lunes, 20 de octubre de 2008

Sin adjetivos

Érase una vez un escritor al que sus mentores habían insistido con ferocidad que jamás debía abusar de los adjetivos. Su obsesión por librarse de estas palabras fue tal, que se propuso prescindir de ellas para siempre. Tras años de esfuerzo y trabajo, logró publicar una novela de más de quinientas páginas sin emplear un adjetivo.

Para su sorpresa y deleite, la novela obtuvo la aclamación no sólo de la crítica, sino de los lectores. En la cúspide de la fama, el escritor decidió emprender una cruzada para erradicar del mundo de las letras aquellas palabras contra las que había combatido sin cuartel. Se introdujo en los círculos de escritores y comenzó a participar en debates y tertulias sobre literatura, desafiando a los autores de mayor reputación. Así, poco a poco, logró implantar una tendencia que hizo estragos. La competencia entre escritores se redujo, pues autores sin cuento decidieron renunciar a escribir, ¡les era imposible hacerlo sin echar mano de los adjetivos! A medida que se diezmaba la competencia, el escritor veía acrecentarse su fama y su autoridad. Los libros publicados eran cada vez menos, los escritores que lograban aproximarse al estilo “sin adjetivos” gozaban del favor del público y de los críticos y se convirtieron en una élite. La prensa redujo el volumen de sus publicaciones, al transmitir noticias y opiniones evitando la adjetivación hasta extremos que nadie había imaginado.

Entonces el escritor decidió dar un paso más y se propuso eliminar la adjetivación también del lenguaje oral. Esta tarea resultó un fracaso, pues no se pudo evitar que las gentes continuaran empleando aquellas palabras que, con frecuencia, constituían la médula de la conversación. Pero sí logró que hablar sin adjetivos comenzara a imponerse como una moda entre las clases de mayor influencia, hasta el punto de convertirse en señal de distinción, intelectualidad y educación.

Convertido en una celebridad, el escritor fue entrevistado en televisión. La presentadora, esforzándose por evitar aquellas palabras que sabía mortificaban a su invitado, le preguntó cómo se sentía tras haber logrado cambiar el lenguaje del mundo, desnudándolo de adjetivos e imponiendo una forma de escribir sin precedentes.

Se produjo un silencio. Todos en el plató esperaban una respuesta que revelara el ingenio del escritor o su mordacidad. O algo así como “He alcanzado la meta de mi vida”… Pero el hombre se arrellanó en el sillón de brazos, suspiró y sonrió con suficiencia, paseando la mirada a su alrededor. Por fin respondió.

―Ah… Es, sencillamente… ¡maravilloso!

A la sombra de los dioses

Mamá Toya

Los veía cada día. Al amanecer, cuando las calles polvorientas despertaban, los pequeños salían de sus guaridas. Pasaban la noche escondidos, bajo cartones, planchas oxidadas o al abrigo de las cañerías secas. Durante las horas de sol pululaban entre la muchedumbre variopinta de vendedores ambulantes, bicicletas, mujeres cargadas de bultos y hombres más o menos ociosos. Unos mendigaban, otros se afanaban ofreciendo pequeños servicios, algunos se convertían en momentáneos porteadores de cualquier mercancía. La mayoría, robaban.

Mamá Toya los contemplaba, con las entrañas encogidas, las manos en jarras alrededor de su cintura dilatada. “Ah, cuántos niños… Cuántos. ¡Y en esta casa no queda ninguno!”

Echó un vistazo a su hogar. De las tres hornadas de hijos que había dado al mundo, los últimos ya se habían emancipado. Con quince años, el muchacho trabajaba en los cafetales, para los franceses. La chica, de catorce, se había casado. Hacía unos años que su vientre ubérrimo había caído en la ruina. Tras semanas de dolorosos sangrados, el médico del dispensario la envió a la capital a operarse. Fue el viaje más largo, y el más penoso, que recordaría en su vida. Fue sola. El tiempo se ocupó de diluir en su memoria las horas de recorrido traqueteante, en un autobús descalabrado; la espera angustiosa, los dolores atroces, el olor a formol y a muerte en las salas del desportillado hospital, las hileras de termitas que escalaban las paredes, cayendo sobre las camas –cientos de camas—todas grises, todas iguales, alineadas en aquella sala ventilada por tres aspas, que el calor y la humedad se resistían a abandonar. Sólo recordaba el veredicto final, que se le clavó en la mente: “Ya no podrá tener más hijos”. Apenas recordaba la cara del médico. Llevaba bata blanca. “Está usted vacía”. Eso sí lo recordó.

¡Tan vacía! Los hijos habían sido una gran carga, que se había llevado por delante su juventud, su belleza y sus fuerzas, pero también habían sido su gozo, y casi su motivo para vivir. Eran, también, lo único que podía mitigar la otra presencia… la de él.

Él bebía. Como tantos otros. Trabajaba poco, y mal pagado. ¡Eso era mal de muchos! La pegaba. Como les sucedía a tantas. Pero, con el paso de los años, Mamá Toya había aprendido a endurecerse y a pertrecharse tras un batallón de niños y adolescentes bulliciosos. “Me han salido callos en el alma”, se decía, en las escasas ocasiones en que se miraba a un pedazo de espejo, sorprendiéndose de toparse con el rostro de una mujer cada vez más desconocida. Más vieja, más gorda. “Yo no era así”. Algún día, muy lejano, estuvo enamorada… “Pero ahora soy más fuerte, y más sabia”. Y se sentía orgullosa. “Quince hijos he entregado al mundo. Todos vivos. ¡Ni uno solo he perdido!” Y se ufanaba ante sus comadres, palpándose su vientre enorme, ahora vacío y estéril, cargado de grasa y recuerdos.

Y, sin embargo, la soledad le pesaba, más aún que los golpes. Y los niños, aquellos niños de la calle, ¡Dios santo, no había uno solo que no fuera hermoso!, pese a sus costras, sus piojos, sus chorretones. Los niños la llamaban, con sonrisas de granuja zalamero y ojazos melosos.

Un día, se decidió. Sacó la marmita a la puerta de la casa, humeante y a rebosar de puré de mandioca, y llamó a dos que estaban cerca.

―Eh, vosotros dos, ¡venid!

Los diablillos se acercaron, con la desconfianza pintada en el rostro. Mamá Toya, con su delantal apretado bajo el seno inmenso, su gruesa barriga y sus brazos elefantinos esgrimiendo cazuela y cucharón, los intimidaba.

Les ofreció de comer. Al poco, eran ya media docena, y luego se les sumaron tres más. En minutos, vaciaron y rebañaron, hasta el fondo, la cacerola. Mamá Toya los contemplaba con ojos húmedos. Por primera vez, en muchos días, sentía el corazón cálido y el sosiego en el vientre.

Cuando su marido lo supo, se enfureció. La pegó más. Pero a ella no le importó. Al día siguiente, fueron doce los niños que se acercaron. Y al otro, más de veinte. Tuvo que hacer dos ollas. Y después, le pidió prestada otra a su vecina. Las comadres de la calle echaron el grito en el cielo. “¡Se ha vuelto loca!”. “¡Está dando de comer a esos ladronzuelos, como si fueran chuchos!”

Los niños iban ganando territorio. Al cabo de una semana, algunos se quedaron a dormir en la casa. Ella barrió el suelo e hizo espacio para prepararles unos jergones. Cuando su marido regresó, el vocerío se escuchó en medio arrabal y los chiquillos salieron corriendo, despavoridos, para regresar a sus planchas, a sus cartones y a sus albañales. Pero Mamá Toya no se amedrentó. Pasado un mes, los niños tampoco temían las palizas y los gritos del furibundo esposo. Por fin, tras una borrachera monumental y una filípica desaforada, él descargó sus puños, por última vez, y se fue.

Nunca volvió a su casa. Y Mamá Toya respiró.

Papá Marcel

La iglesia no era mucho mayor ni más sólida que cualquiera de aquellas chabolas de adobe y planchas de zinc. Pero las cuatro paredes encaladas, con sus hornacinas para la Virgen y el Sagrado Corazón, vibraban con el fervor de los cantos y las danzas a ritmo de palmas, cada domingo.

El Padre Marcel pensaba. Era joven, recién llegado de la capital, y ardía en deseos de hacer algo nuevo. Le habían dicho que la ciudad estaba protegida por los dioses. En realidad, había nacido a la vera del ferrocarril, construido por los alemanes un siglo atrás. Embutida entre los cráteres de dos volcanes dormidos –los dioses―, se desparramaba por la llanura a ambos lados de la carretera, un batiburrillo de cabañas rodeando media docena de añejos edificios coloniales. Era una ciudad provinciana. Las gentes se conocían. Almacenes modernos, un hospital, colegios, talleres de coches, copisterías callejeras y hasta un McDonalds convivían con los puestecillos de frutas ambulantes, las aglomeraciones de desperdicios y la más flagrante miseria, genuinamente africana. El Padre Marcel pensaba mucho y observaba, caminando por las calles del arrabal. Deseaba alimentar a sus feligreses con algo más que esperanza. A él también le habían embrujado los ojos. La mirada tierna y oscura de los hijos de la calle.

Mamá Toya pidió auxilio a sus vecinas. Su huerto estaba esquilmado, su casa reventaba de niños y sus cacerolas ya no daban abasto para dar de comer a tantos. Lo que había comenzado como un gesto benévolo amenazaba convertirse en una pesadilla. “Son tantos, tienen tanta hambre… ¡Ángeles de Dios!”. Las comadres la reprendían. “Mujer, nunca podrás alimentarlos a todos”. “Crecen y se multiplican como las ratas, ¡un día te echarán de casa!”

Unos la llamaban loca. Otros comenzaron a llamarla santa. Alguien le dijo: “Ve a ver al Padre Marcel”.

Una mañana, al acabar sus oraciones, el Padre Marcel se encontró con aquella mujer enorme, vestida de verde y rebosante de maternidad, seguida de una ristra de gamines andrajosos que rebullían a sus espaldas.

―Padre, vengo a hablar con usted.

Él ya la conocía. No faltaba a las misas dominicales y su vozarrón rico y potente destacaba tanto como su ingente humanidad de diosa nativa.

―Pasa, hermana. ¿En qué puedo ayudarte?
Ella miró hacia atrás.
―Son los niños, padre. Tenemos que hacer algo.

Hicieron mucho más que algo. El apremio de Mamá Toya era la única chispita que faltaba para poner en marcha el imparable motor que albergaba el Padre Marcel. Un motor revolucionado que llevó a la persistente matrona a acompañarlo arriba y abajo, de un despacho a otro por toda la ciudad. Se sumieron en una vorágine de papeleos, colas ante burócratas impasibles, gestiones interminables y noches insomnes redactando documentos con la vieja máquina de escribir que les prestó un maestro del barrio. Mamá Toya no salía de su asombro, y no entendía muy bien el porqué de todo aquel embrollo.

―¿Para qué necesitamos todo eso, Padre? ¡Si sólo queremos cuidar a los niños!
El Padre Marcel sonreía, paciente, y le explicaba, paso a paso, el intrincado proceso de crear lo que él llamaba una “asociación benéfica”.
―Hermana, hemos de hacer las cosas bien. Todo esto es necesario.

Mamá Toya sólo lo comprendió cuando, un buen día, el gobierno decidió cederles un edifico entero para que instalaran allí su hogar de niños “desfavorecidos”, tal como figuraba en el documento oficial.

El edificio era una antigua villa colonial abandonada. Amenazaba ruina y tuvieron que reclutar un escuadrón de voluntarios, armados con escobones, palas y fumigadoras, para desalojar las miríadas de hormigas, termites y escolopendras, amén de culebras, monos y otros especímenes que se habían adueñado del lugar. También hubo que tapar goteras, poner puertas, instalar cañerías, construir letrinas… Fueron meses de trabajo febril hasta que, por fin, el Hogar pudo inaugurarse y los primeros veinticinco niños, los retoños de Mamá Toya, se instalaron allí. Con ellos fueron la feliz matrona, que se convirtió en cocinera, un maestro y dos jovencitos estudiantes, que el Padre Marcel reclutó entre su cuantiosa parentela.

El Padre tuvo que comenzar a pedir ayuda. Faltaba dinero para todo y los niños llegaban a puñados, empujados por las oleadas de hambre. En los meses de la estación lluviosa siempre venían más. Llegaron a pasar de cien. Mamá Toya hacía prodigios culinarios, sacando de las piedras panes y multiplicando las lentejas en sus gastadas perolas. Gaston, el maestro, impuso a los niños una disciplina marcial. Quería llevar un registro ordenado e insistía en conocer el origen de los pequeños, pues muchos tenían familia y no podían acogerlos a todos. Pero la tarea resultaba ímproba, pues las familias se desentendían de los chiquillos sobrantes y ellos mismos eran los primeros en ocultar su origen. Nada les haría cambiar la seguridad de las paredes húmedas de la vieja mansión, los amorosos guisotes de Mamá Toya y sus achuchones, por un hogar desvencijado, azotado por la bebida y las tundas.

