lunes, 11 de diciembre de 2006

El amo del habitaco

Perucho Correcaminos llegó al pueblo por el camino real. La aldea era, en realidad, una calle torcida como una hoz, rodeada de casas y festoneada de huertas y prados. El muchacho se llegó a lo que podía considerarse la plaza del pueblo, un ensanche de la calle principal, donde los rebaños se reunían y los lugareños se detenían a charlar o a tomar un vino en el tugurio que llamaban café. Varios pares de ojos, entre curiosos y desconfiados, repasaron de arriba abajo al recién llegado. Ni corto ni perezoso, Perucho se dirigió al primero que vio.

-¿No habrá trabajo en este pueblo?
- ¿Andas buscando faena, rapaz? Pues mal lo tienes.
- No corren buenos tiempos... ¿Qué sabes hacer?
- De todo, señor. Tampoco pido gran cosa. Me conformo con un plato en la mesa y un catre para dormir.

Uno de los aldeanos se rascó la hirsuta barba de dos días y frunció el ceño bajo la boina. Miró a sus paisanos antes de hablar.

- Pues el Lunático anda buscando mozo para servir.

Los aldeanos se miraron entre sí, haciendo muecas cuyo significado Perucho no supo descifrar.

- Anda, rapaz. Si quieres probar suerte... El Lunático es un hombre rico, a lo mejor te paga bien. Vive en la última casa del pueblo, por ahí. La más grande, está en medio de un prado, con tapia de piedra.
- ¡Gracias, señor! Voy ahora mismo.
- Pero ándate con cuidado, chaval. Ese hombre es un poco... Ejem, como el nombre lo dice.

Perucho se encogió de hombros. No le importaba cuán raro fuera el tal Lunático. Había pasado por otros amos, a cual peor, y a sus doce años tenía una experiencia de la vida lo bastante amplia como para que un dueño malcarado y gruñón lo pudiera amedrentar. Perucho Correcaminos era un galopín, un trotamundos. Huérfano y solo en el mundo, desde muy chico había aprendido a sobrevivir, ya fuera trabajando o hurtando; a copia de limosnas o de timos. Su hogar era el camino y su techo el cielo raso. Su escuela, la dura, hermosa e implacable vida de quienes trampean en el arcén.

El Lunático abrió el portón de la casa. Una mansión inmensa, pensó Perucho, levantando los ojos hasta el alero del tejado, dos pisos de piedra por encima de su cabeza. El dueño era un hombre hosco e imponente, de gruesas mandíbulas y cara ceñuda.

- ¿Qué andas buscando, rapaz?
- Busco trabajo, señor. Me han dicho que usted necesita un mozo de servicio y... bueno, ¡aquí estoy! Perucho Correcaminos, para servir a Dios y a usted.

Hizo una graciosa inclinación de cabeza, que hizo caer sobre la cara pecosa sus mechones lacios de pelo caoba. El Lunático gruñó pero lo hizo pasar dentro.

-Escucha bien, chico. En esta casa, yo pongo las normas, y todo el mundo las obedece. ¿Entendido? Lo primero que debes aprender es cómo se llama cada cosa.
- Sí, señor.
- Vamos a ver. ¿Cómo se llama esto? –preguntó, y señaló el hogar, donde ardía una alegre lumbre.
- Eso es el fuego, señor.

El Lunático levantó su brazo, macizo como un leño, y lo descargó con fuerza sobre los hombros del pobre Perucho. El muchacho se tambaleó, aturdido. Esperaba golpes... ¡pero no tan pronto, sin haber hecho nada!

