miércoles, 23 de enero de 2008

La venganza

La derrota

La guerra entre las dos superpotencias tuvo un rápido final, con la clamorosa victoria de la REA –República de Estados Aliados– sobre su único y tenaz rival, el Imperio Nagasori. Dos bombas biológicas de última tecnología hicieron estallar las principales bases del ejército enemigo y en pocas horas, la radiación programada exterminaba a tres cuartas partes de su población. La rendición no se hizo esperar y Nagasori pasó a formar parte de la pléyade de estados satélite de la ahora única potencia hegemónica del planeta.

El Gran Mandatario de Nagasori se suicidó ante los últimos supervivientes de su cúpula militar. Y, en medio de la confusión y la desmoralización de un pueblo diezmado, su segundo ascendió al poder. Era un personaje gris, con escaso don de gentes y nula capacidad oratoria, que había crecido a la sombra de un líder carismático, tan aclamado como temido. Pero todos lo siguieron sin dudar, atraídos por su fría serenidad y su capacidad innata para la organización.

Lo primero que hizo el nuevo Mandatario fue destinar los menguados efectivos militares que se habían salvado a la emergencia humanitaria y a la reconstrucción del país. A continuación, reunió a un nuevo cuerpo de Consejeros, designados tras honda meditación. A los Consejeros incorporó un joven inquieto, su ayudante, a quien se propuso enseñarle el arte de gobernar con la idea, en el futuro, de convertirlo en su sucesor. Este joven fue conocido como el Discípulo.

Tras abrir la sesión y permitir que los Consejeros se desahogaran, formulando sus quejas y lamentos ante la debacle nacional, el Mandatario se puso en pie, acalló a todos con la mirada y tomó la palabra.

-Señores –dijo, con su voz inexpresiva- podemos considerarnos afortunados. Debéis saber que la derrota es el primer peldaño hacia la victoria. Y el nuestro, como habéis comprobado, ha sido muy elevado.

Los hombres

El Mandatario puso a sus Consejeros a trabajar. Era prioritario levantar la moral del país y para ello nada mejor que dar dos cosas a sus habitantes: ocupación y motivaciones. Desenterró viejos lemas y compuso otros nuevos, que se multiplicaron por todo el país en pancartas, muros, edificios públicos y paneles televisivos. “El trabajo te hace feliz”. El país comenzó a hervir en la fiebre reconstructora. “El ocio es el opio del pueblo”. Era preciso, también, combatir el desaliento ante las estrecheces y ensalzar la austeridad: “Vales por lo que haces, no por lo que tienes”. Las escuelas y las universidades recibieron un impulso especial. “El saber te hace libre”.

Su predecesor había sido poco amigo de las prácticas religiosas. Preguntado por los Consejeros, el Mandatario reflexionó.
-Es sabido que las personas con creencias religiosas muestran una mayor resistencia ante las adversidades –dijo-. No fomentaremos la religión, pero tampoco será perseguida. En estos momentos, nos resulta útil.
Así mismo, se preocupó de forma casi obsesiva por alentar los vínculos sociales y familiares. “El individualismo te destruye” y “La comunidad te fortalece” fueron sus últimos lemas.

En pocos años, Nagasori pasó de potencia derrotada a un dinámico estado que resurgía con fuerza de sus cenizas y comenzaba a despuntar en los mercados internacionales, con sus productos de bajo precio y notable calidad.

Entonces, el Mandatario reunió a sus Consejeros.
-Ha llegado el momento de iniciar nuestro desquite –dijo, con su frialdad acostumbrada-. Será un camino lento y gradual, pero seguro. Nuestro Consejero Hiziro, aquí presente, ha diseñado una campaña perfecta destinada a nuestro primer objetivo.

Las llamaban “Alas”. Se trataba de un nuevo modelo de aeronave, pequeña, pensada para vuelos cortos con un solo piloto, sin acompañante. Poseían un diseño elegante, carrocería ultraligera y potentísimo motor. Los ingenieros de Nagasori consiguieron abaratar los costes de fabricación hasta cotas inusitadas, y no tardaron en invadir el mercado mundial. Las Alas hicieron furor. Por supuesto, los primeros clientes fueron los jóvenes adinerados de la poderosa REA. Pero su bajo precio y su infinita variedad de diseños y modelos pronto las convirtieron en un vehículo popular que se extendió como plaga por todo los países.

