jueves, 16 de agosto de 2007

Chandella

De: Ariadna Belmonte [mailto:aribelmonte@telefonica.net]
Enviado el: miércoles, 01 de abril de 2006 22:59
Para: Etienne Lacroix
CC: JeanPaul Chevalier
Asunto: le prochain voyage

“CHANDELLA: dinastía de reyes hindúes procedentes de la estirpe rajput. Gobernaron un próspero reino alrededor de su capital, Khaduraho, entre los siglos X y XIV. La ciudad floreció con esplendor y llegó a contar con 85 templos, rodeados de lagos y jardines, de los cuales se conservan en espléndido estado unos 22, declarados patrimonio de la humanidad. Destruida y saqueada por tropas islámicas, Khajuraho fue abandonada y cayó en el olvido hasta que en 1838, el británico T. S. Burt, capitán de los Royal Bengal Engineers, encontró sus ruinas perdidas en la selva. Los templos de Khajuraho son considerados una de las maravillas del arte indio y son célebres por sus centenares de esculturas humanas en alto relieve representando espectaculares escenas eróticas de sexo explícito (…)”
“Los Chandella se consideraban descendientes de la luna (la diosa Chandra), muy unida a los cultos matriarcales de fertilidad; quizá esto explique el florecimiento del Tantra durante su reinado y la actitud permisiva hacia cualquier religión, pues sus templos presentan una miscelánea de cultos hindúes a Siva y Vishnú preferentemente.”

Chers amis, ¿qué os parece una visita a Khajuraho y sus templos en nuestro próximo viaje???

* * *

Re: Etienne Lacroix [mailto:etienne_lacroix@yahoo.fr]
Original message from: Ariadna Belmonte mailto:[mailto:aribelmonte@telefonica.net]
Sent: miércoles, 01 de abril de 2006 23:49
To: Etienne Lacroix
CC: JeanPaul Chevalier
Subject: le prochain voyage

Parfait, ma precieuse! On y va!

* * *

Re RE: Jean Paul Chevalier [mailto:chevalier_jp1969@vodafone.com]
Original message from: Ariadna Belmonte mailto:[mailto:aribelmonte@telefonica.net]
Sent: miércoles, 02 de abril de 2006 00:69
To: Etienne Lacroix
CC: JeanPaul Chevalier
Subject: le prochain voyage

Hélas, ma cherie. Tu ne voulais pas y aller, en Inde! Mais voilà (...)

* * *

Ariadna sonrió ante la pantalla del ordenador. “Sí, he caído, por fin”. Reclinándose en la silla giratoria, cogió el inalámbrico y abrió su agenda.

La agencia Antares era su preferida. Especializada en viajes para aventureros y recorridos que salían de las rutas habituales, tan pronto podía organizar una expedición al Himalaya como un safari de lujo para una luna de miel en Tanzania. Cuando contestaron al teléfono, Ariadna pidió hablar con Cecilia, su contacto en la agencia. Tras varios viajes, algunas conversaciones y citas para tomar unas copas y ver juntas los álbumes de fotografías de Ariadna, habían llegado a ser amigas.

-Buenos días, Lara Croft. ¿Qué hay de nuevo?
-Hola, Ceci. ¡Tú siempre tan chistosa! Oye, tengo una idea para este verano. ¿Te suena Khajuraho..., India?
Breve risa.
-¡Khajuraho! Y los templos... Ja, ja. Claro que sí. Tenemos una ruta que recorre la India profunda y se detiene allí. Dos días. ¿Crees que será bastante?
- Mmm. Bueno. Supongo que sí. ¿Por qué te ríes?
- ¿Tú qué crees? En las agencias lo sabemos todo... Esa es una ruta típica de ex hippies románticos y acomodados como tú, cariño.
Ariadna enrojeció junto al auricular.
-¿Ah, sí?
-¡Pues claro! No te hagas la tonta. La gente va allá para ver los templos y gastar rollos y rollos de fotografías. El espectáculo bien lo vale, ¿no crees? Es como un Kamasutra en tres dimensiones... Y se ponen hasta las cejas de todo. ¿Por qué vas tú?
Ahora rieron las dos.
-Vale. Pues resérvame tres plazas para un recorrido en julio.
-OK. Mejor la primera quincena. Todavía estaréis en la estación seca... Hace mucho calor, pero el monzón es aún peor.
-Llueve mucho, ¿verdad?
-Sí. Y la humedad, los mosquitos... ¿Qué te parece del 2 al 18 de julio?
-Perfecto.
-Ah, por cierto... Tres plazas, dices. ¿Volverás a llevarte a esos dos pedazos de...?
Ariadna la cortó, riendo.

