domingo, 5 de agosto de 2007

Madonna de Montigalá

Todos los lugares donde se ha aparecido la Virgen han acabado, con el tiempo, convirtiéndose en famosos destinos de peregrinación. Imagino que los lugareños pueden estar orgullosos de que en pueblitos apartados como los suyos, que apenas figuraban en los mapas, la Señora del Cielo haya dispensado sus favores, apareciéndose a pastorcillos o a un puñado de muchachitos de aldea... Pues bien, debo decir que en mi ciudad, aunque todavía no es muy conocida, también se ha aparecido la Virgen.

Explico esto porque, quién sabe, tal vez dentro de algunos años se convertirá en otra célebre meca espiritual de millones de turistas. Y las mamás, en vez de poner a sus hijas nombres como Fátima, Lourdes, Pilar o Carmen, quizás se animen a llamar a sus retoñas “María de Montigalá”.

Montigalá. Así se llama la montaña donde se aparece la Virgen de mi ciudad. Es un otero cubierto de yerba seca, salpicado de algarrobos y matorrales, que apretuja la urbe entre la autopista y la playa. Las urbanizaciones de casas pareadas intentan tomar al asalto sus flancos, afortunadamente sin lograrlo del todo. Pues el paseante aún puede disfrutar de la ilusión, mientras asciende por sus empinados senderos de cabras, de que está en pleno monte. Aún huele a romero y a enebro. Aún puede pincharse las piernas y llenarse los calcetines de semillas espinosas. Y, si levanta la mirada al cielo, verá, en la cima del cerro, la enorme cruz de piedra que un matrimonio devoto erigió, a mediados del siglo pasado, hito para excursionistas y caminantes del lugar.

Cuando alguien me habló de las apariciones, en seguida sentí curiosidad. Nuestra Señora se aparece a una sencilla mujer de barrio, vecina de la cercana población de Santa Coloma. Ella y sus fieles seguidores van a diario a orar al monte, e incluso organizan novenas y procesiones. Más de un vecino asegura haber sido curado de sus dolencias, por su intercesión. Mi innata credulidad se mezclaba con la desconfianza, fruto de mi educación racional. Y así, una mañana, troqué mi habitual sesión de footing playero por una caminata hasta el cerro de Montigalá. Quería ver con mis propios ojos.

Era muy temprano, pero algunos paseantes ya deambulaban por allí. Viejitos solitarios buscando el sol, alguno con su perro. Fui ascendiendo por la falda del montecillo y no tardé en dar con el lugar. Contemplé, con admiración, cómo los devotos de la Virgen han convertido aquel trecho de monte en un santuario peculiar. Con perseverancia increíble han replanado la tierra, han abierto caminitos y construido poyos y un rústico entarimado con tablones de cajas y palets. Han excavado cuevecitas entre las rocas, como en un pesebre viviente. Y, en los tres lugares donde supuestamente se ha manifestado la Virgen, hay figuritas de Nuestra Señora y el Sagrado Corazón, con sus tarros de conserva atestados de flores. El más importante, sin duda, es el Arbol. Lo llamo el Arbol, con mayúsculas, porque es allí donde, dicen, se han operado los milagros y las curaciones. Se trata de un robusto algarrobo, achaparrado y de copa extensa, que se abre en tres o cuatro retorcidos troncos, como una mano leñosa brotando de la tierra. Allí donde se bifurcan las ramas, los devotos han construido con barro y piedras una pequeña capilla, donde se puede venerar a la “Virgen del Arbol”. Geranios, ramos de crisantemos mustios, lirios de plástico y rosarios compiten por un lugar a los pies de la Madonna.

Me detuve en cada lugar. “Silencio Lugar de Oracion”, reza una pintada de spray, sobre una roca. Hice silencio. E intenté rezar. ¿Qué le pido a la Virgen? La gente suele venir y hacer promesas. “Si me concedes esto… te prometo lo otro…”. No sabía qué pedir. En mi vida faltan muy pocas cosas… Y no son las más importantes. Así que, en vez de pedir, hice mi promesa, sin más. A lo Escarlata O’Hara, así de chula soy. Y me prometí que, al menos una vez cada año, volvería para ratificarla.