- Eso, rapaz, se llama “Altamira”, para que lo sepas. Y dentro de estas paredes, siempre será Altamira, ¿lo entiendes?
- Sí... sí, señor. Altamira –balbuceó Perucho, reponiéndose.
Entonces el Lunático le mostró un barreño lleno de agua.
- ¿Y esto? ¿Qué es esto?
- Señor, es agua... Agua clara.
Apenas lo vio venir, y el Lunático le arreó una sonora bofetada en plena cara.
- Pues aquí no es agua, ¡es “Abundancia”! Apréndelo de una vez, porque no voy a repetirlo.
- Sssí..., señor. Abundancia.
- Y esto, ¿qué es? –dijo el hombre, señalando la escalera de madera que subía al piso superior.
Perucho se estrujó los sesos, ¿qué podía decir?

- Es una escalera, señor.

Ahora lo esperaba. Perucho se encogió e intentó esquivarlo, pero el Lunático era un hombretón fornido y rápido, y el pobre muchacho no pudo librarse de un nuevo mamporro que le asestó entre las costillas.

- ¡Eso es la “Altiquera”! Y no se te ocurra llamarla de otra manera. Aquí soy yo quien dice cómo se llaman las cosas.

Así, el Lunático fue mostrando diversos enseres y partes de la casa, enseñando al perplejo Perucho cómo debía nombrar a cada cosa. El chico ya se arrepentía de haber ido a parar ante aquel amo loco de remate, cuando la vista de unos suculentos chorizos y un par de buenos perniles que vio colgados de unas vigas le hizo reconsiderar su situación. Al fin y al cabo, pensó, por un buen bocado de aquellos manjares y un rincón junto a aquel bien nutrido hogar bien valía la pena aprender cuatro palabrejas. ¡Se acostumbraría!

Finalmente, el Lunático tomó en brazos a un gato. Un gato siamés, gordo y flemático, que había observado impávido toda la escena, tendido junto al fuego del hogar. Perucho observó, asombrado, que aquel pedazo de bruto acariciaba la barriga del animal y le hacía carantoñas, con inusitada ternura.

- ¿Y qué es esto, rapaz?
- Señor –dijo Perucho, desesperando de encontrar palabras-. Es un gato... un gato muy... muy bonito, eso es.

El Lunático soltó al gato para atizar un nuevo puñetazo al magullado chiquillo. El minino dio un bufido y cayó sobre el suelo, a cuatro patas, para volver a su plácido rincón junto a la lumbre. El Lunático lo señaló.

- Ese es el amigo más útil y valioso... ¡Y se llama “Piscalrato”! No lo mientes de otra manera, o te caerá un sopapo.

El pobre Perucho pensó que ya no podía recibir más coscorrones después de aquella inesperada tunda. Pero aún quedaba algo más. El amo lo arrastró casi por las orejas hasta llevarlo fuera de la casa, en medio del prado. Entonces le señaló la mansión.

- ¿Qué es eso?
- Señor, es su casa...
- ¡Eso es el “Habitaco”! –tronó el Lunático, tras la correspondiente zurra–. Y que no se te olvide jamás, muchacho, si quieres servirme como criado.

Perucho se quedó. El hambre, que no la fe, mueve montañas, pensaba el zagal, y las jugosas morcillas y la cecina del amo eran poderosos disuasorios cuando le venía la tentación de largarse y dejarlo todo. Pero convivir con el Lunático no era fácil. No bastaba con aprender los nombres de las cosas. Perucho descubrió que predecir sus cambios de humor y averiguar qué podía complacer a su amo era ciencia harto difícil y posiblemente reservada a mentes privilegiadas, o más versadas en el arte de la adivinación. Así que el infeliz muchacho andaba afanado de aquí para allá, trajinando en la casa y en el corral del amo, haciendo recados por el pueblo, llevando y trayendo las vacas y las ovejas, con la piel pecosa cubierta de moratones. Las gentes del lugar lo miraban con compasión y se admiraban de que pudiera durar tanto. “Pobre rapaz”, decían. “En mala hora le dijimos que fuera a casa el Lunático. Un día lo matará a palos”.