Impelido por la necesidad, el Padre Marcel acudió a los misioneros blancos. Ellos se sorprendieron. Era poco habitual que un sacerdote negro se ocupara de obras sociales y, mucho menos, que fundara una oenegé. Pero se brindaron a ayudarle. Le pagaron el pasaje en avión y así fue como comenzó a viajar por Europa, recorriendo parroquias y visitando a familias pudientes, pidiendo ayuda para su obra de caridad. Los niños del Padre Marcel conmovían corazones y bolsillos y el dinero de padrinos y benefactores comenzó a llegar. Mamá Toya y Gaston respiraron. La amenaza del hambre quedó atrás. Pintaron las paredes, compraron camas, ¡construyeron duchas! y contrataron a una educadora, Cécile, para atender a las niñas. Comenzaron a vivir tiempos de mayor bonanza. El dinero blanco era lluvia benévola. Con él, también, llegaron los cooperantes.

La hermana blanca

Un día, el Padre Marcel llegó de París acompañado de una muchacha alta y espigada, de piel descolorida y cabello pajizo, muy corto, vestida en shorts y calzada con un par de botas militares. Lo primero que pensó Mamá Toya al verla fue, “Qué lástima de pelo, tan bonito y tan mal cortado”. Y lo segundo: “Qué botas tan grandes para unas piernas tan flacas”.

Se llamaba Leonor, pero la llamaban Nora. Venía a pasar un mes y luego decidió quedarse. Era enfermera y maestra, y había llegado cargada de ilusiones, ávida de naturaleza salvaje, de sonrisas y de niñez. Se quedó y, en pocos meses, el Padre Marcel la hizo directora del Hogar.

Nora trajo la revolución. Los niños la adoraban, como adoraban a todos los blancos que los visitaban, y ella se hizo querer. Puso orden en aquel hogar cálido pero desmadrado. Mamá Toya refunfuñó cuando vio los primeros guantes de látex y el dispendio desmesurado, a su juicio, en productos de limpieza. “Eso es de médicos… ¡de hospitales!” Con sonrisa condescendiente, Nora intentó inculcarle las primeras nociones de higiene a la occidental. Le habló de la importancia del lavado, de hervir el agua, de usar lejía y desinfectantes… “¿Para qué queremos todo eso?”, pensaba ella, removiendo enérgicamente sus pucheros. “Siempre hemos fregado con agua y arena, y nunca hemos caído enfermos”.

Se peleó con Gaston, queriendo convencerlo de la bondad de suavizar su drástica disciplina de boy scout. Se peleó con él, una y otra vez, hasta que acabaron siendo amigos y, una noche de lluvia torrencial, ella lo arrastró hasta su mosquitera.

También introdujo las nuevas tecnologías. Instaló un ordenador en su dormitorio, organizó el caótico despacho de Gaston y acometió, con éxito, la proeza de llevar el archivo al día. Visitó las escuelas y el hospital, hizo planes de estudio para cada niño y los puso al día con sus vacunas. El Padre Marcel, encantado, bendecía al cielo una y otra vez y no cesaba de aleccionar a sus colaboradores. “Escuchadla, ella sabe cómo hacer las cosas profesionalmente”.

Nora había caído víctima del hechizo africano. Cada año, marchaba durante un mes a Europa, con una agenda de vértigo. Rezumando pasión, se lanzaba a visitar colegios, clubes selectos, parientes y conocidos. Les hablaba de los niños de piel chocolate, de su miseria y de su alegría desbordante, y les pedía ayuda para su oenegé. Y regresaba, cargada de palos de fregar, cheques y regalos, presa de un violento síndrome de abstinencia que la precipitaba en brazos de los niños –sus niños– en la húmeda calidez del que ahora era su hogar.

Nora hizo exactamente lo que le habían dicho que no debía hacer. Se dejó embriagar por el país de alma negra y piel verde, que invade con el instinto voraz de la selva hasta el menor resquicio de civilización. Ya no era la cooperante, ni siquiera la directora del Hogar. Se convirtió en la mamá de los niños, en la hija de Mamá Toya, en la hermana del Padre Marcel y en la amante de Gaston. Se dejó crecer el cabello y se hizo trenzas africanas. Aparcó las botas militares y enterró los shorts en un cajón, para vestir faldas coloreadas y chancletas de goma. Olvidó echarle pastillas de cloro al agua, un día la mosquitera se rompió, y no se molestó en coserla. Las píldoras antipaludismo caducaron en su neceser.

Y entonces comenzaron los problemas.

Todo empezó con los cooperantes. Nora pisaba fuerte. Imponía sus ideas, sus normas, su voluntad. Mamá Toya ya se había plegado a sus exigencias, Gaston estaba rendido a sus pies y el mismo Padre Marcel no hacía nada sin consultarle. Pero los cooperantes, cada vez más formados y con criterios propios, no estaban dispuestos a dejarse avasallar. Y el buen sacerdote comenzó a ver, con desolación, como aquellos jóvenes serios y voluntariosos, que él y sus amigos misioneros se esforzaban en reclutar, chocaban con su Nora, una y otra vez. Más de uno abandonó, indignado, el Hogar. Otros, familiares de padrinos y donantes, amenazaron con cortar sus ayudas. La situación se tornaba insostenible… ¿qué hacer?

A continuación, estalló el conflicto con Cécile. A la llegada de Nora, ambas fueron uña y carne. Pero con los años llegaron a ser acérrimas enemigas y Mamá Toya no tardó en adivinar que, en el fondo de sus continuas fricciones, latía una feroz competencia por el lecho de Gaston.

Los niños se convirtieron en armas involuntarias de la contienda que se desató entre ambas mujeres. Mamá Toya, escamada e indignada, comenzó a tomar partido por Cécile –que, finalmente, era de las suyas ― y, por primera vez, Nora se sintió traicionada. El Padre Marcel se debatía, enredado sin quererlo en la madeja inextricable de las rivalidades entre mujeres celosas, y ora defendía a la una, ora daba la razón a la otra, incapaz, con toda su experiencia como sacerdote y ser humano, de descifrar la oscura psicología femenina.

Nora se irritó. Comenzó a sentirse sola, a deprimirse y a perder los estribos. Gritaba a los niños, se encerraba largas horas a trabajar, tecleando furiosamente su ordenador, jugaba con Gaston, provocándolo para luego rechazarlo. De pronto, sintió que todos conspiraban contra ella y la amargura la invadió. Ella, que tanto había dado… Ella, que tanto había trabajado, que tantas cosas había conseguido por los niños –sus niños―; ella, que lo había dejado todo por África, por el Hogar, por los pobres… ¿Así se lo agradecían? Se sintió agraviada e injustamente rechazada. “Ah, ingratos… ¡Nadie ha hecho tanto por vosotros!”

Para acabarlo de rematar, ocurrió el accidente.

Fue un día en que se llevaron a los niños de excursión al monte. De regreso, comenzó a llover. Gaston dijo que podían continuar caminando. Nora se opuso. En cuanto llegaron a la carretera, insistió en que esperaran al autobús, que debía pasar de un momento a otro. “¿Cómo puedes permitir que los niños se empapen de esa manera?” Discutieron. “A los niños no les hace daño la lluvia”. El autobús llegó, y Nora logró embutir a bordo a no menos de treinta críos, los más pequeños. Subió con ellos y marchó, comprimida entre los nativos que se apretujaban en la guagua desvencijada. Gaston se quedó con los mayores, en compañía de Cécile, y continuó a pie.

Llegaron al Hogar mucho antes que Nora. La lluvia y el barro provocaron un deslizamiento de tierras y el autobús volcó. Hubo cinco muertos. Entre ellos, un niño.

La muerte del pequeño Bruno sumió a Nora en la desesperación. Los reproches y las culpas volaron entre ella y Gaston. Pero el hecho era innegable. Todo el mundo en Camerún sabía que, en días lluviosos, los transportes por carretera eran un riesgo. Fue entonces, durante aquellos días de duelo y confusión, cuando el Padre Marcel insinuó suavemente a Nora que necesitaba tomarse un descanso y, tal vez, marchar unos meses a su país.

Nora se fue. Regresó a su París natal con el alma rasguñada, ardiendo en resentimiento y culpa. Llegó enferma, palúdica, con la muerte en los ojos y una persistente infección vaginal que la torturó durante meses. Nunca volvió a ver a sus niños.

Muchos años más tarde, en la calma de la distancia, Nora pudo mirar hacia atrás con suficiente lucidez como para comprender que ella había ido a África, no para dar, sino para tomar. Y quien arrebata una presa a una madre salvaje siempre acaba pagando un precio muy alto.

El milagro de la calle Moungo

La partida de Nora dejó un agujero negro en el Hogar. Los niños pequeños lloraban, llamando a su Mami blanca. El caos y la suciedad se enseñoreaban de las habitaciones, los niños faltaban a escuela, Gaston y Cécile discutían y no lograban organizarse. Los donativos comenzaron a escasear, no llegaba el dinero de los padrinos y tuvieron que racionar la comida. Sólo Mamá Toya, ya envejecida, con su pelo rizado y canoso, continuaba cocinando con el mismo entusiasmo, y si cabe aún más, supliendo el cataclismo reinante con su creatividad forjada en la miseria, con sus besos de abuela y su imperturbable humor.

El Padre Marcel, abrumado, lloraba en silencio, arrodillado ante la imagen de la Virgen. “Santa Madre, socórrenos.” Veía su gran obra, su hogar, su familia de niños hijos de Dios a punto de derrumbarse. Tantos esfuerzos, tantos años dejándose la piel y el alma… ¿Habría sido todo inútil? No se percató del chirriar de la puerta, ni de los pasos tímidos, hasta que una voz a su espalda lo sobresaltó.

―Papá Marcel.

Se volvió, y el corazón le dio un vuelco. Allí estaban, serios y erguidos, los niños mayores del Hogar. Los que ya no eran niños, y un día u otro tendrían que marchar, para aprender un oficio o, quizás, seguir estudiando. Delphine, Toinette, Mathieu y Jean Luc. Fue Delphine, la mayor, la que tomó la palabra.

―Papá Marcel, nosotros podemos ayudarte.

Y poco a poco, a medida que las jovencitas hablaban y los muchachos asentían, la luz se fue haciendo en el nublado corazón del Padre y, de pronto, comprendió que el milagro que tanto había pedido al cielo ya se había producido.

―Nosotros podemos hacerlo. Podemos cuidar de los pequeños. Hemos aprendido con Gaston y con Cécile…
―Nora nos enseñó a usar el ordenador. Nos ocuparemos de la secretaría, y de las cartas, y de los padrinos.
―Haremos turnos y nos repartiremos el trabajo. ¡No necesitamos a nadie más!

El Padre Marcel los abrazó, uno por uno, y los bendijo, antes de despedirlos y volver a llorar, esta vez de gratitud. Y ellos regresaron, alborozados y con la cabeza bullendo de planes, junto a los fogones de Mamá Toya.

―Tenías razón, Ma’ Toya, ¡se ha alegrado mucho!
―¡Entre todos podremos hacerlo!
Ella los escuchó mientras removía el arroz, sonriente y orgullosa.
―Ah, mis niños ―les dijo, levantando un cucharón en alto―, se acabó el vivir del dinero blanco.

El dinero blanco volvió a llegar, con el tiempo. Pero ya no lo necesitaban. Gaston y las chicas mayores organizaron el Hogar, sin ayuda de nadie más. Con la precisión de un campamento scout, los niños volvieron a sus hábitos, a su escuela, y también a sus juegos y a sus danzas tribales. Toinette estudió Magisterio y ensayó con ellos los más modernos métodos pedagógicos. Jean Luc montó un improvisado taller de reparación de bicicletas y trastos que hizo las delicias de los chiquillos más mañosos y que, con el tiempo, se convertiría en un taller de electrodomésticos. Y Mamá Toya y sus muchachos abrieron una casa de comidas en la esquina del Hogar con la calle Moungo. Al principio, sólo acudían unos pocos vecinos, recelosos, y los mendigos y los borrachos que se arrastraban por la calle. Pero no hay mejor altavoz que un olor delicioso y un paladar satisfecho, y los guisos y fritangas de Mamá Toya comenzaron a hacerse célebres. Más tarde, instalaron mesas y bancos, montaron cobertizos, ampliaron el patio y, finalmente, construyeron un restaurante. La cocina de Mamá Toya dio de comer a muchos y sostuvo el Hogar durante años.

Y cuando era ya vieja, reumática, casi impedida, y Delphine se ocupaba del próspero negocio, casada con Mathieu, y el Padre Marcel ya había fundado cinco orfanatos más y viajaba por todo el mundo dando conferencias y recogiendo donativos a espuertas, Mamá Toya, la que había entregado al mundo quince hijos y la que alimentó y dio amor a otros doscientos, ¡sin perder ni uno!, aún continuaba removiendo pucheros, encaramada a un taburete, sazonando los estofados con sal, pimienta y su incomparable mixtura de especias, para darles el toque secreto que ella decía, riendo con su boca desdentada, que no consistía en otra cosa que en guisar la comida con amor.

domingo, 19 de octubre de 2008

La recogepelotas

¿Saben ustedes lo que es eso? Pues bien, eso soy yo. Me he pasado la vida recogiendo pelotas… aunque debo reconocer que no me ha ido tan mal. Y si no, juzguen por si mismos.

