sábado, 14 de abril de 2007

El monje y el bandolero

La primavera había barrido las nieves y el sol había reverdecido el valle, cuando el aliento de la helada cayó, con su hoz de cristal, en plena luna de abril. Los payeses se lamentaron y elevaron sus plantos al cielo. Un año más, sembrados y árboles darían fruto mezquino. Un año más, recogerían cosecha de hambre.

Corrían tiempos difíciles para los campesinos libres. Los señores andaban enzarzados en sus trifulcas y el rey estaba lejano, muy lejano, combatiendo en otros países. La guerra exigía su precio en hombres e impuestos, y en pueblos y aldeas se libraba otra batalla, sin cuartel ni esperanza, contra la inclemencia del cielo y el azote del hambre.

Casa de Guerau no era una excepción. Con tres hijos varones y cuatro doncellas, el buen payés veía con preocupación el futuro de sus retoños. El hijo mayor, Guerau, podía aspirar a heredar el pequeño terruño, la masía, el rebaño. Las hijas se casarían. Hacendosas y bien parecidas, esperaba encontrarles marido sin dificultad. Pero, ¿qué podía dejarles a los otros dos? El rubio Roger, vigoroso y gallardo, de carácter fogoso e inquieto, tal vez quisiera entrar a formar parte de las tropas reales. Cuando llegara la siguiente leva, quizás… Pero el otro hijo, Eudald, no era hombre de armas. De cuerpo grácil y piel morena, era amante del silencio y pasaba horas en el monte con el rebaño. Tocaba la flauta, recitaba versos y se había empeñado en aprender a leer y escribir, consiguiendo garabatear unos cuantos trazos torpes con ayuda del viejo capellán del pueblo. ¿Qué futuro les esperaba? Guerau temía. Temía y temblaba, y no osaba confiar su angustia a su esposa, ni siquiera en la intimidad del lecho, cuando la abrazaba hambriento, intentando olvidar la incerteza con el sabor de sus besos.

Pese a ser tan diferentes, Roger y Eudald se profesaban hondo afecto y eran confidentes y a la vez rivales, en todo menos en las armas. Dos sombras se cernían sobre su incierto futuro. Una era la pobreza. La otra tenía nombre de mujer: Mariona.

Ambos la amaban. Mariona era la tercera de una larga familia de ganaderos. De cuerpo hermoso y talle grácil, sus enormes ojos azules herían de dulce muerte a quien la miraba. Ambos hermanos la cortejaban, y no eran los únicos. Los padres de la muchacha se frotaban las manos. Entre tantos pretendientes, podrían elegir. Y no sería el afortunado un bravucón impetuoso pero pobre, como Roger, o un delicado poeta sin oficio ni beneficio, como Eudald. Casa Guerau era humilde, y todos los sabían. Pero los dos muchachos aún abrigaban locas esperanzas. Aquel año de primavera temprana y helada tardía, año de sol ardiente y cosecha escasa, ambos se prometieron que arrancarían una palabra, un sí, de la doncella amada.

La noche de San Juan los mozos y las mozas del pueblo danzaron alrededor de la hoguera. Durantes unas horas, los aldeanos se libraron a los festejos, ahogando, en la música y en el vino nuevo, la dureza de su existencia. Roger y Eudald compitieron, una vez más, por los favores de la bella. Y a la madrugada, desazonados e insomnes, tuvieron que rendirse a la evidencia. Atrapada entre dos amores, empujada por el deber familiar, Mariona no se decidió por ninguno. Con el corazón frío, ambos tomaron una decisión.

Guerau hacía tiempo lo temía. Tan sólo dos salidas quedaban para sus hijos menores. El monte o el claustro.

Roger no tardó mucho en decidirse. Aquel mismo verano, sin esperar la cosecha, se tiró al monte. Se unió a una cuadrilla de bandoleros, de la que no tardó en ser el líder. Jamás cayeron sobre su aldea natal. Pero se enseñorearon de puertos y caminos. Guerau y su familia no supieron más de él, salvo de oídas. Roger de Cal Guerau se convirtió en un afamado proscrito, temido por muchos, odiado por unos y admirado por otros. Al menos, se decían sus padres, su hijo no pasaba hambre. Mientras los soldados del virrey no lo atraparan…

Eudald entró en un monasterio antes de comenzar la vendimia. Y se aplicó tanto en su noviciado, que pronto los monjes lo nombraron ayudante del repostero y, más tarde, encargado de los abastos. Mejoró su lectura y su escritura y, cuando el abad descubrió sus habilidades, entró a trabajar como copista en la biblioteca del cenobio, que le abrió un mundo inmenso e insospechado, muy lejos de su pequeño villorrio natal.