Los buenos bocados no pudieron evitar que se despertara el gusanillo del odio. Aún más que al amo, Perucho detestaba al minino, que poco honor hacía a su nombre, pues ratones cazaba bien pocos, y en cambio se regodeaba comiendo del plato de su señor, sorbiendo tazones de nata y deambulando perezoso y altivo como un maharajá por toda la casa. Con sus ojos de cristal verde, partidos por aquella rayita negra y malévola, el sibilino animal parecía vigilarlo. “El tarugo del amo me las pagará un día”, pensaba Perucho. “Y al Piscalrato ese que no se come una mosca le daré pa’l pelo”.

Y un día, Perucho vio llegada la hora de la revancha. Piscalrato dormitaba junto al hogar, en su hueco favorito. El amo estaba fuera de casa, tardaría en llegar. Todo era silencio en la casona. Perucho alimentó la lumbre y escuchó el crepitar de los troncos, mientras el fuego lamía la leña seca. Le gustaba mirar el fuego. “Altamira”... se dijo, burlón. Entonces miró al gato. Echado en el suelo, ni se había inmutado. Y Perucho tuvo una idea perversa.

Dicho y hecho, tomó un sarmiento seco, lo untó en manteca y lo prendió en el fuego. Cuando estuvo encendido, lo acercó con cautela a la cola del minino.

¡Miarramauuuuu! El gato se arqueó, pegó un bufido y saltó despavorido. Su cola plumosa ardía como la yesca. Y el pobre animal huyó escaleras arriba, agitando el rabo como un tizón encendido, maullando desesperado. Perucho se desternillaba de risa. Pero el fuego se esparció por toda la casa y, a los pocos minutos, las llamas prendían en las vigas y en los umbrales. Humo negro comenzó a salir de las ventanas. Perucho se precipitó hacia el prado, cruzó la tapia y salió a la calle, dando voces. Todo el pueblo se alarmó y acudió a ver qué sucedía.

- ¡Abundancia! –gritaba–. ¡Corran con abundancia!
- ¿Qué ocurre, rapaz? –preguntaban los paisanos del pueblo, alarmados.
- ¡Abundancia! –seguía vociferando Perucho-. Sube Piscalrato por la altiquera arriba, cargado de altamira. ¡Si no corren con abundancia, se nos quema el Habitaco!
Perucho se desgañitaba, pero los aldeanos se rascaron la cabeza.
- ¿Qué dices, muchacho?
- ¿Se habrá vuelto loco, como el amo?

En esto que llegó el Lunático al pueblo. Cuando vio la humareda espesa y oyó a continuación los gritos de Perucho, echó a correr hacia la plaza.

- ¡Abundancia, vecinos! –clamaba Perucho-. ¡Lleven abundancia! ¡Que hay altamira en el Habitaco!
- ¡Inútil! –bramó el Lunático, llegándose hasta el muchacho y zarandeándolo con violencia-. Pide agua, ¡desgraciado! ¡Grita fuego! ¿No ves que se nos quema la casa?
- ¡Abundancia! ¡Abundancia! –seguía chillando Perucho, y esta vez no le importó la somanta del amo. Reía y gritaba a la vez, mientras los vecinos reaccionaban y corrían a buscar calderos de agua. Era tarde. El Habitaco era pasto de las llamas.


“Quizás el Lunático aprendió la lección”, pensó Perucho, mirando atrás. La aldea desaparecía de vista tras una colina verde. “Pero yo vuelvo a estar sin trabajo. Al menos, me quedó esto...”. Se llevó a la boca un pedazo de chorizo, medio chamuscado, que había salvado de la quema y guardaba en el bolsillo. Masticando de buena gana continuó andando a paso ligero. El camino, su viejo hogar, le daba la bienvenida de nuevo.

1 comentario:

Esther dijo...

!Oh! Elisabet, por fin leí el primer cuento de Perucho...!y me he reído bastante!

(espero que el gato se haya salvado, seguro que escapó antes de que el fuego quemara todo)

Ahora paso por los otros

Un cariño,
Esther