lunes, 15 de enero de 2007

La hermana del cura

Cuando Artemisa llegó al pueblo serrano que debía ser su nuevo hogar, todos los mozos casaderos del lugar posaron sus ojos en ella. Aunque sólo tenía quince años, su cuerpo estaba desarrollado como el de una mujer adulta. Alta y fuerte, descollaba entre las mozas de la aldea con su busto firme, sus largas y rectas piernas y su caminar enérgico y garboso. Como todas las hembras de su familia, Artemisa tenía una hermosa mata de pelo espeso y ondulado y aquellos ojos centelleantes y algo rasgados, entre inocentes y pícaros, que fascinaban al mirar.

Artemisa no era una moza cualquiera. Pero había algo más. ¡Era la hermana del cura! Y esto, ante los mozos, hacía de ella una presa casi inalcanzable.

La pequeña de una familia de nueve hermanos, Artemisa había ido a servir a la rectoría de su hermano, Don César. Y pronto demostró ser más que apta para ocupar el digno puesto de ama de cura. Se levantaba con el alba, ordeñaba la vaca, fregaba la casa, amasaba pan, hacía la colada en el río y tanto servía para coser como para guisar. La rectoría brillaba como una patena, y siempre había comida caliente en el puchero. Don César tenía invitados a comer un día sí y otro también, y Artemisa ganó fama de buena cocinera, además de ahorradora. Se decía de ella que, con un solo huevo de gallina, podía hacer tortilla tanto para uno como para seis. Por otra parte, la hermana del cura era devota como la que más. Barría la iglesia, lavaba y almidonaba manteles y corporales, restregaba los cálices hasta hacerlos relucir y siempre era de las primeras a rezar el Rosario y a oír misa diaria. Cuando tenía tiempo libre, y si no lo tenía lo buscaba, se calzaba las galochas y corría, que no andaba, por el camino de los llanos hasta la ermita cercana, la de la Virgen de las Campas, donde pasaba horas de deliciosa soledad barriendo el suelo de losas con escobón de brezo, poniendo flores a su Virgencita y rezando su rosario bajo la sombra del castaño centenario que crecía a la vera del santuario.

Artemisa era hacendosa y devota, y poco dada a chismes y comadreos. Ciertamente, Don César poco más podía pedir. Pero ¡ah!, su joven hermana tenía una debilidad: le apasionaba el baile.

Llegaron las fiestas del pueblo y los aldeanos despejaron la era y plantaron los envelados, mientras los vendedores ambulantes y los titiriteros plantaban sus carromatos junto a los almiares. Artemisa acudió a su hermano, modosa y algo zalamera.
- Ay, hermano. Déjame ir al baile, te lo ruego. Te prometo, por la Santa Virgen y el Corazón de mi Jesús, que me comportaré con toda decencia, ¡Dios me libre de pecar! Pero permite que vaya...
Don César suspiró y miró a su hermana, comprensivo. Aún era hombre joven, y conocía bien las costumbres del pueblo. Don César no era rata de sacristía; pasaba horas en el bar, con sus feligreses, iba a cazar con los hombres de la aldea y escuchaba más confesiones en el café o de camino al monte que en la iglesia. Pocas cosas podían escandalizarlo ya.
- Hermana, el baile no es pecado. Vete, pero procura guardar tu virtud. No dejes que nadie te ofenda. Tu alma es de Dios, y debes mantenerla pura.

Artemisa besó la mano de su hermano y corrió alborozada a sus faenas. Cuando acabó, preparó su manteo y su dengue, planchó su camisa blanca y enlustró sus zapatos nuevos.

Llevaba el ritmo en la sangre. Apenas el tamborilero comenzó a tocar, sus pies saltaron, danzarines, y su falda de paño rojo se desplegó y ondeó como amapola alrededor de sus piernas rectas. Bailó y bailó, incansable. En los corros, en pareja, jotas, dulzainas o muñeiras. Y luego, cuando llegó la orquestina, hasta pasodobles. No le importaba con quién, la danza se le metía en las venas y gozaba, sintiendo su cuerpo volar. “Mirad la hermana del cura”, se exclamaba más de uno. “Hay que ver, cómo le va el baile”. “Gracia no le falta, no”. Y los mozos del lugar se mordían la lengua, para no dejar ir otra suerte de comentarios. Los ojos, las manos, y también los pies, se les iban detrás de la airosa danzarina. Hacían cola para bailar con ella, y más de uno se llevó un puñetazo de propina por no aguardar su turno.

