martes, 16 de octubre de 2007

La guerra

Este es el primer capítulo de mi cuarta novela, Estirpe Salvaje.

–¡Yvanka! ¡Yvankaaaaa!
El niño pelirrojo se adentró en el bosque. Los rayos de sol traspasaban la penumbra verde bajo el tupido dosel de hojas, bañando la espesura de una claridad esmeralda. Tan sólo oía sus propios pasos sobre la maleza. Hasta los pájaros parecían haber enmudecido.
–¡Yvanka! –llamó, de nuevo.
Se detuvo y reprimió un juramento, el último que había oído proferir a su padre, entre dientes. ¿Dónde se había metido la chiquilla? Siempre tenía que hacer de las suyas. Lo que había comenzado como un divertido juego de escondite ahora se alargaba demasiado. Menuda bronca le esperaría en casa, si regresaba sin ella o la pequeña se hacía daño. ¡Todas las culpas se las llevaría él! ¿Por qué aquella mocosa siempre tenía que meterlo en problemas?
–Yvanka, si no sales ahora mismo, te dejaré aquí, sola. ¿Me oyes? ¡Sola en el bosque!
Nadie respondió.
–Y vendrán los lobos…-continuó–. O mejor, vendrá el gran oso negro… ¡Sí, el oso! Y te comerá enterita. ¡Desde la cabeza hasta las uñas de los pies!
De pronto, oyó una risa tenue, ahogada, y un rumor entre los árboles. Ah, allí estaba, la picaruela. Avanzó unos pasos.
–¿Se puede saber dónde estás? –exclamó, mirando a todas partes, sin verla.
–Aquí… –sonó una vocecita risueña, en algún rincón del bosque.
–Vamos, Yvanka, ¡sal de una vez! Me rindo, has ganado… Pero ahora, sal de tu escondite.
Tras varias vueltas infructuosas, dio con su hermana. La niña estaba agazapada junto a un frondoso avellano, bajo cuyas ramas se ocultaba algo.
–Ssssst –susurró ella–. Mira, Ruslan, mira...
Se agachó a su lado y miró. Era un pequeño nido, con tres huevos salpicados de pintas oscuras, que comenzaban a temblar y a resquebrajarse. Los dos observaron, conteniendo el aliento, cómo los polluelos, pelotitas de plumas arrugadas, iban rompiendo los cascarones con sus picos desmesuradamente grandes. No se atrevían a moverse.
–Deberíamos marcharnos –susurró él–. Si viene la madre y nos ve, los aborrecerá y no querrá cuidarlos.
La niña lo miró con los ojos muy abiertos, dos lunas de color verde.
–¿No los querrá? ¿Los dejará solos?
–No, si nos vamos ahora mismo –repuso el chico–. Vámonos, muy despacito, sin hacer ruido…
Incorporándose, tomó de la mano a su hermana y se alejaron con cautela. Ella miraba hacia atrás.
–¿Volveremos a verlos? –preguntó ella.
–Sí, volveremos… Pero con mucho cuidado, para no asustar a sus padres.
–¿Mañana? –insistió la niña.
–Sí, mañana…

Caminaban de regreso, cuando la pequeña se soltó repentinamente de la mano de su hermano para correr hacia unas matas.
–¡Violetas! –exclamó, arrodillándose sobre la hierba.
Él la siguió, suspirando con impaciencia. ¿Es que nunca llegarían a la aldea? A buen seguro que Bladko y sus amigos se cansarían de esperarlo. Se irían sin él, su madre le pediría ayuda para cualquier cosa y él volvería a perderse una divertida pesca de ranas en el río.
Cuando se acercó a ella, Yvanka se puso en pie y le tendió un pequeño manojo de violetas, con su manita sucia de tierra. Entonces Ruslan sintió un nudo en la garganta.
La pequeña tenía tres años, y él siete. Como hermano mayor, siempre había estado al cargo de su hermana, a quien cuidaba cuando sus padres estaban trabajando en los campos, que era una buena parte del día. Esto le impedía participar en todas las correrías de sus amigos, media docena de mozalbetes inquietos y revoltosos, que se zafaban siempre que podían de sus tareas cotidianas. La pandilla se lanzaba a recorrer los campos y el monte, peleando en batallas imaginarias con palos y piedras, cazando pequeñas presas o bañándose en los arroyos. Esto, cuando no se les ocurría alguna que otra trapacería para reírse a costa de los vecinos… Desde el nacimiento de Yvanka, Ruslan había tenido que asumir una responsabilidad más, que no compartía con sus amigos. Todos ellos tenían otras hermanas que cuidaban de los más pequeños. Él, en cambio, al ser el primogénito y único en la casa, se había convertido en el ayo forzoso de la pequeña Yvanka. A pesar de todo, Ruslan guardaba cariño hacia la chiquilla. Yvanka era pelirroja y bonita como un duende de los bosques y su carácter caprichoso y díscolo a veces tenía la virtud de sacarlo de sus casillas. Pero cuando lo miraba de aquella manera, con sus inocentes gestos de ternura, Ruslan sentía que algo dentro de él se derretía. No podía evitar quererla.
Tomó las manoseadas florecillas que le alargaba la niña y, agachándose a su lado, se las colocó en el pelo, prendiéndolas en las trenzas medio deshechas, apartando los mechones que saltaban sobre su carita pecosa.
–Ahora estás bella como un hada de los bosques –dijo, mirándola satisfecho.
–¿Sí? ¿De verdad? ¡Voy a coger más!
Sin que él pudiera impedirlo, Yvanka correteó un trecho. Trepó hasta un pequeño promontorio poblado de robles y descubrió nuevas matas de violetas bajo la fresca oscuridad del sotobosque. Ruslan siguió a la niña a unos pasos de distancia. Hasta él llegaba la fragancia dulzona y fresca de las flores. De pronto, se detuvo.
Un silencio sepulcral los rodeaba. El bosque había callado de nuevo. Algo denso y amenazador se cernía en el aire. La brisa había amainado y ni siquiera las hojas osaban crepitar. Yvanka permanecía inmóvil, en la cima del altozano, mirando hacia algún punto del horizonte. Señaló algo con el dedo.
–Ruslan… ¿qué es eso?
Él se acercó. Muy lejano, pero creciente, un rumor comenzó a resonar en el aire. Era un runrún extraño y desconocido. Ruslan sintió frío repentinamente. Miró hacia el valle que se abría a sus pies. Era una cuenca amplia y verde, surcada por la cicatriz plateada del arroyo, por donde se extendían los pastos y los huertos, sombreados aquí y allá por matas de arbolado. En lo hondo de la vaguada se agrupaba un puñado de casas y corrales, la aldea. Y entonces lo vio.
Una mancha oscura, rebullendo como un gigantesco ejército de hormigas, avanzaba cubriendo los pastos, hacia la aldea. Las motas negras alcanzaban ya las primeras cabañas de madera. Ruslan vio cómo aquella masa se extendía, desparramándose entre las casas, mientras un siniestro fragor llegaba hasta ellos.
–¡Agáchate, Yvanka!
La niña obedeció prontamente y ambos se agazaparon en tierra, mientras veían cómo aquella marea tenebrosa y voraz se desplegaba sobre el lugar que los había visto nacer.
Ruslan notó el temblor de la pequeña, y la abrazó.
–Son guerreros, Yvanka… Han invadido la aldea. No te muevas. Aquí estamos a salvo...
–¿Qué van a hacer? –preguntó la niña, con un hilo de voz.
–No lo sé… A lo mejor sólo vienen de paso…
–¿Y mamá? ¿Y papá? ¿Están allí?
Ruslan tragó saliva. No quería pensar, no quería imaginar. Pero su mente volaba.
–Seguramente están en los campos. Papá dijo que hoy se iba a cortar leña a La Mata, en el monte… No tengas miedo. Yo estoy contigo.
La niña comenzó a lloriquear, temblorosa.
–Vamos, Yvanka, ¿dónde está mi chica valiente? –murmuró Ruslan, haciendo de tripas corazón. Pero él mismo se sintió desfallecer, cuando vio lo que ocurrió a continuación.
Varios jinetes comenzaron a arrojar teas encendidas a las casas y a los pajares. En pocos minutos, densas columnas de humo se elevaron sobre la aldea. Ruslan apretó a Yvanka contra su pecho y le tapó la cara.
–Ruslan… tengo miedo. Vamos a casa…
–¡No! Ahora no puede ser… Volveremos luego, no te preocupes…
–Quiero volver con mamá y papá…
Ruslan estrechó aún más a la pequeña mientras sus ojos se anegaban en lágrimas. No quería ver ni oír, pero hasta él llegaron los gritos salvajes, los alaridos y el crepitar de las casas ardiendo, en medio del resonar de los cascos y el estrépito metálico, inconfundible y siniestro, de las armas chocando contra sí.
–Volveremos, mi princesita… mi hada. No llores. Cuando todo pase, volveremos, ya lo verás.

Cuando los dos niños llegaron al pueblo, cogidos de la mano, apenas pudieron reconocer el lugar. Buena parte de la aldea había sido pasto de las llamas. El humo acre los envolvía y un calor intenso abrasaba el aire. Por doquier se veían cadáveres, humanos y de animales. Sonaban llantos y gemidos. Ruslan sólo veía negrura, negrura y horror, y las siluetas de los jinetes que se reagrupaban, blandiendo sus armas, en lo que había sido la plaza del pueblo. Varios hombres del lugar gesticulaban ante ellos, hablando a voces. Ruslan reconoció a algunos. Pero no podía oír lo que decían.
Casi sin pensar, caminó, sobre la tierra calcinada, hacia el lugar donde estaba su casa, esquivando cuerpos informes y montones de troncos quemados. Vio a una vecina conocida, arrastrándose por el suelo, ensangrentada y escarbando las cenizas, buscando frenéticamente algo, y se estremeció. Más allá oía el llanto de algún bebé abandonado. A su lado, Yvanka no le soltaba la mano y miraba todo con su carita inexpresiva, los ojos muy abiertos y sin pestañear. Ruslan tiró de ella y la obligó a avanzar. Pronto se detuvo.
Donde hacía pocas horas se había levantado su hogar, aquella cabaña de troncos, acogedora y familiar, ahora tan sólo había un gran hueco negro y humeante, como una enorme caldera carbonizada. Donde se había levantado el tejado tan sólo se veía el cielo, azul y empañado tras el humo que despedían los escombros.
–¿Dónde está mamá? –preguntó la pequeña, súbitamente. Ruslan la miró y el corazón le dio un vuelco.
–No está… no está aquí –tartamudeó.
Yvanka señaló con el dedo una esquina de la casa. Un ángulo formado por dos paredes quedaba en pie y, sobre él, caía parte del armazón del tejado, que no había ardido completamente. Tal vez bajo aquel hueco…
–Voy a mirar –murmuró Ruslan –Tú no te muevas de aquí.
La niña asintió, sin mirarlo, mientras Ruslan, armándose de valor, se adentraba en el marasmo de cenizas y troncos quemados, ignorando la quemazón en sus pies. Mientras se acercaba a aquel rincón, podía oír los latidos de su corazón, desbocado, que parecía querer saltarle del pecho.
El muchacho olisqueó algo extraño. Sus pies tropezaron con algo. Parecía un madero carbonizado. Pero había algo más. Horrorizado, vio los dedos de un pie. Más allá, una mano… Ruslan reprimió un grito cuando distinguió la mata de pelo rojizo, aún no del todo consumido. Ahora sentía el corazón en la boca del estómago, subiendo por su garganta, a punto de asfixiarlo con su furioso batir. Dio media vuelta y corrió hacia la niña, que se aventuraba entre las cenizas para seguirlo.
La cogió en brazos y se alejó a toda prisa.
–Vámonos, Yvanka… No hay nada… Debían estar fuera. Vámonos de aquí.
Corrió y corrió, con la pequeña colgada al cuello, hasta que tropezó con algo y cayó de bruces, exhausto. Levantó los ojos y una sombra lo cubrió. Era uno de los guerreros, montado en su corcel. Desde el suelo, su altura resultaba imponente y su voz resonó, cavernosa y bronca.
–Aparta, rapaz, y déjanos pasar, o te aplastaremos bajo los cascos.
Ruslan se apartó rápidamente, arrastrando a su hermana tras de sí. Varios jinetes pasaron a su lado, galopando velozmente, profiriendo ruidosas carcajadas. Ruslan se quedó mirando cómo se alejaban en medio de una polvareda y, de pronto, sintió una rabia sorda y mordiente en su interior. Apretó los dientes. A su lado, Yvanka comenzó a lloriquear de nuevo, llamando a sus padres.

