sábado, 9 de diciembre de 2006

Jasmine -IV-

La carrera

Oscar lo anunció al equipo una tarde. Era un maratón importante y el equipo del instituto tomaría parte entre otros de la ciudad. Cada equipo podía elegir hasta dos candidatas para la carrera, las mejores. Por supuesto, todas sabían quiénes eran. Vanessa y Sandra sonrieron al oír a su entrenador. Pero, en el transcurso de aquella primavera, algo vendría a cambiar las cosas.
Sandra llegó un día, con la pierna escayolada y entre muletas. Había ido a esquiar el fin de semana con su familia y había caído. ¡Mala suerte! Aquella tarde, Oscar recorrió con la mirada a su equipo de chicas corredoras... Vaciló un poco, todas guardaban silencio. Por fin, la señaló.

–Jasmine.
–¿Yo?

Jamás había soñado ser seleccionada para una competición. ¡Apenas quedaban unas semanas! Desde aquel día, ella y Vanessa tuvieron que entrenarse a diario. Jasmine lo explicó como pudo a su madre. Arrebujada en su pecho tierno, remoloneó como una niña mimosa, mientras jugueteaba con su velo y olía aquel aroma tan entrañable de mamá, mezcla de henna y de agua de rosas.

–Pero, hija... ¿Un maratón? ¿Por qué tienes que ir tú? ¿Qué le diremos a babá?

No se enteraría, insistió ella. “Yo misma se lo explicaré”. Aprovechó un momento en que él estaba de buen humor, después de la cena. Toda la familia se había reunido alrededor, como de costumbre. Sentados en la mullida alfombra, la madre servía los pocillos de té mentolado, hirviendo y muy dulce. Jasmine se sentó en la falda de su padre, cariñosa. Babá estaba contento, ¡había sacado muy buenas notas en el último trimestre! Y ella se sorprendió a sí misma oyendo con qué facilidad mentía y le explicaba que tenía que preparar trabajos de fin de curso con sus compañeras, en la biblioteca, y por eso regresaría un poco más tarde cada día, al menos durante un mes.

–Si es para seguir siendo la mejor de la clase... ¡Adelante! –dijo él, acariciando su mejilla. Luego la hizo bajar de su regazo, suavemente–. Vamos, ¡ya no eres una niña!

El día de la competición se acercaba. Vanessa y ella se entrenaban duro. Corrían, hacían ejercicios de musculación, se cronometraban, ensayaban la carrera una y otra vez... Con ellas dos a solas, Oscar dejaba de ser el muchacho guapote y algo ligón. Era duro, y exigía a sus pupilas hasta el límite. Las agujetas, que hacía tiempo habían dejado de sentir, volvieron. Vanessa se quejaba. A Jasmine también le dolía, pero callaba. En cierto modo, le gustaba que Oscar fuera así. Lo prefería.

Una tarde, Vanessa marchó antes. Había quedado con unas amigas para estudiar y Jasmine acabó el entrenamiento sola. Cuando se retiraba a los vestuarios, él la detuvo.

–Buen trabajo, Jasmine. Oye, te invito a tomar algo cuando salgas, ¿quieres? ¡Te lo mereces!

Ella enrojeció hasta las cejas, bajo su piel ya arrobada por el ejercicio. El corazón le dio un vuelco, ¡jamás un chico la había invitado a tomar nada! Pero Oscar sonreía con mirada inocente. ¿Qué tenía de malo? Y aceptó.