-Con las Alas les brindamos emoción, libertad, poder, fuerza… -explicaba el Consejero Hiziro a sus compañeros-. El sueño de todo hombre: volar como un pájaro. Casi hecho realidad. Sólo que… los sueños tienen su precio.

En el Ministerio del Exterior se abrió una pequeña división cuya finalidad era desconocida por casi todos los empleados del edificio. Tan sólo trabajaban en ella tres personas y se instalaron en un discreto despacho del sótano, sin ventanas, aislado y extremadamente sobrio. A los funcionarios les llamó la atención, en cambio, la instalación de los mejores equipos telemáticos que jamás habían visto, una potente línea de comunicación vía satélite y dos líneas de teléfono seguras y protegidas. Una conectaba directamente con el Ministerio de Economía. La otra, con el Ejército. Los tres funcionarios asignados a aquel despacho pasaban tan desapercibidos como podían, y apenas se comunicaban con el resto de personal del Ministerio. Cuando fueron preguntados sobre su cometido, se limitaron a responder que trabajaban para el “Departamento de la Lista”.

Cuando las Alas se expandieron por todos los países, el Departamento de la Lista comenzó a trabajar de firme. Datos de ventas, estadísticas, cifras… Otra plaga comenzó a avanzar, negra y ominosa. Las Alas eran vehículos excesivamente frágiles para la enorme velocidad y capacidad de maniobra que poseían. Y sus pilotos no se limitaban a utilizarlas como medios de desplazamiento. Un nuevo género de diversión, y nuevas competiciones aéreas, cundieron por todo el mundo. La emoción de poder volar se incrementaba exponencialmente si se le añadía otro factor: el riesgo.

El Mandatario volvió a reunir a sus Consejeros.

-El Departamento de la Lista nos ha pasado datos recientes. Según las últimas estadísticas, la cifra de muertos por accidentes asciende a seis millones, y el ritmo crece. Si continúa la progresión actual, en cinco años habremos saldado la deuda.
Los consejeros asintieron, gravemente. El Discípulo pidió la palabra.
-No obstante, será una parte de la deuda, solamente. Aún falta el resto.
-Efectivamente –repuso el Mandatario-. Nuestro próximo objetivo será fácil.

Los niños

-El Consejero Mikami, doctor en psicología y ciencias de la mente, junto con mi Discípulo, se ha ocupado del siguiente público diana –explicó el Mandatario, e invitó al consejero a hablar.
-Será muy fácil –el aludido se puso en pie, era el más anciano de los Consejeros y hablaba con voz suave y profunda-. Emplearemos técnicas que ya usaron nuestros antepasados, con éxito. Sólo que esta vez reforzaremos el componente subliminal. Nuestros estudios sobre las adicciones y los impulsos más arraigados en el subconsciente nos han ayudado a encontrar los argumentos y las imágenes más efectivos.

Los juegos digitales eran una realidad ampliamente difundida en todo el mundo, pero las nuevas ediciones de juegos multimedia de Nagasori arrasaron el mercado del ocio infantil y juvenil. Millones de niños comenzaron a vivir literalmente conectados a sus pequeñas computadoras portátiles, sacrificando horas de escuela, ocio y descanso. Los mundos virtuales se adueñaron de los hogares y los espacios públicos de recreo. Y, con esta nueva invasión, creció otra oleada amenazadora, que convulsionó a las sociedades de los estados libres.

El Departamento de la Lista pasó nuevos reportes y estudios al Mandatario y a su gabinete de Consejeros.

