciable apetito era la ciega fidelidad al único ser de este mundo que se había dignado a ser su amigo.

Gigantón y rapazuelo emprendieron la marcha por el serpenteante camino entre montes, hasta llegar a la villa donde, les habían dicho, se alojaba la bruja Rosalía.

Suele pensarse que las brujas son viejas lunáticas, feas, arrugadas y espantosas. Arpías temibles que amedrentan a los pobres y honrados vecinos con sus conjuros y maleficios, o locas desgreñadas que corren por el bosque apareándose con bestias y árboles. Pero la bruja Rosalía no era así, y todos lo sabían. Era joven –relativamente-, hermosa, rubia y de ojos azules. Además, era una bruja buena, pues se dedicaba a ayudar a sus congéneres, yendo de pueblo en pueblo, con su ristra de remedios herbales, sus potingues curativos y sus artes inigualables como componedora de huesos y sanadora. Tenía, como toda bruja, su escoba, con la que barría malos conjuros, espantaba trasgos y atraía la prosperidad a los hogares; su sombrero picudo que utilizaba para cubrirse cuando llovía y su vara mágica para oler el agua de la tierra y del cielo. Y, cosa más extraña para una meiga, también tenía un marido. Sí, la bruja Rosalía estaba casada. Su esposo era un hombre discreto, hortelano de profesión. Tenía buena fama en su lugar y se dedicaba a cultivar con mimo los parterres de berzas y cebollas, los manzanos, el peral y el plantel de yerbas fragantes que utilizaba su mujer. Algunas veces, como en esta ocasión, si la bruja debía desplazarse lejos, la acompañaba.

Cuando Perucho y Xan la encontraron, la bruja Rosalía y su esposo se albergaban en una posada, situada en el centro de una próspera población. Perucho entró en el salón comedor, se atusó el mechón rebelde, se alisó la ropa y se presentó muy formal ante ellos.

-Perucho Correcaminos, para servirles a Dios y a ustedes –dijo, ensayando sus modales más corteses-. Tenía muchas ganas de conocerla, Doña Rosalía.
Se inclinó con desparpajo y luego miró a su compañero.
-… y éste es Xan –añadió Perucho, señalándolo. Xan había enmudecido y miraba, boquiabierto, a la bruja Rosalía.

Marido y mujer saludaron afables al chiquillo y al mocetón y les invitaron a compartir su mesa. Huelga decir que Xan aceptó encantado sin dilación. Perucho tomó asiento junto a la bruja, sin perder detalle de cuanto acaecía a su alrededor.

Ocupaban una mesa, en una esquina del comedor. Varios forasteros frecuentaban el mesón, pero Rosalía y su esposo se mantenían aparte. Y algo vio Perucho que nublaba los ojos claros de la hermosa meiga. Rosalía y su esposo no ocultaban su preocupación.

-Nos han robado –confesó la bruja, mirando a Perucho a los ojos.
-Vaya… lo siento mucho, señora –dijo Perucho, con aire compungido, a la vez que intentaba olvidar las ocasiones en que él mismo había ejercido como un pillo ladronzuelo-. Pero, ¿cómo es posible?

Rosalía sonrió, comprensiva. ¿Cómo se podía robar a una bruja? ¿No habían servido sus poderes para detener a los cacos? Adivinando lo que pensaba Perucho, continuó.

-Pues así es. Me han robado mi escoba, que tenía guardada en mi habitación, mientras estaba fuera, visitando enfermos. Y, ¿sabes lo que eso significa? Pues que alguien tiene mucho poder en sus manos, sin saber utilizarlo. Puede ser hasta peligroso. No puedo marchar de aquí hasta encontrarla. Una bruja… ¡no puede trabajar sin su escoba!
-¿No podéis fabricar otra? –preguntó Perucho.
-Ah, ¡eso es fácil de decir! No se trata de una escoba cualquiera. Está hecha de brezo y urces, regados con lluvia de abril y cortados en luna llena, de la falda umbría del monte. Y tienen que ser crecidos en tierra pizarrosa, que de otras no vale. Y, lo más importante, ha de recibir el hechizo de otra meiga, antes de ser tuya. Yo la heredé de mi anciana maestra, que me enseñó… Como ves, Perucho, ¡no es tan sencillo! Es una pérdida irreparable.

Perucho y Xan se miraron. El fortachón no tenía entendederas largas, pero leía en un periquete el pensamiento de su amigo. Y ambos asintieron.