Las primeras pelotas que recogí fueron las de mi papá, que, después de dejar embarazada a mi mamá, desapareció literalmente del mapa, sin que jamás se supiera de él. Con lo que mis primeros años de vida fueron la triste infancia de una “hija de madre soltera” que nunca conoció a su padre.

Como mi mamá no llevaba bien la soltería, no tardó en emparejarse con otro señor, el papá de Kevin, mi hermano menor. Y digo “el papá de Kevin”, porque nunca llegó a ser mi papá, ni se preocupó por serlo. Mamá, llevada de su amor por él, volcó todo su cariño en el nuevo bebé, supongo que por ser hijo del hombre que entonces amaba, mientras que yo debía recordarle demasiado a aquel capullo que la abandonó… El caso es que mi hermanito se convirtió en el rey absoluto del hogar, acaparando mimos, halagos y caricias, mientras que yo sobrevivía con las migajas de afecto que caían de su opulenta mesa.

Ignoro si el cariño engorda, pero el caso es que, mientras yo era una niña flacucha y desmedrada, Kevin crecía a ojos vista, y no sólo en altura, sino en anchura. De manera que, a los ocho años, su papá decidió que el niño tenía que hacer deporte, y lo apuntó a fútbol en el colegio.

Como no quería que su retoño hiciera el ridículo, cada tarde lo sacaba a la plaza junto a nuestro bloque, para entrenar. A instancias de mamá, también yo iba con ellos.

El entrenamiento consistía en lo siguiente: el papá dirigía, lanzando la pelota e iniciando la jugada; Kevin tenía que pararla y chutar de nuevo, y yo… recogía las pelotas que se salían de campo o iban a parar demasiado lejos. Como Kevin no era muy ducho en esto de darle al balón, ya podéis imaginar que eran muchas. Así, me pasaba las tardes corriendo de un lado a otro, como un cometa, intentando que la bola no llegara a la calle. Me convertí en una experta parando pelotas, y si bien Kevin no logró adelgazar, en mi caso, creo que mi corazón se convirtió en una bomba incansable, y mis piernas flaquitas adquirieron unos graciosos musculitos que se marcaban al correr.

Kevin comenzó a jugar en un equipo del colegio. Para no volver sola a casa, me quedaba a sus entrenamientos. Tampoco faltaba a los partidos que jugaban cada semana, y en los que me convertí en la recogepelotas oficial. La verdad, ya no me importaba, incluso me divertía. Mis pies se habían hecho amigos del balón. Tanto que, un día, el entrenador se fijó en mí y habló con mis padres. “Esta niña tiene madera… ¡Tenéis que apuntarla al equipo de chicas inmediatamente!” El papá de Kevin torció el morro y a mamá no le hacía mucha gracia, pero el entrenador insistió e incluso logró que el colegio me becara para asistir a los entrenamientos. Por supuesto, yo puse todo mi entusiasmo y empeño para convencerlos.

Así, mientras Kevin seguía creciendo y engordando, y comportándose como un auténtico sátrapa en casa, yo me convertí en la estrella local del fútbol femenino juvenil.

Ah, mi racha no podía durar. Cuando acabé el bachillerato, me hacía mucha ilusión entrar en la universidad. Pero el presupuesto en casa sólo daba para una carrera y, claro está, mamá y el papá de Kevin reservaban esa partida para el futuro profesional de mi hermano… Que no era una lumbrera para los estudios, la verdad sea dicha. Iba trampeando sin pena ni gloria pasando de curso por pura clemencia de los profesores. Pero mamá y su papi estaban convencidos de que el chico era muy inteligente, oh, sí. Tan sólo faltaba que le pusiera un poco de ganas y acabaría estudiando lo que quisiera: ingeniería, arquitectura, medicina…

En fin, que no me quedó más remedio que apuntarme a unos cursos ocupacionales subvencionados, y por no tener mucho donde elegir, estudié un grado medio de administrativa.
Apenas acabé, tuve la oportunidad de incorporarme a un empleo inmediatamente, en una importante empresa en expansión. Yo quería estudiar más, pero había que contribuir a la economía familiar, así que olvidé mis sueños estudiantiles y me puse a trabajar.

En la empresa aprendí mucho. Como era la novata, sin experiencia alguna en lides laborales, y llegué muy dispuesta a obedecer para no perder el trabajo, pronto tuve oportunidad de regresar a mi viejo oficio. Acabé siendo la chica-para-todo que se ocupaba de los trabajos más machacas e ingratos, esos que nadie quería hacer. Y sí, también recogí las broncas y las iras del jefe, un hombre autoritario que, de puertas afuera, era un lince para los negocios, pero puertas adentro, en su cubil, se convertía en un tiranosaurus rex de cuyas iras todos intentaban zafarse. Todos menos yo, la recogepelotas.

De tal manera que, un día, cuando la secretaria de dirección se largó para ir a trabajar con la competencia, el jefe me eligió a mí –sí, a mí- para reemplazarla. Como había hecho prácticamente de todo, conocía todos los departamentos de la empresa y estaba sobradamente capacitada para mi nuevo trabajo. Para lo que no estaba preparada era para recoger otro tipo de pelotazos. Las envidias, las pullas y las zancadillas que recibí por parte de mis compañeras, especialmente de “ellas”, llovieron sobre mí durante los siguientes meses. Pero, como persona curtida en el arte de parar balones, supe aguantar el chaparrón y el jefe no tardó en confiarme cada vez mayores responsabilidades.

Por aquel entonces, yo ya vivía en mi apartamento, sola y feliz, pagándome todos mis gastos y disfrutando de mi libertad. Aunque esa felicidad no duró mucho. Después de aguantarlos tantos años, mamá se separó del papá de Kevin y de su obeso retoño y tuve que acogerla en mi casa, hacer de paño de lágrimas y ayudarla a buscar empleo.

Nuestro tiránico jefe se jubiló y su hijo pasó a ocupar su lugar. Yo temí ser desplazada de mi puesto… pero no fue así. El nuevo jefe intentó acoplarse a la empresa y puso toda su voluntad en conocer a su equipo y continuar la línea emprendedora de su antecesor.

Este cambio supuso una revolución, especialmente entre el personal femenino de la empresa. Porque el jefe no sólo era encantador. ¡Era guapísimo! Sólo tenía una pega… ¡estaba casado! Y felizmente casado, con una esposa ideal y unos hijos de anuncio de revista. Aunque amable, era inaccesible, y jamás se supo que cometiera un desliz con una sola de sus empleadas.

Desde ese día, yo viví y me desviví por la empresa –y, para qué negarlo, por él. No tenía vida privada. Me llevaba trabajo a casa, apenas aprovechaba mis vacaciones, no me importaba hacer horas extra… Todo, por recoger las pelotas de la empresa cuando se salían de órbita, o para centrar las que iban bien enfocadas y dejar que el jefe marcara unos goles impresionantes. Porque los marcó, sí. La empresa subía como la espuma y yo aguanté a pie firme los ataques furibundos de quienes intentaban echar por tierra los méritos de la incansable secretaria de dirección.

Pasaron los años, y mamá se volvió a casar. Me dejó de nuevo en casa, sola y feliz, aunque debo decir que apenas paraba allí, más que para tomarme una tila, escuchar sus confidencias ante la tele y echarme en la cama, muerta de cansancio. Mami siempre me reprochaba que, con el dinero que ganaba y lo guapa y delgada que me mantenía, aún no me hubiera casado. No podía entenderlo, y se empeñó en buscarme partido. Esta vez, le eché todas las pelotas fuera de campo. ¡Qué poco imaginaba ella la verdad!

Y pasaron unos añitos más. Mi jefe ya tenía algunas canas y le habían salido patas de gallo. Mis compañeras también aflojaron en sus envidias y ataques contra mi persona. Como dice el refrán, no hay mal que cien años dure, y el tiempo, bien cierto es, todo lo cura… Aunque no todo. Yo seguía fielmente enamorada de él, trabajando con devoción noche y día para mantener la empresa a flote, durante unos años de crisis que sobrevinieron, y que obligaron a despedir a la mitad del personal. Como podéis imaginar, yo resistí sin dudar, ¡nada me haría abandonar el barco! Ni siquiera la reducción de salario, ni la necesidad de trabajar más horas… Muchos de mis colegas se fueron por su propio pie, otros me echaron en cara que aceptara aquellas rebajas. Para una recogepelotas, los vaivenes de la fortuna nunca resultan excesivamente penosos.

Una noche me encontraba en mi despacho, trabajando concienzudamente hasta muy tarde, como solía hacer demasiado a menudo, en los últimos tiempos. Estaba completamente sola y me sobresaltó un ruido que oí en la puerta de la planta. Alguien entraba. Oí los pasos vacilantes, un tropezón, la luz del vestíbulo que se encendía… Salí con cautela y vi a mi jefe, mi adorado jefe, con el traje arrugado, sin corbata y la camisa desabrochada, los bonitos bucles canosos cayendo en desorden sobre la frente… Estaba visiblemente bebido y corrí hacia él, le ofrecí mi brazo y lo conduje hasta el sofá de la sala de visitas, brindándome a prepararle un café. Pero él me pidió que me sentara a su lado. Obedecí, temblorosa, y se echó a llorar en mi regazo. Su esposa, después de tantos años de feliz matrimonio, lo había dejado para largarse con su mejor amigo.

Lloré con él, lo escuché, lo consolé como pude… Me ofrecí a conducir su coche, aceptó y lo acompañé hasta su casa. Y luego, he de confesarlo, lo acompañé hasta la cama.

Pero… hoy lo puedo decir, tras un año de penalidades y litigios, de luchas por la empresa y por defender nuestro amor. Ese fue el mejor par de pelotas que jamás he llegado a recoger.

sábado, 1 de marzo de 2008

La leyenda de la reina mora

El pueblo brotaba sobre la roca, espolón de piedra que se erguía como gigante solitario en medio de los montes y los valles umbríos. Allí donde ni tan sólo las águilas anidaban, un puñado de gentes de raza agreste resistía un embate más temible que el aliento del cierzo y el azote de la tempestad.

Algún rey lejano, muchos años atrás, había cedido aquel feudo perdido a un capitán de su tropa, hombre bravo y audaz, venido del desierto. Acostumbrado al sol implacable y a la sequedad de las arenas, la fragosidad del peñasco y la sombra frondosa de los valles aparecieron ante sus ojos como un retazo del soñado paraíso terrenal.

El capitán trocó su sable por un hacha, y sus hombres abandonaron los puñales por azadas. La sangre guerrera de la medialuna se mezcló con la sangre oscura y densa de los ásperos hijos de la tierra.

Tras echar raíces en aquella tierra, el capitán quiso levantar un monumento bajo el cielo, y así fue cómo el solitario pilar de roca fue coronado con una espléndida muralla y un alcázar de piedra, traída a peso desde las canteras de las cercanas sierras hasta su inhóspito nido de gavilanes.

El bastión de Siurana se convirtió en emblema de una gloriosa conquista.

Pero la cambiante Fortuna y hizo girar su rueda con el paso de las generaciones y llegó el día en que los orgullosos condes del norte decidieron tomar las tierras antaño perdidas. Uno tras otro, los baluartes de la medialuna fueron cayendo bajo el embate implacable de los señores de la cruz y la espada. Y muchos fueron los que, antes que la muerte, prefirieron rendirse.

Siurana permaneció intacta, como islote en medio de mar turbulento. Pero el acoso enemigo no tardó en arreciar a sus pies. Y una tropa de guerreros armados asedió la fortaleza inexpugnable.

Transcurrieron soles y lunas. El sitiador confiaba, sabía que el hambre vence más batallas que las armas. El hambre, y la desesperanza.

¿Qué fuerza alentaba la resistencia de aquel puñado de hijos de la roca? No era un rey, ni un profeta, ni un guerrero quien les insuflaba tal coraje, sino una mujer: la hija única del último señor de la medialuna.

Ella reunió a su pueblo y les ofreció su amparo. Les dio el pan, el agua y el vino. Quemó la leña de su hogar para ahuyentar su frío. Y, cuando todo faltó, les dio aún la esperanza.

Pero una madrugada clara, también la esperanza huyó, volando como golondrina errante. Los enemigos iniciaron el ascenso al risco.

La reina reunió a los supervivientes. Escasos, débiles y enfermos, aún ofrecieron resistencia, arrojando piedras y lanzando saetas. Pero la tropa enemiga avanzó, como negra invasión de hormigas. A golpe de clava y destral abatieron las puertas del muro.

Dicen que los habitantes, depauperados y exhaustos, cayeron, postrados, ante los invasores. Dicen que los que no murieron, se rindieron sin condiciones.

Cuentan, también, que el capitán del batallón cristiano se persignó, sobrecogido, tras hollar el rudo suelo de aquel pueblo devastado, y que prohibió a sus hombres ensañarse con las gentes.

Pero exigió la rendición, y el castillo no se entregaba. Lanzó a sus mejores guerreros, que irrumpieron en la solitaria alcazaba. Nadie salió a recibiros. ¿Dónde estaba la reina mora?

Salieron al patio de armas, rodearon los torreones. Y allá, en la desnuda era, lienzo de roca lisa que moría en el abismo, ella los aguardaba.

