martes, 17 de julio de 2007

El síndrome mOnstrual

No, no. No me he equivocado. He escrito síndrome “monstrual”, con O de ogro, porque, no me diréis que no, algunas mujeres, ante ese fenómeno tan habitual como es la menstruación, nos convertimos –o se convierten- en auténticos monster. Y si creéis que exagero, preguntadme a mí, que lo he sufrido en carne propia.


ANTES

Convivir con mujeres no es fácil. Y si la convivencia es exclusivamente de mujeres, jóvenes, solteras, y suficientemente preparadas, como decía el anuncio, el asunto se complica aún más. En nuestro apartamento somos cuatro. Dicen que allí donde conviven féminas los ciclos menstruales se acaban sincronizando, y en buena parte es así. Sólo que, en nuestro caso, las reglas se van sucediendo una tras otra, a cuentagotas, y a cada una de nosotras le afecta de manera diferente. Veréis.

A Claudia, la maestra, le da por limpiar. Si un día os despiertan de madrugada el agua del grifo gorgoteando, los golpes del mocho contra los muebles y la lavadora rodando a toda pastilla sabréis que a Claudia le ha venido la regla. Esos días, la casa reluce, pero, ¡vigilen sus pertenencias! Porque cualquier prenda de ropa dejada al azar fuera de su lugar puede acabar sumergida en un cubo de agua con lejía.

A Inés, la enfermera, le da por comer pipas. Apenas llega del hospital, se envuelve en su bata y se calza sus babuchas, como una auténtica Maruja, y se apoltrona en el sofá, ante la tele, con una enorme bolsa de pipas. Es una forma amable de pasar la regla. Porque casi todas acabamos acurrucadas a su alrededor, viendo sus telenovelas favoritas, como polluelos picoteando semillas de girasol alrededor de mamá clueca.

Pero Jessica… eso es harina de otro costal. Porque, apenas se avecinan los días fatídicos de su temido periodo, toda ella sufre una progresiva metamorfosis, que se evidencia hora tras hora, minuto a minuto, hasta que se transforma en un monstruoso dragón, todo uñas y pezuñas, con dientes afilados como cuchillas y escamas espinosas como las zarzas.

Y de nuevo no exagero, no. Porque en esos días temibles, sus palabras hieren como puñales, sus broncas queman como hogueras y su mal genio es capaz de emponzoñar el aire.

Ni que decir tiene que todas intentamos defendernos, como podemos, de sus ataques.

Claudia lo tiene fácil. “Hoy tengo claustro”. “Esta tarde me toca reunión del AMPA”. “Mañana no vengo a comer, salgo con los alumnos…” Inés aún mejor: “Esta noche me toca suplencia”. Es increíble cómo, durante esos días, los horarios de mis compañeras se confabulan con el destino para hacerlas desaparecer, prácticamente, de nuestro pisito. Nuestro pisito que, con las incursiones furibundas de su enojado dragón, se convierte en una pequeña antesala del infierno más dantesco.

Y ahí me quedo yo… Sola ante el peligro.

No lo he dicho antes. Cuando me toca a mí, la señora Regla viene y se va, y apenas me entero de nada, salvo por un perceptible cambio de talla en esa parte delantera de mi anatomía de la que estoy tan orgullosa… y, la verdad sea dicha, el primer día siempre me pilla por sorpresa y tengo que correr a gorronear un tampax a la colega de turno. Soy una desorganizada, lo reconozco. No llevo cuentas de mis días y mis ciclos. Sería una mujer feliz… de no ser porque soy una víctima.

Jessica es una buena chica. Lo reconozco. Ella y yo somos, lo queramos o no, inseparables como Thelma y Louise. Para más inri… ¡trabajamos juntas! Las dos somos “creativas” en el departamento de diseño y publicidad de una gran revista femenina. Estudiamos juntas. Juntas encontramos trabajo… y luego piso. Compartimos coche. Nos prestamos la ropa. Estamos condenadas a vivir juntas. Pero un día esto tiene que acabar. No puedo seguir así. Porque… ya lo he dicho. Me estoy convirtiendo en una víctima. “Su” víctima.

