lunes, 30 de abril de 2007

El croissant

La puerta del estudio se abrió y cerró de golpe y los dos locutores se volvieron al instante. Con la bocanada de aire y de luz, la muchacha entró, apresurada, dos rosas encendidas en las mejillas. Pere y Joan la miraron, sonrientes. Allí estaba, alta, con su metro setenta y cinco de estatura y sus curvas de Venus mediterránea camufladas bajo el vestido negro, la cabeza coronada de volutas doradas. Jadeante, corrió a sentarse entre ellos. Se acomodó en la silla y ajustó el micrófono a su altura.
- Lo siento –se disculpó –llego un poco tarde... En dos segundos estoy lista.
Tomó aliento, mientras se dirigía a sus compañeros con sonrisa hechicera. Ellos vieron cómo se llevaba una mano al pecho, que subía y bajaba al ritmo de la respiración acelerada.
- ¿Has vuelto a subir corriendo las escaleras?
Ella asintió, mientras se atusaba el pelo. Aquellos bucles rubios que el viento hacía volar.
Pere y Joan se sonrieron de nuevo, encogiéndose de hombros. Qué manía de adelgazar, pensaban. Mar estaba estupenda tal como era... Era perfecta. Bonita, encantadora, de formas generosas y voz musical y aterciopelada. Y aquellos ojos, azules y diáfanos como su nombre. Dulces como el timbre de su voz. Desde que se le había metido en la cabeza que debía estar más delgada, se había empeñado en subir los cinco tramos de escaleras a toda velocidad, una, dos o tres veces dada día, evitando la artística cabina de hierro forjado del ascensor.

El programa comenzó. Era el diario hablado de la tarde, y los tres locutores se turnaban para dar las noticias. Joan, con su timbre grave y profundo, se ocupaba de la política y la sección internacional, mientras que la muchacha leía las noticias y los sucesos locales, alternándose al micrófono con Pere, de voz más aguda y desenfadada. Ambos se ocupaban también de la gaceta cultural. Corrían los años treinta, años de convulsión social y de efervescencia artística y cultural. Los tres compañeros trabajaban con orgullo y entusiasmo, pese a sus muy ajustados salarios. Formaban parte de un equipo singular y de un proyecto pionero. Aquella era la primera emisora de su provincia, y sabían que su audiencia los escuchaba con deleite.

Todos en la emisora recordaban el día en que Mar se presentó por primera vez. Con tan sólo quince años, venida de un pueblecito cercano a la capital, Mar había acudido al pequeño estudio, situado en el último piso del bloque modernista, apenas salir del instituto. Derrochando elegancia y desparpajo, con su larga falda negra y los cabellos sueltos, peinados hacia atrás, ligeramente maquillada, parecía una estrella de cine. Mar se había dirigido resueltamente al director de la emisora, el señor Miquel.

- He oído que están buscando voces femeninas para la radio... Y bien, ¿qué le parece mi voz?
Al señor Miquel le bastaron dos minutos para convencerse. La fichó y, a los dos días, Mar comenzaba su trabajo. Era la primera locutora de la emisora.

Mar conquistó a todos sus compañeros. Y no sólo con simpatía y belleza. Su voz era fuerte y sedosa a la vez, versátil y capaz de los más diversos matices. A la hora de retransmitir las novelas, o el espacio de poesía, Mar podía transformarse en un narrador solemne, un intrépido guerrero, una dulce amante o una enérgica heroína. No en vano era una de las favoritas en el grupo de teatro del instituto. Mar amaba la literatura, el espectáculo, el arte. Su nuevo trabajo la hacía sentirse mujer adulta, libre, completa. Abría horizontes amplios a su espíritu aventurero de adolescente venida de aldea. Mar necesitaba luz y aire libre... Ávida de experiencias nuevas y de conocimientos, se expandió como una flor durante aquellos dulces años, antes que el mazazo de la guerra triturara todos sus sueños.

Pere y Joan eran los compañeros ideales. Cultivados, caballerosos y con un permanente buen humor, Mar los quería tiernamente a los dos y se dejaba cortejar por ellos. Aunque Joan estaba casado y Pere tenía novia, a Mar le complacía cuando salían tarde de la emisora y ellos insistían en acompañarla un trecho a su casa, el piso de una prima suya donde se alojaba. Ellos la flanqueaban, uno a cada lado, la cogían del brazo, y ella se dejaba mimar, mientras sus voces risueñas resonaban en el silencio de las calles oscuras, comentando las anécdotas del día en la emisora.

