lunes, 2 de julio de 2007

Las raíces del corazón

Amor, amor… Lloro y me siento como una flor mustia, reseca en mi interior.

Amor. Te miro y no puedo verte en ese rostro impasible, sin color.

Me han arrancado de cuajo, como una planta indefensa, llevada por el vendaval. Ahora soy un manojo de hojas secas, sin raíz.

Dicen que las raíces del corazón están allí donde naciste. No las mías. No allí.

Mis raíces crecieron el día que te besé y prendí mis brazos alrededor de tu tronco. Como hiedra me aferré a ti, y mis raíces se adentraron en tu pecho.

Nos amamos. ¿Lo recuerdas? La primera vez éramos muy jóvenes. ¿Recuerdas aquel prado? Aquella fuente, manando sin cesar. Desbordándose sobre las rocas… Mientras tú te desbordabas en mí, y yo me sumergía en tus brazos, bebiendo, embriagándome de ti.

Ah, aún ahora te miro y creo leer un atisbo de sonrisa en tu rostro de cera… ¿Acaso puedes oírme? ¿Me oyes aún?

Me he inclinado sobre ti. He sentido las miradas de los demás, su lástima. Te he acariciado el rostro frío, de cera. No, ése no es tu tacto… Extrañamente blando, y frío. Te he besado, una y otra vez. En la frente, en los labios. Y el hielo se me ha metido dentro.

Dicen que las raíces están allí donde arraigas. ¿Dónde arraigamos tú y yo?

Nos prometimos. Acabaste tu carrera, hiciste oposiciones y el destino nos llevó, dando tumbos, de un rincón a otro de nuestra geografía. Siempre te seguí. Siempre a tu lado. ¿Dónde arraigamos tú y yo?

Nacieron nuestros hijos. Hermosos, sanos. Como brotes tiernos de pino. ¿Dónde estaban sus raíces?, aún me pregunto. Hoy, vuelan por el mundo, de un lado a otro de nuestro planeta.
Los espero, de un momento a otro. Todavía no han llegado. Pero no me siento sola. Aún estás tú.

Ahora lo sé. Yo arraigué en ti. Mis raíces se hundieron… en tu corazón.

Y ahora lloro, con llanto contenido, por no hacerles sufrir. Por no preocuparles más. “Es una mujer fuerte”, dicen. “Se repondrá.” ¿Soy fuerte? He limpiado la casa de arriba abajo, sí. He preparado comida para muchos. La casa, nuestra casa, brilla, la cocina está caliente, la mesa servida… Nadie sale de aquí sin sentarse un ratito y tomar algo. He recibido decenas de pésames, de apretones de manos, de condolencias murmuradas a prisa, con pesar. Y aquí sigo.
Diez horas. Diez horas han pasado ya, y va por la oncena. Los de la funeraria se han portado bien. El ataúd es bonito, la sala está atestada de flores…

No necesitaron vestirte. Ya lo había hecho yo. Con amor, con tanto amor… Sabía que era la última vez que acariciaría tu cuerpo. Aún estaba caliente. Aún me parecía sentir tu aliento cuando te anudé la corbata. Aquella que te gustaba… que te gustaba…

Te miro, tras un velo de lágrimas. ¿Te gusta así? Tus manos, cruzadas sobre el abdomen, aún me dicen algo… Alguien te ha puesto un Rosario entre los dedos. Yo te he puesto una flor, una rosa, sobre el pecho.

¿Recuerdas? Las flores. Siempre me traías flores. Aunque fueran del campo, silvestres, arrancadas de una vereda o de un matorral. La última vez, fueron flores de genista.

Y ahora me siento como una flor, mustia y arrancada. Sin raíces.

Siempre he sido creyente. Y aún quiero creer. Pero tu ausencia me golpea. Es un abismo espantoso, que emborrona mi fe.

¿Dónde están mis raíces? Aún siguen clavadas en ti. ¿Dónde estás tú? ¿Dónde estás?

Te miro y me parece imposible que te escondas en ese cuerpo. Ya no estás. No estás ahí.
Cierro los ojos. Pronuncio tu nombre en silencio.

Dicen que los difuntos se van al cielo… Tú eras un hombre bueno. ¿Estás allí? ¿O sigues aleteando, muy cerca de mí?

Han venido los de la funeraria y han tapado el ataúd. Te llevan. Ya no veré más tu rostro. Ya no más…

He caminado hacia la galería y he perdido la mirada en el vacío. Afuera hace sol. El cielo luce azul de gala. He mirado hacia arriba. ¿Estás ahí?

Mis raíces están clavadas en el cielo.