Como Claudia e Inés se van por piernas, sólo quedo yo en casa. Y el Dragón se ceba en mí. Pero no sólo en casa. También en el trabajo. Jess llega a la redacción con sus alas desplegadas, sacando garras y sacudiendo la cola. Y yo detrás, sumisa y resignada. Mis compañeros me miran con simpatía. “Ya le llegó”. “Vaya, otra vez”. Es que los meses pasan tan aprisa… Esos días es cuando Jess me llega a sacar de quicio. Ah, y siempre delante de los demás, como si quisiera ponerme en ridículo.

Resulta que Jess y yo somos muy creativas, sí, pero de distinta manera. Ella es metódica y escrupulosa. Detallista hasta el extremo y sumamente paciente y concienzuda. Ideal para tareas impecables, que requieren mano de plata, filigranas y retoques. En cambio, yo soy una mente más bohemia, ideal para innovar. Me muevo por impulsos y súbitas inspiraciones. Cuando el Dragón se despierta, no es extraño oír en el estudio conversaciones como ésta.

-Oye, pensaba que habíamos decidido utilizar el pantone 715. ¿Por qué veo el 736?
-Bueno… Es que a última hora pensé que podía quedar mejor el fucsia, en contraste con ese anuncio de la colonia… Se lo dije a Cristina y le gustó.
-Ah.
Esos “ah” los conozco bien. Sé que nunca vienen solos. Efectivamente, el Dragón toma aliento, conteniendo sus humos, para abrir de nuevo las fauces.
-Y, ¿cuándo se supone que me lo ibas a decir?
-Pues… como te fuiste antes… Te lo iba a comentar hoy, justamente.
-Ya veo. Justamente ahora. Como ayer no nos vimos en casa…
Mierda. Claro que nos vimos. Y me echó la caballería encima por haber llegado tarde y no haber sacado el pollo del congelador. ¡Como si no hubiera microondas, para descongelar al condenado bicho!

O bien pueden oírse cosas como:
-Otra vez, cuando decidas cambiar la tipografía, si no te importa, podrías decírmelo –es el tono, maldita sea, es el tono, lo que me pone a cien.
-Lo… lo siento –intento adoptar mi pose más humilde y contrita-. Es que…
-Claro. Se te ocurrió en una súbita inspiración. Bueno. La próxima vez que te venga, avísame.

Yo creo que le da rabia porque tengo imaginación, no me sujeto a las normas y, encima, a la jefa le gusta mi trabajo. Se cree minusvalorada, porque ella invierte más horas. Yo hago mi trabajo en tres veces menos tiempo, y aún me quedan ganas para imaginar cosas nuevas. O para ayudar a otras colegas. Y me río. Me lo paso bien. Mi curro no es un “curro”. No soy una pringada. Ella, en cambio, presume de mártir y va despertando compasión por todas partes.

¡Es injusto! Lo sé. Va de víctima. Pero soy “yo” la víctima. Lo he dicho, ¿verdad? Soy una víctima de maltrato psicológico… y hace poco lo descubrí.

El maltrato a las mujeres por parte de los hombres es, desgraciadamente, un fenómeno frecuente en nuestra sociedad desquiciada… En nuestra revista hablamos mucho de eso, oh sí. Pero mi caso es al revés. Soy una mujer maltratada… por otra mujer.

Mientras Inés y Claudia se escabullen, yo aguanto los ataques despiadados del implacable monstruo. Las lluvias de improperios, las miradas hirientes, las indirectas, las pullas, el mal humor… He llegado a pensar que era yo la culpable de todo. Todo lo hago mal. “Soy” mala. Me he encerrado en mi cuarto, he ahogado llantinas y me he mordido las uñas… hasta me he golpeado contra la pared, de pura rabia, sin saber qué hacer. Luego llegan mis compañeras. A la vista de Inés, la tranquila Inés, el Dragón se apacigua. Claudia lo acalla con un gesto de autoridad pedagógica y ahí tenéis a la boba de turno, viendo desazonada cómo la bestia recoge sus zarpas esperando mejor ocasión.