* * *

Por fin estaban allí. El viaje había sido eterno, pero les había regalado espacio para hablar largamente. Etienne y Jean Paul habían llegado un día antes de la partida, desde París. Habían cenado los tres juntos y ellos habían pernoctado en el hotel gay más lujoso de la ciudad. Al día siguiente, habían emprendido el vuelo. Escala en Berlín, y de allí a Delhi. De Delhi a Calcuta y, finalmente, tras largas horas en autocares traqueteantes y visiones interminables de la India profunda, a través de las ventanillas cubiertas de mugre y polvo, habían ido a parar a su meca espiritual de aquel año. Khajuraho, en pleno corazón indio, bañada por las aguas del Ganges y abrazada por la selva rebelde, resistía el embate de los arrozales y la superpoblación descontrolada.

Eran los tres tan diferentes, pensó Ariadna, lanzando un vistazo a sus compañeros. Etienne el apuesto profesor de historia antigua, Jean Paul el chef galante de melena impecable y ella. La ejecutiva joven y solitaria durante once meses al año, aventurera durante cuatro lunas de evasión. Inseparables desde hacía años, perseguidores de emociones y lugares sagrados, invariablemente dedicaban a sus viajes un mes de su calendario anual. “Podríamos escribir un libro recogiendo todas nuestras experiencias”, había comentado Jean Paul, mientras sobrevolaban el océano, “para no olvidar”. Ariadna sabía que había cosas que jamás olvidaría. Muchas habían quedado grabadas, no sólo en su memoria, sino en su piel. Y se estremeció levemente, sintiendo el roce de su camisa sobre las cicatrices que Uluru había dejado en su pecho y en su vientre. Aquellas marcas de origen incierto, que muy pocos conocían y que ella procuraba ocultar.

Su periplo por la India no había sido placentero. Durante años, Jean Paul había insistido en que debían ir allí. Era, de los tres, el más místico, amante de lo exótico y lo sutil. Etienne, más sensible al encanto del mundo clásico, permanecía indiferente. Ariadna se resistía. No quería ceder a la rabiosa moda de la pasión oriental. No quería viajar como una turista ostentosa, refugiándose en hoteles de lujo e ignorando la India real. Tampoco quería caer en hipócrita solidaridad, apuntándose a un campo de trabajo, o fingiendo ayudar a unas misioneras mientras su maternidad se sublimaba, abrazando a pequeños harapientos de sonrisas radiantes y piel de color chocolate. La verdad inconfesada es que Ariadna odiaba la pobreza. Detestaba el olor de la miseria, las aglomeraciones humanas, el sudor, las montañas de basuras, las moscas, la enfermedad, el hambre... Y sabía que la India era eso. También era belleza, era magia, era historia... pero, ante todo, lo primero que ofrecía, como bofetada inesperada, era su olor. El aliento de la tierra india era una mezcla intensa y cruel. Olor a heces y a flores, a incienso y a decrepitud, a canela y sándalo envueltos en frituras, a jazmines y boñiga de vaca famélica, dulce y rancio, sublime y podrido a la vez.