-Se están levantando movimientos sociales contra nuestros productos –explicó el Consejero Soyoku, experto en economía-. Asociaciones de madres y de maestros en todo el mundo achacan a nuestros juegos la creciente oleada de violencia escolar, casos de depresión, asesinato y suicidio entre niños y adolescentes.
Tras unos instantes de silencio, el Mandatario habló, dirigiéndose al Consejero Fujiko, responsable de comunicaciones.
-Bien. ¿Qué dice el último informe de la Lista?
-Un millón de muertes. Escaso.
-Suficiente –repuso el Mandatario-. Vendrán más. Esos niños serán adolescentes en pocos años. Y luego adultos. Toda una generación marcada.
-Una generación de adultos incapaces de trabajar, de mantener relaciones estables y de responsabilizarse de su propia vida –añadió Mikami-, será un lastre social incalculable y derivará en otros problemas.
-De todos modos –insistió Soyoku-, no podemos desdeñar a los movimientos opositores.
-¿Son realmente importantes? –inquirió el Mandatario.
-Grupos de mujeres e intelectuales –repuso Fujiko-. Son minorías poco significativas. Están bien considerados socialmente, pero nadie les hace caso. ¿Qué pueden hacer cuatro pensadores antipáticos ante una masa de críos y adultos ávidos de diversión fácil?
El Mandatario esbozó una de sus leves y rarísimas sonrisas.
-Esa es la gran debilidad de nuestro enemigo… -dijo el Consejero Mikami, su voz sonora llenando la sala-. Y sus gobernantes no son mejores que esas masas aborregadas, con el vientre lleno y el cerebro vacío. Son tan estúpidos que aún no han comprendido lo que hace siglos ya sabían nuestros antepasados, cuando se inauguró la era de la comunicación digital: que el verdadero poder no está en su dinero, ni siquiera en sus armas, sino en la mente.

Las mujeres

Un tema preocupaba aún al Mandatario, al tiempo que el imperio de Nagasori se hacía con un lugar cada vez más preeminente entre las potencias satélite de la República de Estados Aliados. Reunió a sus consejeros y pidió asesoramiento a la única mujer entre ellos, Toki.

-¿Qué punto débil podemos encontrar entre las mujeres de los estados libres?
Toki sonrió mientras sus ojos negros centelleaban.
-Es muy fácil –dijo-. Podemos darles todo lo que desean. Además, económicamente será un negocio perfecto.

La belleza. La eterna juventud. Los cosméticos naturales con fórmulas milenarias de Nagasori comenzaron a abrirse camino en los mercados de los estados libres. A diferencia de las Alas y los juegos, los productos de belleza no debían ser competitivos en sus precios, sino más caros. “En cuestiones de salud y belleza, precio elevado equivale a calidad”, explicó Toki al consejo. “Nadie en el mundo libre escatima su dinero por un bien tan codiciado”.

Tal como había predicho la consejera, los beneficios de las ventas fueron ingentes. A los productos, les siguieron las terapias, las sesiones de trabajo mental, la gimnasia, la música y las dinámicas grupales para potenciar la salud, la belleza y la autoestima. Un batallón de sanadores, terapeutas psíquicos, entrenadores y consejeros se desplazó desde Nagasori para establecerse como profesionales de la salud en las repúblicas libres.

-Con un mínimo de constancia –explicaba Mikami, ayudante de Toki en esta campaña- estas terapias crean una adicción física y psicológica tan sutil, que las pacientes no son conscientes de ella. En cambio, no pueden renunciar a sus tratamientos, y siempre ansían probar nuevos productos y técnicas.
-Son un mercado seguro, pues –aprobó Soyoku, el ecónomo.
-Son víctimas seguras –lo corrigió el Discípulo, mirando a su maestro.

Los productos se comercializaban en atractivos envases, con aromas y texturas cuidadosamente estudiados y manuales de uso redactados e ilustrados con suma pulcritud. En las etiquetas se facilitaba información sobre sus ingredientes e incluso se avisaba sobre posibles efectos secundarios en caso de abuso. “Puede provocar trastornos cardiovasculares”. La letra menuda no mencionaba, sin embargo, otros efectos colaterales.

-Su consumo a medio y largo plazo provoca infertilidad –explicó Toki a los Consejeros-. Las hormonas que contienen esterilizarán a generaciones de mujeres sin ellas saberlo.
-De todos modos –añadió el Discípulo, con sonrisa desdeñosa- esto también las favorecerá. Las mujeres de los estados libres no desean criar hijos.