No vale ponerse chula. Las peleas la excitan y es aún peor. Tampoco vale mostrarse dócil y sumisa… Sabido es que el maltratador se ensaña con la víctima atemorizada. Así que… ¿qué puedo hacer?


DESPUES

Un día, hablé. Hablé con Milena, la responsable de la sección de psicología de nuestra revista. No sé por qué lo hice. Milena es una psicóloga de tres al cuarto que debió acabar la carrera por los pelos y que jamás ha ejercido. Se inventa la mitad de lo que escribe… y copia la otra mitad de Internet o de cualquier panfleto que cae en sus manos. Pero es amable. Es simpática. Supongo que necesitaba un confesor, o un paño de lágrimas. Y, esa tarde memorable, al acabar el trabajo, e ignorando la mirada enfurruñada y los morros del Dragón, me fui con ella a tomar un refresco.
Milena me escuchó. Ella tiene sus teorías particulares. Me miró con simpatía cómplice y me animó.

-Tienes mucha rabia contenida dentro… Toda tu energía está aprisionada, como en una olla a presión. ¡Debes liberarla y sacarla a fuera!
-Pero… ¡temo lo que pueda pasar! Si estallo yo, y luego ella… ¡podemos volar media ciudad!
Ella rió.
-Qué exagerada eres. Pero, cariño, esto te hace daño. Contra un monstruo como el que describes, no hay otra solución. Has de sacar tu espada.
-¿Mi… mi espada?
-Sí, cielo, ¡tu espada! Como esos caballeros andantes, que se enfrentan al dragón. Verás cómo tu fuerza crece y la suya disminuye. Tienes que hacerlo, o te destruirá.
Sí… La miré con pena. Ella siguió hablando. Y, de pronto, la idea comenzó a tomar forma en mi interior.
-Debes hacer algo simbólico, un gesto material, para liberarte de ese yugo –concluyó Milena.

Nos dimos un par de besos y nos despedimos. Era de noche cuando llegué a casa. Jess aguardaba, agazapada tras la puerta. Como era de esperar, fue ella quien me abrió. Pero no dijo palabra. Claudia se paseaba, hablando por el teléfono móvil, mientras Inés mordisqueaba un sándwich, hipnotizada ante el televisor. Eso contenía a la fiera. De lo contrario sus bramidos se hubieran oído a tres manzanas de allí.

Aquella noche soñé. Soñé con un dragón, rojo incandescente, desplegando sus alas de murciélago gigantesco sobre mí. Rugía y lanzaba llamas. Me enseñaba los dientes y esgrimía sus zarpas, enormes como excavadoras. Pero yo no temía. Iba cubierta con una armadura de hierro, llevaba un yelmo y un escudo, como los caballeros de antaño… y tenía mi flamante espada, blanca y luminosa. La enarbolé y, gritando, me lancé contra él. ¡Aaaaaaah!

Me desperté con el grito atascado en la garganta. El despertador se desgañitaba a mi lado. Lo paré de un manotazo y me senté en la cama. Aquel mismo día, me decidí. Y comencé a llevar a la práctica mi contraataque.

A mediodía, aprovechando el parón para comer, me fui al Corte Inglés.
-¿A dónde vas? –Jessica siempre controla mis entradas y salidas, alerta como un guardia de seguridad.
-Tengo que mirar un libro para mi madre… -mentí yo-. Me han dicho que en el Corte Inglés lo tienen.
Y me fui, dejándola con un palmo de narices, sin darle tiempo a contestar. ¡Sólo faltaría que quisiera acompañarme!

Subí directa a la planta de niños. Sección juguetes. A esas horas, estaba casi vacía. Busqué entre los pasillos hasta que di con lo que buscaba.

Ah, si hubiera estado en Toledo, hubiera ido sin dudar a una de esas armerías artesanales, para hacerme con una espada de puro acero templado. Pero, en una gran capital… ¿dónde iba a buscar una? De modo que pensé que, para un gesto “simbólico”, bien valía una de juguete.