-Os ayudaremos a encontrar la escoba –dijo Perucho.
-Les daremos su merecido –aseveró Xan.
Rosalía sonrió de nuevo, agradecida, pero su marido meneó la cabeza con desaliento.
-Pero, ¿cómo? Este pueblo es muy grande. No podemos ir pregonando que nos han robado la escoba… ¿Adónde iría a parar la reputación de mi esposa? Tampoco podemos registrar casa por casa.
Perucho se mordió los labios. El era muy capaz de tal hazaña. Pero se abstuvo de replicar y pensó algo diferente.
-¡Ya está! Tengo una idea. Si la escoba está en manos de algún habitante de este pueblo, la encontraremos.

Perucho bajó la voz y todos escucharon su plan.

* * *

Al día siguiente, todo el mundo supo que la bruja Rosalía y su marido tenían dos ayudantes: Perucho Correcaminos y Xan el Fuerte. La bruja se instaló en la plaza para ofrecer, como de costumbre, sus remedios y consejos. Su esposo se ocupaba de la bolsa y los donativos, así como de hacer recados y compras, Perucho la ayudaba a confeccionar ramilletes de yerbas, le alargaba un tarro de ungüento, o la acompañaba cuando tenía que ir a ver a algún enfermo aquejado de gota o reuma. Xan cargaba con los remedios, los cubría con sus espaldas de toro apacible y seguía a la bruja como sombra, comiéndosela con los ojos.

Cuando los buenos aldeanos se acostumbraron a ver a la bruja Rosalía acompañada de sus dos fieles ayudantes, Perucho puso en marcha la segunda parte de su plan. Subió al monte con Xan y atroparon la mayor cantidad de brezo y urce que pudieron. Se pasaron una tarde con el marido de la bruja componiendo ramos, hasta pasar de la centena. Al día siguiente, consiguieron una carretilla, la cargaron de los brezos, y se pusieron a recorrer el pueblo, Xan arrastrando el carretón, Perucho voceando.

-¡Vecinooooooos! Atencióóóóón. Se hace saber que, esta tarde, en la plaza mayor, la bruja Rosalía va a ofrecer, a todo el que lo desee, escobones mágicos, encantados por sus propias manos. ¡No se pierdan la ocasióóóón! ¡Escobas mágicas! Barren miserias, piojos y el mal de ojo. ¡Alejan a los trasgos y atraen la buena fortuna! ¡Escobas de la bruja Rosalíaaaaaa!

Ni que decir tiene que la noticia corrió por el pueblo y por sus alrededores como reguero de pólvora. A la tarde, un gentío se aglomeró en la plaza, formando una enroscada cola ante el puesto de la bruja. Rosalía dispensaba sus escobillas, con una sonrisa hechicera y un sabio consejo, Xan la custodiaba, conteniendo a la multitud que se arremolinaba entorno al puesto, y disuadiendo con gruñidos y puños las manos largas que intentaban pispar un manojo de brezo. El marido sostenía un cestillo, que pronto se llenó de monedas tintineantes. Perucho deambulaba por la plaza, entre los corros de gente, pillando conversaciones y examinando a cada aldeano, de pies a cabeza.

Por supuesto, también los había escépticos, y ésos eran los que más interesaban a Perucho. Pronto los identificó, un grupo algo apartado de caras ceñudas y miradas desconfiadas.

-Esa mujer nos va a sacar hasta la sangre.
-¿Cómo va una bruja a regalar escobas mágicas? Pa’ mí que es un engañabobos como cualquier otro.
-Ya no saben qué más hacer, pa’ rascarnos los cuartos.
-Pos mi mujer, ya la ves –decía uno de los aldeanos, un hombre atezado y cejijunto, de vientre poderoso-. Ahí está, haciendo cola como los borregos. No sé yo para qué quiere una escoba mágica, si no sabe recitar ni un padrenuestro. ¿Cómo va a aprenderse esos conjuros?
-Pos ya ves la mía –refunfuñó otro, de nariz aguileña y dientes de mastín-. Ahí anda, también. Dice que así echa pa’fuera los males de ojo que le tira la Eufemia, que no la mira bien. ¡Majaderías!
-En mi casa no hacen falta esas zarandajas –gruñó otro hombre, de rostro huidizo. Y, al poco, se apartó discretamente, sin apenas saludar, y se fue.

Perucho le puso el ojo encima apenas lo oyó. Y lo siguió de inmediato, cuidando de no ser visto.

* * *

La casona se levantaba hacia el final de una calle, embarrada y pedregosa como la que más. El hombre desapareció tras la puerta adintelada y Perucho se detuvo. Tenía que pensar un plan. Respiró hondo y echó una ojeada al caserón y a la tapia del prado.

