lunes, 2 de julio de 2007

El ojo celeste

Negro. Negro y brillante era el río, serpenteante entre el verde, y celestes, como ojos claros, eran las pozas, abiertas en la faz de la campa.
-Hace frío…
-Está a punto de llover…
-¿De veras os apetece?
-Voy a mojarme los pies. Sólo los pies.
Se descalzó en un instante, se arremangó el pantalón y el tobillo moreno, desnudo, rompió el cristal del agua humeante.
-Mmmm, está calentita.
Laura fue la primera. Y Marco la siguió después. Los pantalones negros, las camisas inmaculadas, corbatas, chaquetas, volaron sobre un banco. Jacqueline y Sergio los miraban, entre envidiosos e indecisos.
-Dios, ¡es delicioso!
Se sumergió, dejando el cuerpo resbalar sobre las piedras mojadas, hasta que el agua la cubrió. Tendida, hundió la cabeza y abrió los ojos. Siempre le había gustado ver el cielo a través del agua.

Cuando emergió y tomó aire, Marco la estaba mirando. Él no llevaba bañador. Pero su boxer negro bien daba el pego, pensó ella. Y repasó su anatomía con disimulo, antes de desviar los ojos. Marco se sentó en el escalón y, lentamente, se deslizó hasta quedar recostado sobre los codos.

-Creo que me voy a decidir –dijo Jacqueline. Se sacó el suéter de licra y, con aquella elegancia felina, innata en todas las mujeres de color, pensó Laura, exhibió su cuerpo perfecto color chocolate. El bikini fruncido de color amarillo ceñía sus curvas impecables.

Jacqueline entró en la piscina, riendo, mientras Sergio comenzaba a desabrocharse su camisa.
Laura suspiró, estirando los brazos. Lejos quedaban las colas en el aeropuerto, lejos el vuelo, el trayecto en taxi, las decenas de caras nuevas, los apretones de manos, las presentaciones. Ah, lejos estaban las largas, interminables sesiones del congreso, las estadísticas, las cifras, los bostezos ahogados ante las presentaciones de power point en la pantalla gigante…

-Marco, ¡no podrías habernos traído a un sitio mejor!
-Es ideal para relajarse –admitió Sergio, chapoteando en el borde.
-Sabía que os gustaría –dijo Marco, con sonrisa de gato viejo–. Los turistas apenas lo conocen, la gente paga pastones por irse a un balneario… ¡Aquí lo tenemos gratis!
-Y al aire libre, en medio del monte, con este paisaje tan verde…
-Menos mal que hemos traído el bañador –dijo Jacqueline, mirando a Laura, alborozada.
-Los hombres nos apañamos igual sin él –repuso Sergio, que también lucía un tanga último modelo de Toni Miró.

Laura se puso en pie y les volvió la espalda. Sintió el agua caliente, lamiéndola, mientras bajaba por su cuerpo. Y sintió la mirada de él. Estaba segura de que la miraba.

-¿A dónde vas?
Se volvió un instante. Sí, la miraba. Y cómo la miraba.
–Voy a probar las otras. Hay que ir cambiando de temperatura, ¿no es cierto?
-Primero la caliente, luego la templada y luego la fría –dijo Sergio, con aires de experto. ¡La fría siempre al final!
-¡Oh, no! –exclamó Jacqueline, remolona–. La calentita al final…

Los dejó atrás, bromeando, mientras saltaba ágilmente el murillo de piedra. Caminó por la hierba húmeda. La llovizna caía, sentía los puntitos fríos sobre la piel. Pero su cuerpo ardía. No tenía frío en absoluto.

-¡Mírala! Como una chiquilla –oyó exclamar a Sergio. Sonrió para sí. Una chiquilla, sí. Ahora se sentía niña traviesa y aventurera.

Las pozas se abrían en la suave ladera, cubierta de césped, junto al río. Pese al día gris y lluvioso, varios bañistas disfrutaban de las termas al aire libre. Alrededor, la sombra del monte se elevaba contra el cielo sin color. Laura correteó hasta la más alejada, la más grande. Allí no había nadie. Aunque luego descubrió a un joven, inmóvil y sentado en el agua, con los ojos cerrados y las manos extrañamente abiertas, uniendo el pulgar y el corazón. “Como un buda escuálido”, pensó ella, “Un fanático del yoga”. Ah, ella también lo había sido. Yoga, tai chi, aeróbic, pilates… ¿Qué no había probado? Harta de todo, aún le quedaba algo.

Explorar.

