sábado, 9 de diciembre de 2006

los supervivientes

Demolieron el viejo barrio industrial. Derribaron las casitas obreras apareadas, las vetustas naves de la era industrial, y en pocos días el suburbio se había convertido en un desierto de tierra apisonada.

¿Un desierto? No. Había supervivientes.

Eran tres. Solitarios e incongruentes, irguiéndose en la vastedad desolada de los solares arrasados, contra el cielo de inclemente azul.

Al principio se miraron, desconfiados y un tanto sorprendidos. Como tres solitarios centinelas, se oteaban, al acecho. Jamás se habían visto, el uno confinado en un patio, el otro recluido en un exiguo jardín, y el tercero olvidado en el parking de una fábrica. Pasados unos días, hicieron tímidos pasos para comunicarse... Un gemido, un soplo, un chasquido. Poco a poco, y a medida que se acostumbraban a su nuevo estado y a la inesperada compañía en medio del despojado yermo, comenzaron su diálogo singular.

Ella era hermosa y fornida. Su grueso tronco se aferraba al suelo y lanzaba al aire su penacho de hojas, como un surtidor perfecto y simétrico. Desalojada de la sombra de su oscuro jardín, se ufanaba, orgullosa y coqueta, bajo el sol playero. Soy una dama, había aclarado a sus compañeros, mientras ahuecaba graciosamente sus largas y elegantes hojas. ¿No sabíais que hay palmeras macho y palmeras hembra? Ah, si pudierais moveros, os invitaría a degustar mis dulces dátiles...

El más larguirucho era el ciprés. Un tanto desmadejado y perplejo, al verse liberado de los desconchados muros protectores de su patio, ahora se expandía, lanzando sus brotes audaces hacia el cielo puro. Por fin puedo saludar a mis colegas del cementerio, decía, alargando sus ramas más altas. Ah, quién estuviera allí, con tanta paz...Y desde la lejana colina del camposanto, en las afueras de la ciudad, sus picudos compañeros le respondían, silenciosos.

El tercero era el sauce. Llorón y risueño a la vez, su tronco dibujaba una ese leñosa que se espigaba en la cima, para alcanzar la luz y desparramar su lluvia de ramas cimbreadas y hojas tintineantes. Era grande y redondo como un enorme parasol dorado, y en absoluto triste, pues bajo su copa anidaba media docena de familias de pardales bulliciosos, además de un par de cotorras fugadas del cercano zoo.

Hablaban, y se contaron sus vidas. Ningún paseante solitario podía adivinar, cuando atravesaba cauteloso y apresurado aquellos sórdidos andurriales, que en el silencio de la mañana se desgranaba un diálogo incesante. Susurraba el sauce, murmuraba soñador el ciprés y la palmera batía palmas, bajo el sol curioso y benevolente.

¿Qué será de nosotros?, era la pregunta más frecuente. ¿Nos respetarán? ¿Nos dejarán vivir? Y, ¿qué van a hacer aquí?

Esta última era la pregunta que se hacían, también, los vecinos que aún quedaban en el viejo barrio proletario. No tardaron en saberlo.

Llegaron los técnicos, los arquitectos, el consejero municipal, unos señores barrigones con puros y gruesos anillos y, detrás de ellos una brigada de camiones y caterpillars. Pisos. Pisos de alto standing, dúplex, con vistas al mar, etc., etc. La urbanización y reconversión del antiguo barrio obrero, hoy solar devastado, estaba en marcha.

Los tres centinelas se irguieron, tensos y ceñudos, cuando vieron las máquinas de enormes fauces arañar y morder con furia la tierra endurecida. Pero temblaban. Sollozó el sauce, sacudió sus palmas la palmera y aulló dolido el ciprés. ¿Dónde estaban esos ecologistas, que ahora, cuando más los necesitaban, no se presentaban? ¿Es que nadie iba a enarbolar una pancarta para defender a las especies autóctonas? ¿Nadie gritaría, “salvad a nuestros árboles”?

En vista de que los ecologistas no aparecían por ninguna parte, los tres centinelas celebraron conciliábulo. Fue una noche sin luna, aprovechando el silencio y el letargo oscuro. Las máquinas dormían placidamente, como dragones metálicos exhaustos. Tan sólo los grillos los oyeron y fueron testigos de su complot. Una conspiración... ¡de árboles! Había que hacer algo.

Así, comenzaron su guerra particular. Cada cual empleó sus armas.

El ciprés enredó sus gruesas raíces en las palas de la retro. El motor del monstruo, revolucionado, se gripó, y tuvieron que detener la excavación, mientras una grúa colosal se llevaban la máquina a remolque y los operarios discurrían por dónde seguir cavando.

La palmera pinchaba con sus dedos largos y afilados. Una mañana se le ocurrió arrojar sus dátiles verdes a los incautos paletas. Uno de los inopinados proyectiles dio justo en el ojo al jefe de obras, el hombre tuvo que ir a urgencias y, durante unos días, la obra se detuvo mientras todos esperaban instrucciones del jefe.

