sábado, 20 de enero de 2007

Que baje el Espíritu Santo

Uno de los muchos amos que tuvo Perucho Correcaminos fue un cura de pueblo, Don Pedro. Aquella vez, Perucho había llegado a una villa grande y, al parecer, próspera. Esperaba encontrar trabajo pronto, pero las gentes del lugar se mostraron desconfiadas y miraban de reojo al rapazuelo trotamundos, con sus astrosos pantalones y su camisa harapienta. El pobre Perucho anduvo deambulando durante horas por sus calles, muerto de hambre y de aburrimiento, hasta que al final el cura del pueblo se compadeció de él.

-Ven conmigo hijo. Trabajo... mucho trabajo no te puedo dar, pero al menos tendrás un techo y un pedazo de pan en la mesa.

Perucho no se lo pensó dos veces. Los curas vivían bien, se dijo, y cuando se acercaron a la señorial rectoría, casi se frotó las manos.

Pero, ¡ay! La rectoría era mucha mansión por fuera, pero por dentro era más fría y desolada que una tumba. Perucho pronto se dio cuenta de que Don Pedro era un cura de los pobres, de costumbres espartanas, que vivía de rentas muy menguadas. No obstante, el buen hombre acogió a Perucho con afecto, le preparó un camastro en una celda aparte, tan fría y destartalada como el resto de la casa, y compartió con él su frugal colación. “Más hambre pasa él que yo”, pensó el muchacho, casi con lástima, viéndolo partir el pedazo de hogaza dura y repartiendo unas escuálidas sardinas entre dos platos.

Las faenas de Perucho eran bien simples. Limpiar y mantener la casona le llevaba poco tiempo. Guisar, apenas guisaba, pues no había con qué. Algo más distraído era ayudar al cura en sus tareas litúrgicas. Perucho fue ascendido al honroso cargo de monaguillo y ayudaba en misa, abría la iglesia para el rosario, y preparaba el cáliz y la patena, las vinajeras y los almidonados corporales, antes de los santos oficios. Esto le gustaba más, pues el vino de misa era fuerte y dulce y las sagradas formas le resultaban aún más tiernas y sabrosas que los duros mendrugos que compartía con Don Pedro. Perucho se santiguaba respetuoso ante el crucifijo y pedía perdón por anticipado al Señor, pues antes de cada oficio se tomaba su santo aperitivo.

Don Pedro andaba preocupado, y con razón. A misa no acudían más que cuatro ancianitos decrépitos y un puñado de beatas. La feligresía escaseaba y, por consiguiente, la parroquia carecía de fondos y se caía de puro vieja. La economía era el gran quebradero de cabeza de Don Pedro, y Perucho no tardó en convertirse en su confidente.
-¡Ay, hijo! Este es un pueblo de descreídos y de paganos. Tenemos que pensar algo... Algo para que la gente vuelva a la fe...
“Y para que llenen la iglesia... ¡y los cepillos!”, añadía Perucho, para sí.
Un día, Don Pedro llegó a la rectoría, alborozado. Le había estado dando vueltas a una idea y había consultado ante el Santísimo una y mil veces. No se trataba de algo muy ortodoxo, pensaba, pero por alguna razón había dicho el Señor que “hay que ser mansos como palomas y astutos como serpientes...” Por fin, se convenció a sí mismo y se decidió.

-¡Perucho! Creo que he dado con la solución. Escucha, escucha, hijo... Esto es lo que vamos a hacer.
Don Pedro le explicó la idea al muchacho, bajando la voz. Perucho escuchó con regocijo. Y ambos, cura y monaguillo, urdieron su plan.

Al domingo siguiente, Don Pedro elevó la voz durante el sermón. No era habitual en él usar tono tan beligerante, y los viejecitos dieron un respingo, saliendo de su modorra, mientras las beatas arrugaban el ceño, desconcertadas.
-¡Hermanos y hermanas! Este es un pueblo impío que ha perdido la fe. ¡No podemos continuar así! ¿Hasta dónde llegará la paciencia divina? La gente ya no cree, dicen que no existe Dios. Ya lo dijo la Escritura, “este pueblo de dura cerviz pide una señal”... Pues bien, ¡le daremos una señal! Yo os digo, ante el altar de Nuestro Señor y ante María Santísima, que la semana que viene, a esta misma hora, en la misa de doce, ¡tendremos una señal! ¡El mismo Espíritu Santo descenderá sobre nosotros!

La noticia corrió por el pueblo como reguero de pólvora. O Don Pedro había perdido el juicio, a fuer de tanto ayunar, o algo extraordinario, nunca visto, estaba por suceder. Y, ya fuera por curiosidad, por fe o por ganas de reír un rato, al domingo siguiente la iglesia estaba tan abarrotada que no cabía ni un alma más.

