miércoles, 30 de mayo de 2007

...y el cisne desplegó sus alas

Érase una vez un patito feo, que quería ser como los demás.

Y érase una vez una mujer extraña, que, tal vez, quería ser como las demás.

Lloraba y sufría, porque sus hermanos lo despreciaban. Nadie lo quería.

La mujer se sentía diferente y sola. “No vayas con el corazón en la mano, porque las aves te lo picotearán”. Pero, hambrienta de afecto y calor, dejó que lo depredaran.

Sólo encontraba consuelo bajo las alas protectoras de su madre. Pero sus dulces palabras no sanaban la herida.

La mamita había muerto hacía años. Y ella añoraba el calor de sus alas.

Un día, el patito decidió marchar. Abandonó la granja, en busca de su lugar.

Y un buen día, la mujer se sacudió el polvo de las sandalias. “Estás loca”. Ingenua. Ilusa. “Aterriza”. Se sacudió, también, las voces. Y emprendió un largo camino. Sola.

Cayó el invierno. La nieve trajo el silencio.

El frío mató las palabras.

Pero bajo la nieve blanca late el corazón de la hierba.

Y una mañana de abril, el patito llegó junto a un lago. Una bandada de cisnes se posó sobre el agua calma.

En las largas noches oscuras se enciende la estrella del Norte. Cuando la noche es más negra, nace el lucero del alba.

El canto de la belleza. Un canto de libertad. El pato abrió sus alas y voló hacia la bandada. Apenas elevó el vuelo, se vio reflejado en las aguas.

Largo fue el camino, amarga la soledad. Los pasos la hicieron fuerte. Perdió la orilla de vista, y después perdió el miedo.

Con el corazón en el pecho y la mirada en el horizonte, descubrió otras soledades. Que no eran la suya.

“El mundo es un manojo de soledades… o un corro de manos enlazadas”.

Abrió los labios, abrió las manos. Y entonó su canto.

Un coro le respondió. Vio que no estaba sola.

… y el cisne desplegó sus alas