No podía creérselo. Había salido, con el pelo mojado, sin recoger, y sin pañuelo. No fueron muy lejos. Se sentaron en una terracita al aire libre, enfrente del instituto. Él pidió Coca Cola. Ella no sabía qué pedir y pidió lo mismo. Y se retrepó en la silla, nerviosa, mirándolo de reojo. Alá misericordioso, qué guapo estaba, pensó. La cara despejada, aquellos buclecillos de pelo mojado y rebelde... y aquel cuerpo de Apolo insinuando sus curvas fibrosas bajo la camiseta de algodón. Oscar la observó, sonriente, con su sonrisa limpia y cautivadora. La miraba a los ojos sin temor, y Jasmine respiró hondo. “Es mucho mayor que yo”, se dijo, “¿Veintidós años, había dicho? De quince a veintidós iban siete... ¿Eran mucho, siete años?” Mientras cavilaba estas y otras tonterías, él comenzó a hablar, despreocupadamente. Cuando el camarero les sirvió las Coca Colas, ella agarró su vaso con fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Una brisa traviesa sopló sobre sus cabellos, los bucles húmedos le rozaban la nuca.

–¿Sabes? –decía él–. Cuando nos preparábamos para las pruebas del INEF, no podíamos tomar nada de esto. ¡Sólo agua! Agua pura, arroz hervido, pollo... ¡y clara de huevo! Y un montón de suplementos de proteínas y minerales... ¡Era terrible!

Oscar le explicó los duros años de preparación física, la prueba final, la emoción de aprobar... Le habló de sus sueños. ¿Por qué le contaba todo aquello?, se preguntaba ella. Pero bebía sus palabras con fruición. Quería seguir con el atletismo, competir, al menos durante unos años. Y luego, tal vez montar un gimnasio. O quizás se decidiera por hacer clases. Le gustaba entrenar a chicos y chicas más jóvenes, incluso a niños pequeños. Quería enseñar lo que él había aprendido, animarles a luchar por una meta, por un sueño. Por eso había formado los equipillos de atletismo del instituto. Como profesor todo era más seguro, dijo. Aunque un cierto grado de riesgo le atraía...

Jasmine lo escuchaba, atenta, asintiendo y preguntándole de tanto en tanto. Se olvidó de sus propias sensaciones y de su refresco. La Coca Cola se calentaba entre sus manos y las burbujitas languidecían, posándose en el fondo del vaso. De pronto, Oscar se detuvo y se hizo un silencio. Ella levantó los ojos hacia él, alarmada. La estaba mirando fijamente.

–Bueno, ¿y tú? Me he pasado el rato hablando de mí mismo y de mis cosas, ¡menudo rollo te he largado! ¿Qué me dices de ti?
Ella se encogió de hombros y sonrió, entre tímida y coqueta. ¿Qué podía decir?
–Jasmine... –murmuró él, y ella se estremeció al oírlo. Arrullo de palomas.
–¿Qué? –respondió, con cierta brusquedad.
–Tienes un nombre precioso. Jasmine... ¿qué significa?
–En árabe, Jasmine es un nombre de flor –explicó ella.
–Qué bonito. Una flor. Va bien contigo. ¿Sabes qué significa Oscar?
Ella negó con la cabeza y bebió un sorbo de Coca Cola. Lo miró curiosa.
–Pues fíjate. Oscar es un nombre céltico. Significa el que ama a los ciervos. Los ciervos son animales corredores... ¿será casualidad?
Ella asintió y, de pronto, se echó a reír. La Coca Cola burbujeaba en su garganta y le hacía llorar los ojos. Era como estar ebria... ¿Se le habría subido a la cabeza? Jasmine tampoco podía creer que era su voz la que oía, juguetona y bulliciosa.
–Así que eres amante de los ciervos... Y nosotras, las chicas del equipo, somos tu manada de ciervas, ¿no es verdad?
Ahora él también reía. Qué bueno, santo cielo, qué bueno era reír juntos, pensó ella. Era como una catarata que se desencadenaba, jocosa y alborotadora, espumeante como la Coca Cola deslizándose por dentro de su pecho.
–Pues sí, en cierto modo, sí...
–Y tienes que domarnos para que no nos desmadremos como cabras locas –continuó ella, risueña, osadamente locuaz.
Oscar se la quedó mirando de nuevo. Y sonrió de un modo especial. Con ternura. Movió la cabeza y esperó que la risa cascabelina cesara.
Entonces se acercó a ella, apoyando los codos en la mesita de metal, y la miró a los ojos. Bajó la voz.