Durante el resto del día, los dos hermanos vagaron aturdidos y desorientados por el pueblo. Ruslan miraba ansiosamente, esperando ver aparecer, de un momento a otro, el perfil familiar, esbelto y robusto, y oír la voz reconfortante de Ianek el leñador, su padre. Sabía que a su madre jamás la volvería a ver pero, en cuanto a su progenitor, aún abrigaba esperanzas. Papá había salido aquella mañana, con Iafim, el herrero, y algunos vecinos, a cortar leña a La Mata, un bosque de robles cercano, cuya propiedad compartían varios hombres libres del lugar. Ellos podían haberse salvado. Ruslan observó cómo los supervivientes se agrupaban alrededor de la casa de Sboron, uno de los propietarios más ricos del pueblo. Curiosamente, su casa era la única que se había salvado totalmente de la quema y la destrucción. Se levantaba, hermosa e intacta, en medio de la aldea devastada, cuando incluso la casa comunal y el granero habían sido destruidos. No fue hasta mucho más tarde que Ruslan recordaría aquel detalle y se preguntaría por qué.

Ruslan había oído hablar de la guerra. Él y sus amigos solían jugar, formando bandos, emulando a los nobles y reyes de cuya existencia sólo conocían los nombres. La guerra era algo heroico y lejano, algo perteneciente al reino de la leyenda y a las conversaciones junto al fuego. En todo caso, algo que no concernía a una aldea pequeña y remota como la suya. Sí, era cierto que, en los últimos años, los adultos hablaban cada vez más de ella, con cierta preocupación. Los chicos del pueblo oían hablar del Señor de Dalvai, dueño de todas aquellas tierras, y de sus atávicas rencillas con Mordvin el Implacable, un poderoso señor de las tribus varik, que vivía en los bosques del Oeste. Oían hablar del rey Vladi y de su formidable ejército, de sus conquistas y su poderío. Vivían en el corazón boscoso de un gran reino, forjado alrededor de un anillo de poderosas ciudades cuyos nombres sonaban como mágicos talismanes a los oídos de los chiquillos del pueblo. Algún día, todos soñaban con conocerlas: Dazil, Valmir, Dagor, Sarlov, Duyelav… Pero todo quedaba en mera fantasía. Ruslan jamás había soñado conocer la guerra de aquella manera. Con apenas siete años, había visto cómo una horda de guerreros asolaba su aldea. Fue su primer contacto, repentino y brutal, como una bofetada inopinada. Y decidió que no le gustaba. Pero en aquellos momentos ignoraba que la guerra lo acompañaría, como una sombra, el resto de su vida.

Sboron reunió a los supervivientes y les explicó que el jefe del poblado había perecido. Organizó a los hombres para que apagaran los fuegos y retiraran los escombros y abrió las puertas de su casa para acoger a los heridos. Escuchando a unos y a otros, Ruslan supo que los invasores eran guerreros de Mordvin. Sus hordas estaban recorriendo la región de Dalvai, saqueando aldeas y apoderándose de cuantos bienes y ganado podían, para nutrir una poderosa tropa que pretendían armar contra el Señor de Dalvai. El motivo de la querella era antiguo y conocido: el oro de Dalvai siempre había sido un bien codiciado y Volován, señor de Dalvai, mantenía un férreo control sobre la explotación de los arroyos auríferos, impidiendo que ningún otro noble o capitoste pudiera obtener el preciado mineral. Mordvin había intentado comprar una parte de las tierras donde los ríos producían oro, pero sus generosas ofertas habían sido siempre rechazadas. Ultrajado y ambicioso, había optado por emplear la fuerza y ahora Dalvai era el campo de batalla entre dos poderosos señores, cuyas hordas se enfrentaban en continuas escaramuzas.
Al anochecer, Ruslan e Yvanka vagaban por la explanada central de la aldea, sin rumbo y sin saber qué hacer. Ruslan había visto a algunos de sus amigos. Bladko y Kiril habían sobrevivido, al menos. Más tarde vio a Liudik y a Ginko. Los muchachos se habían salvado al hallarse fuera del pueblo, jugando en el arroyo. Pero estaban tan trastornados y abatidos como él mismo. Al menos, pensó, Kiril había conservado vivos a sus padres… Y, más tarde, vio a la madre de Liudik y al padre de Bladko… No se sabía nada de su padre ni de los leñadores. Ruslan sentía que los ojos le escocían, pero era incapaz de derramar una lágrima. Ya casi no sentía ni la pena. Sólo notaba un vacío y un sordo dolor en el pecho. Era como si una pedrada se hubiera llevado su corazón.
Caía la noche. La pequeña Yvanka comenzó a gemir y sacudió su manita. Ruslan aflojó el pulso dolorido y se percató de que, en toda la tarde, no la había soltado, estrechándole la mano fuertemente en la suya.
–Tengo hambre… –lloró la niña.
Ruslan miró, desesperado, a su alrededor. De repente, cayó en la cuenta de que él también estaba hambriento y terriblemente sediento. Llevaban todo el día sin comer… ¿dónde encontrar comida ahora?
Alguien se acercó a ellos. Era Ogashka, la fornida esposa de Sboron. La mujer se llevó la mano al delantal y les alargó algo.
–Tomad –les dijo, y les dio un par de pedazos de pan.
Los dos niños saltaron sobre los mendrugos sin pensarlo dos veces. Yvanka se atragantó con la miga seca, pero siguió comiendo con ansia. La mujerona se quedó en jarras, mirándolos. Luego se volvió hacia su marido, que se había acercado.
–Otros dos huérfanos –dijo Ogashka, con cierto retintín–. Son los críos de Ianek y Liudena… ¿Qué te parece?
Sboron miró a su mujer y se encogió de hombros.
–Diles que pasen adentro.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Notas a "La rosa de cuatro picos". Sobre los maragatos

"La rosa de cuatro picos" es una historia inspirada en los maragatos. Si buscáis en Google, encontraréis mucha información sobre ellos. Se trata de una antigua estirpe que habitaba una comarca del noroeste de España, en la provincia de León. Su origen es incierto. Según algunos autores, es árabe o morisco (de mauro-moro), según otros, es celta (por su localización geográfica y algunas costumbres peculiares). Circulan muchas y variopintas hipótesis entorno a su cultura. Lo cierto es que tenían sus tradiciones propias, practicaban la endogamia, es decir, se casaban entre ellos sin mezclarse con la gente de afuera, y muchos hombres se dedicaban al comercio o eran arrieros, pues la Maragatería era una tierra muy pobre, apta para el ganado y poco más.

Muchos maragatos emigraron a América y fundaron colonias, especialmente en Argentina y Uruguay. Se expandieron por la Patagonia (tal vez les recordaba su duro terruño...) Hay quien dice que el atuendo gaucho procede del traje típico maragato: bombachos o bragas, polainas, faja y sombrero de ala ancha. Creo que es en la ciudad de Carmen de Patagones donde a sus habitantes aún se les llama "maragatos".

Un aspecto que marcó la comarca de la Maragatería fue el Camino de Santiago, que desde León a Galicia atraviesa sus tierras. La Cruz de Fierro es un hito célebre, donde la costumbre es que los peregrinos dejen una piedra al pie del poste de la cruz. Actualmente el pueblecito de Foncebadón, donde se encuentra, está prácticamente deshabitado (creo que sólo tiene 2 habitantes censados) pero hay un albergue de peregrinos que, con el auge que el Camino ha cobrado en los últimos años, está muy frecuentado.

La capital de la Maragatería es Astorga, ciudad muy conocida por sus murallas romanas, su catedral, su palacio modernista (de Gaudí) y sus dulces, las "mantecadas". El origen de la ciudad es romano. En tiempos de Augusto, era la ciudad más importante de la mitad noroeste de España, y capital de una provincia romana. Su nombre era Asturica Augusta, derivado de las tribus celtas de los astures, que habitaban aquella región antes de ser prácticamente exterminadas por las legiones de Julio César.

Ponferrada es la capital de otra comarca singular, el Bierzo, un conjunto de valles muy fértiles entre Galicia y León. Es famosa por su castillo templario, que, si lo buscáis por Google, ya veréis que es de película.
El Cebreiro es el último pueblo leonés que se encuentra en el Camino, antes de pasar a Galicia. Situado en un lugar alto, entre montes, goza de una vista espléndida. Tiene una pequeña iglesia pre-románica recientemente restaurada. Las pallozas son las casas típicas de ese pueblo y de otros de la zona. Son circulares, de piedra, con techumbre de paja; algunas son conservadas como casa-museo y otras han sido habilitadas como albergue de peregrinos.

Los pueblos que menciono (Castrillo, Santa Colomba, El Val de San Lorenzo...) también son reales, y he intentado dibujar un cuadro lo más realista posible de su ambiente, durante el siglo XIX, más o menos.

Finalmente, explico el por qué del título y de esos versos desperdigados por el relato.

La rosa de cuatro picos es una expresión para designar las manchas de sangre que se formaban en el pañuelo que las ancianas de la tribu metían en la vagina de las novias, antes de su boda, para comprobar si eran vírgenes. No es original mía, sino que la tomo del acervo maragato. Esa costumbre, por otra parte, no es exclusiva de su cultura. Los gitanos también mantienen el rito del pañuelo y sé de buena fuente que aún se practica en España hoy día.

Los versos intercalados son tomados de una antiquísima canción popular maragata, La Peregrina, que narra los amores de una peregrina que va a Santiago y se pierde por el monte... En realidad, en la canción el que pena y llora es su amado, que sufre porque ella se va con otro. Pero al final, ella regresa a su lado y pide perdón a los pies del Santo. En este caso, he tomado los versos que me iban bien para acompañar las escenas, adaptándolos a la situación.

La rosa de cuatro picos

Desde el día en que tuvo su primer sangrado, Soledad supo que los años de la infancia habían quedado atrás.

No es que su infancia hubiera sido liviana y despreocupada. Como todas las niñas, apenas levantaban cuatro palmos, Soledad había aprendido el duro trabajo, en los campos y en el hogar. Sabía del azote del sol y del cierzo, sus pies conocían piedras y espinos, sus manos eran amigas del cayado de pastor, de la rueca y de la lana, de las duras trenzas de esparto, de las cáscaras crujientes, que a veces la hacían sangrar. Nada de eso cambiaría. Pero atrás quedaban los juegos, robando horas al tiempo; las canciones bailando en corro, saltar a la comba en la era, la rayuela y el escondite, hacer rabiar a los niños, persiguiéndose a matar…

Se miró en el espejo del armario de su abuela, aplastando el camisón contra su cuerpo. El azogue picado le devolvió la imagen blanca y alargada. El rostro pálido, el pelo trigueño y los oscuros ojos de terciopelo. Ya no era una niña. “Eres una mujer”. ¿Dónde estaba la mujer?, se preguntó, mordiéndose los labios. Se volvió de lado. Los senos apuntaban, audaces, provocadores. Y sus caderas se ensanchaban. Parecía un ánfora, de talle estrecho y bajo redondeado. Se preguntó si bastaba eso. Aún no tenía quince años. Dentro de aquel cuerpo de mujer todavía aleteaba una niña.