El sauce lloraba y ululaba, tan fúnebre, que a los obreros les producía grima, y aplazaban un día sí y otro también la excavación de aquel solar. Un día, a uno se le ocurrió tomarse el bocadillo bajo su sombra amena. Otro lo siguió, y, al poco tiempo, el sauce era el punto de reunión, desayuno y cigarrillo de un buen grupo de trabajadores. De manera que decidieron que aquel pedazo de tierra sería el último en ser removido. E instalaron allí su zona de picnic particular.

Pero el tiempo jugaba en su contra y los tres sabían que, con cada día que pasaba, disminuían sus esperanzas. El ciprés habló con sus colegas del cementerio. Vosotros, que tenéis contactos con el más allá, ¿no podéis hacer algo... sobrenatural? Porque era un milagro, ahora, lo que necesitaban.

Y el milagro se produjo. ¿Fueron los ruegos, las amenazas, o los ángeles del camposanto? Nunca se supo.

Un día, visitó las obras la hija de uno de los promotores inmobiliarios. Enfundada en su traje Armani y con su melena estirada corte Cebado, la joven acompañaba a papá, a la señora alcaldesa y a sus sesudos asesores, cuando reparó en los tres curiosos sujetos, tres manchas de desesperado verde en medio del lodazal gris de la obra. Se levantó las gafas de sol Dolce & Gabbana y señaló con su brazo delgado e hiperbronceado, haciendo tintinear su brazalete de Tous. ¡Qué preciosa palmera! ¿Habéis visto? ¿Y aquel sauce? ¡Qué romántico! Señora alcaldesa, qué elementos más apropiados para un jardín de diseño postmoderno. Oh, y el ciprés... ¡perfecto para un jardín japonés! Deberían respetarlos. Crean una sinergia perfecta con el paisaje urbano y post-industrial, una complicidad única entre pasado y futuro... La antigüedad en armonía con el diseño vanguardista, bla, bla, bla...

Se entusiasmaron. La alcaldesa acabó parloteando alegremente con la chica sobre ropa, viajes al extranjero y los cocidos de su abuela. Los arquitectos comenzaron a disertar sobre diseño “integrado en el entorno natural”. Los jefes de obra, haciéndose los interesantes, sugerían sus mil y una ideas “creativas” ante la elegante señorita... Sólo el promotor inmobiliario escuchaba en silencio, con el ceño fruncido, echando irritadas bocanadas de humo de su habano y lanzando una ojeada condescendiente a su alrededor. Gilipolleces, decía su mueca desdeñosa. Pero, por supuesto, no pronunció nunca la palabra.

El flamante barrio marítimo se inauguró. Cintas cortadas, aplausos, botella de champán, flashes de prensa y parlamentos institucionales. En la enorme plaza lisa de cemento, donde el sol restallaba cegador, con algún que otro retal de yerba –jardines urbanos de diseño- un puñado de vecinos curiosos hacía visera con las manos para atisbar los impecables bloques de viviendas, cajas de hormigón y cristal, espejeando el sol y las olitas del cercano mar. Pisos de alto standing que, por supuesto, nunca serían de su propiedad. ¡Qué barbaridad de precios!, murmuraban algunos. Aunque se llenarían, sin duda, con el aluvión de nuevos ricos y ejecutivos venidos de la cercana metrópoli. Aquel barrio ya nunca volvería a ser suyo.

Pero los tres centinelas continuaron allí. Mudos testigos de la historia. El ciprés sobrevivió encajonado entre cuatro paredes de cristal, en medio de un montón de guijarros –jardín japonés, lo llamaban- ocupando el corazón mismo del centro comercial. Al menos, veía un cuadrado de cielo. Y el sol, cuando caía en ángulo, acariciaba las puntas de sus ramas. Desde aquel agujero aún podía comunicarse, invisible, con sus compañeros. Y, por supuesto, distracción no le faltaba, pues miles de paseantes ociosos circulaban a su alrededor, y alguno que otro lo miraba, de tanto en tanto, con ojos curiosos y embobados.

La palmera, por su parte, acabó en medio de una interminable acera donde, para hacer juego, plantaron una hilera de palmeras a un lado y a otro. Eran palmeruchas escuálidas y desplumadas. Qué poco gusto, pensó ella. Ni siquiera eran de su misma especie... Pero, como ya se sabe que en el reino de los ciegos el tuerto es el rey, la hermosa dama datilera se hizo la señora de la calle, y al poco las otras, sólo por no avergonzarse ante su exuberante belleza, acabaron medrando y levantando cabeza o, mejor dicho, luciendo palmito.

Pero el que salió mejor parado fue el sauce. Lo dejaron en medio de un jardín –hubo que retocar todo el proyecto de aquella manzana para hacer cuadrar la imprevista zona verde- y a su alrededor plantaron césped. Por supuesto, los perros fueron los primeros en hacer su aparición por allá, abonando la tierra con sus generosas deposiciones. Luego el ayuntamiento plantó un cartelito con el dibujo de un can atravesado con una raya roja y los chuchos dejaron de merodear. De manera que, ahora, el sauce llorón ya no llora. Ríe, susurrando alborozado, cuando la brisa juega con sus hojas y los niñitos de los papás recién llegados al barrio corretean, jugando al escondite y a hacer casitas entre sus ramas.