La impresión de los primeros días fue posando en su interior, pero el estómago de Ariadna se cerró y apenas probaba alimento. Ni siquiera el occidentalizado menú de los hoteles pudo convencerla. Jean Paul, como buen gourmet y cocinero ávido de novedades, probaba delicatessen en los restaurantes, pastelillos rezumantes de miel y pinchos multicolores refritos en cualquier puesto callejero, paladeando con deleite el fast food milenario indio sin que su estómago sufriera por ello. Más prudente, Etienne sobrevivía a base de cocacolas y chiapati. Ariadna se aferraba a su botella de agua mineral, mientras sorteaban la marea humana que inundaba las calles, los chiquillos mendicantes, las bicicletas, los ricksaws enloquecidos compitiendo con motos, coches, vacas y mujeres envueltas en saris multicolores.

Por fin, Jean Paul tomó una decisión. Buscó un supermercado, se hizo con harina, manteca, un bote de salsa de tomate y una barra de mozzarella de importación. Con un par de guiños y una sonrisa sedujo a un joven camarero y se infiltró en la cocina del hotel. Aquella noche, la habitación de Ariadna se convirtió en improvisada pizzeria. Sentados en la cama de ella, los tres saborearon, riendo como chiquillos, la enorme pizza Margarita que Jean Paul había confeccionado, con su arte sin igual, para obsequiar a la inapetente y lánguida turista. Fue la primera cena que engullió de buena gana y, desde aquel día, se sintió con fuerzas físicas y anímicas para digerir el resto de India que les quedaba por recorrer.

Y allí estaban, en medio de un grupo variopinto de cincuenta turistas, vestidos de Coronel Tapioca y aplatanados bajo el sol, escuchando las explicaciones del guía local. Era un joven de piel caoba, reluciente pelo negro y vestido con un dhoti inmaculado, que hablaba un inglés digno de Oxford, observó Ariadna. Cuando el guía acabó su perorata, los turistas se desparramaron entre las pagodas y las avenidas de piedra, calados los sombreros y cámara en ristre.

Recorrieron el lugar despacio, sin apenas pronunciar palabra. Etienne iba sacando algunas fotografías, con respeto casi reverente. Diríanse peregrinos hollando un santuario prohibido. Pero bebían con la mirada. Sus ojos se posaron en las labradas montañas de piedra que ascendían hasta el cielo pálido, empañado por la calima. Recorrieron patios y pasadizos, umbrosas selvas de columnas donde los rayos de sol jugaban a iluminar dioses y flores aprisionados en la piedra. Contemplaron las imágenes. Cientos, miles de ellas, poblando las empinadas paredes de caliza, estallando, como la selva voraz, reventando la desnudez de los sillares, cubriendo el vacío hasta el último rincón.

Parecían vivas. Ajenos a las absortas miradas de los turistas, a las exclamaciones, a las risas y a los comentarios, hombres y mujeres de cuerpos tersos y curvas esplendorosas se entregaban a un culto peculiar. El culto donde el templo es el cuerpo, y la adoración el placer.

Jean Paul la sorprendió observando un grupo escultórico. Una mujer, enlazada por dos hombres. Ella se volvió y sonrió.
-¿Por qué te sonrojas?
Ariadna movió la cabeza. No he nacido ayer, se reprendió a sí misma.
-No lo sé... No es muy normal ver algo así cada día.
-No debería sorprendernos –repuso Jean Paul-. En nuestras catedrales románicas y góticas vemos cientos de esculturas de ángeles y de santos. Son nuestras imágenes sagradas. Están rezando y alabando a Dios. Aquí hacen lo mismo. Esas imágenes representan a hombres y mujeres dando culto a la divinidad. Sólo que... de otra manera.
Ariadna rió.
-Ce n’est pas le même!
-¡Pero es cierto! –él también reía-. Tú lo sabes tan bien como yo. Es otra mentalidad. Para los occidentales, rezar puede ser meditar, abstraerse y perder la vista en el cielo, entrando en éxtasis. Ellos –señaló las esculturas- también entran en éxtasis. El clímax amoroso, si lo piensas bien, es otra forma de alcanzar lo divino.
Tenía que rendirse. Jamás ganaría a Jean Paul en argumentos teológicos.
-D’acord. Estoy de acuerdo en que amando físicamente se llega al éxtasis... Pero “esto”, por mucho que digas, no es espiritual. ¡Es muy carnal!
-Ari..., ma cherie. La carne es la cosa más sagrada que existe, ¿aún no lo sabes? ¿Qué hay en nuestro cuerpo que no sea profundamente místico, intensamente espiritual?