Y, sin embargo, nunca como aquel día se había sentido tan vieja.

Habían tenido invitados a comer. Doña Prudencia y su hijo, Don Nuño Cordero. Sus padres se habían esmerado, la comida se había revestido de solemnidad, igual que cuando venía Don Pedro, el cura, por Pascua o por Navidad. Don Nuño era un cuarentón fornido, alto y garboso, viudo y con tres hijos, y una nada desdeñable fortuna en su haber. Se había afincado en el Val de San Lorenzo y había abierto un telar. Ganaderos de toda la comarca le llevaban su lana, el negocio prosperaba y, se decía, sus mantas se vendían por toda España, incluso allende el mar. Soledad temía a Prudencia, mujer enjuta y severa, como estaca de roble, y miró con aprensión al imponente Don Nuño, su rostro moreno bien afeitado, sus calzas anchas, la rica armilla bordada, las polainas y las botas. Sentados a la mesa, mientras su madre servía el cocido, ella repartía el pan. Cuando llegó junto al huésped, sintió sus ojos escrutadores. El hombre la observó, como quien evalúa una cabeza de ganado, y ella se sintió desnuda. Bajó la mirada, modesta, reteniendo su temblor. Una moza recatada jamás debe levantar los ojos. Así la habían enseñado. Don Nuño hizo un gesto aprobador y la conversación entre él y su padre se animó. Charlas de arrieros y pastores, asuntos de hombres adultos. Pero Soledad no se engañaba. Detrás de las palabras dichas había otras ocultas, sobreentendidas. Bien sabía, de sobras, de qué trataban.

Aún le duraba el frío en la piel. Aquella noche, mientras se peinaba ante el espejo de su abuela, lloró. Silenciosa, no fueran a oírla. Cuando la abuela entró, ella ya estaba acostada, recogida como un caracol, bajo las mantas. La abuela se tendió a su lado y Soledad respiró su olor a leña quemada, a caldo y a rancio. Escuchó el murmullo de oraciones bajo el edredón. Luego, leve ronquido. Suspiró. Echaba de menos el otro lecho, la otra alcoba. La habitación de los niños y la enorme cama revuelta donde, cada noche, ella y sus hermanos peleaban por su territorio, tironeando la colcha, revolviendo las mantas. Echaba de menos los codazos, las uñas y dientes, las risas; las patadas de pie menudo, el olor a orina y a sudor de niño. Sobre todo eso. El olor de niñez.

* * *

-Madre, déjame ir, te lo ruego. Déjame hacer el Camino y besar al Santo. Quiero ofrecerle mi futuro matrimonio…
La madre movió la cabeza, dubitativa.
-No, hija, no. ¿A dónde vas a ir, tú sola? Además, empieza la primavera y hay mucha faena.
-Iré con los peregrinos. Ayer pasó un grupo, pronto vendrán otros. ¡Tan sólo serán veinte días! Madre, por favor…
-A ver qué dice la abuela.

La abuela era la autoridad en aquella casa de arrieros. En el campo mandaban los hombres, en el hogar la mujer. Sin inmutarse, y sin dejar de retorcer los copos de lana, la matriarca escuchó a su hija y a su nieta.

-Déjala ir –dijo, y su hija enarcó las cejas.
-¿Sí, madre?
La abuela levantó los ojos y los clavó en Soledad. Los abuelos entienden mejor a los nietos, había oído ella. Pero, aquel día, lo que vio en la mirada de la anciana fue distinto. Complicidad escondida, de mujer a mujer. ¿Acaso leía la abuela los entresijos de su corazón? ¿Podía adivinar su anhelo, su hambre de libertad? ¿Podía ver aquel nudo que la asfixiaba por dentro? ¿Podía vislumbrar su temor?
-Lo hablaré con Don Pedro –decidió la madre.

Soledad tembló. La palabra del cura era ley. Pero Don Pedro, para su sorpresa, vio con buenos ojos la petición de la muchacha. Las recibió a ambas, madre e hija, en la sacristía, de gruesas paredes encaladas, vetusta y helada como una tumba.

-Ayer estuve en Astorga. Conocí a un grupo de peregrinos que pasará por aquí, a lo sumo en dos días. Podría ir con ellos. Son gente honesta y viajará protegida. Es buena cosa, sí, que vaya a venerar al Santo. Que rece y medite en su vida, antes de convertirse en mujer casada.
La madre suspiró, resignada.
-Y tú, hija –añadió Don Pedro, tomándola de la barbilla y mirándola con atención-. Ofrece al Santo tu matrimonio y tu virtud de doncella. Reza por tus padres y por la familia de tu esposo. Y pide que haga de ti una mujer santa y piadosa.

Soledad asintió, bajando la vista hasta el suelo. Sintió los dedos fríos del cura bendiciéndola, rozando su coronilla. Besó su mano con respeto y reprimió su sonrisa. Pero dentro de su pecho volteaban las campanas.

* * *

El Camino. Días de sol, ancho horizonte. El mundo desplegado a su alrededor, los campos desnudos y pardos, moteados de encinas; las rocas albas, asomando como huesos en la vieja piel de la tierra adormecida, desperezándose bajo el sol de primavera. El cielo, tendido sobre ellos. Soledad besó a los suyos, tomó su bastón y su morral, y corrió hacia las afueras del pueblo. Sus zapatos repicaban en la calle empedrada, su manteo volaba. No miró atrás. No quería. Le apenaba dejar a los niños. Su hermano menor lloriqueaba. Su hermana la envidiaba, seguro. La madre agitó su pañuelo, la abuela murmuró sus bendiciones. Doña Prudencia también estaba allí, plantada como una estaca. No quería ver su cara ceñuda.

El Camino. Soledad se incorporó, alborozada, al grupo de peregrinos. Dejando atrás el pueblo, la sonrisa se adueñó de su rostro.

Iba la peregrina
con su esclavina,
con su cartera y su bordón;
lleva zapato blanco,
media de seda,
sombrero fino que es un primor.


Las mujeres del grupo la acogieron con cariño. Era la más joven del grupo, ellas la protegerían. En total, sumaban una veintena, todos adultos y, algunos de ellos, matrimonios. Pero Soledad se fijó especialmente en uno. En Gonzalo.

Fue saliendo de Santa Colomba de Somoza. El sol apretaba, habían llenado las calabazas de agua y reponían fuerzas, almorzando pan y cecina a la vera del camino. Soledad se sentó en un tapial de piedra y él se acercó, tendiéndole un botijo.

-Bebe, peregrinita, que peor que el hambre es la sed.

Ella aceptó, levantó el botijo y bebió. El hilo de agua le salpicó el rostro, antes de alcanzar la boca, y ambos rieron. Cuando le devolvió el botijo, él estaba sentado a su lado.

Sus miradas se enzarzaron como la hiedra en el roble. Ella aún tenía los labios mojados. Una ráfaga de viento le agitó un mechón rubio, escapado del pañuelo. Los rizos de Gonzalo eran negros. Negros y relucientes, como sus ojos.

Lleva rubio el cabello,
tan largo y bello,
que el alma en ello se me enredó;
En la su fina ceja,
de oro madeja,
su amor y el mío se aprisionó;

Pasaron Foncebadón y remontaron el monte Irago. Allí, junto a la vieja ermita, en la cima batida por los vientos, los peregrinos depositaron sus piedras a los pies de la Cruz de Fierro.

Soledad dejó su laja de pizarra, elevando los ojos. El poste se le antojó inmenso, irguiéndose en el azul. Arriba del todo, coronando el madero, pequeñita y negra, la cruz arañaba el cielo. “Aquí dejo mis faltas”, se dijo, para sí, y se arrodilló sobre la pirámide de piedras, depositadas siglo tras siglo por miles de peregrinos. “Una montaña de pecados, al pie de la cruz. ¿Llegará algún día al cielo?”

Descendió, con el corazón ligero. Una piedra juguetona rodó bajo sus pies y se alejó del montón. Gonzalo la esperaba, sonriente. Siempre sonreía. Ella le devolvió la sonrisa, limpia, libre.

-Dejamos atrás nuestras culpas –dijo ella. El sol danzaba bajo sus pestañas.
Gonzalo le tendió la mano.
-Dios perdona siempre –contestó, con su voz risueña. Y ella sintió que le brotaban alas.

De los ásperos montes maragatos, descendieron a los verdes valles bercianos. Pernoctaron en Ponferrada. Jamás había visto Soledad ciudad tan grande, tan bulliciosa. Había estado en Astorga, la capital de su comarca, y había contemplado, impresionada, la catedral grandiosa, las casonas nobiliarias, el Ayuntamiento. Ceñida por su muralla, Astorga era adusta y señorial. En cambio, Ponferrada era alegre como una feria, esparcida junto a las riberas del Sil. Gonzalo la llevó a ver el castillo y ella soñó, mientras admiraba las esbeltas torres, los muros desiertos, las almenas airosas que en otros tiempos habían contemplado la gloria de los señores templarios. El hablaba, desgranando leyendas, y ella correteaba como una niña, explorando las ruinas. De pronto, él la detuvo.

-¿Sabes, mi peregrina? Hoy, ahora, aquí… yo soy tu caballero, y tú eres mi dama. Mi dueña y señora.

Ella se sonrojó mientras él la tomaba de la mano, galante. La condujo hasta el muro y la reclinó contra la piedra. Soledad sintió su sombra y su aliento. La mano que quitaba el pañuelo, el pelo deslizándose. Y después sintió sus labios.

-¡No…! -se apartó-. Gonzalo, eso no está bien. Vamos, vámonos de aquí.

El se mordió los labios, contrariado, pero no rechistó. La siguió en silencio, mientras ella se anudaba la pañoleta en la nuca y corría hacia el puente, buscando el casco urbano, la seguridad reparadora de las calles, de las gentes, del ruido. Cuando se volvió a mirarlo, él no sonreía.

En los prados y flores
de mis amores,
a los pastores les pregunté
quién vio a una morenita
peregrinita,
que al alma irrita con su desdén.

Remontaron de nuevo los montes que los separaban de Galicia y se detuvieron a hacer noche en el Cebreiro. Allí oyeron misa, a la caída de la tarde, apretujados en la pequeña ermita, junto con muchos otros peregrinos. Los ecos de los cantos resonaban bajo la bóveda románica de piedra y a Soledad le faltó aire. Con la espalda apretada contra la pared, el pecho rozando los cuerpos extraños, se volvió hacia Gonzalo, de pie a su lado. Él la tomó de una mano y se la estrechó. Ella estaba fría, él ardía. Su calor la reconfortó.

Cuando salieron de la iglesia, en medio del jolgorio y el vocerío, el sol declinaba sobre los montes.

-¿Quieres venir conmigo? –le preguntó él.
-¿A dónde?
-Vamos al alto. Si está lo bastante claro, aún veremos el mar.

Ella no se hizo de rogar. Deseaba reconciliarse. Pero, sobre todo, y aún sin querer confesárselo, deseaba estar con él.

