sábado, 9 de diciembre de 2006

Jasmine -II-

El entrenador

Lo hicieron a escondidas de su padre. Sus hermanos tampoco debían saberlo. Compraron el chándal, varias camisetas, las zapatillas. El primer día que se presentó en el gimnasio, con su flamante Adidas y el velo blanco bien apretado, todos la miraron. Alguien reprimió risitas burlonas. Idiotas, pensó ella. Se tragó la vergüenza y apretó los puños. Pero el profesor apenas la miró, como si hubiera acudido a aquella clase toda la vida, y, a voces, los envió a todos a correr al patio.

Jasmine no era una niña marginada. Aunque un tanto introvertida, tenía su pequeño círculo de amigas, con quien compartía risas y secretos. Su incorporación a las clases de gimnasia fue una novedad en el instituto, pero todos, profesores y compañeros, lo vieron con aprobación. La integración, hay que adaptarse a las costumbres, etc., etc. Los retazos de manido discurso políticamente correcto le resbalaban por los oídos. Jasmine se concentró. Aquello era nuevo en su vida. Y su cuerpo, ávido de experimentar, aguardaba, tenso y expectante. Cuando el profesor los mandó al patio, ella echó a correr, casi sin pensar, asombrándose de su propio movimiento y ante aquella sensación nueva de sentir cómo la sangre corría –no, corría no, ¡se desbordaba!- por todas sus venas, por todos los rincones de su cuerpo desconocido.

–¿Te has fijado en aquella chica?

Era Oscar, el entrenador de atletismo. Hacía las prácticas del INEF y solía acompañar al profesor en las clases, además de entrenar a un grupo de chicos y chicas dos tardes por semana. El profesor hizo visera con la mano y miró a lo lejos, donde cuatro o cinco muchachas corrían, avanzadas sobre los demás.

–¿Quién, Vanessa?
–No, no digo ella... La otra, la menudita, ¡la del velo! Nunca la había visto.
–Porque nunca había venido, hasta hoy. Es la morita, la hija del imán. Su padre no quiere que haga gimnasia, pero vino su madre y dijo que el médico se lo había prescrito... ¿Tú crees? ¡Pues ahí la tienes! Con velo y todo. No está mal, para ser el primer día, ¿verdad?
Oscar arrugó el entrecejo y observó el cuerpo grácil que se movía, saltarín. No perdía el ritmo y ni siquiera las atléticas muchachas que iban en cabecera pudieron dejarla rezagada.
–Pura sangre africana –comentó, sonriendo. El profesor hizo una mueca.
–Anda, ¿por qué no la incorporas a tu equipo? –dijo, burlón. Pero en su voz latía el reto. Oscar le tomó la palabra.
–Se lo diré.
–Su madre no la dejará.
–Eso ya lo veremos... Es prescripción médica, ¿no?

Jasmine se incorporó al equipo de atletismo. Esta vez, fue ella quien suplicó a su madre, melosa, tierna, a escondidas del padre. Él ni siquiera sabía que iba a gimnasia y, cada martes y jueves, Jasmine escondía su chándal y sus playeras en la mochila, apretados contra los libros, embutiendo el tubo de desodorante y la toalla entre el estuche y el bocadillo. Su madre aceptó todo aquello. Conspiraciones secretas entre dos mujeres. Porque algo estaba cambiando.

Los dolores de tripa desaparecieron. La tristeza voló. La niña crecía. Le llegó la menstruación. Las amigas de su madre le pintaros sus primeros tatuajes de henna. Su cuerpo se estiraba a días vista. Aún delgado, pero cada vez más fuerte. La madre observaba, con velada emoción, como la luz se derramaba en aquellos ojos antes tristes y apagados. Jasmine reía. Se movía, vivaz, conteniendo su energía en el cálido, confortable y ordenado universo de su hogar, tan pulcro, tan riguroso, tan sumiso bajo la omnipresencia severa y a la vez protectora del padre.

En el instituto, se desplegaba. Ahora tenía otro círculo de amigas. Las compañeras de atletismo. Primero, se topó con un discreto recelo. Luego, simpatía condescendiente -¡cómo odiaba las miradas compasivas! Por fin, llegaron el asombro y la sincera amistad. Sabía que Vanesa la envidiaba, y Sandra no podía tragarla. Pero las demás la habían aceptado y la apreciaban. Jasmine era buena. Llevaba el deporte en la sangre, decían. Y Oscar, el entrenador, se comportaba muy bien con ella. “Como un caballero”, pensaba Jasmine. Con las demás chicas, el joven bromeaba y se permitía ciertas frivolidades. Ellas lo cortejaban y él se dejaba querer. Pero cuando se dirigía a Jasmine, cambiaba radicalmente. Ni una broma, ni un comentario. Hasta el timbre de su voz se tornaba más grave. Era grave y suave, como el arrullo de las palomas, pensaba Jasmine.