Ariadna resopló. Hacía calor, las paredes del templo reververaban y la tierra ardía. Miró a su amigo y se apartó una mosca inoportuna de los cabellos que saltaban sobre su frente.

Etienne se acercó.
-¿Te gusta? –desvió la mirada hacia el relieve que había capturado su interés.
Ella asintió, sintiendo de nuevo el rubor en sus mejillas. Etienne se acercó más, enfocó las figuras con la cámara y ajustó cuidadosamente el zoom. El chasquido del disparo resonó sobre la piedra.

Cuando volvió a dirigirse a ella, Ariadna pensó que no había oído bien.
-¿Te gustaría hacerlo con nosotros?
El golpe de calor la sacudió. Pero, esta vez, no venía de afuera.
- Hacer... ¿qué?
-Ya sabes a qué me refiero. Jean Paul, tú y yo.
Se giró para mirar a Jean Paul.
-Pero... vosotros...
-¿Crees que no podemos amar a una mujer?
Ariadna tomó aliento. Eran amigos. Muy amigos. Compartían secretos. Pero jamás, jamás en los casi diez años que se conocían, había intentado entrar en su intimidad. Siempre los había respetado. Odiaba inmiscuirse. Odiaba estar en medio. Las caricias prohibidas habían quedado relegadas a su más oculta fantasía.

-No... –balbució, mientras el corazón se desbocaba en su interior-. A vosotros no os gusta...
-Tú eres diferente –afirmó Jean Paul, acercándose un paso-. Tú eres nuestra amiga.
-Nos encantaría –dijo Etienne, y le tomó la barbilla con una mano-. Y a ti... seguro que también te gustaría.
Ella sacudió la cabeza. Sus mejillas hervían, y hervía también su vientre, y sus senos, que de pronto notaba dolorosamente vivos bajo la camisa de algodón. Los miró, a uno y después al otro. No necesitó responder con palabras.

* * *

Anochecía. El hotel resplandecía, ciudad dorada mirándose en el espejo turquesa de la piscina, cristalina como una joya.

Ariadna salió de su habitación, recién duchada. Iba descalza, envuelta en la toalla, anudada bajo las axilas. El cabello le goteaba, dejando un rastro sobre la moqueta del suelo. Atravesó el pasillo rápidamente, mirando a uno y otro lado. Estaba desierto, nadie había subido a las habitaciones aún. Llamó a la otra puerta con tres toquecitos.

Fue Etienne quien le abrió. Ella lo miró e, inmediatamente, se dio cuenta de que le sobraba la toalla. “Hermes de Praxíteles”, la idea revoloteó en algún lugar de su mente, mientras intentaba apartar la vista de aquel cuerpo. Clavó los ojos en su rostro. Etienne también la miraba. Ariadna sintió un hormigueo en las rodillas.

Etienne cerró la puerta y, sin más preámbulos, le puso las manos sobre el pecho y deshizo el nudo. La toalla se deslizó cuerpo abajo y cayó al suelo. Él se acercó más, hasta rozarla. Sus dedos recorrieron el canalillo de agua que se le escurría por la columna abajo. La besó suavemente en los labios. Entonces la tomó de las manos.

-Ven.

Con el corazón palpitándole bajo el ombligo, ella lo siguió. Jean Paul los esperaba en el lecho. Tan sólo había una sábana y el dosel de la mosquitera. Etienne apagó las luces. Un velón ardía sobre el tocador; olía a cera y a miel. La luz del crepúsculo aún entraba por la ventana, con el resplandor de la piscina. Ariadna subió a la cama y se sentó junto a Jean Paul.