Las promesas ante el cielo tienen un valor pedagógico, creo yo. Los psicólogos y los formadores en recursos humanos debieran emplearlas más a menudo. Desde que yo hice la mía, he regresado cada año. Es un motivador poderoso… y puedo aseguraros que funciona, sí.

Nuska, mi hermana pequeña –que no es pequeña, pues mide casi un metro ochenta y tiene anatomía de diosa griega- vino a verme la Navidad pasada. Vive en Londres, y por entonces llevaba una temporada enfrascada en sus estudios antropológicos y en sus talleres de crecimiento personal. Cuando le conté la historia de la Virgen, quiso saber más. Y la invité a venir conmigo y a subir a la montaña de Montigalá.

Mientras ascendíamos, Nuska me iba explicando sus experiencias religiosas… La verdad es que a mí me resbalan un poco esas nuevas corrientes místicas o seudo-místicas, que mezclan la gimnasia con la magnesia, y para las que no queda claro si María es Madre de Dios, la Madre Tierra o la Diosa Madre… Pero, como mujer tolerante y respetuosa con todas las creencias, la escuché con cariño. Así íbamos subiendo, yo casi sin resuello, pues mi hermana tiene las piernas largas y poderosas, y su parloteo no menguaba el brío de sus zancadas, cuando nos detuvimos a pocos pasos del Lugar.

Menuda sorpresa. Apenas llegamos, vimos que la señora vidente, nada menos, y un grupo de mujeres, estaban congregadas allí. ¡Era la primera vez que me topaba con ellas! Sin duda la presencia de mi hermana tenía su razón de ser, pensé. Nuska las miraba, alucinada, y me sonreí. Aunque, a decir verdad, había motivos para abrir la boca. Porque las fervientes devotas habían acudido en procesión, con sus capas y sus capuchas, confeccionadas a partir de alguna manta vieja a cuadros, a juzgar por su original hechura. Parecían un puñado de gnomas o brujitas del bosque, allí apiñadas, con sus rosarios bajo el árbol.

Nuska y yo nos acercamos respetuosamente a las cofrades de tan singular compañía y las saludamos. Ellas nos invitaron a sentarnos a su lado. Rápidamente identificamos a la líder. Una mujer bajita, rechonchita y canosa, de cara risueña. Una encantadora abuelita que puedes imaginarte en casa, amasando torta, o dando de comer a las palomas del parque.

Mientras Nuska escuchaba, absorta, yo le fui haciendo preguntas a la mujer. Si se le había aparecido la Virgen, qué le había dicho, cuándo venían por allí… La mujer, con toda la naturalidad del mundo, nos explicó que la Virgen se aparecía allí donde creía oportuno, y les había pedido que rezaran mucho por la ciudad. “Está mal nuestra ciudad, ¿verdad?”, pregunté yo. La ancianita se encogió de hombros y sonrió. “Ah… Si la Virgen lo pide, por algo será. Nosotras la obedecemos”.

A continuación, sacó una gastada Biblia de bolsillo y nos propuso leer un fragmento. La abrió al azar. No recuerdo todo el texto, sé que era una carta de San Pablo y hablaba de obedecer a Dios, de hacerse esclavos por Cristo… Cuando la mujer acabó el párrafo, cerró el libro e hizo silencio. Luego, con la misma sencillez con que podía contar un cuento, empezó a comentarlo.

