domingo, 19 de octubre de 2008

La recogepelotas

¿Saben ustedes lo que es eso? Pues bien, eso soy yo. Me he pasado la vida recogiendo pelotas… aunque debo reconocer que no me ha ido tan mal. Y si no, juzguen por si mismos.

Las primeras pelotas que recogí fueron las de mi papá, que, después de dejar embarazada a mi mamá, desapareció literalmente del mapa, sin que jamás se supiera de él. Con lo que mis primeros años de vida fueron la triste infancia de una “hija de madre soltera” que nunca conoció a su padre.

Como mi mamá no llevaba bien la soltería, no tardó en emparejarse con otro señor, el papá de Kevin, mi hermano menor. Y digo “el papá de Kevin”, porque nunca llegó a ser mi papá, ni se preocupó por serlo. Mamá, llevada de su amor por él, volcó todo su cariño en el nuevo bebé, supongo que por ser hijo del hombre que entonces amaba, mientras que yo debía recordarle demasiado a aquel capullo que la abandonó… El caso es que mi hermanito se convirtió en el rey absoluto del hogar, acaparando mimos, halagos y caricias, mientras que yo sobrevivía con las migajas de afecto que caían de su opulenta mesa.

Ignoro si el cariño engorda, pero el caso es que, mientras yo era una niña flacucha y desmedrada, Kevin crecía a ojos vista, y no sólo en altura, sino en anchura. De manera que, a los ocho años, su papá decidió que el niño tenía que hacer deporte, y lo apuntó a fútbol en el colegio.

Como no quería que su retoño hiciera el ridículo, cada tarde lo sacaba a la plaza junto a nuestro bloque, para entrenar. A instancias de mamá, también yo iba con ellos.

El entrenamiento consistía en lo siguiente: el papá dirigía, lanzando la pelota e iniciando la jugada; Kevin tenía que pararla y chutar de nuevo, y yo… recogía las pelotas que se salían de campo o iban a parar demasiado lejos. Como Kevin no era muy ducho en esto de darle al balón, ya podéis imaginar que eran muchas. Así, me pasaba las tardes corriendo de un lado a otro, como un cometa, intentando que la bola no llegara a la calle. Me convertí en una experta parando pelotas, y si bien Kevin no logró adelgazar, en mi caso, creo que mi corazón se convirtió en una bomba incansable, y mis piernas flaquitas adquirieron unos graciosos musculitos que se marcaban al correr.

Kevin comenzó a jugar en un equipo del colegio. Para no volver sola a casa, me quedaba a sus entrenamientos. Tampoco faltaba a los partidos que jugaban cada semana, y en los que me convertí en la recogepelotas oficial. La verdad, ya no me importaba, incluso me divertía. Mis pies se habían hecho amigos del balón. Tanto que, un día, el entrenador se fijó en mí y habló con mis padres. “Esta niña tiene madera… ¡Tenéis que apuntarla al equipo de chicas inmediatamente!” El papá de Kevin torció el morro y a mamá no le hacía mucha gracia, pero el entrenador insistió e incluso logró que el colegio me becara para asistir a los entrenamientos. Por supuesto, yo puse todo mi entusiasmo y empeño para convencerlos.

Así, mientras Kevin seguía creciendo y engordando, y comportándose como un auténtico sátrapa en casa, yo me convertí en la estrella local del fútbol femenino juvenil.

Ah, mi racha no podía durar. Cuando acabé el bachillerato, me hacía mucha ilusión entrar en la universidad. Pero el presupuesto en casa sólo daba para una carrera y, claro está, mamá y el papá de Kevin reservaban esa partida para el futuro profesional de mi hermano… Que no era una lumbrera para los estudios, la verdad sea dicha. Iba trampeando sin pena ni gloria pasando de curso por pura clemencia de los profesores. Pero mamá y su papi estaban convencidos de que el chico era muy inteligente, oh, sí. Tan sólo faltaba que le pusiera un poco de ganas y acabaría estudiando lo que quisiera: ingeniería, arquitectura, medicina…

En fin, que no me quedó más remedio que apuntarme a unos cursos ocupacionales subvencionados, y por no tener mucho donde elegir, estudié un grado medio de administrativa.
Apenas acabé, tuve la oportunidad de incorporarme a un empleo inmediatamente, en una importante empresa en expansión. Yo quería estudiar más, pero había que contribuir a la economía familiar, así que olvidé mis sueños estudiantiles y me puse a trabajar.

En la empresa aprendí mucho. Como era la novata, sin experiencia alguna en lides laborales, y llegué muy dispuesta a obedecer para no perder el trabajo, pronto tuve oportunidad de regresar a mi viejo oficio. Acabé siendo la chica-para-todo que se ocupaba de los trabajos más machacas e ingratos, esos que nadie quería hacer. Y sí, también recogí las broncas y las iras del jefe, un hombre autoritario que, de puertas afuera, era un lince para los negocios, pero puertas adentro, en su cubil, se convertía en un tiranosaurus rex de cuyas iras todos intentaban zafarse. Todos menos yo, la recogepelotas.