-Hola.
Abrió los ojos y salió bruscamente de su ensueño. Ensueño flotante, mecida en el lecho transparente y tibio, mojado, del agua. Era Marco.
-Está buena –dijo ella, y sonrió estúpidamente.
Marco se sentó a un metro de ella. Distancia prudente, pensó Laura. Distancia cómoda. Removió los pies en el agua.
-¿Qué te ha parecido el congreso? –preguntó él.
-Bien… Está bien. Interesante –respondió, sin pizca de interés. Intentó decir algo más consistente–. Sobre todo… sobre todo la charla de esos japoneses, al final. ¡Lástima de la traducción simultánea!
¿Qué coño hacían hablando del congreso? Marco se giró hacia ella y se acercó un palmo.
-No lo dices muy convencida…
Ella soltó una carcajada.
­–No… No. La verdad –bajó la voz, y a él le bastó su gesto para acercarse más–. La verdad es que es un tostón. Siempre nos largan los mismos jodidos rollos… Ufff, ¡insufrible!
Ahora rieron ambos. Marco se acercó otro poco. Sus codos se rozaban, y el agua jugueteaba entre los dos.
-Me voy al agua fría –dijo ella, de repente. Pero no se movió.
-Ya me han dicho que eres muy rápida… ¿Siempre tienes prisa?
-Me llaman “la Centella” –replicó ella, coqueta–. Y sí, siempre tengo prisa. Tengo que devorar el tiempo… Si no, me da la impresión de que no estoy viva.
¿Por qué demonios le estaba contando esto? Él la miraba con atención.
-Pero has venido aquí para relajarte.
Laura movió la cabeza y se apartó ligeramente de él.
-Hasta para relajarme tengo prisa. ¡Mi hermana siempre me lo dice! ¿Sabes? Ella es todo lo contrario que yo. Calmada, profunda… Le gustan las cosas esotéricas, las terapias alternativas y qué sé yo. Es medio bruja.
-Todas las mujeres sois brujas.
Ahora fue ella quien lo miró. Y sintió el calor, que no venía del agua, sino de dentro, de muy hondo, bajo su ombligo, bajo la piel. Se puso en pie.
-Voy a explorar.
Marco la vio saltar fuera de la piscina.
–¡Ten cuidado! No vayas a toparte con el espíritu de la meiga…
Laura hizo un gesto con la mano, riendo, y se alejó.

Saltó la pequeña valla de madera. Sus pies hollaron la tierra rugosa, las piedrecillas, las hierbas ásperas y silvestres. Atrás quedaba el césped afeitado del parque. La civilización. Respiró hondo y abrió los brazos y la boca. Quería beber la lluvia. Quería algo salvaje. Su cuerpo la llamaba. Caminó a paso firme, sintiendo el frío mojado del bañador, pegado a su cuerpo. Cuando se adentró en el bosque, se apoyó en un árbol y, a tirones, se lo quitó.

Las meigas. Marco les había hablado de ellas, en el coche, mientras se dirigían hacia las pozas. Decíase que en aquel bosque, mucho tiempo atrás, había habitado una bruja. No una bruja vieja y gruñona, con la nariz llena de verrugas, su delantal mugriento y un viejo escobón de brezo, sino una hechicera sibilina, cuya belleza incomparable atrapaba a los hombres y poseía a las doncellas. Durante siglos, y cada cierto tiempo, una joven bella y virgen desaparecía del lugar. Y contaban los aldeanos que el espíritu de la bruja tomaba su cuerpo, para meterse en ella, y así continuar encantando a los incautos viajeros que se aventuraban a pasar por allí. Sergio había bromeado. “Pues bien se lo montaba”, comentó, jocoso. “Eterna juventud y amantes a pedir de boca”. Los dos hombres habían reído y Jacqueline los había reprendido, haciendo aflorar su vena feminista.

Bah, pamplinas. Cuentos de viejas. Siguió caminando por el bosque, sin pensar. Ya no sentía los rasguños en los pies, ni el frío. El aire pasaba sus dedos por ella, metiéndose en todos sus repliegues. Se sentía ligera y viva, tremendamente viva, casi eufórica. Se detuvo en un claro. Los helechos la pellizcaban. Un mirlo cantó, y se hizo el silencio. Silencio.

Silencio oscuro. ¿Tal vez debía volver? ¿Qué hora era? El cielo no tenía color. No había luz. Sólo verde. El verde del bosque.

“Las meigas tienen los ojos verdes”, decía Marco. “Bueno, en realidad, sus ojos cambian. Dicen que la bruja del bosque tiene un ojo de cada color”. “¿De qué colores?”, se interesó Jacqueline. “Uno azul y el otro verde”, respondió Marco, sonriendo avieso, y Laura tuvo la impresión de que se lo estaba inventando todo.

Dio media vuelta… ¿O siguió avanzando? Apenas le importaba. El bosque la acariciaba y caminaba sin rumbo, embriagada de él. No me importaría morirme aquí… No me importaría. Un escalofrío le recorrió las vértebras, súbitamente. ¿Era una ilusión? ¿O era una risa lo que oyó, muy cerca, entre los árboles?