* * *

La noche caía en el paso angosto. Apostados tras las peñas, nueve hombres armados aguardaban, inmóviles, al grupo que se acercaba. Roger los contó con los dedos, arrojando una mirada escrutadora sobre el camino. A la luz de las teas, vio dos carros, tres hombres a caballo, al menos una veintena a pie. Campesinos que regresaban, cargados de bienes y oro, de un provechoso día de mercado.

Sonó un silbido en la penumbra. Era la señal. Sombras silenciosas brotaron de las rocas y se deslizaron hasta el camino, blandiendo afilados aceros. Y cayeron sobre los viajantes.

El ataque fue rápido y fulminante. Roger era un buen estratega. Pusieron en fuga a la mayor parte de campesinos, cuatro de sus hombres se apoderaron de los carros y él y los restantes de los caballos. Obligaron a los jinetes a despojarse de las ropas, a punta de espada, y tras desvalijarlos, los dejaron ir. Uno se resistió, y Roger le clavó una estocada. Dejaron el cadáver del desgraciado, empalado en una vara, junto al camino, como escarmiento para viajeros incautos. ¡Nadie se la jugaba a Roger de Cal Guerau!

Regresaron alborozados a su refugio, su cueva escondida en el monte. Arrastraban los carros llenos y algo más. Roger les permitió apoderarse de otro valioso botín: tres doncellas.

Acamparon en una cima al raso, pues el camino era largo. Y celebraron su golpe. Prendieron una hoguera y asaron buenas tajadas de pernil. Jamón robado, sabroso bocado, reían unos y otros. Mientras las botas de vino corrían de mano en mano, dos de ellos arrastraron a las mozas junto al fuego.

Roger era el primero. El jefe tenía sus privilegios y podía elegir. Sus compañeros empujaron hacia él a la más pulcra, la del talle esbelto y rizos castaños, que escondía su rostro y se revolvía, entre violenta y medrosa.

Apenas veía su cara. La apartó consigo, le desgarró el vestido y, cuando la tuvo debajo, la voz le heló la sangre.
-¡No! No, por piedad… No…
Se detuvo un instante.
-Mariona…
Ella volvió hacia él su rostro. La débil luz de la hoguera le retornó el destello de aquellos ojos. Aquellos ojos…

No podía. Pero tampoco pudo detenerse. La agarró por los brazos, clavándola contra el suelo, y la embistió con fuerza. Mariona gemía y lloraba, retorciéndose bajo su peso. Y él gemía y lloraba, también, de rabia, dolor y placer, incapaz de contener su ira y el aluvión que sacudía su cuerpo.

Cuando acabó, ella se apartó a un lado y se recogió sobre sí, herida, dejando escapar leves quejidos. Entonces él se acercó.
-Mariona.
Ella lo miró, y el reproche en sus ojos lo quemó más que el fuego. Él le acarició la mejilla, levemente. Tomó un bucle entre sus dedos para dejarlo al instante. Ahora apenas osaba tocarla.
-Ten. Cúbrete y vete.
Le alargó su capa y se la echó sobre los hombros desnudos. Mariona lo miraba, sin comprender.
-¡Vete! –susurró él, apremiándola-. Ahora nadie te ve. ¡Huye!
Mariona se puso en pie, vacilante, mientras se envolvía en el manto. Y no se lo hizo repetir. Echó a correr y despareció entre las sombras del monte.

* * *

El monje avanzaba por el camino real, de vuelta de la ciudad al monasterio. Era aquel un paraje montuoso y solitario, y lo habían prevenido contra los bandoleros. Pero un modesto fraile a lomos de un asno poco botín podía ofrecer a una cuadrilla sedienta de oro, pensó el viajero. Podían raptarlo, sí, pero el abad ofrecería un rescate, y quién sabe si hasta podría parlamentar con los bandidos e intentar negociar una tregua con ellos…

Eudald cabalgaba ensimismado. Otros pensamientos ocupaban su mente. Regresaba de llevar un importante mensaje y traía otro de vuelta. Y venía contento. Un acaudalado señor de la ciudad esperaba venir a reposar al convento, durante aquel verano, y haría una generosa donación a la comunidad. Eudald iba pensando que, con aquella suma, tal vez podrían ampliar la biblioteca, adquirir nuevos pergaminos, e incluso construir una fuente nueva en el claustro, pues la pica de piedra actual se estaba quedando pequeña… En el mundo exterior, guerra y hambre se cebaban sobre las gentes, rumiaba. Pero entre los muros del claustro siempre había refugio, y la providencia nunca fallaba. Y se dijo, con íntimo regocijo, que, finalmente, Dios le había proporcionado una vida afortunada. Sí, debía renunciar a ciertas cosas, el placer del amor, el gozo de la familia… Pero tenía otra familia y otros placeres, aunque mucho más intelectuales, que llenaban su espíritu y lo colmaban de paz.