Erguida sobre su alazán los vio llegar, ataviada con seda y púrpura, la negra cabellera ondeante.

-¡Rendíos, señora! La fortaleza ya es nuestra.

Ella los miró con desdén desde lo alto del caballo.

-Llamáis vuestro a un palacio de roca, pero jamás será vuestra su reina. ¡Antes que vivir esclava, prefiero morir siendo libre!

Y espoleando al corcel, emprendió veloz carrera, galopando hacia el vacío.

Saltó sobre el pico de roca. Y las águilas, chillando, acompañaron su vuelo.

Amante reemplazado

Se frotó el rostro y suspiró, antes de volverse en la cama. El otro cuerpo yacía a su lado, en medio de un revoltijo de sábanas. Las apartó lejos de sí y se puso en pie, lánguida, penosamente. Arrastró los pies hacia la ventana y atrapó, de camino, el pequeño celular plateado que descansaba en la mesita.

La noche avanzaba. Era aquella hora de insólita quietud, antes del alba. En otra ocasión, Gail hubiera permanecido en pie, desnuda, ante la ventana abierta, dejando que la calma de la noche cayera sobre ella. El foco de luz exterior se había apagado hacía horas, tal como lo había programado, y la única claridad que bañaba el jardín era la de la luna.

“Menguante”, pensó, mirando la media sonrisa luminosa en lo alto del cielo. Pero aquel día la calma no llamó a sus puertas, y la mueca lunar se le antojó burlona e impertinente. Contrariada, marcó un número en el celular. Más que contrariada, estaba vivamente enojada.

-Buenas noches, señorita Hillman –la voz sonó jovial y despierta como si fuera en plena mañana-. ¿En qué podemos ayudarla?
-Se ha estropeado –contestó Gail, con voz agria-. Más bien… ¡se ha muerto! Justo ahora. Siento llamar a estas horas, pero…
-No se preocupe –la voz masculina era imperturbablemente cortés, casi seductora, y Gail sintió un inoportuno pinchazo en las ingles, que sólo consiguió aumentar su irritacion-. ¿Desea que lo reemplazemos ahora mismo?
-Si es posible… Es un modelo avanzado.
-Veamos… -oyó el leve tecleo de su interlocutor, debía estar consultando su ficha de cliente-. Oh, claro, ya lo comprendo. Tiene razón, señorita Hillman. Es el modelo Ayax. Si desea otro igual… me temo que no podrá ser hasta mañana. ¿Quiere que le traigamos otro, mientras tanto? Podemos servírselo esta misma noche, en menos de una hora.
-No, gracias –repuso ella, con voz hastiada-. Esperaré. Sí, quiero ese mismo modelo. No me importa esperar hasta mañana.

Cuando colgó, Gail se volvió hacia el lecho, suspirando. Apartó el nido de sábanas y lanzó una larga mirada, casi compasiva, hacia el espléndido cuerpo de curvas helénicas. Yacía inerte, con los ojos cerrados y un leve resplandor rojizo en el tórax, que se apagaba por momentos. Gail arrugó la nariz cuando sintió el olor a quemado.

* * *

-¡Qué mala suerte! –exclamó Nora, sin abandonar su semblante risueño-. ¡A eso se le llama sacarte el caramelo de la boca!
Lois y Ruth se echaron a reír y Gail acabó riendo con ellas, de mala gana. Tomaban sus refrescos tropicales en las hamacas del ático. Era su breve descanso del mediodía y el sol caía a plomo sobre la terraza entarimada de teca, decorada con palmeras.
-Lo peor es que no podrán traerme el mismo modelo hasta mañana –repuso Gail, después de tomar un sorbo de su vaso-. Dicen que esta tarde me enviarán un técnico. Parece que hay algún problema con el sistema de recarga.
-¡Eso te ocurre por pedir modelos tan rebuscados! –le espetó Lois-. Esos nuevos siempre dan problemas, y lo sabes. Demasiado cuerpo, demasiadas funciones… Y tú que lo quieres probar todo. ¡Los circuitos no resisten!
Sus compañeras rieron de nuevo.
-Los clásicos son los mejores –afirmó Ruth-. Yo tengo un Paris desde hace años y jamás me ha fallado. Sólo he tenido que cambiar el cargador un par de veces.

Gail hizo un ademán molesto. Detestaba los modelos clásicos, que también eran los más vendidos. Paris era el preferido por la mayoría de mujeres entre veinte y cuarenta, mientras que las adolescentes y las más maduras se decantaban masivamente por el modelo Adonis, dorado y grácil, casi andrógino, de curvas perfectas y sonidos dulces. Algunas románticas elegían a Tristán, que, además, podía cantar. Sólo las mujeres excéntricas, intelectuales y contradictorias como ella se atrevían a experimentar con modelos como Ayax, Ubuntu o el refinado Shiva.

Lois sacó una revista de su bolso y la abrió sobre sus rodillas. Todas se agolparon a su alrededor.

-Mirad. Aquí tengo el último catálogo… Se lo robé a mi esteticien.
Risas bulliciosas.
-¿Por qué no pruebas éste…? –dijo Lois, señalando una fotografía. También es nuevo, ¡lo último! Es el Idomeneo. Dicen que combina el vigor de Ayax pero con ciertos refinamientos exquisitos… Mira qué cabellera, qué pectorales…
Sus amigas la miraron, maliciosas. Gail movió la cabeza.
-Me gustaba mi Ayax. Pediré otro igual.
-Eres fiel a tus elecciones, ¿eh? –Ruth la miró con intención.
-Ya sabes que sí.
-Nuestra Gail es una conservadora –una voz sonó tras ellas y todas se volvieron, sobresaltadas-. Aparenta ser una intelectual avanzada, pero en el fondo le encanta todo lo antiguo.
Ellas fingieron enfadarse y abuchearon al recién llegado.
-Henry, no tiene gracia –dijo Gail, aburrida. Se puso en pie e imitó el gesto de apuntar con una pistola.
Henry soltó una carcajada. Era el único hombre de su planta y jugaba a hacerse el simpático, explotando su físico impecable, su rubia melena lisa y sus pequeñas lentes ultrafinas, que le daban un aspecto de hombre interesante y profundo. Nada más lejos de la realidad, pensó Gail. Henry era vano y superficial como el humo. A ratos era divertido, pero en ocasiones, como ésta, lo encontraba repelente.
-¡Ey, chica salvaje! No me mates, ¡no ha llegado mi hora! –rió él.
-Pero sí ha llegado la hora de irse –dijo Nora, mirando su brazalete reloj-. ¿Has venido a avisarnos, Henry? Vamos, chicas… se acabó el recreo.
Se pusieron en pie y dejaron los vasos vacíos sobre la mesa de bambú. Se dirigieron a la cabina acristalada del ascensor y descendieron al interior del rascacielos del Ministerio de Economía.
-¿De veras te gusta el Ayax? –le preguntó Henry, mientras el ascensor contaba pisos.
Gail enrojeció, indignada. Sabía que era estúpido, pero nunca le había gustado hablar de su intimidad con otros hombres. Con mujeres era distinto, pero…
-Eso no es asunto tuyo.
-Eres una mujer original –continuó Henry, y ella comenzó a impacientarse. Sus amigas no les quitaban el ojo de encima. ¿Por qué tenía que sufrir ese interrogatorio, justo ahí, en el ascensor… a escasos centímetros uno del otro? Henry proseguía-. ¿Sabes? A mí tampoco me van los modelos más comunes… ja, ja, ja. Nada de Afroditas o Dianas… La mía es una Perséfone.
Lois no pudo evitar una exclamación.
-¡Una Perséfone! ¿Tú? Nunca lo diría…
Henry sonrió con una mueca.
-Las Afro están bien para tíos ordinarios… ¡Son las que quieren todos! A mí me gustan diferentes. Perséfone es como una niña, pero perversa… Un ángel retorcido, ¡ah, es lo mejor de ella!
Gail giró el rostro, contrariada, y respiró con alivio cuando la puerta del ascensor se abrió suavemente en su planta.

* * *

La vida de una funcionaria estatal no era un sueño dorado, pero en muchos sentidos estaba cerca de serlo, pensó Gail, mientras conducía su ligero deportivo por la amplia avenida. Con un buen salario y un horario de trabajo cómodo, podía permitirse vivir en aquella urbanización de calles limpias flanqueadas por árboles frondosos. Su casa, como las del resto de vecinos, no era lujosa, pero sí moderna y con todas las comodidades. Alimentada por energía solar y geotérmica, con su jardín, su terraza con piscina y su programación domótica, constituía un pequeño paraíso donde refugiarse cada atardecer. La conexión a la gran red virtual y a la televisión le permitía un ocio variado y seguro, así como establecer múltiples amistades y relaciones que la distraían en sus horas de retiro. Y, cuando la soledad acechaba, siempre lo tenía a él… Siempre a punto, siempre obediente, amante y generoso en sus favores. Aunque ahora debería reemplazarlo, pero tan sólo serían dos días. Gail pensó, con un estremecimiento, cómo debía haber sido la vida de las mujeres generaciones anteriores a ella. Cargadas de hijos, atadas a esposos que podían llegar a ser insoportables, carentes de intimidad, de silencio, de libertad… Sí, la civilización había dado un paso de gigante y la tecnología permitía vivir mucho mejor que en décadas pasadas. Cada cual, hombre o mujer, podía ser dueño de sí mismo y de su pequeño universo personal. No era necesario esclavizarse con vínculos familiares. Ya no más sumisiones y ataduras. Si alguna mujer quería tener hijos, tan sólo debía ir a un banco de inseminación y, aconsejada por un médico, elegir los genes adecuados. Los hombres que también deseaban hijos tenían la opción de engendrarlos in vitro y solicitar una madre de alquiler. Finalmente, tanto para los que procreaban como para los que decidían vivir solos, la ciencia había diseñado aquel maravilloso avance, que saciaba los deseos más hondos y combatía la solitud. Los Amantes.

Aparcó el vehículo en el cobertizo lateral de la casa y caminó por el jardín, aspirando la fragancia de la madreselva, que trepaba por la valla de madera. Suspiró. Por fin en casa. Ella no quería hijos, ni complicaciones. Era feliz así… Nada le faltaba. Sólo que… Apartó una idea inoportuna de la cabeza y sacó su tarjeta magnética para abrir la puerta.

Apenas entró en el apartamento, sonó el teléfono. Dejando su bolso y su chal sobre el sofá, tomó el auricular.
-Gail Hillman.
-Señorita Hillman, la llamo de LoveTech. La hemos intentado localizar antes, pero no hemos podido contactar con usted.
-Lo siento. Estaba trabajando y he desconectado mi celular.
-No se preocupe. Quería avisarla. El técnico vendrá a su casa sobre las cinco y media.
¡Las cinco y media! Apenas faltaban unos minutos.
-Vaya…
-Sí, lo sé. Si no le va bien, podemos cambiar la hora.
-No, no. Está bien. Muchas gracias.

Cuando colgó, oyó el leve burbujeo del baño y una suave melodía que comenzaba a fluir por los amplificadores del hilo musical. Era jueves. “Mierda, el jacuzzi… Ya debe estar a punto. En fin”. Fue al panel de control y pulsó varios botones. “Supongo que en una hora estará”. Programó el baño a las seis y media y se descalzó. Arrellanándose en el sofá, tomó el mando a distancia, conectó la pantalla telemática y se dispuso a esperar.

* * *

El técnico llegó puntual. Era un hombre de mediana edad y aspecto ordinario, vestido con vaqueros y una camiseta deportiva. La saludó tímidamente, sin mirarla a los ojos, y Gail lo condujo hasta el cuadro de controles eléctricos de la casa. Abrió la puerta camuflada en el pasillo, a medio camino entre la cocina y el salón, y le señaló el laberinto de botones, terminales e interruptores.

-Verá –el técnico se volvió hacia ella y la miró por primera vez-. La avería que sufrió su modelo se ha producido en más casos. Hemos estado estudiando el fallo y hemos descubierto que puede ser debido a un problema en los cargadores de las casas. Si están gastados o se calientan mucho, pueden fundir algunas piezas internas, y esto afecta al robot.

Gail asintió y, sin saber por qué, un escalofrío le recorrió las vértebras. ¿Era la fijeza con que la miraba… o era aquella forma de hablar, tan calmada, tan aséptica? Robot, había dicho… Era un robot, sí, pero ella jamás hubiera sido capaz de pronunciar la palabra. No para referirse a él.

-Bueno, son cosas técnicas –continuó el operario-. Me han enviado de la compañía para que revise su sistema de recarga y compruebe su funcionamiento. Si encuentro algún fallo, se lo cambiaré y le pondré un dispositivo que evite ese calentamiento. Así no tendrá más problemas con el nuevo.
-Muy bien –repuso ella, grave.

Se alejó hacia el salón, pero no fue capaz de relajarse en el sofá. Ignoró la televisión, cogió una revista, pero al cabo de unos minutos la dejó, después de leer cinco veces el mismo párrafo sin tener la menor idea de qué trataba.