Se estremeció. Aquella risa… Lasciva y alborozada. Hambrienta. Laura se detuvo. “Jóvenes bellas y vírgenes”, recordó. Bah. Ella no era… Se detuvo de nuevo. ¿No lo era? ¿No lo era?
Lo era. Joven. Bella… quizás. Marco no apartaba los ojos de ella. Sí, lo era. Bella y de ojos verdes. Y virgen… Ah, aquel era su pequeño secreto. La brillante ejecutiva, agresiva, progresista, desinhibida y cosmopolita, la mujer que se comía el mundo… era virgen. Sí, lo era. Su intimidad era un nido solitario de alas plegadas y corazón frío.

* * *

-¡Laura!
Ella se acercó corriendo y casi lo abrazó. Casi. Pero él tomó una toalla y la envolvió, estrechándola contra sí. Y le enjugó el pelo, con ternura.
-¿Qué ha pasado? Estábamos a punto de llamar a la policía…
Sergio y Jacqueline se acercaron, preocupados. Jacqueline llevaba su ropa, el bikini dibujando dos cercos de humedad en sus senos. Sergio aún no se había abrochado la camisa.
-No es nada, estoy bien. Me… me despisté en el bosque, eso es todo. ¡Ya estoy aquí!
Se apartó de Marco y sacudió los brazos.
-¡Estoy bien! -insistió–. Vamos, es tarde, ¿verdad? En el hotel nos esperan…

Llegaron los últimos a la cena. Se presentaron en el comedor del hotel con la ropa arrugada y el pelo aún mojado. Tan sólo quedaban libres los asientos en el extremo de la mesa. Los camareros empezaban a servir. Algún comentario malicioso voló acerca de los rezagados. Se sentaron y murmuraron excusas apresuradas, en medio del jolgorio. Laura ocupó la cabecera y, durante unos instantes, contempló las dos largas hileras de ejecutivos. Así debía sentirse el presidente de la compañía, pensó, y se irguió. Sentía el peso húmedo de la melena sobre la espalda desnuda. Y se sentía bella, bella y poderosa. Captó las miradas sobre ella y se alegró de haber embutido en la maleta aquel vestido, a última hora. El vestido verde abeto con escote palabra de honor. Y dispensó su sonrisa hechicera, sin pudor alguno. Después de horas de forzada cortesía, los comensales, liberados de corbatas y diplomacia, se expandían, hablando a voz en grito, riendo y bromeando. Las botellas de vino corrían y el humo de los cigarros se elevaba en rizos blancos, formando un velo de niebla bajo el techo de la sala.

La euforia la invadía. Laura habló, habló sin cesar, protagonista de aquel rincón de la mesa, mientras los platos, apenas catados, pasaban ante ella, y la copa de Ribeiro permanecía intacta. No necesitaba beber. Era una brillante conversadora y le bastaban las flores en la mesa, el tintineo sobre el cristal, las luces y las miradas de sus compañeros para dar rienda suelta a su locuacidad.

Hasta que él cambió de lugar.
Trocó su asiento por el de Sergio, enzarzado en una discusión sobre bolsa con un vehemente alemán. Y de pronto ella sintió su mano. Caliente y larga. Apretándole el muslo bajo el mantel almidonado.
-Marco…
El no respondió. Sólo le devolvió la mirada, y apretó más. Ella apartó los ojos.
-Vámonos de aquí.
Se puso en pie.
-No me encuentro muy bien –murmuró-. Disculpadme.
-¿Qué le ocurre? -preguntó alguien.
–Habrá bebido más de la cuenta…
Sergio observó la copa junto a su plato, intocada.
-Voy con ella –dijo Jacqueline, poniéndose en pie. Ella sí vacilaba.
-No. Déjame ir a mí –dijo Marco. La hizo sentarse de nuevo, cogiéndola del brazo. Y salió de la sala, sin darle tiempo a contestar.

Se encontraron junto al ascensor. No esperaron a llegar a la habitación. No podían esperar. La luz del visor en la cabina subía. Un piso. Otro. Y las manos de él descendían, arrugando el vestido de raso verde. Los labios se mordían. Y los cuerpos se anudaban, presos de doloroso placer.

Fue ella quien cerró la puerta de golpe. Fue ella quien lo desnudó. Tendido en el lecho inmaculado y terso, abrió los brazos. Laura montó sobre él. Apenas lo rozó, Marco creyó morir. La piel le quemaba, ¿era humo o vapor lo que le nublaba la vista? Su cuerpo se combó violentamente, y entró en ella como un latigazo. Laura gritó. Gritó… ¿o reía? Risa enloquecida y voraz. Se inclinó sobre él, briosa. Buscándole los labios, arañando su pecho, zambulléndose en su corazón. Lo último que vio él fueron sus ojos. Uno era verde, y el otro azul.