–No, Jasmine. Mi tarea no es domaros. Mi misión, como entrenador, es justamente lo contrario. Debo conseguir que saquéis todas vuestras fuerzas, vuestro genio y vuestra ira interior. He de hacer que aflore en vosotras vuestro yo más salvaje. Y que, el día de la competición, esa fiera salte sobre la pista.

* * *

Llegó el gran día. Su madre estaba nerviosa, y Jasmine meditó, por primera vez, cómo debía sentirse, teniendo que ocultar tantas cosas, ya no sólo a sus hijos, sino a su esposo. Pero estaba resuelta. “Iré a verte. Esto no puedo perdérmelo”. Era un sábado por la mañana. Las dos marcharon. De compras al centro, dijeron. Cuando llegaron al estadio, Jasmine tomó la bolsa de lona y corrió al vestuario. Vanessa la esperaba, ya lista, inquieta. La veía insegura por primera vez. Oscar también estaba cerca. “Vamos, mis muchachas, a por ellas”. Jasmine estaba tranquila. Ni por asomo soñaba competir con aquellas formidables corredoras, puro músculo, que le sacaban una cabeza por encima del hombro. Vanessa aún podía esperar algo, pero ella tan sólo competía por competir. Correría lo mejor que supiera, era su primera carrera, sería como un entrenamiento más. Se miró y se vio esmirriada y poca cosa. Llevaba su maillot y su body de licra bajo una camisa holgada. Y el pañuelo. Ajustó el nudo y salió a la pista.

Eran doce corredoras de cinco equipos distintos. Cinco vueltas, mil metros. Lo habían repasado con Oscar una y otra vez. Si después de la segunda no estáis entre las cinco primeras, mantened el ritmo y olvidaos. ¡Disfrutad! Si en la cuarta conseguís estar entre las primeras, ayudaos. Relevaos y no dejéis que os adelanten. En la última vuelta, no ahorréis las fuerzas e intentad un sprint. ¡Sin aflojar! Ahora todo depende de vosotras.

Encajó su mano con Vanessa, se sonrieron y se situaron en la línea de partida. Jasmine recorrió con la mirada las graderías, atestadas de padres, hermanos, abuelas y pandillas de amigos que coreaban a sus campeonas. La buscó con la mirada. Allí estaba. Erguida, serena, enfundada en su elegante jabador y con su velo color crema, su madre también la miraba, casi con devoción. Se mordió los labios cuando alguien a su lado la señaló e hizo un comentario. “Ese velo”. Ella movió la cabeza. No le importaba. Se dio cuenta de que muchos la señalaban y ahora el público observaba, curioso, a la chica del pañuelo, la mora escuálida y desmañada, con aquella camiseta ancha como un blusón sobre sus piernas flacas. Respiró hondo y recordó las palabras de Oscar. Y su voz. Se agachó y posó las manos en la pista. Aguardó, el segundo más interminable de su vida, hasta que oyó la señal de salida.

A medida que aceleraba, Jasmine dejó de pensar. Su cuerpo se elongaba, sus pies batían el suelo, rítmicamente. Dejó de mirar a sus compañeras, atenta a su respiración y a su pulso. Una vuelta, y comenzó a sentirse realmente bien. No le importaba ganar o perder, ¡disfrutaba corriendo! Alargó las zancadas, long strides, decía Oscar, en su inglés chapucero, mientras las azuzaba en los entrenamientos. El hombre en la luna da un salto seis veces mayor que en la tierra, recordó, sin saber por qué. Y saltó. Dos vueltas. Entonces miró adelante. ¿Sólo cuatro chicas? ¿Dónde estaba Vanessa? Alborozada, Jasmine apretó ligeramente el ritmo.