Se puso en pie y caminó hacia el pasillo. El técnico había abierto su maletín de herramientas y un sinfín de pequeñas piezas se esparcían a sus pies, mientras manipulaba el cuadro eléctrico. Gail lo observó, en silencio. Con el cabello canoso, al menos debía tener cincuenta años… ¿Tendría hijos? Los brazos eran fuertes y musculosos. Pero no era delgado. Tampoco grueso. ¿Era atractivo? Gail se reprendió a sí misma. ¿Qué idioteces te pasan por la cabeza? Se acercó.

-¿Ha encontrado algo?
Él se volvió y de nuevo le clavó aquella mirada. Azules. Los ojos eran azules. Lucían bien en la tez morena.
-Sí –dijo, con sencillez-. Efectivamente, está a punto de quemarse. Se lo voy a cambiar por otro nuevo. Serán sólo unos minutos, llevo recambios.
Se inclinó sobre su maletín y sacó una pieza. Gail lo miraba con interés.
-Así, ¿no tendré más problemas?
-Con este nuevo, no. Además, ahorrará energía. Es un nuevo prototipo, pensado para…

Sin dejar de trabajar, el técnico fue explicando, pausadamente, las bondades y prestaciones del nuevo artefacto. Gail dio un paso más junto a él, hasta que acabó tendiéndole las herramientas y sujetándole los utensilios que no empleaba. Fingía escucharle, pero las palabras le resbalaban. Sólo miraba, bebía con los ojos aquel perfil cincelado, los bucles canosos, el marcado bíceps… Intentaba adivinar. "Seguro que tiene el vientre fláccido. Y debe ser velludo". Nada que ver con el torso esculpido y terso, infinitamente suave, de su amado Ayax. "Huele… Huele a sudor. Y no es nada sexy. Nada".

-Y ya está –dijo él, cerrando la tapa del cargador, con cuidado. Atornilló con habilidad los dos visos y dejó caer el destornillador en la caja de herramientas-. Gracias, ha sido muy amable.

Se agachó para recoger el resto de piezas inútiles y herramientas, metiéndolas en la caja sin mucho esmero. Gail observó sus muslos mientras estaba en cuclillas, tensando el pantalón. "Es robusto". Sintió los latidos de su sangre entre las piernas.
Cuando él se puso en pie, a ella le ardía el rostro.

-¿Quiere… quiere tomar algo?
Él movió la cabeza.
-No, gracias. Tengo otro trabajo, me esperan.
-Bien. Muchas gracias… ¿Debo pagarle a usted?
-No. La compañía le pasará un recibo por su cuenta.
-De acuerdo –Gail buscó las palabras, desesperadamente, para no dejarlo ir. No tan aprisa. Finalmente, le tendió la mano.
-Me llamo Gail. Gail Hillman.
El vaciló un poco, antes de tomársela. Pero no dijo nada. Fue ella quien habló de nuevo, forzando una sonrisa.
-Y usted es…
-Brian.
-Brian –le estrechó la mano-. Brian… encantada.
El también se la estrechó, por fin. Caliente y fuerte. El calor la hizo temblar.
-Gracias por venir tan… tan puntual –dijo ella, sin soltarle la mano.
-Si tiene algún problema, sólo tiene que llamar a la compañía –replicó él, con rostro inexpresivo-. Vendremos en seguida.

Le soltó la mano y se volvió para coger su maleta. Gail lo acompañó hasta la puerta y lo siguió un trecho, en el jardín. Brian se despidió sin mostrar emoción alguna y se alejó hacia su furgoneta, a paso ligero. Tenía los glúteos respingones, pensó ella, y permaneció en pie, sobre el camino de grava, hasta que el vehículo se alejó por la avenida.

De pie, ante el espejo de cuerpo entero, velado por las brumas del baño, Gail se contempló desnuda. No estaba mal, pensó, para sus treinta y muchos años… Aún era esbelta, tenía los senos firmes y su cuerpo era proporcionado. Con su larga melena castaña, sus amigas le decían que era atractiva. ¿Lo era? Con los Amantes, ninguna mujer debía preocuparse. Ya no importaba sufrir por estar bella o agradar a un hombre, el placer siempre estaba garantizado. Incluso, se decía, las mujeres gruesas disfrutaban más de sus efebos, pues los pliegues de grasa permitían ciertos juegos voluptuosos que en cuerpos flacos eran imposibles. Pero Gail no pensaba así. Había descubierto que estar delgada aumentaba su sensibilidad, y que el ejercicio y la agilidad incrementaban su potencial erógeno. Se giró ante el espejo y contempló su cintura, mientras una idea inoportuna la asaltaba. ¿Qué amante debía usar Brian? Seguramente se recreaba con una Afrodita… quizás con una Ninfa. Rubias y curvilíneas, los modelos más corrientes y preferidos por los hombres simples. Bien alejados de su estilo. “Y yo… ¿Qué clase de modelo soy?”

Avanzó hacia la bañera rebosante. El dispensador automático ya había derramado su dosis de aceites y un velo de vapores fragantes flotaba sobre el agua coloreada de ámbar. Gail se sumergió y se dejó envolver.

Aquella noche, en sueños, gimió. Gimió y se retorció sobre la cama, hasta despertar sudorosa y jadeante. Era como si hubiera estado con él… Aferró las sábanas con los dedos, arrugándolas sobre su cuerpo, y luego las apartó bruscamente lejos de sí. Se llevó una mano al pecho, y la otra al sexo. La luz de la luna entraba por la ventana, atravesando la cortina transparente.

Respiró hondo. Dios, otra noche así y no podré… No podré… Se obligó a cerrar los ojos. Relájate. Relájate… No pienses más en él… Mañana estará aquí. Mañana…

De pronto, Gail se incorporó, asaltada por una certeza alarmante. Oh, Dios, no, no… ¿qué me sucede? Las mejillas le ardían, tanto como le ardía la pelvis. No era su Ayax quien había ocupado sus sueños. No. No era él. Era Brian.

* * *

Qué vergüenza. Si sus amigas imaginaran, tan sólo, que había abrazado a un hombre real en sueños… Y un hombre tan ordinario, tan basto. Un simple técnico de mantenimiento. Dios, qué bochorno. Gail intentó ocultar su rubor cuando saludó a Nora y los pensamientos revolotearon por su mente, insidiosos e inoportunos. Las relaciones entre hombre y mujer eran algo tan… tan zafio, tan primitivo, tan del pasado. ¿Para qué mantenerlas, cuando eran fuente incesante de conflictos y cada cual podía disfrutar de un perfecto amante, diseñado expresamente para el placer? Ni siquiera eran necesarias para procrear… ¡Qué absurdo era todo! ¿Por qué, entonces, sentía aquella fiebre?

Henry debe tener razón, pensó Gail, mientras se sentaba en su mesa, lanzando una mirada furtiva a su compañero. Soy una conservadora, una arcaica. Peor que eso. Alimento en mí pulsiones primitivas… Oh, Dios.

En todo el día, no pudo apartar a Brian de su mente.

* * *

Cuando sonó el timbre, Gail se puso en pie de un salto y corrió hacia la puerta. Allí estaban, dos operarios con su impecable uniforme blanco y la enorme caja de dos metros de alto. Cuando los vio, tuvo que reprimir su decepción. Había esperado… Pero no seas estúpida. Brian sólo es un electricista, ¿cómo puedes pretender que sea él quien te traiga el nuevo modelo? Forzando su sonrisa, Gail los recibió y los hizo pasar al salón. Los empleados de la empresa entraron el sarcófago en el apartamento y comenzaron a abrirlo meticulosamente, siguiendo el protocolo técnico.

Alto, musculoso y de rostro cincelado, el torso perfecto y la piel de silicona color marfil… Gail lo acarició con la mirada, mientras los operarios daban los últimos retoques a su corazón, el pequeño ordenador central que regía la vida del robot amante.

-Conservamos los datos del anterior –le explicó uno de ellos-. Los hemos copiado en su sistema y lo hemos programado tal como a usted le gustaba. La misma voz, los mismos movimientos y gestos. De todos modos, en el manual encontrará las instrucciones para incorporar todas las novedades que quiera.

El otro operario cerró el corazón, tomó un bote de spray y le aplicó una capa de esmalte dérmico. El cierre quedó totalmente oculto bajo los poderosos pectorales.

-En media hora, estará listo para su uso –dijo el operario-. Si quiere, podemos dejárselo conectado al cargador. Pero ya lleva una batería cargada. Le funcionará perfectamente durante toda la noche.
-No es necesario –respondió ella-. Muchas gracias.

Los dos hombres de blanco se despidieron, dándole la mano. Mientras los veía alejarse por el jardín, cayó en la cuenta de que no había sentido nada. Ni emoción, ni rubor… ni calidez en el apretón frío y cortés. Eran hombres, pero en aquel momento se le antojaron más fríos y asexuados que el espléndido robot que la aguardaba, mientras sus circuitos entraban en calor, plantado en medio de su salón.

* * *

No funcionaba. Dios, ¿qué le ocurría? Jamás le había sucedido… Ayax la buscaba y se movía, sinuoso como su anatomía artificial le permitía, enredándose entre las sábanas. Y ella lo apretaba desesperada, sin sentir más que la fría piel, frío metal interior, frío, frío…

Saltó de la cama, enfurecida.
-¡No! ¡No, no, no! ¡No quiero esto! ¡No!

Ayax tardó en reaccionar. Mientras ella contenía las lágrimas, los puños cerrados y la mandíbula tensa, el amante logró ponerse en pie y caminó hacia ella. Sus labios irisados se entreabrieron, desprendiendo vapor templado. Abrió sus brazos y se acercó a ella.

-Gail… -susurró su voz, casi humana.
-¡No! –gritó ella.
El robot no comprendió y dio un paso más, dispuesto a abrazarla. Gail se encontró aprisionada entre aquellos brazos fornidos que tantas veces la habían hecho temblar. Forcejeó y chilló, fuera de sí.
-¡Basta! ¡Suéltame! No… ¡esto no funciona! ¡No!
-Gail, te amo –susurró la voz.

Ella se revolvió y lo rechazó de un codazo. Pero Ayax era fuerte y pesado, y apenas se movió. Entonces ella comenzó a darle patadas.

El Amante no estaba programado para peleas. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Qué? De repente, Gail se vio invadida por una furia incontenible. Lanzó una carcajada y comenzó a propinar puñetazos al robot. Ayax movía los brazos, intentando acariciar su rostro, y ella descargó su ira contra él, gritando, riendo, llorando, lanzando puntapiés, hasta que lo hizo retroceder y lo derribó en la cama. Ayax permaneció inmóvil. El corazón despedía un leve resplandor rojizo y su boca y su nariz exhalaban vaho metálico. Gail se irguió, triunfante. La luna asomó por la ventana y arrojó sobre él su larga silueta desnuda.

-Maldita sea… ¡maldita sea!

Cayó de rodillas junto al lecho y estalló en sollozos.

* * *

Fue Nora la primera que lo percibió.
-¿Qué te pasa? ¿No has dormido bien?
-Mmmm. No mucho. ¿Por qué?
Como si no lo supiera. Ni su mejor maquillaje podía ocultar las ojeras y la palidez acusadora.
-Pareces enferma. ¿No te han traído aún…?
-Sí –la cortó ella-. Ya me lo trajeron. Y funciona de maravilla. No es eso. Es que…
-¿Qué? –Gail la miró, echando fuego por la mirada. A veces Nora, la dulce Nora, podía llegar a ser irritante.
-Nada –Nora se dio por avisada-. No es nada importante. Hace un par de días que me llevo trabajo a casa y duermo poco. Eso es todo.
-Descansa –susurró Nora, antes de ganar el refugio de su mesa.
-Lo haré –murmuró Gail, entre dientes

Y perdió la mirada en las cifras de la pantalla. “Maldita sea”. Era incapaz de concentrarse, y el informe y las estadísticas que cualquier día le hubieran llevado un par de horas, aquel día le llevaron toda la mañana.

En la terraza, Henry se reunió con las cuatro amigas.
-¿Qué le pasa a nuestra bonita Gail? –preguntó, en tono galante.
Lois sonrió aviesa.
-Su nuevo amante no la deja dormir.
-¿De veras?
Gail resopló, intentando contenerse. “Mejor no hacer comentarios”. Tomó su vaso de zumo y lo sorbió, lenta, distraídamente. Ruth dijo algo y comenzaron a hablar… Hablaban de algo, sí. Gail se distrajo mirando las hojas de una palmera.
-¡Eh! –de nuevo era Henry quien la llamaba-. Es por ti, princesa. ¿Se puede saber qué te ocurre? Dios, parece que estés enamorada…
Gail se sonrojó violentamente y se puso en pie.
-Basta.

Miró a Henry y a sus amigas, indefensa, enojada, incapaz… Incapaz de explicarles por qué hacía dos noches que no dormía, por qué su mente volaba lejos y ni ella misma podía reconocerse. Incapaz de explicar que deseaba a un hombre, un hombre de carne y hueso, con toda la voracidad que su cuerpo le reclamaba.

Lois, Ruth y Nora la miraron, atónitas y desconcertadas. Gail dio media vuelta y se dirigió hacia el ascensor.
-Debería ir a un médico –dijo Lois, cuando desapareció.
Los demás asintieron.