Fue este efecto colateral de los cosméticos el que inspiró a Toki una línea nueva para ampliar su campaña. Durante semanas, reunió información exhaustiva y datos que le facilitó el Departamento de la Lista. En la siguiente reunión del consejo expuso su idea ante el Mandatario y el resto de Consejeros.

-En los estados libres hay un valor que no ha dejado de estar en alza durante décadas. Es uno de los productos más rentables y, para los ciudadanos, prácticamente una obsesión. Me refiero al sexo.
Los Consejeros se miraron y el Mandatario animó a Toki a seguir.
-En cambio, estudios de fuentes totalmente fiables demuestran que al menos dos tercios de la población femenina de estos países carece de una vida sexual satisfactoria. La mayoría de mujeres no experimentan el orgasmo en sus relaciones y, debido a la fuerte presión social, se ven obligadas a fingir, con lo cual su vida íntima resulta altamente frustrante.
Toki se detuvo unos instantes. El mandatario la miró sin ocultar una brizna de curiosidad. Después de tantos años trabajando a su lado, la Consejera aún podía sorprenderlo.
-Bien, demos a las mujeres de los estados libres lo que tanto anhelan –continuó Toki-. Diseñemos los mejores afrodisíacos. Démosles el sexo que quieren, placer sin límites, orgasmos múltiples y sensaciones que jamás han soñado experimentar. Este, sin duda, será nuestro producto estrella.
El joven Discípulo apenas pudo reprimir una carcajada, que rápidamente contuvo, bajo la mirada censuradora de su maestro.
-Será nuestra arma maestra –susurró, mirando a Toki de soslayo.

Y así fue.

Como las anteriores, los elixires amorosos, las cremas y los aceites eróticos también tenían efectos secundarios. Pero, esta vez, se omitió toda alusión en el etiquetado.

El Departamento de la Lista arrojaba nuevas estadísticas a diario.

-Son ya veinte millones –dijo Toki en el consejo-. Y el número aumenta día a día.
-Veinte millones de adictas –murmuró Soyoku-. La cifra ha superado en mucho las de las otras campañas. Lástima que los resultados sean a largo plazo…
-Pero serán devastadores –aseguró Toki, con firmeza-. Una mujer adicta, enloquecida por el sexo, significa la disolución de su familia. Muchas quedarán estériles. El efecto de nuestras “armas” es multiplicador. Las sociedades de los estados libres se desmoronarán por dentro, simplemente.

El Mandatario observó a Toki, su busto erguido y su rostro terso e inexpresivo. Y no pudo evitar un levísimo estremecimiento.

El Desquite

La popularidad del Imperio Nagasori crecía sin cesar. Sus productos, altamente valorados, invadían los mercados. Sus filmes, sus juegos, su música y su cultura estaban de rabiosa moda. El Mandatario había comenzado a prodigar sus viajes al extranjero, firmando tratados comerciales y acuerdos amistosos con los estados libres. Especialmente cuidó sus relaciones diplomáticas con la poderosa REA, con cuyos presidentes mantenía un trato cada vez más fluido y cordial. Invitó a un par de ellos a visitar su país, y se embarcó en la ardua tarea de redactar un tratado de cooperación militar. Este fue uno de sus logros más elogiados por los Consejeros.

-Sabiendo que somos sus aliados, dejarán de ejercer un control riguroso sobre nuestras maniobras y sobre nuestra industria bélica –explicó el Consejero Suzaku, que era a la vez general del ejército-. Podremos desplegar nuestras fuerzas a la par que las suyas, e incluso conocer sus movimientos, sin sospechas por su parte. Pero lo que ignoran –añadió, con sonrisa sibilina- es que estamos superando su tecnología armamentística. Gracias a nuestro programa de innovación y mejora continua, nuestras armas pronto dejarán atrás las suyas, en eficacia y en sigilo. Nuestros misiles son prácticamente indetectables. Cuando quieran darse cuenta, los tendrán sobre sus cabezas.