-Deja que te peine –le dijo él-. Como a una princesa Chandella.

Ariadna recordó las amantes esculpidas en el templo. Tan sólo lucían brazaletes, collares y adornos que recogían sus cabellos. Se sonrió. Una princesa... Ella apenas utilizaba joyas. Y su melena, en aquellos momentos, desafiaba a cualquier peine. Pero no resistió los dedos de Jean Paul, que sabía peinar con la misma destreza con que cocinaba. Apoyó las manos en la cama, se inclinó hacia atrás y cerró los ojos, mientras su cabeza se perdía en las manos de Jean Paul. Él comenzó a acariciar su cráneo, esculpiendo volutas en su pelo.

Entonces sintió las manos de Etienne. Goteando aceite, envolvieron sus pies. Ella estiró las piernas y respiró hondo. Cuando abrió los ojos, vio la silueta de Etienne, a contraluz de la vela, cerniéndose sobre ella. Sus manos se deslizaban por sus piernas. Llegaron a las rodillas.

Las rodillas. Sintió deseos de reír. Él seguía avanzando. Allí, justo encima de las rótulas, hacia adentro del muslo, donde apenas podía resistir el tacto. Se estremeció. Etienne se detuvo cuando ella se agitó involuntariamente. Y continuó. Ascendiendo, untándola, amasándola. Rodeó su sexo. Sus dedos apenas rozaron el vello, y Ariadna tembló. Volvió a cerrar los ojos. Las manos de Etienne se apartaron unos instantes, para regresar, destilando de nuevo. La fragancia de sándalo la invadió mientras él le acariciaba el vientre, desde el ombligo hacia arriba, siguiendo el laberinto de sus cicatrices. Esquivó sus senos y se detuvo. Ahora era ella quien destilaba.

Y de pronto, otras manos se liaron a su cintura, y sintió otro calor. Era Jean Paul. Su pecho le rozaba la espalda y los labios de él dibujaban versos sobre su nuca, arrancando el frío de su piel.

El placer se despierta, como una serpiente, y repta hacia arriba, buscando el infinito. O más bien fue un relámpago, que se desenroscó dentro de ella, hendiéndola como una saeta.

-Dios santo... Dios...

Las imágenes de la memoria se diluían con el tacto. Flotaba en su mente la escena en el templo, apenas unas horas antes. Las figuras. La princesa Chandella, dejándose amar por dos hombres. Etienne se inclinó sobre su rostro. Ella sintió su aliento y abrió los ojos de nuevo.

-Ariadna –susurró él.

Las manos se posaron sobre sus senos y los encerraron. Los encerraron, y ella sintió que se abrían como frutos. Etienne le ahogó el gemido, llenándole la boca con sus labios. Detrás, Jean Paul la sostenía, apretándola contra sí, arrebujándose en sus curvas, metiéndose en sus entrantes. Etienne continuó. Aflojó una mano y sus dedos resbalaron por el costado de Ariadna, torso abajo, abajo, abajo...

Gritó. Y sintió que su cuerpo estallaba y se derramaba, como la espuma de una ola rompiendo entre dos rocas.

2 comentarios:

JUAN dijo...

No sé qué decir, me he quedado sin palabras... Nunca algo tan sumamente erótico,tan bello y bien escrito he tenido en mis manos.
Confieso que me ha sorprendoido que hayas elegido a una pareja gay para hacer eso, laguna razón habá. pero indiferentemente de la inclinación sexual de los dos acompañntes de Ariana, la escena es maravillosamente descrita.
Debo felicitarte una vez más. Un beso.

La autora dijo...

Gracias, Juan. En la escena final hago un pequeño experimento literario... ¡que apenas se nota! Era un reto que me había propuesto desde hacía tiempo. Escribí esa escena sin usar un solo adjetivo. Desnudé el texto.
Saludos.