* * *

Cuando llegó a casa, Gail se desmoronó. Jamás salía sin hacer la cama, limpiar los platos de la noche anterior y ordenar el salón… Aquel día, el desorden cundía en la casa. Ni siquiera se había molestado en recoger los restos del desayuno de la mesa… Dios, ¿qué me ocurre?

Debería haberse cambiado de ropa. Debería recoger la mesa, pasar el aspirador… Debía hacer la cama, ventilar la casa y sentarse, tranquilamente, en el sofá, para relajarse ante sus programas favoritos. Debería… El solo pensamiento de la cama, arrugada, con el cuerpo de Ayax tendido en ella, la sacó de quicio.

Se encontró marcando un teléfono, con dedos trémulos y la fiebre ardiendo en su frente.
-LoveTech, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
-Es… soy… Soy Gail Hillman, cliente suya. Mi número es…
-¿Qué desea, señorita Hillman?
-Tengo un problema… No, no es el amante. No. Se trata del cargador… Me pusieron un prototipo nuevo, creo que… -intentó contener el temblor de la voz-. Creo que no funciona bien. Verá, vino un técnico… Brian, creo que se llamaba. Sí, Brian… Eso es. Me parece que dejó algo suelto. Si pudiera volver… a arreglarlo, sí. Sí, se lo agradecería… Claro. Muchas gracias. Sí… ¿Cuándo? Esta misma tarde… ¡Perfecto! Sí, le espero. Muchas gracias, muy amable…

Colgó y se dejó caer en el sofá, aún temblorosa. Se llevó las manos a la frente y cerró los ojos, intentando olvidar.

De pronto, se puso en pie y corrió a la mesa. Esto no puede estar así… no puede… Corrió frenéticamente a la cocina, llenó un cubo de agua, se puso los guantes de látex y buscó el spray limpiahogar y una bayeta.

Cuando Brian llamó a la puerta, Gail aún estaba en el baño, intentando recogerse la melena. Se había duchado apresuradamente, se había perfumado… Sin pensar, había elegido aquel vestido. El de viscosa blanca y líneas simples, que caía sobre su cuerpo, ciñendo suavemente sus formas. "Debo estar loca". ¿Qué hacía, acicalándose así? Jamás lo había hecho más que para sí misma… o para impresionar a sus compañeras, o por pura diversión. Jamás se había vestido para…

Para un hombre, sí, se espetó a sí misma, lanzándose una mirada al espejo. "Te estás arreglando como una puta prehistórica, sólo porque ese hombre viene a tu casa… Oh, Dios, y ahora llaman... ¡Debe ser él!" Los prendedores rebeldes no se querían cerrar. Por fin, los arrojó al suelo y decidió dejarse el pelo suelto. Ahuecándose los bucles, corrió hacia la puerta.

Brian estaba en pie, con el mismo atuendo, la misma camisa y el mismo maletín, su expresión impenetrable y los grises cabellos encrespados. Miró a la mujer de cabellera exuberante, con el vestido blanco y el escote húmedo por el vapor del baño. En seguida apartó la vista, lanzando una ojeada alrededor. La casa resplandecía. Y ella… iba descalza.

-Me han avisado de que algo no funciona –dijo él.
-Sí… sí. Pase, por favor. Brian, ¿no es así?
Él no respondió y avanzó unos pasos, sin decidirse a seguir.
-¿Qué le ocurre? Quedó bien instalado. ¿No le ha funcionado bien, con el robot?

"No. Maldita sea, no", se dijo ella, para sí. Pero lo había previsto todo. Cuando Brian abrió la caja de comandos, contempló sorprendido los hilos retorcidos que Gail había estirado frenéticamente, rompiendo la tapa del cargador.

-¿Qué ha sucedido? –preguntó él, abriendo mucho los ojos. Ah, aquellos ojos azules… azules como piscinas. Dios, qué ojos.
La miró.
-¿Lo ha hecho usted?
Gail sonrió inocente, encogiéndose de hombros.
-Me temo que sí… Soy un poco… un poco bruta, ¿lo ve? Quise probar una cosa. No conecté bien el cargador, me impacienté y… Lo siento, de veras. Me temo que voy a darle más faena.
Brian movió la cabeza.
-Ese es nuestro trabajo –dijo, y se agachó para abrir su caja de herramientas.

¿Lo había dicho resignado? No, pensó ella. No, resignado no… Pero, ¡tan frío! ¿Dónde escondía sus emociones? Porque las tenía, estaba segura… Las tenía. Y algo en su interior le decía que un hombre que entierra tan bien sus emociones es porque las tiene muy poderosas.

Brian cambió pacientemente el dispositivo. Ella lo observó a distancia, en pie, apoyada en el sofá, mientras trabajaba concienzudamente, en silencio. Esta vez, no le ayudó. Tan sólo lo miraba, sorbiendo cada uno de sus movimientos, cada gesto minúsculo, cada ademán.

-Ya está.
Se acercó a ella, frotándose las manos contra los pantalones. Tenía las uñas mordidas y ennegrecidas, observó Gail, y seguro que sus pies eran aún peores… ¿Cómo puede atraerme alguien así?
-Por favor –ella se acercó, casi suplicante-, por favor, no se vaya. Déjeme que le invite a un refresco. Sólo serán unos minutos… ¿Quiere sentarse? Por favor…
Brian miró su reloj digital de pulsera y movió la cabeza.
-No debería… Ya lo sabe usted. Los clientes son clientes.
-Se lo ruego –insistió ella, bajando la voz, hasta llegar a un tono grave y aterciopelado. Dios, ¿cuántas veces se lo había pedido? Ella, que se jactaba de no pedir favores a nadie, de no ceder a las súplicas… ¿Cuántas veces le había dicho “por favor”?
El volvió a mirar su reloj.
-Está bien –y se sentó en el sofá, con torpeza. Gail corrió a la cocina y regresó con una bandeja y dos vasos.

Cuando Brian quiso reaccionar, ella lo había envuelto en sus brazos. Antes, ya lo había envuelto en su voz. Y él la había desnudado con la mirada, primero furtivo, abiertamente al fin.

Gail lo condujo al dormitorio, al lecho impecable, cubierto con sábanas de raso, recién estiradas. Y se libró a su cuerpo, un cuerpo imperfecto y maduro, con arrugas y vello, con pecas y zonas blandas, entre los duros músculos palpitantes. Un cuerpo de piel, húmedo y rezumando calor, con olor de virilidad.

La piel… La piel, la piel, la piel. La hubiera devorado entera, y aún no se habría saciado. Los labios. El cabello crespo. El miembro duro y vibrante. Vivo. Se hundió entre sus brazos y, mientras Brian la penetraba, lo aferró violentamente contra sí. Había traspasado el límite. ¿Qué ocurriría después? De pronto, decidió que no le importaba. Podría morir de gozo enredada, ligada, aprisionada en su cuerpo. El cuerpo de alguien real. Nada podría igualarlo. Nada. Gimió, exhausta y todavía hambrienta, y besó nuevamente su piel, tierna y cremosa, tensa y jugosa a la vez.
Bajo el lecho, el Ayax de anatomía perfecta dormía, olvidado y frío, con el corazón apagado, tristemente abandonado en su sarcófago de porexpán.

sábado, 2 de febrero de 2008

El jardín

La princesa era bella y altiva. Lucía oro en los cabellos y blanco marfil en su tez. Sus labios eran brasas encendidas pero, en cambio, el hielo asomaba en sus ojos.

Hija única de los monarcas, había crecido educada en la firme convicción de que todos cuantos la rodeaban vivían para cumplir sus deseos.

A los quince años, se despertó en ella una extraña inquietud, que la llevó a buscar sosiego fuera de los muros del palacio, en la novedad continua y en el abrazo del viento. Solía cabalgar, a lomos de su caballo árabe, acompañada tan sólo de su palafrenero, mancebo silencioso que cuidaba con devoción de su señora y de las monturas.

Un día, su paseo a caballo la llevó hasta el mercado de la ciudad. Hastiada de los buhoneros, los mercaderes de telas y de objetos exóticos, sus ojos se posaron en un sencillo puesto de flores.

La florista era joven, tal vez de su misma edad. De cabello castaño y ojos de miel, el rubor de la alborada se posaba en sus mejillas. No necesitaba anunciar su mercancía. Las flores pregonaban su belleza, saturando el aire con sus aromas.

La princesa las contempló, fascinada.

-¿Qué deseáis, mi señora?
Su voz era agua transparente deslizándose sobre los pétalos. Había reconocido a la princesa, y la miró con respeto y suave sonrisa.
La princesa comenzó a elegir.
-Estas… y éstas… Y aquel ramo. ¡Ah!, también esos lirios… Dame los azules, y los blancos… Mejor, ¡dámelos todos!
Con los brazos atestados de flores, el palafrenero ingenió la forma de colocarlas en las alforjas de su robusto jaco.
-¿Cuánto debo pagarte?
La florista se turbó y sus pómulos enrojecieron como las amapolas.
-Mi señora… ¡Os habéis llevado tantas flores! Para mí es un honor, consideradlo un regalo.
La princesa irguió su espalda grácil y negó con la cabeza.
-Una princesa paga espléndidamente por obtener sus deseos. No puedo consentirlo.

Sacando su bolsita de cuero, depositó tres monedas de oro en manos de la asombrada florista. Y, sin decir más, montó en su caballo y se alejó, seguida del palafrenero. Cabalgaba erguida y airosa, recibiendo la pleitesía de sus súbditos a su paso por las calles. Sólo el palafrenero volvió la vista atrás. La florista permanecía inmóvil, aún turbada, ante su puesto casi vacío, con las tres monedas en la mano.

Entre el frío mármol y los pesados tapices, las flores eran un estallido de vida en los aposentos de la princesa.

Ella las contemplaba, hechizada, durante horas. Paseaba por las estancias e iba de un ramo a otro, sentándose junto a ellas. Acariciaba los pétalos y aspiraba, hasta embriagarse, las fragancias rezumando néctar, aliento de hojas y savia de yerba.

-Están muertas… -murmuraba, para sí, mientras posaba sus labios sobre la piel aterciopelada de un lirio-. Sus tallos están cortados, ya no poseen raíz… pero, aún y así, ¡son tan bellas!

Jamás la habían visto sus padres tan embelesada con regalo alguno. Su melancolía desapareció, pero una euforia inquietante la invadió, alternada por súbitos cambios de humor.

Pasados unos días, cuando las flores comenzaron a marchitarse, la princesa regresó a la ciudad.

De nuevo eligió a su capricho, ante la sorpresa y la gratitud de la florista. Jamás había ganado una sola moneda de oro… y ahora su señora, la princesa, se dignaba a comprarle flores, ¡tan generosamente!

Aquella noche, la florista regresó a su morada, en el arrabal de la ciudad, allí donde las calles empedradas morían en el barro y los señoriales edificios cedían paso a las humildes casas de piedra y paja. Pensó que debía ampliar su puesto y quizás cultivar más flores, para poder agasajar a tan espléndida compradora sin desatender a sus clientes habituales.

La casa de la florista era pobre y diminuta. En cambio, estaba rodeada por un jardín exuberante. Nadie sabía por qué, pero durante todo el año rebosaba de flores. Violetas y lirios reinaban en abril, las rosas se expandían en mayo; margaritas, claveles y orquídeas competían en verano; las dalias alumbraban el jardín en otoño, los crisantemos en invierno… El perfume se derramaba por la vieja tapia de piedra, inundando la calle, hasta las casas cercanas. Los vecinos decían, admirados, que la muchachita solitaria, de quien no se conocía familia, tenía manos de hada.

La princesa se encaprichó de tal modo con las flores, que ya no podía vivir sin ellas. Al tercer día que volvió a la ciudad, fue acompañada de un carruaje y compró todas las que había en el puesto. La florista no supo qué decir, atónita.
Y así, una y otra vez, la princesa volvía, cada vez con mayor frecuencia, a buscar sus flores. Y la florista se afanaba por llenar su parada. El jardín necesitaba tiempo y comenzó a faltar algunos días en el mercado. Cuando, por segunda vez, la princesa quiso llevarse todas las flores del puestecillo, la florista intentó explicarse.

-Alteza, si os las vendo todas, mis clientes no podrán comprarme flores durante días…
La princesa se volvió, ofendida.
-¿Qué importan los otros clientes? ¿Acaso no te pago bien? ¡Soy la princesa de este reino! Debería bastarte con servir a tu señora. ¡Esas gentes nunca te pagarán con tal esplendidez!

Y la florista guardó silencio, bajando el rostro. ¿Cómo explicarle aquello que le pesaba por dentro? ¿Cómo decirle que una simple rosa teñía de gozo el rostro de una enamorada? ¿Cómo hacerle comprender que un manojo de claveles iluminaba un hogar o que un ramillete de margaritas hacía sonreír a una anciana, mientras que todas las flores de su puesto no conseguían alegrar el corazón insaciable de una princesa?

Trabajaba en su jardín, redoblando su ahínco. Se levantaba antes del alba, cuando aún el aliento de las flores se mezclaba con el rocío. Por las tardes el sol se acostaba antes, mucho antes que ella acabara su faena, removiendo la tierra, podando ramitas, regando y entresacando malas hierbas, bajo la mirada de la luna triste y la sonrisa fría de los luceros.

