jueves, 10 de mayo de 2007

El Seiscientos

Corrían los años sesenta, los felices sesenta de la liberación femenina, el boom hippie, los Beatles y los primeros viajes espaciales. La España de la postguerra quedaba lentamente atrás y el país se sumaba a la oleada de progreso que iba llenando las carreteras de vehículos, las playas de turistas y los hogares de televisores y lavadoras.

Pero en los pequeños pueblos como La Nogaleda, perdidos en las montañas del interior del país, el progreso aún era reacio a penetrar y apenas se notaba en otra cosa que no fueran los estruendosos camiones de la mina, los aparatos de radio y el único televisor del pueblo, propiedad del dueño del bar, que congregaba a buena parte de los parroquianos ante el fútbol dominical.

Vacas y burros circulaban por las calles a sus anchas; las mujeres calzaban galochas y llevaban pañoletas, los hombres se ocupaban en los mismos quehaceres que sus padres, abuelos y bisabuelos; a las siete las campanas de la iglesia tocaban a rosario y la vida seguía su curso pausado, a golpe de siega, vendimia, matanza, nieve y cría de ganado.

Pero algo estaba cambiando. Y un día, como triste metáfora de un pasado que se derrumbaba, una vieja casa abandonada, que se levantaba solitaria en medio de una encrucijada de calles, se hundió bajo el peso de la techumbre, quedando en pocos minutos reducida a un montón de escombros. Los vecinos corrieron a ver al alcalde.
- Don Calixto, ¡hay que hacer algo! Eso no puede quedar así, ahí en medio del paso.
El alcalde frunció el ceño y se rascó la coronilla.
- Pues no, habrá que retirarlo... Avisad a Don Alejandro, que traiga un par de bueyes. Y dad voces por ahí, vamos a formar una brigada para sacar los escombros.
Al bueno de Don Calixto, que iba y venía a menudo de la capital, imbuido por las ideas de progreso, la ocasión le vino que ni pintada. Aprovecharía aquella ruina para ampliar la calle mayor del pueblo y no se le ocurrió cosa mejor que pedir una subvención a la Diputación para encargar cuatro camionadas de asfalto y comenzar a pavimentar las calles de la aldea. “Será el nuevo plan urbanístico de La Nogaleda”, explicó, ante el puñado de vecinos que ostentaban el cargo de concejales. “Vamos a facilitar el tránsito rodado, ¡hemos de abrir las puertas al futuro!”. Los aldeanos lo miraron, entre incrédulos y desconfiados. “¿Asfalto por aquí? ¿Pa’ qué? En dos días, estará cubierto de barro y boñigas...” Pero no rechistaron.

Muchos vecinos acudieron voluntariamente a retirar escombros y Don Alejandro, el rico del pueblo, propietario de la mitad de las fincas y una cuarta parte del ganado, aportó de buen grado el trabajo de sus bueyes y carros para ayudar a cargar piedras y vigas caídas. Pero, llegados al mismo centro del solar, tropezaron con un obstáculo que no pudieron salvar. Una enorme mole de piedra, que formaba la pared del antiguo hogar, estaba tan firmemente clavada en tierra, que no hubo manera de moverla un palmo. Ni hombres, ni mulos, ni bueyes; ni palancas ni picos pudieron desplazar aquella roca pertinaz. De manera que Don Calixto optó por dejarlo estar. Llegaron los camiones de la Diputación, echaron asfalto en la calle y el centro de la Nogaleda quedó convertido en una amplia avenida de firme liso y negro, con su peculiar megalito en el centro. Pepín el de la Rosarito, que tenía ínfulas de intelectual, aún bromeó. “Tal parece un monolito prehistórico. Podríamos rodearlo con césped y convertirlo en un símbolo del pueblo”. Sus contertulios del bar se chotearon, pero la idea corrió por el pueblo.