Como de costumbre, sus piernas fueron más ágiles que el cerebro. En un santiamén, Perucho se había encaramado al muro y lo saltó. Una vez en el prado, todo fue más fácil. No le costó un minuto llegar hasta la puerta trasera de la casa, que estaba abierta. Pero antes de entrar, se detuvo de nuevo y escuchó. Salían voces de la casa, y no tardó en ver de dónde. Una ventana se abría a pocos palmos de la puerta, a buen seguro la de la cocina, a juzgar por el humo y el olorcillo de guisote de puchero que llegó hasta sus narices. Agazapado bajo la ventana, y conteniendo el aliento, Perucho escuchó.

-¡Pos no andan ofreciendo escobas mágicas ni ná! No sé yo pa’ qué nos molestamos en coger ésa, si ahora las están regalando.
-Quita p’allá, bobo. La nuestra es la mejor. ¿Qué te crees? Esas serán de saldo, pero la verdadera, la buena, es la nuestra.

No necesitó oír más Perucho. Cautelosamente, se irguió hasta quedar de puntillas, pegado al muro, asomó la punta de la nariz sobre el vano de la ventana y acertó a ver una panorámica de la cocina. El escobón de la bruja descansaba en un rincón, apoyado en la pared. La mujer se enjugó las manos en el delantal y fue a coger la escoba.

-Esta, nadie nos la quitará. Más vale que la escondas, pa’ que no la vea nadie.
-Y, ¿dónde, mujer? Ya está bien ahí…
-¡No seas cernícalo! Métela ahí, bajo el escaño. Y pon unos leños delante… Eso es. Que nadie ande metiendo las narices ni preguntando.

* * *

Aquella noche, dos sombras furtivas se deslizaron por la tapia del prado. Una pequeña y grácil. La otra enorme como una montaña, sombra de ogro.

Saltaron el tapial de piedra y corrieron por el prado. Los grillos hacían cri-cric y la luna curioseaba tras las nubes. Al llegar junto a la puerta trasera, Perucho detuvo a su compañero.

-Ssssst. Ahora voy a probar si la puerta abre –susurró-. Si no, entraremos por la ventana.

Como era de esperar, los dueños de la casa habían echado el cerrojo. De modo que Xan se agachó, se encaramó Perucho a sus hombros y en menos que canta un gallo alcanzó la ventana de la cocina. No le costó abrirla y escabullirse adentro, donde saltó, con tiento, esquivando los fogones. Entonces se asomó afuera.

-Ahora te toca a ti –siseó-. Mete tripa, o no pasarás.

El pobre Xan forcejeó con el marco de la ventana para pasar su enorme humanidad por el exiguo hueco. Tanto, que el ruido no tardó en alarmar al habitante más despejado de la casa. El gato.

-¡Marramauuuu! ¡Miau! ¡Miauuuuu!

En un instante, la casa entera se sacudió el sueño. El gato maullaba, un perro comenzó a ladrar, el gallo cacareaba y las ovejas balaban en el establo. Un estropicio de cristales rotos, cacerolas rodando y cuerpos cayendo puso en pie a los alarmados dueños.

La mujer salió de la cama, en camisón, y agarró lo primero que encontró, una banqueta. El marido fue detrás, abrochándose los calzones. Cuando llegaron a la cocina, se detuvieron, atónitos.

A la luz de la luna, que asomaba por la ventana, vieron la sombra de un gigante recuperándose de su caída, en medio de las ollas y los pedazos de loza rota. El gato, con el lomo arqueado, resoplaba, plantándole cara. Y un pequeño trasgo veloz como saeta se lanzaba bajo el escaño, removiendo los troncos de leña.

-¡Ladrones! –chilló la mujer-. ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
El hombre dio media vuelta y salió corriendo.
-¿A dónde vas, hijoputa? –le espetó ella, agarrándolo del cogote-. ¡No me dejes sola con esos criminales! ¡Socorroooo! ¡Ladroneeeees!
-Iba a buscar ayuda, mujer –balbuceó el hombre, tembloroso-. ¿No ves que tú sola no puedes…?
-¡No! ¡Sola no! ¡Pos no faltaría más! Tú te quedas aquí, pa’ defenderme. ¡Grita fuerte, carallo!
Mientra el hombre vociferaba y Xan se reponía del coscorrón, sacudiéndose de encima restos de cocido y de vajilla rota, la mujer se plantó de un salto ante el escaño. Ni corta ni perezosa, agarró a Perucho por la pierna.
-¡Sal de ahí, cabrón! ¿Pos no va a coger la escoba, el facineroso? ¿Cómo demonios lo sabe, el muy…?