Había mucha variedad. Espadas vikingas, curvados sables árabes, espadas de mosquetero, floretes, cimitarras y katanas, espadas galácticas del futuro, de esas que se encienden con una lucecita, como un fluorescente… ¿Cuál elegir? Después de mucho dudar, y cuando la dependienta de turno ya me comenzaba a mirar mal, me decidí por la más grande y ostentosa. Una hermosa imitación de Excalibur, con piedras de cristal incrustadas en la empuñadura, su vaina y un cinturón para ceñirla. El plástico era duro, el filo largo y brillante, bien recubierto de pintura plateada… Daba el pego. La volteé en el aire, ante el ceño fruncido de la empleada de la planta, y me dirigí a caja.

-Me llevo ésta –dije, triunfante. La dependienta me miró como si no estuviera en mis cabales.

Y allá me fui, de regreso a la redacción de mi revista, caminando por las céntricas calles a grandes zancadas, con mi tesoro envuelto bamboleando a mi costado, en una bolsa del Corte Inglés.

El Dragón no tardó en atacar de nuevo. Apenas acababa de quitarme la chaqueta, ya me instalaba en mi despacho, cuando ella se acercó a mi mesa.

-Por si no lo sabes, hoy Cristina nos esperaba a las tres. Teníamos que pasarle las pruebas de maquetación, si recuerdas…
Claro que lo recordaba. Joder.
-Las tengo a punto. Ahora mismo se las paso por e-mail.
-Bien –odio esos “bien”. También sé que van seguidos de algo…
Pero, esta vez, no añadió más y volvió a su puesto. “Hasta la próxima vez”, pensé yo.

Saqué la espada con disimulo, la desenvolví y la dejé en el suelo, apoyada en el escritorio. Jess no tardó en volver.

-Ah, por cierto… ¿Has mirado las correcciones que te di?
Mierda. No, no las había mirado.
-Pues no… todavía –me estaba agobiando-. Ahora iba a ponerme con ello. Es que hay muchas cosas…
-Claro. Eso siempre puede esperar, por supuesto… Siempre hay cosas más importantes.
-Oye, Jess. No te pongas así. Te prometo…
-¿Cómo? –ha saltado ella, clavándome los ojos como pedradas-. ¿Cómo me pongo? ¡Siempre estás despreciando cuanto hago! ¿Te parece que no tengo bastante paciencia? ¡Claro! Tú, como eres doña Inspirada, ¡siempre puedes pasar de lo que digan los demás!

Era injusto. Injusto, y lo sabía. Entonces me erguí. El momento había llegado. Jessica estaba a punto de montar una escena. Lloraría y todo el mundo correría tras ella. Tomé la espada y me puse en pie de un salto. La desenvainé y la esgrimí ante ella, trazando un arco en el aire, al más puro estilo de guerrero Jedi.

No dije nada. Agarré mi arma con las dos manos, fuertemente, y me sentí como los iracundos querubines que custodian el paraíso, con sus espadas flamígeras apuntando al cielo. La miré a los ojos y apreté los dientes.

Jess enmudeció y retrocedió, asustada. Lo leí en sus ojos. “Está loca”. “Loca peligrosa”. Dio un paso atrás. Y otro. La vi tragar saliva. Giró cola y regresó a su escritorio, sin decir palabra. No me volvió a molestar en toda la tarde.

Regresamos a casa en silencio. Ni ella ni yo rompimos a hablar. Claudia e Inés nos miraron, extrañadas. “Otra pelea”, pensaron, y no le dieron importancia. Claudia rió cuando vio mi espada. No le dije para qué era. “Me gusta, como a ti te gustan los peluches, ¿no?” Y no me preguntó más.

La colgué de la pared de mi cuarto. Y, cuando vienen los días fatídicos en que Jessica se transmuta, apenas se acerca la tomo en mi diestra y eso basta para acallarla. También me la llevo al trabajo. Mientras tecleo ante la pantalla, reposa a mi lado, en la mesa. Me siento poderosa y fuerte. Y el Dragón merodea con el rabo entre las patas, tragándose la ira. El resto del equipo se ha acostumbrado. “Ah, estos creativos… ¡qué excéntricos son!” Y me llaman “Kill Bill”, ja, ja. Yo les digo que la espada me inspira. No les cuento, eso es un secreto entre Milena y yo, que es mi arma perfecta… contra el síndrome monstrual.