Una mañana, en la terraza del bar, andaban dándole vueltas al asunto varios lugareños ociosos, mientras tomaban su café y mordían sus palillos.
- Pepín el listorro dice que el manolito ese es una estatua de la era pistórica –comentaba uno, señalando el monumento de marras, que se erigía a pocos metros de ellos-. Que es un símbolo del pueblo.
- Sí –asentía otro vecino-. Y anda diciendo no sé qué carallo de la raza dura, de los incestros...
- Hombre, duros de pelar sí que somos... –intervino otro-. Pos no está tan mal la idea. Los de Villaluenga, ¡seguro que no tienen monumento!
Los hombres callaron de pronto. Algo llamó poderosamente su atención. Erguidos en sus sillas, dejaron sus cafés y a más de uno se le cayó el palillo de la boca.
- Anda, eso sí que es un cacho monumento...
Varios silbidos y un par de codazos. Todos seguían con la mirada a la esbelta muchacha que pasó, caminando a toda prisa, por delante del bar, calle abajo.
- Es la Minerva, la del Paco y la Artemisa.
- ¡Cómo está la criatura!
- Qué andares lleva... ¿A dónde irá tan aprisa?
- Creo que va pa’ la escuela. Va a buscar el coche, que lo tiene en casa del abuelo, y baja p’allá.
- Ah, ¡el coche!
- El bichín ese, sí. Mírala ella, qué garbo se da.

Minerva era la primogénita de Don Paco, el maestro del pueblo, y de Artemisa, la hermana del cura. Alta y erguida, de largas y delgadas piernas, su recta espalda realzaba el busto firme y la cintura lisa. Su larga melena negra ondeaba sobre sus hombros airosos, y sus ojos rasgados de color indefinible, salpicados de lunares, encandilaban al mirar. Minerva era la moza más hermosa y admirada del pueblo. Había heredado la gentil elegancia de su padre y el talante fogoso de su madre. A sus dieciocho años, había obtenido el título de maestra y ya daba clases en otra población de la comarca. Su abuelo, Don Alejandro, le había regalado el flamante seiscientos, el primer vehículo de turismo que jamás se había visto en el pueblo. Y la muchacha había aprendido rápidamente a conducirlo para poder trasladarse a su escuelita de la aldea perdida en otros montes.

Minerva, por supuesto, era muy consciente de las miradas de los hombres sobre ella. Pero, poseedora del carácter arisco de su madre, los evitaba y esquivaba. Sus sueños estaban lejos, muy lejos de su pueblo natal. Había estudiado en la capital, había leído mucho y su cabeza estaba llena de ideales. Detestaba las miradas lascivas y los burdos piropos de los aldeanos.

A los pocos minutos, los parroquianos del bar se irguieron de nuevo en sus sillas. Ahí venía, el seiscientos blanco, redondo y brillante, subiendo calle arriba. Brrrum, brrrrum. Llegó a la encrucijada del monumento, giró lentamente... Y entonces, los hombres no pudieron callar.
- ¡Allá va la guapa!
- Pisa fuerte, fermosa, ¡la pista es tuya!

Minerva los miró de reojo. Llevaba la ventanilla del coche bajada, pues era primavera y hacía calor. Y no pudo evitar un gesto desdeñoso.
- ¡Callad, estúpidos! –exclamó, volviendo el rostro y dando un manotazo en el aire.

¡Ay! La bella Minerva olvidó por un instante que estaba conduciendo. El volante del seiscientos cobró vida propia, el coche describió una rápida ese... y se empotró contra el monolito en pleno centro de la calle.

- ¡Mierda!
Era el único taco que se permitía. Y le salió del alma. Minerva intentó hacer marcha atrás, desesperada. El coche se encabritó, el motor revolucionado. Ella perdió el control de las marchas y, de pronto, el pequeño seiscientos dio un bote contra el pedrusco y se caló.
- ¡Mierda!

Los hombres del bar, el chico del pastor, que llegaba con su rebaño, y dos vecinos más, corrieron junto al coche. Minerva lloraba sobre el volante, de rabia y de vergüenza. Intentó arrancar. No pudo. El coche tosía y carraspeaba como un viejo asmático. Por fin, viendo que no había nada que hacer, salió.

Los aldeanos ya no la miraban. Se habían apiñado entorno al famoso megalito y observaban, admirados, la peña inclinada y el socavón de tierra en su base.
- ¡Mecachis!
- Ni un par de bueyes pudieron moverla.
- ¡Hay que ver! ¡Qué fuerza tienen esos bichines!

Minerva aquel día no pudo llegar a tiempo a sus clases. Pero Don Calixto y sus concejales se felicitaron. El seiscientos había conseguido sacudir de su base el incómodo pedrusco. Una carretada más de cemento, y la nueva “avenida” de la Nogaleda quedó totalmente abierta al tránsito.