Dejaron abajo el pueblo y caminaron hacia la cima redondeada, abriéndose paso entre las urces. Las sombras invadían los valles pero allí, en la corona del monte, aún era de día. Gonzalo señaló con el dedo. Atrás, los fértiles valles del Bierzo, las grises montañas, los páramos maragatos. Ante ellos, la verde Galicia. Frondosa, dulce, brumosa. No se veía el mar. El sol se engalanaba en chales de oro y violeta.

Sobre ellos, sólo el cielo. Y el viento susurrando entre los brezos. Soledad se quitó el pañuelo. Abrió los brazos y respiró. Su último sorbo de infancia. O quizás de libertad. Gonzalo la observaba, inmóvil, mientras el aire le rizaba el rubio cabello, hinchaba el manteo como vela y jugaba a enroscarse en su cintura de niña.

…en la oscura maraña
de una montaña
mi peregrina se me perdió


-Soledad…

Soledad. Sí. Soledad inmensa del monte. Donde nadie los podía ver. Nadie, salvo Dios. Pero Dios, aquella tarde, se acostó con el sol poniente.

Se tendieron sobre la yerba. Ella contempló el cielo arrebolado, cayendo sobre sus cabezas. Y luego lo contempló a él. Gonzalo llenó el cielo.

Rieron un poco. Las ropas los aprisionaban. Ella se desabrochó un botón, él continuó. Los dedos hábiles abrían la camisa, rozaban la piel, apretaban su talle. Sintió el lametazo del viento frío y extendió las manos hacia Gonzalo. Se aferró a su faja, y la estiró. Forcejearon y rieron de nuevo, mientras la tela se desenrollaba. Gonzalo se despojó de la camisa, de un tirón, y se inclinó sobre ella. Soledad lo acarició, primero cauta. El torso era suave y firme como madero de nogal pulido. Palpitante. Lo enlazó contra sí. Y las manos de él descendieron, arremangando las medias, desatando los zapatos, ascendiendo por sus muslos, buscando el calor oculto bajo el manteo.

Su peso sobre ella. El cielo. Los rizos negros cosquilleando sobre su tez. “Dios mío, ¿qué estoy haciendo?”.

-Gonzalo…

El la besó.

Y ella derramó lágrimas, gimiendo por el dolor, incrustado en el deleite. Lágrimas por el gozo prohibido, por el deseo manchado, por la inocencia perdida. La cordura se hizo añicos, deshilachada en los matojos. Él oyó sus gemidos, y los creyó de placer. Se adentró más en ella, con ahínco. No vio su lágrima, como perla, deslizándose por su mejilla.

Aquella noche, los peregrinos que se alojaban en las pallozas esperaron, en vano, el regreso del alegre Gonzalo y la dulce mocita trigueña. Durmieron bajo el techo del cielo, alumbrados por los luceros, arrullados por el susurro de los brezos.

* * *

Al cabo de dos días, Gonzalo desapareció.

Nadie supo dónde había ido. A nadie dejó aviso. Los peregrinos apenas sabían nada de él. No conocían su origen, ni su familia. Lo habían acogido, como un compañero más, sin hacer preguntas vanas. Apenas llevaba equipaje, su morral y su bastón. Y su interminable alegría. “Se fue sin dejar rastro”. “Sinvergüenza, ¡gitano había de ser!”. “Ni siquiera dijo adiós”. Soledad escuchó, una y otra vez, las palabras hirientes, clavándose, como hachazos, en su interior.

Entrados en tierras gallegas, comenzó a llover. Los pies de los peregrinos chapoteaban en el fango y la marcha se hacía penosa, bajo el peso de la lluvia y las capas mojadas. Llovía sobre los prados, sobre los bosques frondosos, sobre los helechales. Y llovía dentro de ella. Sentía hielo en el alma. El resto del trayecto fue sendero de llanto y espinas.

Y mi pecho afligido,
preso y herido,
por esos montes suspiros dio
.

Apenas descendieron el monte do Gozo, el pequeño grupo se disolvió en la marea de peregrinos que se arremolinaban en los caminos para entrar en Santiago. El cielo aún era gris y Soledad no vivió la emoción de la llegada. Tenía el corazón yerto y había agotado el llanto. “Esa niña”, decían las peregrinas, compasivas, “esa niña perdió la sonrisa en el monte”.

La sombra del regreso la acechaba. La aguardaba algo aún peor. Volvería a su casa deshonrada. Nunca lo podría ocultar. Aunque sus labios callaran, aunque su vientre no engendrara el fruto de aquel amor fugaz, no podría escapar a la noche de de bodas. Y el deshonor de la familia sería pregonado a los cuatro vientos. ¡Su familia! Todos lo sufrirían. ¿Acaso la repudiarían? Ah, antes que eso, pensaba, más le valiera morir.

* * *

El Botafumeiro surcó el aire, sobrevolando sus cabezas. Con sordo zumbido, el gigantesco incensario pendido del techo basculó, recorriendo la nave del templo, de un extremo a otro. Se alejó, trazando un arco perfecto, y volvió. Soledad se estremeció, mientras el incienso se esparcía por el aire, mezclándose con el aliento y el sudor de miles de peregrinos.

Llegó a los pies del Santo y se arrodilló. El pedestal estaba gastado, como pica de lavadero, pulido bajo el peso de miles de rodillas. Besó los pies de piedra y elevó la mirada. El Santo parecía sonreír, beatífico, con su túnica, su bastón y su mitra, su hermosa barba y sus ojos enormes, contemplando la multitud a sus pies.

-Santiago peregrino, oh Santiño… ¿Qué puedo pedirte yo, que he perdido la virtud? Que Dios me perdone, si puede… Perdóname, y ayúdame…
Inclinó la frente sobre la piedra y lloró de nuevo. Los ojos le escocieron. Hacía días que se le habían secado.
-Oh Santiago, Santo Patrón… No permitas que mi familia caiga en la deshonra. Si es verdad que obras milagros… devuélvenos el honor.
Cuando levantó los ojos, el Santo seguía impávido, con los ojos de piedra perdidos en la hilera. Detrás de ella, una mujer la empujaba con rudeza.
-Anda, niña, aparta ya y deja pasar. Que no tienes todo el día…

Soledad obedeció, sorbiendo las lágrimas, y se incorporó. Entonces vio algo a los pies del Santo.

Era un pañuelo. Fino y planchado, con puntilla de encaje. Sin duda, alguna señora distinguida lo había perdido allí. Soledad parpadeó. No recordaba haberlo visto antes… Sin pensarlo dos veces, lo cogió y se lo metió en el refajo.

* * *

A su regreso, algo consolaba el corazón raído de Soledad. Al menos, se decía, al menos, no me he quedado embarazada. En el alto de Manzanal había sangrado de nuevo. Y decidió no pensar, esperar lo imposible, olvidar lo inolvidable, para enfrentarse, con pie firme, a su futuro.

Un futuro, lo sabía, en otro pueblo, lejos de los suyos, a la sombra del telar y del severo Don Nuño, el esposo que podía ser su padre, cuidando de una casa que hacía tres veces la suya y atendiendo a unos hijos, sus hijastros, que casi la igualaban en edad. Hilaría lana, organizaría la matanza y prepararía cocidos. Y un buen día su vientre se hincharía y comenzaría a parir hijos. Sus hijos… Se preguntó si llegaría a quererlos tanto como a sus hermanos pequeños.

La boda se iba a celebrar en Castrillo, el pueblo de la novia. Al anochecer, los mozos echaron el rastro de paja, como era la tradición, entre la casa del novio y la novia. Como Don Nuño no vivía allí, lo hicieron desde la casa de Doña Prudencia, la madre del futuro esposo. Soledad lo observó con reparo, forzándose a sonreír, entre sus primas y amigas, que la jaleaban. De una cosa se alegraba: de no vivir con su suegra. Confiaba, rezando para sus adentros, que la temible mujer no frecuentara su hogar, una vez estuvieran casados.

Pero aquella mañana fatídica, Doña Prudencia tenía el poder.

Al amanecer, la futura suegra se desplazó a casa de la novia. Soledad permanecía en su alcoba, ya peinada y aseada, en ropa interior. Su abuela y su madre la habían ayudado a ponerse las enaguas y a ajustarse el corpiño. Se miró en el espejo. Sentada en la cama, pálida como las prendas que la cubrían, sus ojos la agujereaban, como abismos sin fondo. La abuela le acarició el pelo, cariñosa. Su madre contenía la emoción. Sobre una silla, reposaban el rico manteo, el dengue bordado y cubierto de abalorios, el mandil, la toquilla. Lanzó una mirada a la enorme tiara, que habían llevado todas las mujeres de su familia, hasta seis generaciones atrás, y que su abuela había vuelto a decorar, con mimo, cosiendo perlas y cuentas de cristal. Nada se había escatimado para su atuendo de novia. Soledad aparentaba calma. Pero en su interior el miedo retumbaba, golpeando su pecho, atenazándola.

Tomó aliento. El corpiño le apretaba. Sobre el tocador, al lado de las joyas y junto a la tiara, yacía el pequeño pañuelo de encaje.

El pañuelo…

Doña Prudencia llegó, con su manteo negro, su dengue y su pañuelo de seda, tiesa y severa. Todos en la casa la recibieron con ceremonia, inclinándose a su paso como si de una diosa se tratara. La abuela y la madre la condujeron a la alcoba.

En el patio, parientes, vecinos y amigos se agolpaban, en bulliciosa multitud. En la calle sonaban ya los compases del tamborilero. El novio se acercaba, con su cortejo, y todos los chiquillos del pueblo correteaban detrás. En la sacristía, Don Pedro se colocaba la casulla y se atusaba el pelo ralo y canoso. El monaguillo preparaba el incienso y las viejas beatas ocupaban ya los reclinatorios a un lado de la iglesia. Las mozas del pueblo aguardaban, ataviadas con sus galas coloridas. Aquel día, el rojo y las lentejuelas, los bordados y el oro, habían desterrado el negro y el pardo deslucido. En el cielo, el sol jugaba con las nubes.

Soledad se tendió en el lecho y cerró los ojos, al tiempo que oía chirriar la puerta. Dos pasos enérgicos, cloc, cloc. Doña Prudencia. Cuatro más, suaves, cautelosos. Madre y la abuela. Entreabrió los párpados. Doña Prudencia se inclinó sobre ella y, de nuevo, se sintió como ganado sometido a examen.

-Déjame que te vea, niña –la voz de Doña Prudencia siempre sonaría así, estridente y rugosa, como el graznido de una urraca.

Incorporándose, la muchacha dejó que los dedos huesudos de su futura suegra apretaran sus pómulos, se posaran sobre su abdomen y estrujaran sus senos. Al cabo, Prudencia se apartó, asintiendo con la cabeza. “He pasado el examen”, pensó Soledad, “Soy lo bastante buena. Lo bastante mujer para su hijo. Pero pronto se dará cuenta de que…”

Tragó saliva, mientras Doña Prudencia sacaba su pañuelo blanco de hilo, almidonado, y lo extendía ante ella. Soledad sintió pánico. Ah, si pudiera volar… Romper el cristal de la ventana, saltar al vacío, huir lejos de allí… El pañuelo.

-Doña Prudencia, quisiera pedirle que utilice ese de ahí.
La mujer se detuvo, sorprendida. Soledad se oyó decir a sí misma, con audacia impensada, señalando el tocador:
-Es un pañuelo que traje de Santiago, expreso para la boda. Está bendecido por un canónigo, a los pies del Santo Patrón… Le ofrecí mi matrimonio al Santo y lo guardé para este día. Se lo ruego, úselo hoy.