Iba cavilando estas y otras cosas, cuando algo lo devolvió bruscamente a la realidad. Un ruido junto al camino lo sobresaltó. Rodaron varias piedras y algo –o alguien- se movió entre los matojos. “Bandoleros”, pensó. Y aminoró el paso del asno.

Entonces lo oyó de nuevo. Alguien se escondía tras una espesa genista. Eudald no era guerrero, pero tampoco cobarde. Y siempre viajaba armado. Descabalgó, sacó su pequeña espada y caminó hacia la vereda.

La descubrió, agazapada, tras los verdes tallos. Una mujer. Harapienta, mal cubierta con un manto, los bucles castaño enmarañados. Se puso en pie al ver a un monje, y sacudió la cabeza para apartar el cabello de su rostro. Dos florecillas de genista se habían prendido en sus rizos.

Cuando Eudald la miró, no pudo reprimir un grito de sorpresa.
-¡Mariona!
Ella tardó unos instantes en reconocerlo. Aquel joven rapado, de rostro agraciado y terso, pulcramente afeitado y envuelto en su hábito pardo… ¿Era posible? La muchacha rompió a llorar.

Se la llevó con él. Tenía los pies sangrantes, parecía herida. Y quién sabe si algo más… La llevaría al convento, pensó. En la hospedería podrían acogerla, al menos durante unos días, hasta que se recuperase. Entonces, la devolverían a su casa. Conteniendo la avalancha de sentimientos que se desbordaban en su interior, Eudald la trató con gentileza. La tranquilizó con palabras dulces, le dio su propio manto, para cubrir aún más su desnudez, y apartó recatadamente la mirada mientras ella componía una falda, ciñéndose la capa del monje a la cintura, y se volvía a cubrir con el manto del bandolero. Luego, la hizo subir a la grupa del asno y él caminó a su lado. Mariona apenas habló en todo el día.

* * *

Cayó la noche y tuvieron que acampar al raso. Eudald habría querido apurar el paso y llegar a lugar habitado, pero no quería forzar a su montura ni su preciosa carga. Encendieron una pequeña fogata y cenaron pan y nueces. Luego, se tendieron junto al fuego. Eudald le cedió su manta a la joven, y él se envolvió en el grueso hábito, intentando conciliar un sueño que no llegaba…

A media noche, él la sintió. Mariona le tocó el hombro y él se incorporó de golpe. Se había acercado y estaba junto a él, tiritando bajo la frazada.
-Tengo frío.
Sin decir palabra, Eudald la envolvió en sus brazos y ambos se cubrieron con la manta. Él cerró los ojos, con el cuerpo tenso. Santo Dios. Todos sus años de adolescente había soñado en un momento así. Poder abrazar a Mariona, bajo las estrellas, y amarla, en la soledad del monte… Y ahora, ahora que la tenía en sus brazos, no podía hacerlo…

Ella se cobijó, buscando su calor. Se apretó contra su pecho y hundió la cabeza bajo el cuello del hombre. Los rizos cosquillearon en las mejillas tersas de Eudald y él se estremeció. Aquellos bucles… aquel olor, entre sudor, mujer y flor de genista. Contuvo el aliento.

Y, de pronto, sintió a Mariona sobre él. La muchacha lo envolvía con sus piernas. Sus manos se deslizaron bajo el hábito y sus labios de mora silvestre encontraron los suyos. Eudald quería librarse, pero la estrechó más.

No podía. No debía. Tenía que preservar su castidad. ¿Dónde estaba su pureza? Entonces abrió los ojos. La luna asomaba sobre los riscos y vio el rostro de Mariona. La pureza, la belleza estaba en aquellos ojos. Era puro su deseo, y era pura su sed de amor.

Y mientras la abrazaba y daba rienda suelta a su virilidad, como tormenta desatada, Eudald dio en pensar que el mal amor sólo se cura con buen amor, y que el mejor bálsamo para la violencia no es otro que la ternura. Y derramó, sin pudor, sus besos sobre la mujer amada.