“No tengo estudios”, dijo, pero os aseguro que un teólogo reputado no hubiera podido discutirle ni una coma. Sus comentarios eran atinados y sagaces. “Dios no quiere que seamos esclavos”, intervine yo entonces, recogiendo las palabras de la lectura. “¿Cómo se explica esto? Jesús vino a liberarnos. Dios nos quiere libres.” Ella me miró, con su sonrisa enigmática y picaruela. “Si Dios quiere que hagamos su voluntad es porque nos quiere felices. El sabe bien lo que nos conviene. Es muy sabio y ve las cosas que nosotros no vemos… Lo que ocurre es que las personas somos muy orgullosas, no nos fiamos de él.” Yo repliqué que, en realidad, lo que Dios quería no era sumisión, sino una respuesta incondicional a su amor. “Dios quiere que nos apasionemos, nos quiere enamorados de él”, comenté. Y ella sonrió. Nuska nos miraba, encandilada, y las viejitas al lado de la vidente asentían sin cesar.

No pude resistirlo. Dicen que esa mujer “ve cosas”… La clarividencia es una cualidad de la que carezco totalmente. Admiro a los que sí la poseen y quise preguntarle algo. Le habíamos contado que yo vivía allí, y que mi hermana venía de muy lejos, de Londres… La mujer preguntó si estábamos casadas, o si teníamos novio. Nuska y yo nos miramos. Justamente habíamos hablado de esto hacía poco… “Ha conocido a un chico”, dije yo. “¿Es el adecuado para ella?” Nuska se sonrojó y desvió la cara. La mujer la miró con atención y de nuevo encogió los hombros. “No la veo muy decidida… Me parece que él tampoco”. Por aquel entonces, mi hermana estaba en plena fase de enamoramiento. Pero la viejecita del árbol no se equivocó.

Han pasado dos años. Sigo volviendo, al menos una vez cada verano, al santuario de Montigalá. Deambulo por sus capillas a cielo abierto, siguiendo las hileras de piedrecitas y los caminos de tierra aplastada. Han ampliado el circuito. Ahora han excavado una “cueva de Belén”, han marcado diversas rocas con los pasos del Vía crucis, incluso han empedrado un lecho del “río Jordán”. En la capilla del Arbol han dejado una cajita llena de medallas, para que se lleven los peregrinos. El otro día cogí una. La llevo en el monedero, con la ingenua credulidad de que, tal vez un día, la Virgen me conceda la gracia de una economía floreciente.

Antes de descender, contemplo la ciudad, desplegándose a mis pies, bajo la falda tostada del otero. Se extiende hasta el mar, azul como el manto de la Virgen. Si Madonna de Montigalá quiere velar por ella, no ha podido elegir un sitio mejor.

2 comentarios:

JUAN dijo...

Querida amiga: este tema es muy interesante, daría para escribir montones de libros.
Resulta que yo también he ido a un lugar santo como ése,o mejor dicho: que comenzó su andadura como ése. Hoy es uno de los santuarios más importantes de España y cada año recibe la visita de miles de peregrinos: El Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar, (Jaén)
He ido desde Cádiz dos veces,y no sé qué decirte sobre sus poderes milagrosos, siempre te queda la duda de si tu petición se ha cumplido gracias a tus propios esfuerzos o has recibido la ayuda milagrosa.No se manifiesta contundentemente.
Tengo una experiencia digna de ser publicada, pero no aquí, algún día te la contaré.
Lo que sí te diré es que son muy abundantes esos centros milagrosos,muchos son un fraude, y yo enviaría al desempleo y daría un carnet de parado a cada santo que no cumpla sus promesas.¡Ya que no trabajan...!
He disfrutado mucho con tu historia. Un beso.Juan Pan

La autora dijo...

Juan, será muy interesante que cuentes tu experiencia en un relato. La verdad es que yo soy un poco cautelosa con estas cosas. Hay muy pocos lugares y apariciones acreditadas por la Iglesia, y muchas veces la fe y el poder mental se mezclan con otras cosas. Rozamos un terreno muy delicado. He oído hablar de la Virgen de la Cabeza y alguno de sus prodigios, sí :)
Gracias por tu lectura y comentario.