Don Pedro se recreó en su homilía, empleando su más encendida retórica para interpelar al pueblo ingrato e infiel. Por fin, cuando la abigarrada multitud ya desesperaba, impaciente, el buen cura concluyó el sermón.
-...y, para que veáis que Dios es poderoso, ¡hoy tendréis una señal! Voy a invocar al Espíritu Santo, para que descienda sobre todos nosotros.
Si ya antes todos callaban, el silencio ahora se podía cortar.
Don Pedro se irguió ante la muchedumbre de sus parroquianos, levantó los brazos y tronó, con su voz más potente:
-¡Que baje el Espíritu Santo! ¡Que baje sobre este pueblo!

Y entonces, ¡oh, prodigio!, ante las atónitas miradas de cientos de feligreses, se oyó un batir de alas allá arriba, sobre la cúspide del altar mayor, y una blanca paloma salió revoloteando bajo el artesonado del techo.

El clamor fue unánime. Muchos cayeron de rodillas, otros se santiguaban, otros gritaban... Los más incrédulos, se rascaban la cabeza, estupefactos. Don Pedro sonreía, beatífico, con los brazos abiertos, bendiciendo a su pueblo, mientras el Espíritu Santo trazaba círculos sobre su cabeza.

Aquella noche, Perucho y Don Pedro celebraron fiesta grande. Con los cepillos a rebosar de monedas, Don Pedro se permitió una buena cena, y envió a Perucho a comprar un pavo entero y una botella de buen vino tinto, una hogaza tierna y rosquillas para el postre.
-Esto funciona, Perucho, ¡esto funciona! –decía Don Pedro, sonriente, mascando de buena gana su muslo de pavo-. La semana que viene, ¡repetiremos!

Y así fue. A la semana siguiente, Perucho tuvo que abrir las puertas de la Iglesia, pues no se cabía dentro. Y a la otra, aún eran más... Perucho no podía creer en su buena suerte. Don Pedro fue generoso. No sólo acometió obras y reparaciones en el viejo templo. Dio una generosa propina a su monaguillo, le regaló ropa nueva, zapatos y una chaqueta de cuero. El muchacho disfrutaba de lo lindo. Pero lo que más le gustaba era su secreta misión.

Llevaban ya varias semanas de esta guisa, cuando, un domingo de mayo, en que la aglomeración de fieles era ingente, pues había acudido hasta una romería de un pueblo vecino, la tragedia se desencadenó.

Como de costumbre, Don Pedro acabó su homilía, se situó en el centro del estrado y abrió los brazos para invocar al Santo Espíritu.
-¡Que baje el Espíritu Santo! ¡Que descienda el poder del Señor!

Nada sucedió. El público contenía la respiración. Don Pedro volvió a clamar:
-¡Que baje el Espíritu Santo!

El silencio era sepulcral. Don Pedro, pálido y sudoroso, clamó de nuevo.
-Hermanos, nos falta fe. Invoquémoslo todos con ferviente corazón. ¡Que baje el Espíritu Santo! ¡Que baje el Espíritu Santo!

En esto, se oyó una vocecita, allá en lo alto. Don Pedro se volvió, y una helada concurrencia divisó la carita pecosa del monaguillo, que asomaba entre los rollizos querubines dorados del retablo mayor.

-Ay, señor cura... ¡El gato se lo comió!

2 comentarios:

Esther dijo...

¡Cómo me he reído, Elisabet!

Este párrafo es de antología:
“Esto le gustaba más, pues el vino de misa era fuerte y dulce y las sagradas formas le resultaban aún más tiernas y sabrosas que los duros mendrugos que compartía con Don Pedro. Perucho se santiguaba respetuoso ante el crucifijo y pedía perdón por anticipado al Señor, pues antes de cada oficio se tomaba su santo aperitivo.”

¿Y el final? Imagino al pobre Peruchito, asomando entre dorados y ángeles...

Un ligero aroma a la novela picaresca, al Lazarillo... las andanzas de Perucho tienen esa cualidad de inocencia, de gentes que, en el fondo, exhiben una inocencia que los redime de sus engañifas y los vuelve queribles.

Lo dicho: me gusta Perucho y me gustan sus aventuras.

Cariños,
Esther

La autora dijo...

Gracias, Esther. Qué bueno ir recibiendo tus visitas. Perucho y su mundo son de esas cosas que casi han crecido solas, brotando de mi despensa mental sin esfuerzo... Pues aún tengo más cuentos de Perucho por escribir, a ver si me animo y cuelgo el próximo en el foro, un día de estos.

Besos,
Eli