* * *

Eudald acudió a ver al prior recién acabados maitines. Debía hacerlo. Quería confesarse, y decidió afrontar con valor la que debía ser, quizás, la decisión más dura de su vida.

El prior lo invitó a pasear por el claustro. La aurora teñía de rosa las piedras de los floridos arcos. En algún lugar escondido, el mirlo cantó, cristalino como el goteo de la fuente. El aroma de pan tierno llegaba desde la tahona, flotando en la fría mañana. Eudald no pudo evitar pensar en Mariona. Allí estaría, en las cocinas de la hospedería. La muchacha se había recuperado pronto y no tardó en arremangarse para ayudar en las faenas de la casa. Siempre había trabajo en las cocinas, en la granja y el huerto, pues el ir y venir de huéspedes itinerantes era constante. Eudald sólo la había visto en un par de ocasiones, y ella se mostró tímida y agradecida. La última vez, le había tomado de las manos, y él percibió su miedo. Mariona temía volver, se dijo. Adivinaba que quería quedarse. Muchos eran quienes buscaban la reconfortante seguridad de los muros del monasterio… Pero, en su caso, era imposible.

Eudald fue parco y sincero. El abad escuchó sus palabras, asintiendo en silencio. Grave. Pero no severo. Cuando habló, al joven intendente le sorprendió la calidez de su voz.
-Hijo, esto lo veía venir. No he necesitado de tu confesión para adivinarlo… Pero Dios sabe que la muchacha es hermosa, y la carne flaca. No temas. El Señor es misericordioso y sus siervos hemos de dispensar esa misericordia. Yo te absuelvo, hijo. Pero deberás hacer penitencia por ello, para fortalecer tu alma y desagraviar a esa joven… Lo que hiciste con ella no es lícito.
Precisamente esto era lo que más angustiaba al joven.
-No la volverás a ver –sentenció el abad-. En un par de días, la devolveremos a su hogar. Regresará bien custodiada, no temas.
Eudald miró a su superior.
-Pero… ¡Padre! No es tan fácil. Ella… ella ha sido deshonrada. Por los bandoleros, y luego por mí. Ya no es virgen. Tal vez lleva una simiente en su cuerpo… Se expone a que nadie la quiera, a que su familia la rechace… ¡No puedo dejarla así!
-¿No puedes? Hijo, ella no te pertenece. Son sus padres quienes deben decidir. Tú ya has hecho bastante.
-No. No he hecho lo bastante. Debo velar por ella… después de lo que he hecho. ¿No podría…? ¿No podría quedarse aquí? Como sirvienta, en la hospedería. Se encuentra a gusto y es buena trabajadora. El hospedero es anciano, lo agradecerá.
El abad rió de buena gana y posó su mano sobre el hombro del joven monje.
-¡Ay, hijo! Y tú también lo agradecerás, ¿no es verdad? No, hijo, no… La tentación no puede vivir tan cerca. ¿Crees que no te adivino las intenciones?
Eudald se sonrojó violentamente y bajó la cabeza.
-Escucha, hijo… Eres un buen monje. Lo has demostrado. Te gusta esta vida y cumples con tus deberse con fervor. Además, tu facilidad para las letras promete. No eches por la borda tu vocación, hijo.
Eudald movió la cabeza. El abad continuó.
- Hijo mío, debes escoger. O ella, o el claustro. No puedes tener las dos cosas. Si quieres continuar siendo un monje, deberás renunciar. Hiciste unos votos, recuerda…
Unas lágrimas asomaron a los ojos de Eudald.
- Padre, yo deseo seguir siendo monje. Claro que me gusta vivir aquí, y no quiero perder mi vocación, ni dejar las letras… Pero no puedo decidir libremente, ¿no lo entendéis? Ella… no puedo desentenderme de ella. No puedo abandonarla a su suerte.
-Entonces –dijo el abad, firme- deberás elegir.


Eudald eligió. Y se quedó con Mariona. Ante su sorpresa, el abad no se indignó, ni lo echó del convento. Más tarde, Eudald supo que el superior había meditado largamente y lo había conmovido la honda preocupación del joven por su amada. “La caridad por encima de todo”, dijo.

Los casó. Al menos, su unión tenía que ser legítima. Y los puso al frente de la hospedería, para acoger a viajantes y peregrinos. Eudald continuó escribiendo, himnos a la Virgen y coplas de amor a su amada. Y acabó llevando las cuentas del monasterio y la intendencia. Las manos de Mariona hicieron florecer la hospedería, los huertos y el jardín.

