sábado, 9 de diciembre de 2006

el mal de ojo

Esta historia está basada en un hecho absolutamente verídico. Le acaeció, por más señas, a una hermana de mi abuela, mujer temperamental de sangre encendida que vivió muchos años en un pueblo perdido en los montes norteños. He cambiado los nombres de la historia, aunque conservando un nombre griego de flor para mi tía abuela (todas las hermanas de aquella familia tenían pomposos nombres helénicos de flores y diosas antiguas).

Adelfa era la menor de nueve hermanos. Alta, robusta y hermosa, de temperamento fogoso y mente sagaz, se había casado recientemente con uno de los buenos mozos del lugar. Ambos se fueron a vivir a una nueva casita, con su huertica, su corral y su prao, donde pacía la vaca y correteaban las gallinas.

Un buen día, sin saber cómo, las pulgas hicieron su aparición. Como feroz plaga bíblica, invadieron el flamante nuevo hogar de los dos tórtolos, amargando su apacible y dulce existencia de recién casados. Adelfa se las ingenió de mil maneras para acabar con los irritantes e inopinados inquilinos; ni humos, ni cal, ni fregoteos, ni siquiera matando a la pobre cabra, que cargó con las culpas, las pulgas se resistían a abandonar aquella casa.

Un día, una vecina incauta dejó ir el comentario.
- Ay, filla, la Melusina te echó el mal de ojo.
La Melusina era una mujer solitaria y extraña, con fama de bruja, que vivía en una casina al final del pueblo. Apenas tenía trato con su familia. ¿Pa’ qué carallo iba la muy pelandusca a echarles el mal de ojo, a ella y a su marido? Adelfa se sulfuró.
- Pos esa bruxa se va a enterar...
- Ay, monina, con las meigas no te metas, que pué ser peor...
Adelfa sacudió los hombros con desdén. Ella no creía en meigas ni en sus conjuros. Con su Virgencica Milagrosa y su Jesusico ya había bastante. Y con algo más.

Volvió a su casa y agarró el hacha que pendía de un clavo, tras la puerta. La gorda, la que usaba su hombre para tajar los troncos gruesos. La vieron salir de su casa, de una revolada, y avanzar a largas zancadas por la calle principal de la aldea. La falda de paño ondeaba furiosamente, golpeando sus piernas, y el mandil volaba a su espalda. Destral en ristre, Adelfa se encaminó hacia la casucha de la Melusina.

Sin llamar siquiera, entró como una tromba y acorraló a la mujeruca. La Melusina se arrugó como uva pasa y Adelfa la cogió por el cogote, arrastrándola hasta la pared, como un pelele, y enarboló su hacha.
- Ahora mismo me quitas el mal de ojo, mala bestia, o te desuello de arriba abajo, como un gocho.
Nadie sabe cómo fue. Los vecinos cuentan que la Melusina se amedrentó de tal manera, que retiró su hechizo al instante. Lo creáis o no, de la noche a la mañana, las pulgas se esfumaron y jamás volvieron a invadir la casa de Adelfa y su familia.

2 comentarios:

Martín dijo...

Hola, Elisabeth

Llegué hasta acá por Mi Literaturas

En mi país existe una creencia popular llamada también «mal de ojo», ésta es: cuando un bebe llora mucho se dice que lo han «ojeado» o que le han dado una mirada demasiado fuerte para su frágil psicología, incapaz aún de procesarla o entenderla…

Por eso, según esta tradición, a los bebés debe colocárseles una cinta roja en la muñeca para protegerlo de tales miradas.

Quizás esta creencia sean ecos de la que describes en tu texto; ecos de la herencia hispánica en mi nación… ¿Quién sabe?

Y me gustó este cuento: seguiré leyendo otros en tu blog…

Saludos

Elisabet dijo...

Hola, Martín, ¡gracias por tu comentario! Este es uno de los primeros cuentos que escribí, hace "siglos". Bueno, lo del mal de ojo creo que es universal. Existen supersticiones similares en España, en América, en Africa... Es que los ojos emiten energía pura y mirar torcido, ya se sabe, da mala onda. Seguro que hay una cierta base real en todas esas creencias.

Saludos y gracias por tu visita,

Elisabet