El Mandatario era anciano. Muy anciano. Su Discípulo hacía años que había dejado de ser joven, y participaba en el Consejo como un miembro más. En el gobierno y en la calle, se murmuraba sobre la vejez de su líder, y las conjeturas acerca de su sucesor despertaban animadas discusiones. Pero el Mandatario, gracias a su parca alimentación y a los suaves ejercicios que practicaba a diario, se mantenía activo y con una indiscutible claridad mental. Muchos eran los que decían que no quería morir sin ver culminada su revancha. “El Desquite”, como era designado en círculos militares cerrados, se había convertido en asunto de interés nacional. El Imperio aguardaba su hora, como tigre agazapado. Y el Mandatario aguardaba, impasible y sereno, meditando sus decisiones mientras nivelaba la grava de su pequeño jardín, rastrillo en mano y la mirada fija en las pequeñas piedras blancas, salpicadas de pétalos de ciruelo en flor.

Fue en aquel jardín donde mantuvo una conversación a solas con su Discípulo, que éste jamás olvidaría.

-Nuestro país ha cambiado mucho –le dijo el Mandatario-. Ya no es el pueblo empobrecido de la postguerra. Hemos presentado una batalla silenciosa a nuestro enemigo y la estamos venciendo. Pero no debemos olvidar que esas mismas armas se pueden volver contra nosotros.
-¿Qué quieres decir, maestro? –inquirió el Discípulo-. ¿Hablas de traidores entre los nuestros?
-No me refiero a esto –replicó el Mandatario-. Mira a tu alrededor. Nuestra sociedad se parece cada vez más a la de los estados libres. Vivimos inmersos en el bienestar y corremos el riesgo de caer como ellos, adictos a nuestros propios productos. Víctimas de nuestras propias armas.
-¿Cómo evitarlo? –preguntó el Discípulo-. Nadie desea regresar a la penuria.
-Esa será tu gran misión, el día que me sucedas en el gobierno –dijo el Mandatario-. Deberás rescatar los viejos lemas y fortalecer nuestros principios. Recuerda bien esto: aquello que te curó, es lo que te mantendrá sano.
El Discípulo asintió, en silencio.
-Cuando sea el momento –añadió el Mandatario, mirándolo fijamente a los ojos- sabrás lo que debes hacer.

Y, por fin, llegó el día.

El Mandatario reunió a sus Consejeros y a la cúpula militar en la sala blanca y desnuda, la misma que había acogido tantas reuniones, desde los años duros de la postguerra y el inicio del Desquite.

-Ha llegado la hora –dijo, escuetamente-. El general Suzaku y mi Discípulo, que actuará como mi delegado directo en esta operación, os explicarán en detalle el plan.
El general se puso en pie y habló a sus oyentes.
-La poderosa República de Estados Aliados se hunde. Las crisis sociales y económicas, la caída demográfica, la corrupción del gobierno y la violencia sin control han minado a nuestro enemigo hasta límites antes no alcanzados. Su último presidente ha demostrado una total incapacidad para conciliar sus intereses con los demás países. No cuenta con otro aliado más firme que nosotros. Por tanto, es el momento en que debemos desplegar nuestras fuerzas.

Tras proyectar un mapa del planeta sobre la pared, el militar y el Discípulo fueron explicando, con la ayuda de un programa de simulación digital, la estrategia diseñada.

-Cuando el último misil sea lanzado –acabó el Discípulo, abarcando con su mirada a todos los presentes- podremos decir que el mundo entero estará en manos de nuestro Imperio.

Un silencio pesado siguió a sus palabras. El Mandatario observó a sus Consejeros, ancianos como él, a la implacable Toki, a los militares, ávidos de entrar en acción. El general Suzaku se adelantó, ceremoniosamente.

-Señor –dijo, inclinándose ante el Mandatario-. Este gran momento es, sin duda, el mejor fruto de vuestro trabajo. Será vuestra gran victoria.
El Mandatario movió la cabeza.
-Nuestro enemigo ya ha sido derrotado –respondió, calmadamente-. Lleva la destrucción inscrita en sus mismas entrañas, desde hace mucho tiempo. Nosotros sólo le hemos proporcionado las armas.

5 comentarios:

zoquete dijo...

Interesantísimo repaso de lo que deberían ser las bases de una sociedad sólida (o lo que la hace frágil), e inquietante paralelismo con muchas (¿todas?) de nuestras prácticas.