Cuando, nueve meses más tarde, Mariona dio a luz a un varón, ni él ni ella repararon en los rubios cabellos, tan parecidos a los de Roger de Cal Guerau. Después de aquel retoño vendrían otros más, varones y doncellas. Alegre camada que creció correteando al amor de los muros del monasterio, entre cantos gregorianos y aroma de pan, incienso y manzanas frescas. El primogénito jugaba a ser guerrero.

* * *

Transcurrieron doce inviernos. Los tiempos se recrudecían. El nuevo virrey del principado, hombre recto y de férrea moral, emprendió una implacable campaña para erradicar el bandolerismo en las sierras. Sus patrullas de soldados recorrieron pueblos y aldeas. Y muchas familias temblaron. El restallar de arcabuces y el resonar de los cascos llegó hasta el monte apartado, hasta la oculta guarida de Roger de Cal Guerau.

Fueron los últimos en caer. Atrincherado en las peñas, Roger vio caer a sus hombres, abatidos a arcabuzazos, o a golpes de espada. Los que fueron apresados, fueron ahorcados y colgados en sórdidos patíbulos, para escarmiento del pueblo. Roger escapó de milagro. Las oraciones de su buena madre, tal vez, movieron a piedad los cielos. Tras derribar a siete enemigos, el temido proscrito huyó, a lomos de su alazán. Pero estaba solo. Solo y herido, acorralado como una presa.

* * *

De madrugada, un astroso jinete llegó a las puertas del monasterio. Descabalgó, herido y sin fuerzas, y avanzó hacia la iglesia. Su montura venía sin resuello. Empujó pesadamente la puerta de dos hojas y entró.

Mariona apagaba los cirios. Acababan de salir los monjes de rezar maitines y preparaba la iglesia para la misa del mediodía. Tendía el blanco mantel sobre el altar cuando la puerta retumbó y se volvió, alarmada. El hombre caminó unos pasos y cayó al suelo.
- ¡Piedad…! Imploro el amparo de Dios… Piedad…
Ella llegó a su lado y se detuvo de pronto. El hombre estaba postrado, alargando las manos hacia sus pies.
- Piedad… Acogedme en esta santa casa…
El corazón le dio un vuelco. Pero se mantuvo fría, inmóvil.
- Roger.
Él levantó la mirada de pronto. El rostro esculpido y los rubios cabellos, pensó ella, cuán ajados los han tornado los años. Los años y el miedo.
-Mariona… -murmuró él, y dejó caer la cabeza de nuevo.
Ya no podía esperar piedad.

Ella se apartó un paso y salió de la iglesia, corriendo.


Cuando Roger abrió los ojos de nuevo, se encontró tendido en blando lecho. Un rostro amable, vagamente familiar, lo observaba. Se frotó los ojos. Respiró hondo. Olía a madera y a pan tierno, con un vago efluvio de incienso. ¿Dónde estaba?
Entonces recordó. La cara que lo miraba se iluminó con suave sonrisa.
- Eudald.
Su hermano asintió, sonriendo. Se inclinó sobre él y ambos se abrazaron.

Los monjes aceptaron acogerlo. La tregua de Dios era sagrada y los fieros soldados del virrey, ávidos de sangre y revancha, tuvieron que detener sus corceles a las puertas del convento. Parlamentaron con el abad. Y éste se comprometió a no dejar salir de sus muros al odiado bandolero, bajo pena de muerte. Días más tarde, y ya recuperado, Roger tomó una decisión. Con ayuda de los monjes, salió del convento, convenientemente disfrazado y bien pertrechado con armas y provisiones. Y se embarcó, días más tarde, para las Américas, aquellas tierras fabulosas y lejanas que un osado navegante descubriera, años atrás. Era el destino de los locos audaces, espíritus inquietos como él, para quienes el terruño natal se hacía pequeño.

Eudald y Mariona vivieron largos años atendiendo la hostería del monasterio. Su primogénito se convertiría en un guerrero y, siguiendo los pasos de su fogoso tío (¿o era en verdad su padre?), navegaría hacia el Nuevo Mundo. De las mozas, dos se casaron, y dos más profesaron en otros conventos. Un muchacho fue artesano y labró hermosos capiteles y esculturas en el claustro del monasterio. El otro fue escribiente, lo tomó a su cargo aquel acaudalado señor, mecenas del convento, y se lo llevó consigo a la corte. Y, finalmente, el menor tomó el hábito. Inteligente y despierto, llegaría a ser, con el andar de los años, abad del monasterio.