Doña Prudencia frunció el ceño y murmuró algo entre dientes, mientras tomaba el pañuelo. Lo desdobló, lo palpó y, también debió juzgarlo lo bastante bueno. Soledad respiró cuando la vio besar el pañuelo. Lo creía bendecido, sí.

Meticulosamente, bajo la atenta mirada de las otras dos mujeres, Doña Prudencia dobló el pañuelo. Un doblez, dos, tres. El cuarto afilado, con el pico. Soledad se tendió de nuevo en el lecho y abrió las piernas. Su madre y su abuela, una a cada lado, le apartaron las enaguas, con delicadeza.

Soledad ahogó el gemido. El miembro de Gonzalo era duro y grande, pero suave. Había llegado a añorar su calidez, hiriente y dulce. El pañuelo era áspero, como rama seca. Le rascaba la piel, desgarrándole las entrañas. Cuando Prudencia lo estiró hacia fuera, se sintió violada.

La mujer desdobló el pañuelo, mientras Soledad se sentía morir. Esperaba el grito, esperaba el horror. No era virgen. Deshonrada. Su familia, mancillada. Cerró los ojos.

Silencio. Cuando los abrió de nuevo, le faltó aire.

A través de un velo de lágrimas, vio los rostros de su madre y su abuela, enternecidos, y la faz severa de Prudencia, asintiendo aprobadora, con el pañuelo abierto entre las manos. Sobre la fina batista Soledad vio cuatro pétalos de sangre.

Cinco noches

La primera

Los pasos resonaron sobre el mármol del pasillo. Largos, enérgicos, presurosos. “Shamir”, se dijo ella, cubriéndose la cabeza con el velo. Y se puso en pie, silenciosa como un gato. Casi podía sentir el temblor del suelo y el aire que desplazaba al caminar.

Los reconocía, antes de verlos, por sus pasos. La cadencia pesada del Primero, regular, segura. El paso sutil del Tercero, ligero y tenue a la vez. Las pisadas vigorosas del Cuarto. Y el trote danzarín del más joven, el Quinto. Éste era el Segundo, no se equivocaba. Raudo y potente, como un corcel al galope. Le salió al paso a la entrada del vestíbulo, recubierto de oro y mosaicos. ¿Dónde estaba Dayita?, se preguntó, con leve estremecimiento. A la hora de enfrentarse a Shamir, hubiera preferido no estar sola.

Él se detuvo y ella también lo hizo, parándose ante él. El príncipe no llevaba la cabeza cubierta, y lucía simples bombachos y un jubón abierto. Respiraba aceleradamente. No, jadeaba, le pareció a ella, tal vez venía de montar… ¿O era la premura? Podía oler el deseo rezumando en su piel.

-Vengo a ver a Amita.
Ella unió las manos e inclinó respetuosamente la cabeza. Qué inútil era el velo, pensó para sí, cuando la había visto desnuda en otras ocasiones. Pero ahora no era una sierva del amor. Era una centinela.
-La reina ha dicho que no se encuentra bien. Está indispuesta y no puede recibir a nadie esta noche. Lo siento, mi señor.

Shamir bufó, contrariado, y lanzó una mirada a la puerta de dos hojas. Dioses y criaturas se entrelazaban con guirnaldas y filigranas de madera dorada. El cerrojo estaba echado.

-Comprendo –dijo, sardónico.
Ella apenas se atrevió a mirarlo, y rezó en su interior para que no oyera. Que no oyera los suspiros, los requiebros, los gemidos. Ambos lo sabían. La reina Amita tenía cinco esposos, los bravos hermanos Padmayani, herederos de la estirpe más noble del reino, y a los cinco recibía en su lecho. No podía rechazar a ninguno y debía respetar la jerarquía entre ellos, otorgando su preferencia siempre a un hermano mayor por delante de los menores. Pero las doncellas de la reina sabían que su favorito era el cuarto. Y, contraviniendo las leyes sagradas del matrimonio real, esquivaba sus deberes y buscaba horas, días y excusas, para perderse en los brazos de aquel que robaba su corazón, Kabir, el predilecto.

Shamir no se movía y ella levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron. Shamir era agraciado, pensó ella, aunque diferente a sus hermanos. Y su mente voló, en un instante. No era delicado como Devin, el Tercero, el más exquisito en las artes de amar. Ni poderoso como Asad, el Primero, fuerte como un león. Se parecía a Kabir el hermoso, sin ser tan tierno, y al delgado Ishayu, el joven Quinto, grácil como un guepardo. Pero era distinto. Amita a menudo bromeaba, cuando se confiaba a sus doncellas. “Shamir es un semental salvaje”, decía la reina, mientras compartía con ellas vasos de hidromiel y frutas dulces, reponiéndose de sus agotadoras sesiones amorosas. “Asad es un toro bravo. Pero acaba pronto y cae dormido como un oso perezoso”. Las doncellas reían. “Shamir es la furia desatada. Es como si un huracán me penetrara… Él abre mi cuerpo hasta el fondo, como una riada del monzón, despierta mi deseo y me prepara para las delicias que vienen después…” Y sonreía, maliciosa. Se sonreía a sí misma, rememorando las húmedas caricias del Tercero, Devin, los escarceos acrobáticos con Ishayu, el fuego incesante anidando en el cuerpo de Kabir. A veces invitaba a sus doncellas y tres mujeres compartían lecho con los cinco hombres que el destino había convertido en consortes de Amita y príncipes de su pueblo. Pero las centinelas sólo podían retozar y dar placer. Jamás debían dejarse penetrar por los esposos de la reina. Podían ofrecer su cuerpo, sumándose a sus juegos, pero no debían ofrecer su semilla. Los herederos del reino sólo podían ser engendrados en el vientre de Amita, la bendecida por los dioses, la hija única del glorioso Chidatma, forjador de un imperio.

Tragó saliva. Shamir sostenía la mirada. La estaba perforando con los ojos. Y bajó el rostro. Era, de todos, el que más temía. El que siempre evitaba, en las refriegas sobre el lecho real. El que la turbaba y la hacía temblar… como ahora. Sintió la piel erizada bajo el sari de seda azul.

-Mi señor… -musitó-. Debéis iros.
Él se acercó un paso, hasta casi rozarla.
-No.
Se acercó más. Frotó su rostro contra las mejillas suaves de la doncella, olfateando su piel. Y le quitó el velo.
-Mi señor…
Las manos encallecidas por la rienda y la espada se posaron en su cuello. Los alientos se mezclaron.
-No, mi señor… Os lo ruego…

Los labios de Shamir taparon su boca. La cerraron y la llenaron, mordiendo y paladeando, ansiosos. Y rápidamente las manos del príncipe se deslizaron por sus hombros, descubriendo sus senos, arrastrando el sari hacia su cintura.

Intentó protestar. No podía. Su mente se nublaba y su piel se derretía, como cera, mientras un relámpago estallaba entre sus piernas. El príncipe la arrastró hacia una de las dos columnas, mudas custodias del umbral. Ella intentó apartarle las manos. Entonces Shamir se las tomó, con violencia, y las apretó contra sus propias caderas.

-No… Mi señor, no…

Pero sus manos obedecieron otro mandato. Ávidas y asombrosamente veloces, despojaron al príncipe de sus pantalones, mientras el sari caía en el suelo, a sus pies. Él la tomó en brazos y la apretó contra el pilar. Y de nuevo los muslos de ella, enlazados a la cintura del hombre, siguieron otra voz desconocida e implacable. Cerró los ojos, con el cuerpo aprisionado entre el tallo de mármol y el torso humano, ahogando el quejido, deseando y al tiempo temiendo, queriendo en vano contener la culpa y el hambre de placer, que se entremezclaban dolorosamente en su mente, mientras su cuerpo se desbordaba y Shamir, el potro salvaje, el segundo rey consorte, la embestía hasta rasgar sus entrañas.

Cuando el príncipe salió de su cuerpo, ella se dejó deslizar por la columna. Pero él la sostuvo en pie. El mármol estaba mojado y su sexo aún palpitaba. Se agachó y recogió el sari.

-Mi señor…

El se puso rápidamente sus bombachos y la ayudó a vestirse. Le sujetó un extremo del sari, mientras ella ceñía la tela a su cintura y ascendía, cubriendo los senos, anudando ambas puntas junto al cuello. “Oh dioses”, pensó ella, aturdida. “Acabo de saciar a mi rey…” ¿Había obrado mal? Sólo sabía que había cometido un acto prohibido. Ambos lo habían cometido. Tomó aliento. Shamir le alisaba el cabello. Le quitó una aguja del pelo y se la colocó de nuevo, recogiendo la melena tras la oreja. Le acarició el rostro y la miró, sosteniéndole la barbilla con una mano.

-¿Cómo te llamas?

Ni siquiera recordaba su nombre, pensó ella, con tristeza. De repente, un abismo se abría en su interior y sintió ganas de llorar.

-Nilaruna, mi señor.
-Nilaruna… -susurró él-. La luz del amanecer.
Y ella pensó que jamás había oído susurrar al belicoso Segundo, ni jamás había creído posible en él pronunciar una palabra dulce.
-Has servido bien a tu rey –dijo él, con voz tenue.

Dio media vuelta y se alejó a paso ligero. Sus pisadas resonaron hasta el final del pasadizo, como el trote de un alazán de guerra.

Nilaruna se sentó en el poyo de ébano labrado. La fuente en el cercano patio cantaba. Nadie los había visto. Suspiró. Y, casi como un eco, la reina Amita lanzó un aullido de placer que atravesó las puertas doradas de su alcoba.

La segunda

Un pecado prohibido es secreto duro de guardar. Nilaruna sentía pesado el corazón, y ni tan sólo su furtiva visita al templo de la diosa Parvati, su ofrenda de flores, el incienso quemado y la ferviente plegaria, de rodillas ante la estatua de la deidad, pudieron aligerar su carga.

“Me ha poseído”, pensaba, y al instante se reprendía con furia. “Olvídalo. Olvídalo”. “No pronuncies las palabras siquiera”. Pero aquella voz resonaba, insistente, en su interior. “Me ha poseído. Y yo lo he deseado”.

Un peligro aún mayor que la culpa la acechaba. Al día siguiente, apenas anocheció, mientras Dayita y su compañera Tara custodiaban la cámara de la reina, Nilaruna se excusó, dijo que se sentía enferma y acudió a la anciana Uma.

Uma había sido la nodriza de la reina, y también de muchas de las doncellas. Aya, curandera, confidente y consejera, su corazón era depositario de todos los secretos de aquel palacio… O de casi todos.

-Dame un remedio, madre –pidió Nilaruna-. No debo quedarme embarazada.
Uma la miró escrutadora, sentada sobre su almohadón de lino.
-¿Qué has hecho, criatura?
-Ha sido con un soldado de la guardia –murmuró ella, bajando la voz, y mirando temerosa a su alrededor-. Él me acosó cuando iba al templo de Parvati. Me dejé llevar… era un hombre apuesto. Lo siento –bajó la cabeza, contrita-. Estoy muy avergonzada. La reina no debe saberlo…
Uma asintió, sin sonreír. Le dio una poción y unas hierbas.
-Tómatelo durante diez días, y no engendrarás hijo alguno. Pero… -añadió, clavándole sus ojos escrutadores- no pienses que esto te librará de tu imprudencia. Guarda tu cuerpo, como guardas tu lealtad. Eres una elegida, compartes el lecho de la reina. No lo olvides.

Nilaruna asintió, conteniendo su temblor, y se alejó apresuradamente. La mirada de Uma era serena, pero fría. ¿Podía adivinar algo?