Estructurado de forma tan fría y milimétrica como se supone al nuevo líder. Pero se me queda corto, muy descriptivo y sin "escenas" que me ilustren el proceso, parece el resumen de una novela que, desde luego, sería un placer leer.

Elisabet dijo...

Hola, Zoquete,

Me tienes intrigada, ¿nos conocemos de algún foro? Verás, este cuento claro que puede dar de sí para una novela, pero lo redacté deliberadamente frío y muy sobrio. "Como el líder", ya lo notas muy bien. Si lees otros cuentos, ya verás que de tanto en tanto me gusta cambiar de estilo y probar cosas diferentes.

Gracias por tu sensible lectura y comentario.

zoquete dijo...

No y sí.

No me parece que nos conozcamos, que yo sepa. Llegué hasta tu blog buscando información sobre el paradero de Prometeo, que ya hace tiempo que no da señales de vida y cuyos escritos se echan de menos.

Y sí, te seguiré leyendo, pues llevo dos sobre dos de relatos tuyos que me han gustado, y ya que nos los pones gratuitos... ;)

Elisabet dijo...

Si me envías un correo a labaladademaya@hotmail.com te comento un poco más. Yo también hace mucho que no tengo noticias de él y me dijeron que había clausurado su blog.

Esther dijo...

Hola, Elisabet

¿Todo parecido con la realidad es obra del más puro azar? (jejejeje)

Dos superpotencias, las únicas en el mundo; una de ellas cae derrotada por la otra, en una guerra en la que se usó armas “no convencionales”, pero guerra convencional al fin. Militares, bombas, lo de siempre.

El Imperio derrotado tiene una cultura y tradiciones muy arraigadas en su sociedad, y bastante distinta a la nuestra: el mandatario se suicida.

Entonces, el nuevo Mandatario. Comprende que debe diseñarse una estrategia, y que esta estrategia será a largo plazo, y que necesariamente será una guerra... pero una guerra económica, y más aún, cultural.

Los elementos que aparecen aquí son, básicamente, conocidos; la tecnología al servicio de las comunicaciones, el entretenimiento, el sexo, la cultura de las apariencias y de la belleza física. Una tecnología que se aplica deshumanizadamente en los países de la superpotencia, sin que en éstos se advierta sus consecuencias humanas y sociales.

La inteligencia de los derrotados es ésta: tomar las debilidades de la superpotencia, y explotarlas a su favor; si no puedes contra tu enemigo, aliate a él, dice el refrán. Ellos diseñan tecnologías que saben serán, a corto, mediano o largo plazo, destructivas, no tanto porque lo sean en sí mismas, sino más bien porque serán utilizadas por sus enemigos de forma destructiva. Sus enemigos carecen de una estructura social-cultural-filosófica que les permita resistir los excesos, la mala aplicación de esta tecnologías, y por eso son efectivas como armas de guerra.

El final me fascinó. Literalmente, me fascinó. Admite más de una lectura, contradictorias entre sí, o quizás de complejidad acorde con el tratamiento que haces aquí del tema.

Porque todo parece a pedir de boca para quienes quieren la venganza; sin embargo... sin embargo... Hay dos cuestiones claves. Una de ellas, aparece en la conversación entre el Mandatario y su Discípulo:

“-Nuestro país ha cambiado mucho –le dijo el Mandatario-. Ya no es el pueblo empobrecido de la posguerra. Hemos presentado una batalla silenciosa a nuestro enemigo y la estamos venciendo. Pero no debemos olvidar que esas mismas armas se pueden volver contra nosotros. “

La otra, en una sutil referencia a la única Consejera mujer:
(por qué la única? Eso dice mucho de este país imperio-derrotado...)

“El Mandatario observó a Toki, su busto erguido y su rostro terso e inexpresivo. Y no pudo evitar un levísimo estremecimiento. “

Mmm... creo que el final deja mucho librado a la imaginación. Y la mía, está dando vueltas alrededor de estos dos párrafos.
¿Las “armas” físicas y psicológicas que diseñaron se vuelven contra sus mismos diseñadores y fabricantes? Cosa que puede suceder... ¡claro que puede suceder!

Un muy buen cuento, compañera... bastante diferente a la generalidad de tus cuentos, pero no por eso menos atrapante.

Un beso,
Esther