Sus vecinos y compradores se extrañaron. Se enojaron, y luego se entristecieron. La princesa lo tenía todo, ¿también quería privarles ahora de las flores?

Los aposentos de la princesa rebosaban. Y ella sentía acrecentarse su pasión. Vivía de las flores, no podía respirar sin ellas. Pasaba horas rindiéndose a su hechizo. Invitaba a las damas de la ciudad a visitarla, y todas admiraban la belleza de los artísticos ramos. Ella reía, aún ansiosa, las mejillas encendidas como rosas y los ojos brillantes, destilando escarcha.

Los vecinos de la florista veían cómo su mirada se apagaba y la tristeza se adueñaba de su rostro. Agotada y pálida, la veían trabajar, incansable, en su jardín. Ella se amustiaba con los días, pero las plantas florecían bajo sus manos, derrochando amor.

Hasta que un día, la princesa quiso más.

-Voy a celebrar mi fiesta de aniversario, ¡y quiero inundar el palacio de flores! –dijo a la florista-. No me basta con las flores de tu parada… ¡Quiero ver tu jardín!

Ocultando su temblor, la florista se encaminó hacia su casa, seguida de la princesa, el palafrenero y los sirvientes que conducían el carro, atestado de flores.

Cuando la princesa vio el huerto florido, enmudeció.

-¡Lo quiero! –exclamó- ¡Lo quiero todo! Todas esas flores… ¡en mis salones! Será magnífico.
La florista la miró, suplicante.
-Mi señora, no es posible. Si las cortamos todas, ¡no volverán a crecer en mucho tiempo!
De nuevo la princesa montó en cólera.
-¿Dices que no es posible? ¿Cómo osas oponerte a mis deseos?

En vano intentó la jovencita explicarle que las flores necesitaban tiempo y las plantas debían recuperarse… La princesa no quiso oír más. Llamó a sus guardias y a los jardineros del palacio real. Mientras dos soldados sujetaban a la florista, los jardineros y los guardias se armaron de picos, azadas y sacos. Impotente, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón desgajado, la vendedora de flores vio como, en pocas horas, devastaban su jardín.

Un solo hombre permaneció inmóvil, apartado, testigo mudo del llanto; el joven palafrenero.

En el palacio, un batallón de criadas recibió las montañas de flores y se libraron a la tarea. La víspera de su aniversario, la princesa ordenó a todos salir afuera. Sola, bajo la luz ambarina del ocaso, recorrió su salón, revestido de guirnaldas y maravillosos centros, donde surtidores de flores se desbordaban sobre lechos de hojas trenzadas. Allí recibiría a sus invitados, regia y hermosa, envuelta en el esplendor de las flores. Se descalzó y caminó sobre un sendero de pétalos, aspirando hondamente la fragancia. Cerró los ojos y suspiró, henchida de belleza y perfume.

Allá en el arrabal, en un jardín despojado, una muchacha humilde lloraba, arrodillada en el suelo. Hundió las manos en la tierra herida, húmeda y sangrante. Y lloró. Lloró sin descanso y sin consuelo, hasta ahogarse en sus lágrimas. Entonces cayó. Sus dedos abiertos enraizaron en la tierra, y sus cabellos esparcidos se cubrieron de rocío. La luna sonrió, con tristeza, y la besó en el rostro. La noche cerró sus ojos.

Amaneció el gran día. El palacio real bullía en gran agitación, preparándose para celebrar el aniversario de la princesa. Criados y sirvientes iban y venían, frenéticos, preparando mesas, abriendo balcones y cortinajes, disponiendo sillas y acomodo para los invitados. Los músicos afinaban sus instrumentos; en las cocinas, los hornos desprendían aromas de crema y pasteles. Las doncellas de la princesa se afanaban en el ropero, preparando sus mejores galas y joyas. Otras llenaban una bañera de agua humeante, perfumada con pétalos de rosa y jazmín.

La princesa madrugó. Apenas había dormido. Inquieta, no pudo esperar que llegara su hora. Tenía que verlas… antes. Antes de la recepción solemne, antes de abrir su salón, cuajado de flores, a sus vasallos e invitados.

Corrió descalza por el pasillo, sin apenas cubrirse, el fino camisón de seda queriendo huir de su cuerpo. Empujó la puerta de madera labrada, lacada en esmaltes y oro, y entró en la sala.

Las doncellas se alarmaron. ¿Dónde estaba su señora? Avisaron a la reina.
-La princesa no está en su lecho. ¿Dónde puede haber ido?

Angustiados, reyes, criados y doncellas, emprendieron su búsqueda, llamándola sin obtener respuesta. Hasta que llegaron a su salón privado, allí donde debía celebrarse la fiesta.

La puerta estaba entornada y el rey la abrió de par en par. Entró, seguido de la reina y una multitud de criados. Un grito escapó de todas las gargantas.

Horrorizados, contemplaron el funesto esplendor del salón. Todas las flores se desprendían, colgando de macetas y columnas, ennegrecidas y mustias. Las guirnaldas de hojas marchitas, macilentas como harapos, exhalaban un hálito putrefacto. Y en medio, tendida en el suelo, vieron a la princesa, los cabellos esparcidos sobre los pétalos arrugados y el horror contrayendo su rostro. En una mano, una rosa seca se deshacía entre sus dedos crispados.

Al anochecer de aquel aciago día, que debía ser festivo y fue duelo en el reino entero, un mancebo a caballo atravesó las calles de la ciudad. Los cascos de su montura resonaban en el pavimento desierto. Nadie vio a dónde iba.

Se dirigió al arrabal, y desmontó ante un viejo tapial de piedra. Entró por la cancela abierta y llamó a la puerta de la casita. Nadie le respondió. Volviendo sobre sus pasos, rodeó el muro y contempló el jardín, negra desolación de tierra desentrañada. Buscó con la mirada. ¿Dónde estaba la joven florista? Caminó, con suavidad, sintiendo el dolor de la tierra. ¿Dónde estaba la doncella, de ojos de miel y manos de hada?

De pronto, se detuvo. Cayó de bruces, y no pudo contener el llanto.

La florista ya no estaba allí. Pero en medio del jardín desnudo había brotado un arriate esplendoroso, cubierto de flores fragantes.

El sol se había ocultado y la luna asomó por el horizonte violeta. A lomos de su caballo, el joven palafrenero emprendió el galope. Su destino era ir lejos, muy lejos de aquel país. Tan sólo llevaba su capa y un puñado de recuerdos. Y una pequeña rosa, prendida en el cinturón.

miércoles, 23 de enero de 2008

La venganza

La derrota

La guerra entre las dos superpotencias tuvo un rápido final, con la clamorosa victoria de la REA –República de Estados Aliados– sobre su único y tenaz rival, el Imperio Nagasori. Dos bombas biológicas de última tecnología hicieron estallar las principales bases del ejército enemigo y en pocas horas, la radiación programada exterminaba a tres cuartas partes de su población. La rendición no se hizo esperar y Nagasori pasó a formar parte de la pléyade de estados satélite de la ahora única potencia hegemónica del planeta.

El Gran Mandatario de Nagasori se suicidó ante los últimos supervivientes de su cúpula militar. Y, en medio de la confusión y la desmoralización de un pueblo diezmado, su segundo ascendió al poder. Era un personaje gris, con escaso don de gentes y nula capacidad oratoria, que había crecido a la sombra de un líder carismático, tan aclamado como temido. Pero todos lo siguieron sin dudar, atraídos por su fría serenidad y su capacidad innata para la organización.

Lo primero que hizo el nuevo Mandatario fue destinar los menguados efectivos militares que se habían salvado a la emergencia humanitaria y a la reconstrucción del país. A continuación, reunió a un nuevo cuerpo de Consejeros, designados tras honda meditación. A los Consejeros incorporó un joven inquieto, su ayudante, a quien se propuso enseñarle el arte de gobernar con la idea, en el futuro, de convertirlo en su sucesor. Este joven fue conocido como el Discípulo.

Tras abrir la sesión y permitir que los Consejeros se desahogaran, formulando sus quejas y lamentos ante la debacle nacional, el Mandatario se puso en pie, acalló a todos con la mirada y tomó la palabra.

-Señores –dijo, con su voz inexpresiva- podemos considerarnos afortunados. Debéis saber que la derrota es el primer peldaño hacia la victoria. Y el nuestro, como habéis comprobado, ha sido muy elevado.

Los hombres

El Mandatario puso a sus Consejeros a trabajar. Era prioritario levantar la moral del país y para ello nada mejor que dar dos cosas a sus habitantes: ocupación y motivaciones. Desenterró viejos lemas y compuso otros nuevos, que se multiplicaron por todo el país en pancartas, muros, edificios públicos y paneles televisivos. “El trabajo te hace feliz”. El país comenzó a hervir en la fiebre reconstructora. “El ocio es el opio del pueblo”. Era preciso, también, combatir el desaliento ante las estrecheces y ensalzar la austeridad: “Vales por lo que haces, no por lo que tienes”. Las escuelas y las universidades recibieron un impulso especial. “El saber te hace libre”.

Su predecesor había sido poco amigo de las prácticas religiosas. Preguntado por los Consejeros, el Mandatario reflexionó.
-Es sabido que las personas con creencias religiosas muestran una mayor resistencia ante las adversidades –dijo-. No fomentaremos la religión, pero tampoco será perseguida. En estos momentos, nos resulta útil.
Así mismo, se preocupó de forma casi obsesiva por alentar los vínculos sociales y familiares. “El individualismo te destruye” y “La comunidad te fortalece” fueron sus últimos lemas.

En pocos años, Nagasori pasó de potencia derrotada a un dinámico estado que resurgía con fuerza de sus cenizas y comenzaba a despuntar en los mercados internacionales, con sus productos de bajo precio y notable calidad.

Entonces, el Mandatario reunió a sus Consejeros.
-Ha llegado el momento de iniciar nuestro desquite –dijo, con su frialdad acostumbrada-. Será un camino lento y gradual, pero seguro. Nuestro Consejero Hiziro, aquí presente, ha diseñado una campaña perfecta destinada a nuestro primer objetivo.

Las llamaban “Alas”. Se trataba de un nuevo modelo de aeronave, pequeña, pensada para vuelos cortos con un solo piloto, sin acompañante. Poseían un diseño elegante, carrocería ultraligera y potentísimo motor. Los ingenieros de Nagasori consiguieron abaratar los costes de fabricación hasta cotas inusitadas, y no tardaron en invadir el mercado mundial. Las Alas hicieron furor. Por supuesto, los primeros clientes fueron los jóvenes adinerados de la poderosa REA. Pero su bajo precio y su infinita variedad de diseños y modelos pronto las convirtieron en un vehículo popular que se extendió como plaga por todo los países.

-Con las Alas les brindamos emoción, libertad, poder, fuerza… -explicaba el Consejero Hiziro a sus compañeros-. El sueño de todo hombre: volar como un pájaro. Casi hecho realidad. Sólo que… los sueños tienen su precio.

En el Ministerio del Exterior se abrió una pequeña división cuya finalidad era desconocida por casi todos los empleados del edificio. Tan sólo trabajaban en ella tres personas y se instalaron en un discreto despacho del sótano, sin ventanas, aislado y extremadamente sobrio. A los funcionarios les llamó la atención, en cambio, la instalación de los mejores equipos telemáticos que jamás habían visto, una potente línea de comunicación vía satélite y dos líneas de teléfono seguras y protegidas. Una conectaba directamente con el Ministerio de Economía. La otra, con el Ejército. Los tres funcionarios asignados a aquel despacho pasaban tan desapercibidos como podían, y apenas se comunicaban con el resto de personal del Ministerio. Cuando fueron preguntados sobre su cometido, se limitaron a responder que trabajaban para el “Departamento de la Lista”.

Cuando las Alas se expandieron por todos los países, el Departamento de la Lista comenzó a trabajar de firme. Datos de ventas, estadísticas, cifras… Otra plaga comenzó a avanzar, negra y ominosa. Las Alas eran vehículos excesivamente frágiles para la enorme velocidad y capacidad de maniobra que poseían. Y sus pilotos no se limitaban a utilizarlas como medios de desplazamiento. Un nuevo género de diversión, y nuevas competiciones aéreas, cundieron por todo el mundo. La emoción de poder volar se incrementaba exponencialmente si se le añadía otro factor: el riesgo.

El Mandatario volvió a reunir a sus Consejeros.

-El Departamento de la Lista nos ha pasado datos recientes. Según las últimas estadísticas, la cifra de muertos por accidentes asciende a seis millones, y el ritmo crece. Si continúa la progresión actual, en cinco años habremos saldado la deuda.
Los consejeros asintieron, gravemente. El Discípulo pidió la palabra.
-No obstante, será una parte de la deuda, solamente. Aún falta el resto.
-Efectivamente –repuso el Mandatario-. Nuestro próximo objetivo será fácil.

Los niños

-El Consejero Mikami, doctor en psicología y ciencias de la mente, junto con mi Discípulo, se ha ocupado del siguiente público diana –explicó el Mandatario, e invitó al consejero a hablar.
-Será muy fácil –el aludido se puso en pie, era el más anciano de los Consejeros y hablaba con voz suave y profunda-. Emplearemos técnicas que ya usaron nuestros antepasados, con éxito. Sólo que esta vez reforzaremos el componente subliminal. Nuestros estudios sobre las adicciones y los impulsos más arraigados en el subconsciente nos han ayudado a encontrar los argumentos y las imágenes más efectivos.