Mientras se arrebujaba en su lecho, con el sabor de hierbas amargas aún en la boca, Nilaruna intentó conciliar el sueño, pensando, vana ilusión, que podría olvidar aquel día.

Al anochecer siguiente, los cinco reyes consorte se dirigieron a los aposentos de su esposa. Venían hablando y riendo entre ellos, ataviados con sus túnicas ligeras de lino y seda, y cuatro eunucos los seguían, cargados con bandejas de frutas y ampollas de dulce licor. Las doncellas los recibieron, inclinándose ante ellos, y Tara y Niraluna les abrieron las puertas del aposento real, de par en par. La reina esperaba en el lecho, sentada como una diosa, el cuerpo desnudo y ungido de aceite por sus diligentes sirvientas, los cabellos recogidos en caprichosas volutas y el sexo perfumado de sándalo y jazmín. Amita era bella, pensó para sí Nilaruna. Y sus doncellas, aún elegidas entre las jóvenes más hermosas, no podían igualarla. No podían competir sus cuerpos con las curvas perfectas de color canela, ni sus rostros con la faz oval y delicada, ni sus bocas con aquellos labios carnosos y redondos, como dos conchas de nácar rosa. Pero lo más extraordinario eran sus ojos. Ninguna mujer de la corte poseía aquella mirada incomparable. Pues los ojos de la reina eran verdes, verdes como las aguas del lejano mar, como la luz de la selva virgen. Nadie sabía de quién podía haber heredado Amita aquellos ojos, siendo su estirpe antiquísima y pura, y muchos decían que aquella mirada esmeralda era una señal de los dioses.

Aquella noche las sirvientas aguardaron afuera, pues su señora quería holgar con sus esposos a solas. Nilaruna quiso apartar la vista, pero no pudo. Sus ojos se encontraron con otros, y se estremeció. Shamir le lanzó una mirada furtiva, clavándole sus saetas de obsidiana. Ella contuvo el aliento, tan sólo fue un instante. Las puertas de oro se cerraron y el silencio se alojó en el vestíbulo. Las doncellas se sentaron en los poyos y compartieron con los eunucos un plato de dátiles y almendras. La noche cayó y el patio quedó en tinieblas. La fuente manaba y las gotas que caían del surtidor centelleaban bajo las estrellas. Dayita prendió dos candelas.

-¿Quién se queda en vela esta noche? –preguntó Tara.
-Me quedaré yo –se oyó decir Niraluna, y de nuevo sintió que su mente se enturbiaba y otra voz hablaba por ella.
-¿Seguro que quieres quedarte? ¿Te encuentras bien?
-Sí, gracias. Ayer pude descansar mucho… Podéis ir tranquilas.

Nilaruna oyó los pasos de sus compañeras, ligeros pies descalzos, hasta que se desvanecieron. Y se quedó a solas.

¿Por qué había elegido quedarse? ¿Por qué? Se adormeció, luchando contra sus recuerdos, mientras un calor doloroso oprimía sus senos y anidaba allí, bajo su vientre. Allí donde aún le dolía. Donde aún lo sentía.

La puerta se abrió y se cerró de golpe. Nilaruna se irguió en el banco y abrió los ojos. Era él.

¿Con qué excusa, con qué pretexto, había abandonado la alcoba? Iba desnudo, sus prendas arrugadas, liadas bajo un brazo. Nilaruna quiso desviar los ojos, para no mirar el cuerpo reluciente, aceitado y magro, las formas viriles, su miembro… Pero Shamir se acercó y alargó una mano hacia ella.

-Ven conmigo –susurró.

Ella movió la cabeza. “No… No, mi señor, no me pidas eso, ¡no!”

Él la tomó de la mano y la obligó a ponerse en pie. Ella lo siguió, cruzando el pasillo, hasta salir al patio porticado. El jardín crecía voluptuoso, estirando sus ramas y esparciendo sus hojas carnosas entorno al estanque de piedra. Las flores exhalaban su aliento en la noche. Nilaruna aspiró la fragancia de la madreselva y los jazmines.

Shamir dejó caer su ropa y se sentó en un banco de mármol, a horcajadas, apoyando la espalda en una columna de los pórticos. No la había soltado, y sostuvo sus manos mientras ella se detenía, plantada ante él.

-Desnúdate.
-Mi señor, no puedo… No debo...
-Sí puedes. Sí.

Sus manos la recorrieron, de cintura abajo. Ella obedeció y se despojó del sari. Aquel día llevaba el de color azafrán. La luna asomó sobre el atrio y aún pudo ver un destello anaranjado en el suelo, en el muñón de seda arrugada. Nilaruna se sentó en el regazo de Shamir, abrió las piernas y se recostó sobre su pecho, entregándose a sus brazos.

De nuevo la culpa se abatió sobre ella, y de nuevo la rechazó, con violencia, mientras se estremecía de gozo y su cuerpo buscaba el placer, frotándose ansiosamente contra el torso nervudo del segundo esposo de la reina.

Cuando ambos estuvieron ahítos, ella cayó sobre él, exhausta. Shamir le acarició la espalda y la besó.

La tercera

Por la mañana, tras su aseo y sus horas de acicalamiento y peinado, a manos de sus esclavas, la reina salía de sus aposentos y no regresaba a ellos hasta el anochecer. Durante el día, despachaba con sus ministros, se reunía con los consejeros, recibía embajadas e impartía justicia. El gran Chidatma no podía haber tenido más digno sucesor. Fuera del lecho, la fogosa Amita era fría como el hielo e implacable como la espada. Por eso la temían.

Nilaruna la temía. “Debo negarme”, se decía. “No puedo aceptarlo”. Mas, ¿por qué pensar que el Segundo volvería a requerirla, y no creer que aquello no había sido más que un capricho fugaz, destinado al olvido?

Intentó convencerse a sí misma. Era un delito, y el príncipe lo sabía tan bien como ella. No se repetiría.

Mientras colocaba flores, distribuyéndolas en los aposentos de Amita, entrelazando hábilmente los tallos para formar artísticos ramos, un ruido la sobresaltó. De nuevo estaba sola, y su pecho latió como tambor. Los pasos…

-Mi señor.

Movió la cabeza. No era la hora. La reina aún no estaba allí. La noche no tardaría en caer, pero el sol aún besaba, lánguidamente, los cortinajes de seda tornasolada que se agitaban con la brisa.
Sus ojos respondieron por él. “Lo sé”. No venía por ella. “Te quiero a ti”.

-¡No! Os lo ruego… ¡No podéis!
Él ignoró sus palabras. Tomándola de la cintura, le hizo dar la vuelta y la empujó hacia el lecho de Amita.

Las flores que aún llevaba en las manos cayeron, desparramadas, sobre el suelo. Las pisaron, mientras ella caía de bruces, extendiendo los brazos sobre el lecho. Aquel lecho sagrado y prohibido como un altar de los dioses… En un breve instante de lucidez, Nilaruna recordó. La voz de la reina resonó en sus oídos, coqueta. “Al Segundo y al Cuarto les gusta tomarme por atrás… En esto son muy parecidos. Como corceles desbocados”.

Shamir la desnudó a tirones y cabalgó, con ahínco, adentrándose en ella. Nilaruna ahogó los gemidos y las lágrimas sepultando el rostro en el blando colchón. Temía el dolor. Pero descubrió algo nuevo. Su cuerpo se cimbreó como fusta desatada al vuelo y un placer intenso y desconocido se expandió dentro de ella, como ondas de un estanque. Creyó enloquecer y se encontró a sí misma deseando que nunca acabara.

Pero Shamir acabó. Se retiró de ella, jadeando. Cuando Nilaruna se incorporó y lo miró a los ojos, él también la observaba.

-No debimos hacerlo –musitó ella. Una lágrima rodó por sus mejillas.
-Nadie lo sabrá –respondió él, y le secó la lágrima con los dedos.

Se apartó bruscamente, se ciñó la ropa y salió. Nilaruna cayó de rodillas y permaneció inmóvil, hasta que el último rayo de sol se extinguió y la penumbra carmesí del crepúsculo invadió la estancia. Entonces se puso en pie, se vistió apresuradamente y recogió las flores.

“Nadie lo sabrá”, se repitió. Respirando hondo, se irguió y se dispuso a alisar el lecho profanado. Intentó no pensar. No pensar y olvidar, de nuevo, el crimen imperdonable que acababa de cometer. Debió negarse. Debió gritar. Pero se trataba de un rey… ¿Podía hacerlo? Lo peor, se torturaba, lo peor es que ya no quería negarse.

La cuarta

Tenía la mente confusa. Pensaba obsesivamente en él, noche y día. Durante la jornada tenía que hacerse violencia a sí misma para olvidarlo, para concentrarse en su trabajo, para escuchar las voces de sus compañeras, sus charlas. Para escuchar a la reina y mirarla sin ruborizarse, sin delatar la culpa flagrante. Por las noches intentaba dormir, pero Shamir había invadido sus pensamientos y también su sueño. Daba vueltas en su lecho, ansiando que llegara el día. Y de día ansiaba la noche, el sueño que escapaba de ella, el olvido.

Era un delito, lo sabía. El primer día, quizás tan sólo había sido un consuelo. Despechado por el rechazo, Shamir había volcado en ella su apetito. Lo había saciado. La segunda vez fue peor. Había abandonado la alcoba regia, desdeñando a la reina, su esposa, para solazarse con la doncella. Pero la tercera era imperdonable. Su deseo no había podido esperar a la noche y había acudido a ella fuera de hora, fuera de lugar, fuera de toda cordura. Era ella a quien había buscado. ¿Era ella a quien deseaba?

Recordó los sabios dichos de la vieja Uma. “Los hombres son veleidosos e impredecibles… No lo olvidéis, muchachas. Su pasión es como el monzón. Devastadora durante tres lunas, muere con la última lluvia.”

¿Era realmente así? Tres noches… sólo habían sido tres veces. ¿Podía siquiera llamarlo pasión?
Aquella tarde, Nilaruna pretextó de nuevo sentirse indispuesta y se retiró temprano, excusándose ante la reina. Amita la miró con atención.

-Descansa, lucecita –le dijo, cariñosa. Así la solía llamar, aludiendo a su nombre-. Te veo desmejorada. Pídele un remedio a Uma.

La reina no sospechaba. Mejor así. Con ligero alivio, se refugió en su alcoba. Pero el sueño se negaba visitarla. Ni las hierbas de Uma podían adormecerla. Su cuerpo protestaba, hambriento. Le escocía el deseo. Se envolvió en sus propios brazos, y sus manos se movieron sobre su piel, hasta perderse entre los muslos. Con los dedos apretados sobre su flor húmeda, soñando caricias prohibidas, intentó sumirse en la inconsciencia.

Los cinco reyes partieron de caza tres días, a los montes. A su regreso, la reina requirió a todas sus doncellas para prepararles una digna recepción. Y de nuevo Nilaruna tuvo que enfrentarse a aquellos ojos. Los ojos negros y anhelantes del Segundo, que la taladraban. Y, de nuevo, fue ella quien se quedó en vela, custodiando la cámara real, mientras Dayita y Tara compartían los juegos amorosos de su señora.

Se estaban divirtiendo. Podía oír las risas, a través de la puerta de oro. Los dioses esculpidos también parecían sonreír. Se asfixiaba, y caminó hacia los pórticos. Salió al jardín y se recostó en una columna.

De nuevo oyó la puerta abrirse y cerrarse de golpe. Y, esta vez, Nilaruna no necesitó adivinarlo. Lo sabía.