De tal manera que, un día, cuando la secretaria de dirección se largó para ir a trabajar con la competencia, el jefe me eligió a mí –sí, a mí- para reemplazarla. Como había hecho prácticamente de todo, conocía todos los departamentos de la empresa y estaba sobradamente capacitada para mi nuevo trabajo. Para lo que no estaba preparada era para recoger otro tipo de pelotazos. Las envidias, las pullas y las zancadillas que recibí por parte de mis compañeras, especialmente de “ellas”, llovieron sobre mí durante los siguientes meses. Pero, como persona curtida en el arte de parar balones, supe aguantar el chaparrón y el jefe no tardó en confiarme cada vez mayores responsabilidades.

Por aquel entonces, yo ya vivía en mi apartamento, sola y feliz, pagándome todos mis gastos y disfrutando de mi libertad. Aunque esa felicidad no duró mucho. Después de aguantarlos tantos años, mamá se separó del papá de Kevin y de su obeso retoño y tuve que acogerla en mi casa, hacer de paño de lágrimas y ayudarla a buscar empleo.

Nuestro tiránico jefe se jubiló y su hijo pasó a ocupar su lugar. Yo temí ser desplazada de mi puesto… pero no fue así. El nuevo jefe intentó acoplarse a la empresa y puso toda su voluntad en conocer a su equipo y continuar la línea emprendedora de su antecesor.

Este cambio supuso una revolución, especialmente entre el personal femenino de la empresa. Porque el jefe no sólo era encantador. ¡Era guapísimo! Sólo tenía una pega… ¡estaba casado! Y felizmente casado, con una esposa ideal y unos hijos de anuncio de revista. Aunque amable, era inaccesible, y jamás se supo que cometiera un desliz con una sola de sus empleadas.

Desde ese día, yo viví y me desviví por la empresa –y, para qué negarlo, por él. No tenía vida privada. Me llevaba trabajo a casa, apenas aprovechaba mis vacaciones, no me importaba hacer horas extra… Todo, por recoger las pelotas de la empresa cuando se salían de órbita, o para centrar las que iban bien enfocadas y dejar que el jefe marcara unos goles impresionantes. Porque los marcó, sí. La empresa subía como la espuma y yo aguanté a pie firme los ataques furibundos de quienes intentaban echar por tierra los méritos de la incansable secretaria de dirección.

Pasaron los años, y mamá se volvió a casar. Me dejó de nuevo en casa, sola y feliz, aunque debo decir que apenas paraba allí, más que para tomarme una tila, escuchar sus confidencias ante la tele y echarme en la cama, muerta de cansancio. Mami siempre me reprochaba que, con el dinero que ganaba y lo guapa y delgada que me mantenía, aún no me hubiera casado. No podía entenderlo, y se empeñó en buscarme partido. Esta vez, le eché todas las pelotas fuera de campo. ¡Qué poco imaginaba ella la verdad!

Y pasaron unos añitos más. Mi jefe ya tenía algunas canas y le habían salido patas de gallo. Mis compañeras también aflojaron en sus envidias y ataques contra mi persona. Como dice el refrán, no hay mal que cien años dure, y el tiempo, bien cierto es, todo lo cura… Aunque no todo. Yo seguía fielmente enamorada de él, trabajando con devoción noche y día para mantener la empresa a flote, durante unos años de crisis que sobrevinieron, y que obligaron a despedir a la mitad del personal. Como podéis imaginar, yo resistí sin dudar, ¡nada me haría abandonar el barco! Ni siquiera la reducción de salario, ni la necesidad de trabajar más horas… Muchos de mis colegas se fueron por su propio pie, otros me echaron en cara que aceptara aquellas rebajas. Para una recogepelotas, los vaivenes de la fortuna nunca resultan excesivamente penosos.

Una noche me encontraba en mi despacho, trabajando concienzudamente hasta muy tarde, como solía hacer demasiado a menudo, en los últimos tiempos. Estaba completamente sola y me sobresaltó un ruido que oí en la puerta de la planta. Alguien entraba. Oí los pasos vacilantes, un tropezón, la luz del vestíbulo que se encendía… Salí con cautela y vi a mi jefe, mi adorado jefe, con el traje arrugado, sin corbata y la camisa desabrochada, los bonitos bucles canosos cayendo en desorden sobre la frente… Estaba visiblemente bebido y corrí hacia él, le ofrecí mi brazo y lo conduje hasta el sofá de la sala de visitas, brindándome a prepararle un café. Pero él me pidió que me sentara a su lado. Obedecí, temblorosa, y se echó a llorar en mi regazo. Su esposa, después de tantos años de feliz matrimonio, lo había dejado para largarse con su mejor amigo.

Lloré con él, lo escuché, lo consolé como pude… Me ofrecí a conducir su coche, aceptó y lo acompañé hasta su casa. Y luego, he de confesarlo, lo acompañé hasta la cama.

Pero… hoy lo puedo decir, tras un año de penalidades y litigios, de luchas por la empresa y por defender nuestro amor. Ese fue el mejor par de pelotas que jamás he llegado a recoger.