lunes, 15 de enero de 2007

El puñal árabe

El puñal árabe sonreía, media luna metálica resplandeciente, colgado en la blanca pared. Ariadna le lanzó una mirada furtiva, antes que las ramas del abeto lo medio taparan.

Papá colocó el árbol de Navidad y mamá, sonriente, trajo la caja de bolas. Melania daba saltitos, bulliciosa, a su lado.
-Vamos, nenas, ya podéis poner las bolas y los adornos.
-¿Podemos hacerlo nosotras? –preguntó Melania, alborozada.
-¡Claro! Dejadme a mí las de cristal, y vosotras ponéis el resto.

Mientras mamá colgaba las bolas más delicadas, aquellas que parecían burbujas de jabón, irisadas y cristalinas, Ariadna y Melania se afanaron por colocar el resto. Cada bola era un habitante del árbol, cada una tenía su nombre, su carácter y su historia. Tenían que buscarle su hogar entre las picudas ramas del abeto. Y mientras la invasión de esferas multicolores iba colonizando la verde copa, una epopeya singular y un diálogo de voces tintineantes se iba desplegando sobre el árbol de Navidad.

Cuando estuvo acabado, mamá y las dos niñas lo miraron, satisfechas. Había quedado perfecto. Papá trajo su vieja Kodak y les sacó una foto. Luego, Melania y Ariadna miraron, con amor, su obra de arte. Era un universo particular donde hacer brotar su imaginación. Y acariciaron sus bolas preferidas. Eran sus protagonistas. La bola tornasolada de color rosa, en forma de corazón, y la roja brillante en forma de piña, con un medallón de diminutos cristalitos blancos, que Melania se empeñaba en llamar diamantes. Sus favoritas. Eran de las delicadas, de fino cristal.

Entre las ramas del abeto, el puñal árabe atisbaba, incitante. Ariadna le echó una última ojeada, antes de apartar la vista. Algo se había despertado en su interior. Era el geniecillo travieso, que revoloteaba inquieto, ávido de acción. Ariadna tenía seis años. Cara de muñeca, ojos redondos y dulces. Una niña buena, decían todos, o casi todos. Pero su alma era de muchacho rebelde.

Pasaron las fiestas de Navidad. Encuentros familiares, regalos, villancicos. Vacaciones escolares. Ariadna y Melania disfrutaban sus horas en casa. Las mejores, hilando mundos fantásticos alrededor del pesebre y de su árbol.

Una tarde, papá y mamá fueron al cine. “Nenas, portaos bien. No abráis la puerta a nadie. Sed buenas. Volveremos pronto”. Besos en las sedosas cabecitas y el golpe de la puerta al cerrarse. Crac, crac, vuelta y media de llave. Las dos niñas se miraron. ¡Solas en casa! Solas en su castillo, libres para dar rienda suelta a su fantasía. Y corrieron junto al árbol.
Llevaban un rato jugando cuando Ariadna levantó la vista. Allí estaba, de nuevo. Apostado tras las ramas de abeto. El puñal le hizo un guiño seductor. Y el genio travieso saltó de nuevo.
- Mel, ¿no te gustaría ver de cerca el puñal?
Melania se encogió de hombros y lo miró, desconfiada. Tenía apenas cinco años.
- Mamá no quiere que lo toquemos, Ari.
- Pero ahora no está... No se enterará nadie. Si cojo una silla y me subo, puedo llegar hasta él. Ya verás.
- Bueno...
Dicho y hecho. Ariadna arrastró una silla del comedor hasta la pared, junto al árbol. Y trepó por ella.
- Sujeta la silla, Mel.
La hermanita obedeció, y agarró las patas de la silla con sus brazos, empujando contra ella con todo su cuerpecito.
- Un poco más, Mel. ¡Casi llego!
- ¡Vamos, Ari! ¡Vamos!
El puñal sonreía, sardónico, mientras Ariadna se ponía de puntillas y alargaba el brazo. Los dedos lo rozaron, ¡ay, que lo tenía! Las hojitas de abeto le picaban en la mano.