Al atardecer, Artemisa oyó las campañas de la iglesia tañer. Ding, dong, ding, dong. Pausadas y cristalinas, por encima del bullicio de la fiesta. A Rosario tocan, pensó. Hora de volver. Recogió su mandil, se ató bien el pañuelo en la cabeza, y se dispuso a regresar. Y emprendió el camino, prado a través, desde la era hasta el pueblo.

Cuatro o cinco muchachos fueron detrás de ella.
-¡Espera, Artemisa! Vamos contigo.
Ella se volvió, irritada y los miró. Tenía las mejillas coloradas y el viento agitaba su pañuelo.
- ¡Qué fermosa estás, Artemisina! ¡No te vayas ahora!
Llevaban unos vinos de más y tenían gana de gresca. La indignación relampagueó en los ojos de la moza.
- ¡Quitad, estúpidos! –les espetó, agitando la mano en un mohín, y continuó adelante, a grandes zancadas.
Ellos la seguían, a cierta distancia. Pues Artemisa se daba buena prisa en ganar pronto la seguridad de las calles del pueblo. Al final, se cansaron y sólo uno de ellos continuó tras sus pasos. Era Vicentín, el de la Miguelina. Un chico espigado y desmañado que andaba loco, loquito perdido, por la Artemisa.

Ella se giró un instante y lo vio, acercándose. Unas veinte yardas los separaban. Echó a correr. “La virtud”, pensó. “Ante todo, he de salvar mi virtud”. Pero Vicentín no se rendía y también trotaba, tras ella.

Artemisa se plantó junto a la trocha que atravesaba los prados. Se agachó y cogió una piedra.
- ¡Lárgate de una vez o te parto el cuello!
- ¡Artemisina! No seas mala, ¡vuelve aquí!

“Con que Artemisina tenemos, ¿eh? Pues sabrás lo que es bueno”. Y la hermana del cura se irguió, enarboló la piedra en su brazo firme y poderoso y la lanzó con todas sus fuerzas. Vicentín quiso esquivarla y se agachó, pero el pedrusco le dio de lleno en el lomo. ¡Puf! Artemisa oyó el golpe sordo sobre la carne, vio cómo el mozo se doblaba y caía de bruces. No quiso ver más. Dio media vuelta y corrió hacia el pueblo.

Al día siguiente, todo el vecindario comentaba la hazaña. “Vaya con la Artemisina, mira que es de cuidado”. “Le asestó una pedrada al Vicentín que un poco más y lo deja inútil”.

Don César llamó a su hermana, después de la misa, a la sacristía. Ella se presentó, obediente. Él aún llevaba el alba y la casulla sobre la sotana, y la hizo sentarse a su lado, en el escaño de roble. Artemisa tragó saliva. Cuando su hermano “iba de cura”, la intimidaba.
- Hermana, ¿no tienes alguna faltilla que confesar?
Ella enrojeció al punto.
- Hermano, te prometo, por la Virgen Santísima y por todos los santos, que ayer en el baile nadie me ofendió, y me comporté en todo momento con decoro y modestia. No dejé que un solo hombre se me acercara... más de lo debido.
“Ya, ya... No necesitas decirlo, ¡te lo tomaste muy a pecho!”, pensó el hermano, sonriendo para sus adentros. Pero su rostro era severo.
- No me refiero a eso, hermana... sino más bien a cierta pedrada...
Artemisa se irguió.
- ¡Ah, eso! Hermano, ¡eso no fue pecado!
- Pero, Artemisina, hay que ser moderado... Podías haberlo matado. Y matar, ya lo sabes, va contra la ley de nuestro Señor...
Ella se santiguó al oírlo, horrorizada.
- Dios me libre de cometer tal crimen, hermano. Pero el muy sinvergüenza me perseguía. ¡Tenía que defender mi virtud!
Don César suspiró y calló unos instantes. Luego, levantó la palma derecha. Artemisa bajó la cabeza y unió las manos.
- Ego te absolvo...


El pobre Vicentín tuvo que ir de urgencias a la capital de comarca, donde pasó dos días ingresado en el ambulatorio. Tardó más de un mes en recuperarse de la contusión y dicen que arrastró mal de riñones el resto de su vida.