Perucho pataleó desesperadamente, intentando zafarse de las garras afiladas de aquella mujer que, de no conocer a la bruja Rosalía, bien hubiera confundido con un egregio miembro del clan de las meigas. Tenía la escoba bien aferrada pero, de pronto, sintió que una fuerza superior lo arrastraba, haciéndole morder el embaldosado del suelo, hasta el centro de la estancia.

-¡Ah! ¡Te pillé! ¡Ahí tenemos al ladrón!
Perucho sacudió la cabeza, aturdido, mientras se ponía en pie, tambaleante, sin dejar de asir la escoba.
-¡Suelta eso que has robado! ¡Dámelo ahora mismo!

Perucho agarró con más fuerza la escoba. No estaba dispuesto a ceder. La esgrimió como sable y trabó los pies en el suelo, preparado para defenderse, si era necesario, a escobazos.

Y entonces, ¡oh prodigio! Una luz hiriente como el rayo los cegó. Se oyó un tremendo chasquido y una vaharada de azufre salió despedida hacia el techo. El escobón de la bruja Rosalía emitió mil destellos, como si todas sus ramas de brezo se tornaran incandescentes. Marido, mujer, Xan y Perucho permanecieron clavados en el suelo, sobrecogidos. El gato pegó un bufido y salió despavorido, como alma que lleva el diablo.

Cuando los vecinos acudieron a la casa, alarmados por los gritos de auxilio, se encontraron con una escena insólita. La cocina llena de humo, el suelo sembrado de cacharros rotos y los dos cónyuges inmóviles y aturdidos, la una de pie con una banqueta en las manos, el otro clavado en el escaño. A las preguntas, la mujer reaccionó, diciendo que se les había chamuscado un paño que se secaba junto al fuego, y que todo había sido un mal susto. Los vecinos salieron al poco, refunfuñando.

-Pos, ¿pa’ qué demonio gritaban?
-A mí me da mala espina. Tanto roto po’l suelo…
-Eso es que la Pruden le da demasiado al aguardiente, y se han peleado los dos. ¡Manda carallo! ¿Y pa’ eso llaman?
-Pos no sé yo… ¿No visteis cómo olía? Que me joroben si eso no era sulfuro.
-¿No decían “al ladrón”? ¿Dónde están los cacos?

Los cacos ya andaban lejos. Corrían, protegidos por la noche, hacia la posada del pueblo, con su preciado botín.

* * *

El verano avanzaba, y la bruja Rosalía y su marido decidieron continuar su periplo por los montes. Perucho y Xan, habiendo oído que se necesitaban mozos para la vendimia, resolvieron marchar hacia los llanos. Y así fue como, días después, se despidieron a las afueras del pueblo.
Xan casi lloraba, y a punto estuvo de derretirse como flan cuando la bruja Rosalía le echó las manos al cuello y le estampó un beso en la mejilla, redonda y tierna como una hogaza. Perucho le besó la mano, como había oído decir que hacían los caballeros. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un nudito en la garganta. Algo parecido a una pena dulce… sentimiento muy enterrado en su corazón de trotamundos sin hogar.

Entonces ella se dirigió a los dos amigos.

-Como gratitud por todo lo que habéis hecho, y por recuperar mi escoba, quiero haceros un regalo.
Arrancó dos ramilletes de brezo de su escobón y dio uno a cada cual. Perucho y Xan enarcaron las cejas y los tomaron, con respeto.
-¿Nos ayudarán a conseguir todos nuestros deseos? –preguntó Perucho.
El rostro de la bruja resplandeció con su sonrisa más bella, y sus ojos azules chispearon.
-Os ayudarán a no olvidar nunca vuestros sueños. Si los perseguís, un día los alcanzaréis.
Xan miraba embobado y se rascó la cabezona. Perucho apretó los labios.
-¿Seguro que sí?
-Tú quieres ser rico –le dijo la meiga-. Y quieres muchas más cosas que revolotean por esa cabecita. Conseguirás lo que te propongas, si luchas por ello. En cuanto a Xan…
Miró al forzudo. Se le caía la baba, contemplándola, tan hermosa.
- …Xan no necesita nada. Ya lo tiene todo.

2 comentarios:

zoquete dijo...

Fantástico. Una pregunta/sugerencia: ¿no podrías etiquetar tus escritos? Así podría agrupar los que son para niños e imprimirlos para leérselos a mi niño... ;)

Elisabet dijo...

Zoquete, lo intentaré. Lo que pasa es que no domino mucho estas tecnologías... Y sí, es cierto. Los cuentos son muy variables y de todos los colores, desde casi infantiles hasta los que son de "dos rombos"!