Entonces ocurrió lo inevitable. Mel empujó tanto la silla que la desplazó hacia el abeto, y Ari alargó tanto su cuerpo que perdió el equilibrio. El árbol de Navidad protestó, se tambaleó, y cayó al suelo. ¡Blam! Y Ariadna fue tras él. Estrépito de ramas partidas, cristales y campanillas. Quedó sentada entre las espinosas ramas, mientras a su alrededor crujían los despojos de las bolas de cristal aplastadas.

Las dos hermanas contemplaron la devastación, horrorizadas. El duende travieso de Ariadna huyó como por ensalmo. Y una pena honda, lacerante, la hirió mientras miraba desolada la ruina de árbol. Su bola favorita, la perla irisada de color rosa, estaba hecha añicos. Su heroína muerta.

Huyeron. Se refugiaron bajo la cama de Mel. Y allí dieron rienda suelta a su llanto, con todas sus fuerzas. Lloro de miedo, de espanto, de culpa. ¿Qué dirían papá y mamá...? Habían sido malas, les estaba bien merecido. Pero lo que más le dolía a Ariadna era la pérdida, la rotura, la muerte. Su corazón era de chico rebelde, pero aún era muy frágil. Como la esfera de delgado cristal.

Papá y mamá las encontraron llorando quedamente, con las caritas congestionadas y los ojos enrojecidos, hipando mocosas sobre la alfombra de su habitación. “¡Nenas! ¿Qué ocurre?”

Curiosamente, no se enfadaron. Mamá barrió los pedazos de cristal roto y recompusieron el árbol. Unas cuantas bolas se habían salvado de la hecatombe. Entre ellas, la piña roja con corazón de diamantes de Mel. Compraron algunas nuevas. Ariadna adoptó una nueva favorita. Aunque nunca sería su perla rosada. Y las vacaciones continuaron apaciblemente. “Mel, no te chives”, le había suplicado Ariadna a su hermana. Por una vez, Mel, no se fue de la lengua. Nadie supo el secreto, la verdadera causa de la caída del árbol de Navidad.

Atisbando por detrás de las ramas del abeto, el puñal árabe, intacto, seguía sonriendo en su vaina de bronce afiligranado. Ariadna lo miró, hosca, y volvió el rostro. Había aprendido una lección. Y sujetó a su geniecillo travieso, atado, muy adentro. Tenía que domarlo. El chico rebelde tardaría años en reaparecer.

2 comentarios:

Esther dijo...

Querida Elisabet:

¡Por fin leo este cuento!

“Mientras mamá colgaba las bolas más delicadas, aquellas que parecían burbujas de jabón, irisadas y cristalinas” Volví a mi infancia. Armar el arbolito...y sí, esas esferas redondas y brillantes, que tan fácil se hacían añicos...!y tan maravillosas que eran!

“El árbol de Navidad protestó, se tambaleó, y cayó al suelo. ¡Blam! Y Ariadna fue tras él. Estrépito de ramas partidas, cristales y campanillas. Quedó sentada entre las espinosas ramas, mientras a su alrededor crujían los despojos de las bolas de cristal aplastadas.” Me encantó: el párrafo tiene toda la frescura de las travesuras infantiles...el estropicio inevitable...y uno ya se está preguntando ¿y después? ¡pobres niñas!

Me gustó mucho el cambio de registro en:
“Pasaron las fiestas de Navidad. Encuentros familiares, regalos, villancicos. Vacaciones escolares. Ariadna y Melania disfrutaban sus horas en casa. Las mejores, hilando mundos fantásticos alrededor del pesebre y de su árbol.
Una tarde, papá y mamá fueron al cine. “Nenas, portaos bien. No abráis la puerta a nadie. Sed buenas. Volveremos pronto”. Besos en las sedosas cabecitas y el golpe de la puerta al cerrarse. Crac, crac, vuelta y media de llave. Las dos niñas se miraron”
Claro, toda el cuento así, no, no iría, pero aquí !es excelente!

Un relato precioso y dulce....

Cariños,
Esther

La autora dijo...

Esther, ¡este es el famoso cuento que tanto gustó a Ñam! Es uno de los antiguos, de Navidad pasada, ya ves, aun no habías ingresado en los foros... Bueno, gracias por leerlo y por tus correcciones, las he aplicado en mi documento original. Besos,

Eli