sábado, 9 de diciembre de 2006

La caza de los gamusinos

Manolo estaba encantado. Su amigo Paco lo había invitado a pasar un fin de semana con él, en su pueblo. Abandonaron el campus universitario el viernes por la tarde y cogieron el primer tren, donde pasaron largas horas charlando y bromeando, mientras daban cuenta de las dos botellas que llevaban, camufladas, en sus mochilas. Así que, cuando llegaron a la remota aldea, los dos iban ya bastante alegres.

El pueblo de Paco era en un villorrio perdido entre los montes, un puñado de casas desparramadas a los pies de una sierra boscosa, rodeadas de campos donde pastaban las vacas. Manolo estaba encantado. Como buen urbanita, le apasionaba la montaña, y Paco disfrutaba iniciándolo en los secretos de la vida montaraz.

Los padres de Paco los acogieron en la vetusta casona de piedra, fría como un nevero, salvo en la cocina-comedor, donde se sudaba la gota gorda junto al fuego de leña y los humeantes pucheros.

Manolo no olvidaría aquel fin de semana. El sábado, pasaron la mañana pateando el monte y los prados, persiguiendo vacas y cortejando a una bandada de chicas montesas, risueñas y de mejillas coloradas. La tarde transcurrió en los dos únicos bares del pueblo, entre vinos, tapeo, juegos de cartas y bravatas con los amigotes de Paco que se habían quedado en el pueblo. Qué tíos tan cachondos, pensaba Manolo, encantado de la vida. A la noche, fueron a cenar a casa. Opípara cena, con mucho embutido casero y crujiente empanada. Los amigotes se presentaron a la sobremesa, casi a medianoche, y la madre de Paco hizo café para todos y sacó el aguardiente de guindas. Y entonces alguien levantó la voz en medio del jolgorio.
- ¡Eh! ¿Aún no habéis llevado a Manolo a cazar gamusinos?
Paco negó, riendo, y un coro de protestas se elevó al punto. ¡Pues no faltaría más! ¿Por qué no ir ahora mismo? Manolo se extrañó y remoloneó un poco. ¿A esas horas? Pues sí, hombre, la noche es la mejor hora, es cuando salen... Y no tardaron en abandonar la casa, en alegre tropel, para emprender la osada cacería.
- ¿Y las escopetas? ¿Cómo vamos a cazarlos? –preguntaba Manolo, un tanto abrumado.
- Tú no te preocupes. Los gamusinos no se cazan con fusil. Bastan unos palos... Tú coge el saco y agárralo bien. ¡No se te ocurra soltarlo! Son escurridizos y se escapan... ¡Andando!

Sin tener muy claro qué clase de animales eran, exactamente, los gamusinos, y un tanto atontado por los vinillos peleones y el aguardiente de guindas, Manolo siguió a sus amigos a trompicones. De repente, se sintió mareado y tremendamente cansado. Arrastraba los pies, mientras admiraba la energía inagotable de Paco y sus colegas. Ah, la vida montaraz... Sin duda, aquella gente tenía sangre de otra raza superior, pensó. ¿Cómo podían resistir tantas horas sin dormir, bebiendo como cosacos, y lanzarse a una extraña cacería a altas horas de la noche, recorriendo los cerros a paso endiablado?

Oía los gritos y la algazara de sus compañeros, desperdigados por el monte. Estaba oscuro, muy oscuro, y apenas veía nada. El frío mordía la piel. Trastabilló y se apoyó en el tronco de un oportuno roble.
-¡Agarra bien el saco! ¡No los dejes escapar! –gritó alguien, y Manolo sujetó con fuerza el morral, mientras un par de amigos de Paco echaban algo dentro. Manolo obedeció prontamente, sintiendo el peso en el saco, y apretó los puños.

La misteriosa cacería prosiguió. ¿Dónde están los gamusinos?, preguntaba Manolo, de tanto en tanto. No parecía sino que correteaban por doquier, y sus amigos iban capturándolos a puñados. El saco cada vez pesaba más hasta que, al fin, se lo echó a la espalda, para seguir, ciegamente, el rastro de los cazadores. ¿Era su imaginación, o los condenados gamusinos rebullían dentro del saco? Fuera como fuera, los malditos bichos pesaban como demonios...

Nunca supo cuánto tiempo pasó, pero, de pronto, Manolo se encontró solo. Solo y perdido en medio del monte. Y de noche. La lechuza aulló, en medio de la tiniebla, y un cuervo graznó entre la espesura del robledal. Tembloroso, con las piernas doblándosele bajo el peso del saco, Manolo maldijo la hora en que se había prestado a enrolarse en aquella cacería inopinada.

Regresó al pueblo, guiándose por un lánguido farol que alumbraba a las afueras. Agotado, muerto de frío y de miedo, demasiado helado para estar furioso, Manolo llegó a casa de Paco arrastrando su saco. Apenas llegó al patio, sonaron alegres voces y el haz luminoso de una linterna lo cegó. No pudo reprimir un juramento. Todos sus amigos lo esperaban.

Cuando el apabullado Manolo entró en la cocina, caliente como una sauna con aroma de empanada, Paco y sus compañeros le hicieron colocar el abultado saco sobre la mesa del comedor, ya despejada. Y todos lo rodearon, expectantes. Manolo lo abrió con cautela, mientras oía risitas contenidas... Y lo que vio lo dejó estupefacto.

¿Qué diríais que había dentro del saco?