No supo cuándo ni cómo, pero lo sintió. En un momento dado, el velo se desató, y salió volando, como una mariposa atolondrada. La goma del pelo fue detrás. Jasmine sintió su cabellera flotar, libre por fin. Y corrió aún más. Como si le quitaran un peso de encima. Ahora su piel devoraba el viento.

Quedaban dos vueltas para la meta. Comenzó a oír, muy lejanos, batir de palmas. El público las jaleaba. Sólo tenía a dos corredoras por delante. Dos muchachas recias y altas, una pelirroja y hombruna, la otra castaña y elegante como una yegua persa. Corrían a ritmo implacable y regular, casi codo con codo, sin decidir a adelantarse. Forman una barrera, pensó Jasmine. Y entonces sintió que algo la molestaba de nuevo.

Era la camiseta. Sin dejar de correr, la agarró con ambos brazos y se la sacó por la cabeza, arrojándola lejos de la pista. ¡Ya estaba! Con la licra pegada al cuerpo, expuesta al mordisco del aire, Jasmine se sintió desnuda. Desnuda y salvaje, como una corza montaraz. Libre. Libre y enorme. “Oscar, esto va por ti”, pensó, sonriendo para sus adentros. Y la ira se desplegó dentro de ella, y se enredó en sus pies. Estalló en su pecho y salió volando sobre la pista, buscando el sol.

Volaba, y sólo sentía el latir de su pecho, y el aire, y la luz. Abrió los muslos y alargó los pasos. Se abrió paso por un lado. Rebasó la curva y las dejó atrás. Ellas mantenían su ritmo, pesado, regular, implacable. Pero Jasmine aleteó ante sus narices, y corrió sola la última media vuelta, la pista entera, ancha y vacía, extendida ante sus pies. Y cuando rebasó la línea de meta, no oyó los aplausos, ni los gritos, ni el clamor. Siguió corriendo, alada y sonriente, casi sin esfuerzo, hasta que la gente invadiendo la pista la hizo frenar, cincuenta metros más allá. Divisó a los entrenadores de los otros equipos, al fisioterapeuta, a los árbitros... Se acercaban a ella, felicitándola. Aún trotaba, cuando lo vio. Oscar apartó una valla y se acercó a ella de un salto. Y la abrazó.

-Mi gacela salvaje... ¡Has podido con todas!

Jasmine no sabía lo que hacía. Sólo sentía su pecho, palpitando furiosamente, contra el pecho duro y terso del entrenador. Había saltado a su cuello y lo había enlazado, con las piernas aferrando su cintura. Ella estaba empapada, desmelenada y sudorosa, pero él olía a limpio y su camiseta de algodón era suave. Enjuagó el rostro frotándolo en su hombro. ¡Alá misericordioso!, ¿qué estaba haciendo? Se soltó. Apartándose de él, miró a su alrededor. Las otras corredoras llegaban, derrengadas, los rostros contraídos por el sufrimiento. ¡Ella no había sufrido! Pero ahora sólo pensaba una cosa. Y se volvió hacia el público.

No oía los aplausos ni los vítores. Sólo buscaba a alguien con la mirada, hasta que la encontró. Y tuvo que frotarse los ojos. Entre el sudor y las lágrimas, que le escocían en las pestañas, Jasmine vio a su madre, en pie, gritando entusiasmada en medio de la multitud. Su melena, negra y espesa, caía sobre su espalda, mientras saludaba a su hija con una mano y con la otra agitaba el velo desatado en el aire azul. El pañuelo revoloteaba como una paloma.

1 comentario:

JUAN dijo...

Elizabeth, no seas modesta: cualquiera de estos cuentos o anécdotas son buenísismos para colgar en cualquier foro.¡Eres un buena escritora!
Te seguiré leyendo. Saludos. Juan Pan