Shamir la abrazó por la cintura y la llevó al borde del estanque.

Descendieron y caminaron por la alberca, mojándose hasta las rodillas. Él jugaba y ella rió, tenuemente, mientras chapoteaban. Entonces Shamir la arrastró consigo hasta el pilar de roca central, esculpido por el agua y el cincel, donde un Vishnú pacífico brotaba de la piedra, dejándose bañar por el surtidor que se derramaba desde la cima del pedestal. La empujó contra la estatua mientras la fuente la rociaba, empapándola. El sari se pegó a su cuerpo y Shamir la desnudó. El agua corría por su cuerpo y la lengua de él se deslizaba, bebiendo de sus labios, descendiendo por el cuello, sorbiendo los senos goteantes, lamiendo su abdomen, su ombligo, el vello empapado. Nilaruna se recostó sobre el vientre mojado del dios de piedra, ardiendo y temblando a la vez. Shamir se arrodilló ante ella y le separó las piernas. Un hilo de agua fluyó hacia su sexo y él hundió la cabeza entre sus muslos. Nilaruna se balanceó, agitándose su cuerpo como bandera flotando en el viento, mientras sus manos intentaban aferrarse y resbalaban por los brazos de piedra de Vishnú. Entonces él se detuvo.

Se incorporó, deslizando su cuerpo sobre el de ella. Nilaruna aún temblaba y abrió los ojos. Dos gotas titilaron sobre sus pestañas, en la pálida luz nocturna. Shamir la tomó en sus brazos y la poseyó.

Y mientras la atravesaba, vertiéndose en ella como torrente, Nilaruna gimió, y sus labios audaces fueron más lejos que ella misma.

-¡Más…!
Shamir se detuvo un instante y tomó aliento.
-Repítelo –susurró, con voz ronca.
-No… ¡No!
-Repítelo… repítelo. No has dicho eso. Quiero oírlo.
Ella volvió el rostro. Enloquecía. No importaba. Nada importaba ya. Tan sólo ellos. Tan sólo él. Él, dentro de ella. Él, llenándola, haciéndola estallar en pedazos, fundiéndola y recreándola de nuevo.
-Quiero más. Más, más… ¡Más!
Espoleado por sus palabras, la acometió con brío, una y otra vez.

Salió del estanque cogiéndola en brazos y la depositó en la orilla. Nilaruna se abrazó las rodillas y Shamir se sentó frente a ella. De nuevo le separó las piernas y enjugó el agua de su cuerpo, pasando los dedos por su piel, suave, lentamente. Escurrió sus cabellos empapados y, tomando su rostro entre las manos, la miró bajo la luz de la luna, sondeando los ojos negros. Ella quiso apartar la mirada, pero no pudo. Cuando se inclinó sobre ella, deseó que la poseyera de nuevo. Pero Shamir sólo la abrazó y la besó largamente, mientras las estrellas palidecían.

La quinta

Amita alargó su mano y le hizo levantar el rostro. Demacrada, con oscuros cercos bajo los ojos, Nilaruna había adelgazado visiblemente. Pero su mirada refulgía y su piel desprendía luz.

-¿Qué te ocurre, lucecita? Hace días que te observo, creo que tienes fiebre.
- No me encuentro bien, mi señora… Creo que tomé algo que me sentó mal.
La doncella bajó la mirada y Amita movió la cabeza.
-Ve a ver a Uma. Te lo ordeno. Debes cuidarte. Hasta que te encuentres mejor, te dispenso de velar por las noches. Descansa en tu alcoba, Dayita y Tara se ocuparán de tu trabajo.

Nilaruna asintió y salió, obedientemente, hacia las estancias de las mujeres, donde se alojaba Uma. Cuando hubo marchado, la reina miró a sus restantes doncellas.

-¿Qué tiene Nilaruna? Vosotras lo sabéis…

Los envenenamientos no eran raros en los palacios, y Amita lo sabía. Ya fuera por celos entre mujeres, o por deshacerse de una rival, de tanto en tanto alguna doncella o esclava caía inexplicablemente enferma y moría a los pocos días. Pero las centinelas de la alcoba real eran sagradas para la reina. Y Amita frunció el ceño. Quería a Nilaruna. Las quería a todas. Y detestaba pensar que alguien, a sus espaldas, quisiera librarse de ella.

Dayita se acercó a su señora, sonriendo confidente.
-Creo que está embarazada…
-¿Embarazada? ¿De quién?
-Señora, dicen que de algún soldado de la guardia… Me lo comentó Samil, quien, a su vez, lo ha sabido por Uma. Parece que Nilaruna fue a pedirle un remedio, hace pocos días.

La reina enarcó las cejas, más sorprendida que enojada. Era frecuente que las sirvientas y las mujeres de la corte tuvieran sus lances amorosos. Pero no las doncellas selectas de la reina. Cuando las eligió, Tara, Dayita y Nilaruna eran vírgenes. Y debían mantenerse así, hasta que obtuvieran su permiso para contraer matrimonio y su lugar fuera ocupado por otras muchachas, vírgenes también. Sin embargo, los deslices ocurrían y Amita hacía la vista gruesa, confiando que Uma podía proporcionar pronto remedio.

Nilaruna sabía que el rumor corría en palacio. Samil el eunuco, esparcidor de voces y susurros, se complacía aún más que las mujeres en desentrañar los secretos de la corte. Frecuentaba la amistad de Uma, concedía favores, mediaba en conflictos y guardaba celosamente su información, dispensándola en el momento adecuado y a los oídos oportunos. Así, el fiel y discreto eunuco, de palabras dulces y ademanes serenos, se convertía en uno de los hombres más poderosos del reino. Más poderoso, se decía, que los mismos hermanos Padmayani.

Esta vez, la doncella dejó que las voces corrieran. La historia que había relatado a Uma era su mejor escudo. Acató la orden de la reina y permaneció varios días confinada en su alcoba. Arrebujada en el lecho, buscó en vano el descanso. Aturdida por la adormidera, intentó desnudar su memoria. Tal vez si no la veía en varios días él la olvidaría. Pero ella no podía olvidar. Antes de caer inconsciente, lo único que recordaba era él. Y dormía agitada e inquieta, temerosa de sus propios sueños, temerosa de que algún suspiro, escapado de sus labios, pudiera delatar su amor oculto.

¿Era amor? No, no era amor. Era pasión. Era deseo. Era sed. Sólo eso. Y en cuanto hallara otra fuente, Shamir la olvidaría. Pero ella… Ella no podría. ¿O sí? ¿Podría mirarlo de nuevo, cuando acudiera a la reina, sin temblar como hoja tierna? ¿Podría borrar la culpa?

Se encaminó al templo de Parvati, con una guirnalda de flores y un puñado de incienso. Arrodillada, rezó. La tarde cayó y el crepúsculo la bañó de paz. El templo iba quedando desierto. Rezó por su reina. Rezó por él. Pidió serenidad para su espíritu. Rogó a la diosa que él la olvidara. “Aléjalo de mí”. Y entonces un pensamiento la hirió, abatiéndose sobre ella, como ave rapaz. ¿Quién, cuando él la olvidara, quién saciaría su sed?

Regresó al palacio, caminando encogida bajo el velo apretado, sintiendo frío.

Fue un mediodía, mientras cosía con las mujeres, en las estancias de Uma, cuando un chiquillo moreno de pies descalzos entró y se acercó a ella. Era el hijo de una de las esclavas del palacio y susurró unas palabras a su oído.

Nilaruna palideció y estrujó el paño de lino que tenía entre las manos. Asintió, en silencio, y miró al niño.

-Está bien. Dile que iré esta tarde, antes del anochecer.
El rapazuelo esperó, impaciente, hasta que Nilaruna sacó una moneda de cobre del pliegue de su sari y se la dio. El niño partió veloz.

Las otras mujeres la miraban, interrogantes. Ella tuvo que explicarse.
-Perdí un brazalete en el templo de Parvati. El guardián del templo lo ha encontrado y me avisa para que vaya a buscarlo.

Diez pares de ojos la miraban. Volaron los comentarios, murmullos y algunas muestras de simpatía antes de volver al trabajo, a los chismorreos y a los secretos a voces. Nilaruna se concentró en su labor. Apenas osó mirar a Uma, que la observaba, escrutadora. Era la única, estaba convencida, que no había creído una sola palabra.

Mentira. Se asombró de la facilidad con que las palabras habían fluido hasta su boca. Mentirosa. Falsa. Traidora. Pero en su mente no había lugar para lamentarlo, pues otro pensamiento la invadió, arrollando los reproches.


El sol declinaba tras la calima y el templo de Parvati parecía teñido en sangre. No había nadie, ni siquiera el monje guardián. Dos varillas de incienso humeaban ante la diosa. Nilaruna caminó, oyendo sus propios pasos, sobre el pavimento de mármol. Se arrodilló ante la estatua y esperó.

Los cascos de caballo resonaron fuera del templo. Ella se volvió, al tiempo que una sombra alargada la cubría.

-Ponte esto y sígueme.

Le tendió dos telas enrolladas y un cinto de piel. Él también iba cubierto. La cabeza bajo el turbante, envuelto en una capa, sus botas de cuero golpeaban el suelo. Nilaruna se ocultó bajo el manto de algodón grueso, y se cubrió la cabeza. Era el atuendo de los jinetes de la guardia real. Se ciñó la cintura y siguió al príncipe. Dos caballos esperaban, detrás del templo.

-¿Sabes montar?
-Sí, mi señor.
-Hazlo como un hombre –dijo él, y saltó sobre la grupa.

Ella obedeció. Durante unos instantes, recordó su breve infancia en aquella pequeña aldea, perdida en las faldas de los montes de nieves eternas. Su padre criaba caballos, con él había aprendido. Montó a horcajadas y estiró el manto, para cubrir sus piernas. Alcanzó los estribos con los pies descalzos y emprendió el galope, tras él.

Pocos minutos después, el monje del templo divisó a dos jinetes de la guardia real alejándose de la ciudad, hacia las praderas.

Cabalgaron hacia el sol poniente, buscando el horizonte desnudo. Allí donde el mar de hierba se extendía y se fundía con el cielo. Nilaruna dejó que el aire le descubriera el rostro y sintió su azote en la piel. De pronto, pensó que todo, todo cuanto había sucedido, valía la pena por haber podido cabalgar de nuevo. Las manos del viento revolvían su cabello. Bendita locura. Hermosa locura. ¡Ah, si fuera eterna! Eufórica, embriagada de aire y de luz, sonrió al infinito y se burló de sus miedos. El corcel devoraba el camino y su corazón exultaba.

Se detuvieron en medio de la nada. El sol se había ocultado. El cielo desnudo los cubría, cúpula inmensa de azul incendiado. La pradera se extendía a sus pies. Desmontaron y dejaron que los caballos se alejaran, paciendo en la hierba. Un lucero se prendió en lo alto, único y mudo testigo.

-Mi señor…
-No me llames mi señor. Llámame Shamir.
-Shamir.
La abrazó.
-Dioses, qué dulce suena en tu boca…
-Shamir –repitió ella.
-Desnúdame.

Él montó sobre ella, encendiendo su deseo, y después se tendió en el suelo de espaldas y la invitó a cabalgar sobre él.

-Sé que tienes sed… Bebe de mí, embriágate de mí.

Aquella noche, ella era la reina. Ella, la señora. Shamir contuvo su placer hasta que Nilaruna se sació de su piel. Entonces ella liberó su ímpetu y gritó, dando rienda suelta a su gozo. Lo aprisionó entre sus muslos y lo poseyó con furia desatada.