Mar era el amor platónico de ambos... Y ambos miraban con cierta condescendencia los esfuerzos que la joven hacía últimamente por adelgazar. A veces bromeaban con ella. “No necesitas perder ni un kilo, ¿a dónde irán a parar esos coloretes en las mejillas?”. “Anda, Mar, si ya estás preciosa así... ¿Qué te sobran, cien gramos?” Ella fingía enojarse y los apartaba con un gesto. Después, ante el espejo, se miraba de frente y de perfil, alisando el vestido sobre su vientre, observando su trasero y su pecho. Ah... lo que veía no le complacía. Tal vez a los hombres les gustaban las curvas, sí. Pero ella admiraba otro estilo de mujer... Y ansiaba tener la cintura estrecha, el vientre liso y el cuerpo grácil, casi volátil, de una sílfide. A sus quince años, Mar luchaba contra la naturaleza, que se complacía en dotarla de formas más ampulosas. Dominaba su apetito, reducía sus raciones y se saltaba desayunos y meriendas, mientras volvía los ojos para no mirar los chocolatitos y los bollos, los churros y las ensaimadas, que sus amigas o sus compañeros se tomaban con descarado placer. Cuando le ofrecían, ella negaba enérgicamente con la cabeza. Sacaba una manzana de su bolsito y la mordía fingiendo desgana. La fruta jugosa llenaba su boca de miel y su estómago de ansia, y tenía que apretarse el abdomen para acallar sus rugidos de protesta.

Aquel día, después de la emisión de la tarde, y cuando se despedían, Joan dio una palmadita en el hombro de Mar.

- ¿Sabes qué día es mañana?
Ella sonrió, entre pícara e inocente.
- Mañana es 7 de mayo.
- Y... ¿qué pasó en un día 7 de mayo, hará unos... dieciséis años?
Todos rieron y Mar bajó los ojos, un poco sonrojada. La incipiente delgadez no había apagado el fuego de sus pómulos.

Era el día de su cumpleaños y le habían preparado una pequeña fiesta. Al acabar el programa, llamaron al señor Miquel, el director, a Mingo, el técnico, a Cinta, la señora que limpiaba... El locutor de los domingos, Andreu, también estaba allí. Todo el personal de la emisora se reunió junto a la mesa del director, para celebrar el acontecimiento. Pere llegó corriendo, con una botella de champán espumoso. Sabía que a Mar le encantaba. Mar resplandecía entre sus compañeros. Llevaba uno de sus habituales vestidos negros, que alargaban la silueta... pero su rostro era una explosión de color. Se había dejado el cabello suelto y sus ojos azules centelleaban, rivalizando con la piedra de fantasía que adornaba el pequeño broche sobre su escote.

- Y ahora –dijo el señor Miquel, muy solemne –Vamos a ofrecerte nuestro regalo más especial, para celebrarlo. Por un día vas a romper tu régimen espartano... ¡Te hemos traído un croissant!

Joan se acercó con una caja entre las manos. Era una caja enorme, de cartón, como las que se utilizaban para las ensaimadas o las tartas. En la tapa había pintado un gigantesco croissant, incitante y suculento, bañado de azúcar glasé. Los ojos de Mar se abrieron como dos lunas. No pudo evitar un gesto que hizo saltar las carcajadas de sus compañeros. Se relamió los labios, golosa. Y su estómago saltó. Se le estaba haciendo la boca agua.

- Está bien –concedió ella, jocosa –Un día es un día.
- Pero tendrás que compartirlo –la avisó Pere.
- No podrás acabarlo tú sola –terció Joan.
- ¡Por supuesto! –exclamó ella, riendo, y comenzó a abrir la caja, con dedos temblorosos.

Todos miraban expectantes. Mar deslió el cordel. Levantó la tapa y comenzó a quitar el envoltorio de papel de seda... Una hoja de papel, y otra. Mar frunció el ceño. Tanto papel... Cuando apartó el último, arrugado, enarcó las cejas de nuevo.

El croissant era minúsculo. Apenas un caracolito de pasta, menudo como una almeja.

“Así no te engordarás”, le dijeron, entre risas. Brindaron con champán, las bromas se sucedieron. Mar también se forzó a sonreír.

Le hubiera gustado que el croissant fuera realmente grande.