Los juegos digitales eran una realidad ampliamente difundida en todo el mundo, pero las nuevas ediciones de juegos multimedia de Nagasori arrasaron el mercado del ocio infantil y juvenil. Millones de niños comenzaron a vivir literalmente conectados a sus pequeñas computadoras portátiles, sacrificando horas de escuela, ocio y descanso. Los mundos virtuales se adueñaron de los hogares y los espacios públicos de recreo. Y, con esta nueva invasión, creció otra oleada amenazadora, que convulsionó a las sociedades de los estados libres.

El Departamento de la Lista pasó nuevos reportes y estudios al Mandatario y a su gabinete de Consejeros.

-Se están levantando movimientos sociales contra nuestros productos –explicó el Consejero Soyoku, experto en economía-. Asociaciones de madres y de maestros en todo el mundo achacan a nuestros juegos la creciente oleada de violencia escolar, casos de depresión, asesinato y suicidio entre niños y adolescentes.
Tras unos instantes de silencio, el Mandatario habló, dirigiéndose al Consejero Fujiko, responsable de comunicaciones.
-Bien. ¿Qué dice el último informe de la Lista?
-Un millón de muertes. Escaso.
-Suficiente –repuso el Mandatario-. Vendrán más. Esos niños serán adolescentes en pocos años. Y luego adultos. Toda una generación marcada.
-Una generación de adultos incapaces de trabajar, de mantener relaciones estables y de responsabilizarse de su propia vida –añadió Mikami-, será un lastre social incalculable y derivará en otros problemas.
-De todos modos –insistió Soyoku-, no podemos desdeñar a los movimientos opositores.
-¿Son realmente importantes? –inquirió el Mandatario.
-Grupos de mujeres e intelectuales –repuso Fujiko-. Son minorías poco significativas. Están bien considerados socialmente, pero nadie les hace caso. ¿Qué pueden hacer cuatro pensadores antipáticos ante una masa de críos y adultos ávidos de diversión fácil?
El Mandatario esbozó una de sus leves y rarísimas sonrisas.
-Esa es la gran debilidad de nuestro enemigo… -dijo el Consejero Mikami, su voz sonora llenando la sala-. Y sus gobernantes no son mejores que esas masas aborregadas, con el vientre lleno y el cerebro vacío. Son tan estúpidos que aún no han comprendido lo que hace siglos ya sabían nuestros antepasados, cuando se inauguró la era de la comunicación digital: que el verdadero poder no está en su dinero, ni siquiera en sus armas, sino en la mente.

Las mujeres

Un tema preocupaba aún al Mandatario, al tiempo que el imperio de Nagasori se hacía con un lugar cada vez más preeminente entre las potencias satélite de la República de Estados Aliados. Reunió a sus consejeros y pidió asesoramiento a la única mujer entre ellos, Toki.

-¿Qué punto débil podemos encontrar entre las mujeres de los estados libres?
Toki sonrió mientras sus ojos negros centelleaban.
-Es muy fácil –dijo-. Podemos darles todo lo que desean. Además, económicamente será un negocio perfecto.

La belleza. La eterna juventud. Los cosméticos naturales con fórmulas milenarias de Nagasori comenzaron a abrirse camino en los mercados de los estados libres. A diferencia de las Alas y los juegos, los productos de belleza no debían ser competitivos en sus precios, sino más caros. “En cuestiones de salud y belleza, precio elevado equivale a calidad”, explicó Toki al consejo. “Nadie en el mundo libre escatima su dinero por un bien tan codiciado”.

Tal como había predicho la consejera, los beneficios de las ventas fueron ingentes. A los productos, les siguieron las terapias, las sesiones de trabajo mental, la gimnasia, la música y las dinámicas grupales para potenciar la salud, la belleza y la autoestima. Un batallón de sanadores, terapeutas psíquicos, entrenadores y consejeros se desplazó desde Nagasori para establecerse como profesionales de la salud en las repúblicas libres.

-Con un mínimo de constancia –explicaba Mikami, ayudante de Toki en esta campaña- estas terapias crean una adicción física y psicológica tan sutil, que las pacientes no son conscientes de ella. En cambio, no pueden renunciar a sus tratamientos, y siempre ansían probar nuevos productos y técnicas.
-Son un mercado seguro, pues –aprobó Soyoku, el ecónomo.
-Son víctimas seguras –lo corrigió el Discípulo, mirando a su maestro.

Los productos se comercializaban en atractivos envases, con aromas y texturas cuidadosamente estudiados y manuales de uso redactados e ilustrados con suma pulcritud. En las etiquetas se facilitaba información sobre sus ingredientes e incluso se avisaba sobre posibles efectos secundarios en caso de abuso. “Puede provocar trastornos cardiovasculares”. La letra menuda no mencionaba, sin embargo, otros efectos colaterales.

-Su consumo a medio y largo plazo provoca infertilidad –explicó Toki a los Consejeros-. Las hormonas que contienen esterilizarán a generaciones de mujeres sin ellas saberlo.
-De todos modos –añadió el Discípulo, con sonrisa desdeñosa- esto también las favorecerá. Las mujeres de los estados libres no desean criar hijos.

Fue este efecto colateral de los cosméticos el que inspiró a Toki una línea nueva para ampliar su campaña. Durante semanas, reunió información exhaustiva y datos que le facilitó el Departamento de la Lista. En la siguiente reunión del consejo expuso su idea ante el Mandatario y el resto de Consejeros.

-En los estados libres hay un valor que no ha dejado de estar en alza durante décadas. Es uno de los productos más rentables y, para los ciudadanos, prácticamente una obsesión. Me refiero al sexo.
Los Consejeros se miraron y el Mandatario animó a Toki a seguir.
-En cambio, estudios de fuentes totalmente fiables demuestran que al menos dos tercios de la población femenina de estos países carece de una vida sexual satisfactoria. La mayoría de mujeres no experimentan el orgasmo en sus relaciones y, debido a la fuerte presión social, se ven obligadas a fingir, con lo cual su vida íntima resulta altamente frustrante.
Toki se detuvo unos instantes. El mandatario la miró sin ocultar una brizna de curiosidad. Después de tantos años trabajando a su lado, la Consejera aún podía sorprenderlo.
-Bien, demos a las mujeres de los estados libres lo que tanto anhelan –continuó Toki-. Diseñemos los mejores afrodisíacos. Démosles el sexo que quieren, placer sin límites, orgasmos múltiples y sensaciones que jamás han soñado experimentar. Este, sin duda, será nuestro producto estrella.
El joven Discípulo apenas pudo reprimir una carcajada, que rápidamente contuvo, bajo la mirada censuradora de su maestro.
-Será nuestra arma maestra –susurró, mirando a Toki de soslayo.

Y así fue.

Como las anteriores, los elixires amorosos, las cremas y los aceites eróticos también tenían efectos secundarios. Pero, esta vez, se omitió toda alusión en el etiquetado.

El Departamento de la Lista arrojaba nuevas estadísticas a diario.

-Son ya veinte millones –dijo Toki en el consejo-. Y el número aumenta día a día.
-Veinte millones de adictas –murmuró Soyoku-. La cifra ha superado en mucho las de las otras campañas. Lástima que los resultados sean a largo plazo…
-Pero serán devastadores –aseguró Toki, con firmeza-. Una mujer adicta, enloquecida por el sexo, significa la disolución de su familia. Muchas quedarán estériles. El efecto de nuestras “armas” es multiplicador. Las sociedades de los estados libres se desmoronarán por dentro, simplemente.

El Mandatario observó a Toki, su busto erguido y su rostro terso e inexpresivo. Y no pudo evitar un levísimo estremecimiento.

El Desquite

La popularidad del Imperio Nagasori crecía sin cesar. Sus productos, altamente valorados, invadían los mercados. Sus filmes, sus juegos, su música y su cultura estaban de rabiosa moda. El Mandatario había comenzado a prodigar sus viajes al extranjero, firmando tratados comerciales y acuerdos amistosos con los estados libres. Especialmente cuidó sus relaciones diplomáticas con la poderosa REA, con cuyos presidentes mantenía un trato cada vez más fluido y cordial. Invitó a un par de ellos a visitar su país, y se embarcó en la ardua tarea de redactar un tratado de cooperación militar. Este fue uno de sus logros más elogiados por los Consejeros.

-Sabiendo que somos sus aliados, dejarán de ejercer un control riguroso sobre nuestras maniobras y sobre nuestra industria bélica –explicó el Consejero Suzaku, que era a la vez general del ejército-. Podremos desplegar nuestras fuerzas a la par que las suyas, e incluso conocer sus movimientos, sin sospechas por su parte. Pero lo que ignoran –añadió, con sonrisa sibilina- es que estamos superando su tecnología armamentística. Gracias a nuestro programa de innovación y mejora continua, nuestras armas pronto dejarán atrás las suyas, en eficacia y en sigilo. Nuestros misiles son prácticamente indetectables. Cuando quieran darse cuenta, los tendrán sobre sus cabezas.

El Mandatario era anciano. Muy anciano. Su Discípulo hacía años que había dejado de ser joven, y participaba en el Consejo como un miembro más. En el gobierno y en la calle, se murmuraba sobre la vejez de su líder, y las conjeturas acerca de su sucesor despertaban animadas discusiones. Pero el Mandatario, gracias a su parca alimentación y a los suaves ejercicios que practicaba a diario, se mantenía activo y con una indiscutible claridad mental. Muchos eran los que decían que no quería morir sin ver culminada su revancha. “El Desquite”, como era designado en círculos militares cerrados, se había convertido en asunto de interés nacional. El Imperio aguardaba su hora, como tigre agazapado. Y el Mandatario aguardaba, impasible y sereno, meditando sus decisiones mientras nivelaba la grava de su pequeño jardín, rastrillo en mano y la mirada fija en las pequeñas piedras blancas, salpicadas de pétalos de ciruelo en flor.

Fue en aquel jardín donde mantuvo una conversación a solas con su Discípulo, que éste jamás olvidaría.

-Nuestro país ha cambiado mucho –le dijo el Mandatario-. Ya no es el pueblo empobrecido de la postguerra. Hemos presentado una batalla silenciosa a nuestro enemigo y la estamos venciendo. Pero no debemos olvidar que esas mismas armas se pueden volver contra nosotros.
-¿Qué quieres decir, maestro? –inquirió el Discípulo-. ¿Hablas de traidores entre los nuestros?
-No me refiero a esto –replicó el Mandatario-. Mira a tu alrededor. Nuestra sociedad se parece cada vez más a la de los estados libres. Vivimos inmersos en el bienestar y corremos el riesgo de caer como ellos, adictos a nuestros propios productos. Víctimas de nuestras propias armas.
-¿Cómo evitarlo? –preguntó el Discípulo-. Nadie desea regresar a la penuria.
-Esa será tu gran misión, el día que me sucedas en el gobierno –dijo el Mandatario-. Deberás rescatar los viejos lemas y fortalecer nuestros principios. Recuerda bien esto: aquello que te curó, es lo que te mantendrá sano.
El Discípulo asintió, en silencio.
-Cuando sea el momento –añadió el Mandatario, mirándolo fijamente a los ojos- sabrás lo que debes hacer.

Y, por fin, llegó el día.

El Mandatario reunió a sus Consejeros y a la cúpula militar en la sala blanca y desnuda, la misma que había acogido tantas reuniones, desde los años duros de la postguerra y el inicio del Desquite.

-Ha llegado la hora –dijo, escuetamente-. El general Suzaku y mi Discípulo, que actuará como mi delegado directo en esta operación, os explicarán en detalle el plan.
El general se puso en pie y habló a sus oyentes.
-La poderosa República de Estados Aliados se hunde. Las crisis sociales y económicas, la caída demográfica, la corrupción del gobierno y la violencia sin control han minado a nuestro enemigo hasta límites antes no alcanzados. Su último presidente ha demostrado una total incapacidad para conciliar sus intereses con los demás países. No cuenta con otro aliado más firme que nosotros. Por tanto, es el momento en que debemos desplegar nuestras fuerzas.

Tras proyectar un mapa del planeta sobre la pared, el militar y el Discípulo fueron explicando, con la ayuda de un programa de simulación digital, la estrategia diseñada.

-Cuando el último misil sea lanzado –acabó el Discípulo, abarcando con su mirada a todos los presentes- podremos decir que el mundo entero estará en manos de nuestro Imperio.

Un silencio pesado siguió a sus palabras. El Mandatario observó a sus Consejeros, ancianos como él, a la implacable Toki, a los militares, ávidos de entrar en acción. El general Suzaku se adelantó, ceremoniosamente.

-Señor –dijo, inclinándose ante el Mandatario-. Este gran momento es, sin duda, el mejor fruto de vuestro trabajo. Será vuestra gran victoria.
El Mandatario movió la cabeza.
-Nuestro enemigo ya ha sido derrotado –respondió, calmadamente-. Lleva la destrucción inscrita en sus mismas entrañas, desde hace mucho tiempo. Nosotros sólo le hemos proporcionado las armas.