-Toma cuanto desees… tómalo.

Galoparon el uno en el otro, ligándose y desligándose como dos serpientes en celo, mientras la noche se adueñaba del mundo y el cielo se cubría de estrellas.

“Cinco noches… ¿Bastan cinco noches para amar? ¿Me ama él? Oh, dioses… Yo le amaré siempre. Siempre… siempre.”

Pasaron la noche enlazados, los cuerpos desnudos liados bajo el manto.

Nilaruna durmió profundamente por primera vez en muchos días. Se hundió en un letargo blanco, espeso, sin sueños. Sólo sentía un latido. Latido de dos corazones, a la par, y el miembro caliente de él, metido en sus entrañas. Calor placentero. Y silencio.

La despertó un soplo frío. Los grillos habían enmudecido y la noche callaba. La hora silente antes del alba.

Shamir se removió a su lado. Se deslizó de entre sus piernas y ella sintió el roce, deleitoso, y luego el vacío. Murmuró soñolienta.

-Mi luz… La luz de mi aurora –susurró él, besándole la frente.
Ella abrió los ojos y vio su silueta inclinada sobre su rostro. El cielo palidecía.
-Hemos de regresar.

Cabalgaron en silencio. Mecida por el trote del corcel, sentía la resaca del reciente placer. Tembló bajo el manto. El viento había cesado y la hierba exhalaba rocío.

Se despidieron junto al templo. Shamir había pensado en ella. Debía estar en palacio antes del amanecer para poder regresar a su alcoba y levantarse con las mujeres, sin despertar sospechas. El devolvería los corceles a las caballerizas. Le pidió el manto. Cuando se hubo desprendido de él, Nilaruna se sintió desnuda. Más que desnuda, en carne viva. Y sola.

Shamir la contempló desde lo alto de su caballo. La vio pequeña y frágil, el negro cabello revuelto y la mirada perdida. Descendió de un salto.

-Dímelo otra vez.
-Shamir –murmuró ella.
El la abrazó hasta hacerle daño. Y la besó, mordiéndole los labios.
-Mi luz –susurró, antes de soltarla.

Saltó de nuevo a lomos del caballo y se alejó al galope. Cuando fue una sombra lejana, Nilaruna emprendió el camino de vuelta. Largo, triste, gris.

Aquel día amaneció nublado. Nublado como el corazón de Nilaruna, la doncella que había arrebatado a su reina el amor del más fogoso de sus consortes. Nublado como los vientos de guerra que se abatieron sobre el reino. Nublado como el ceño de Amita, la esposa de cinco reyes, cuando tomó su decisión irrevocable, aquel mediodía, en el consejo de nobles.

-¿Quieren la guerra? ¡La tendrán! Armaremos nuestras tropas. Sabrán qué significa medir sus fuerzas con un imperio gobernado por una mujer.

Los cinco esposos de Amita abandonaron el palacio para dirigir la tropa y se instalaron en el campamento militar que, como monstruosa marea de hormigas, se extendió junto a la ciudad. Mensajeros fueron despachados para dar las nuevas al poderoso rival. La guerra fue declarada. Y el país se agitó, convulso, bajo el paso atronador del ejército.

Nilaruna regresó con sus compañeras. Encerró en su pecho, como perla, el recuerdo de cinco noches ardientes. Doblegó sus sentimientos y volvió a la dulce rutina, al ritmo cotidiano, al deber. La guerra sacudía el reino, mientras ella, tras los muros del palacio, reencontraba la paz.

No volvió a ver a Shamir hasta pasadas cinco lunas.

Censura

Estoy asustada. E indignada. He recibido un aviso… y creo que os lo debo comunicar. Tengo miedo, la verdad. Jamás pensé que escribir sería tan arriesgado.

Hace días he venido recibiendo extraños mensajes en mi buzón de correo. En inglés, de la CIA. ¡Nada menos! Los he desdeñado, no es la primera vez que me llegan mensajes de ese género. Te dicen algo así como que te han “pinchado” el e-mail y te están rastreando, porque han descubierto que frecuentas lugares web ilegales, o has hecho descargas sin licencia… Varias personas me han dicho que no son más que hoaxes o engañabobos. La verdad es que los envié directamente a la papelera y no hice caso.

Lo malo ha sido cuando he recibido esa llamada… Ha sido esta mañana. Aún me tiemblan las manos sobre el teclado, mientras escribo esto.

-¿Señorita Elisabet?
He parpadeado unos instantes, perpleja. Nadie entre mis amigos y conocidos sabe que “Elisabet” es mi nick en los foros virtuales… y ninguno de mis colegas de los foros sabe mi número de teléfono. Así que he pensado que debía ser un error.
-Perdone, me parece que se equivoca.
-No, no. Escuche, ¿no es usted Elisabet, tal como está registrada en Bibliotecas Virtuales, Sedice.com o en Ababolia?
Me he quedado sin palabras, con el corazón en la garganta. ¿Cómo pueden saberlo? La voz era masculina, correcta y neutral.
-¿De qué se trata? –he preguntado, con el tono más frío e indiferente que he podido. Cautelosa.
-Verá, señorita Elisabet… ¿O es señora? –el hombre de la voz ha esperado un instante en vano, no he respondido-. Verá. Desde hace un tiempo, estamos monitoreando el tráfico virtual que corre por diversos espacios muy concurridos. Pertenecemos a la policía cibernética. ¿Ha oído hablar de nosotros?
Una broma, he pensado. Una maldita broma.
-Oiga, si esto es una broma de mal gusto, voy a colgar.
-No. No, por favor. Le ruego que atienda. El asunto es grave, le afecta directamente a usted y a muchas más personas. De modo que le pido que me escuche con atención.
Ahora con el corazón entre los dientes, he tragado saliva.
-Mire, no sé ni cómo han dado ustedes con este teléfono, ni por qué me llaman. En realidad…
-En realidad, señorita Elisabet, sabemos que su nombre no es éste. Su verdadero nombres es… –y lo ha dicho-. Su documento de identidad es… Vive en… -ha dicho mi dirección con escalofriante exactitud-. Y tenemos su teléfono, como ve. ¿Se convence ahora de que ésta es una llamada seria?
Ahora sí que he tenido que agarrarme a los brazos de la silla.
-¿Cómo sé que esto no es un engaño? -me he resistido, aún.
Me ha parecido que la voz sonreía, comprensiva.
-Disculpe, me presentaré. Soy el agente Alvarez, del cuerpo de policía cibernética. Como puede suponer, Alvarez es también un nick… Lo hacemos por seguridad. Pero puede usted llamar a la Dirección General de Policía. Pida que le pasen con nuestro departamento y pregunte por mí… En seguida sabrán de quién se trata.
El capullo sabe que no llamaré. ¿O será cierto?
-Pero, ¿cuál es el motivo de su llamada? ¿Por qué me están vigilando?
-Verá, Elisabet. Tenemos su IP localizada –mierda, la IP… pueden ver todo, “todo” lo que hago en mi PC...-. También hemos intervenido sus cuentas de correo, tanto la personal como la de Hotmail. Seguimos a diario sus mensajes y todo cuanto cuelga en los diferentes blogs y portales a los cuales está subscrita. Hemos estado monitorizando sus posts en los foros. Un equipo de expertos ha analizado sus escritos, así como las respuestas que recibe y las intervenciones de otros participantes en los foros. Hacemos esto, Elisabet, cuando detectamos anomalías o ítems de riesgo.
-De… ¿riesgo?
-Es una forma de hablar. En nuestra jerga, los ítems de riesgo son aquel material y contenidos que, de forma explícita o implícita, hacen apología de la violencia, la pornografía, el terrorismo, el sexo u otras formas de delincuencia digital…
-Pero, ¡oiga! Yo… yo sólo participo en unos foros literarios. Soy una ciudadana honesta. Si tanto saben, sabrán que no tengo un solo antecedente penal… Nunca he visitado una página pornográfica, ¡lo juro! Ni me he descargado material de esa índole… Ni siquiera sé cómo descargar canciones, ni películas. ¡Jamás lo he hecho! Si en mi equipo hay algo sospechoso, puede ser por los dichosos popups, que se descargan solos, o algún virus, algún gusano…
De nuevo la voz ha sonreído. Maldita sea, ¿quiere ser amable, después de amilanarme de ese modo?
-No se trata de eso, Elisabet, sino de lo que usted escribe. Hemos detectado alarmantes indicios de contenido erótico, violento y sexista en sus escritos. Nuestra experta en delitos de género ha señalado varios aspectos muy delicados…
Entonces he saltado. De pronto, mi temor se ha convertido en indignación. ¿En qué siglo vivimos?
-Señor… Alvarez. Agente Alvarez. ¿Usted ha leído todo lo que la gente cuelga por ahí? ¿Se ha leído en serio mis escritos? ¡Eso es… es ridículo! Toda la literatura está llena de violencia, de sexo, de conflictos de género… ¿Dónde está la libertad de expresión? ¿Es que ahora van a implantar de nuevo la censura?
Él ha continuado, como si no me hubiera oído.
-Y no sólo eso. También existe un evidente riesgo de corrupción de menores…
-¿Qué? ¡Eso es una locura! ¿De qué me habla?
-Le hablo, Elisabet, de que en esos foros hay muchos participantes que son menores de edad. ¿No lo sabe? Hay chicos y chicas de doce, catorce, dieciséis años… Esos contenidos pueden afectar gravemente su integridad emocional.
Dios mío. No puede ser… Yo que siempre me he preocupado por la educación de los niños, de los jóvenes… ¿Cómo puede tacharme de corruptora de menores? Ese hombre me quiere hacer sentir culpable. Lo sé.
-Agente, usted no sabe lo precoces que son los adolescentes de hoy… Sí, claro que lo sabe. Están muy preparados, han visto mucho mundo y nada les escandaliza. ¡Nos dan cien vueltas a los adultos!
-Eso no quita que sean menores –ha respondido Alvarez, impertérrito.
-Pero, oiga… ¿Qué se supone que debo hacer? ¿No escribir? ¿Colgar cuentos de la abuelita, o canciones de cuna? ¿No se da cuenta de que la literatura…?
-Elisabet, lo siento, pero no puede utilizar la literatura para fines poco éticos y delictivos. Ahí acaba la libertad, como usted dice. Es lo que estoy intentando hacerle comprender.
¿Comprender? ¡Ahora sí que no comprendo nada!
-Agente, ¡usted no tiene ni idea! No confundamos las cosas. La literatura es eso… literatura. Me parece que es usted el que mezcla ficción y realidad.
-Ese es uno de los riesgos que tienen escritos como los suyos. Que los lectores puedan tomárselos al pie de la letra. ¿Comprende ahora por qué es tan peligroso que cuelgue en la red según qué relatos?
Mi temperatura ha ido en aumento. Creo que el agente Alvarez ha podido ver humo saliendo de su auricular.
-Mire. No sé a dónde quiere ir a parar. ¡Sigo sin entenderlo! Estamos en un mundo libre. Existe la libertad de expresión. La literatura, siempre, ¿me oye?, siempre, ha estado repleta de toda clase de aberraciones. Lea usted la Ilíada y la Odisea. Encontrará todo el machismo, el sexismo y la violencia gratuita que quiera… ¡y son obras cumbre de la literatura universal! Ya que me va de moral… ¡lea la Biblia! Le aseguro que no es un cuento de monjas para niños. Lea Shakespeare, lea Cervantes, lea cualquier clásico… La literatura es como la vida misma, feroz, engañosa, cruel, conflictiva y sangrienta… Pero es apasionante. Y es bella, ¿sabe? Es bella, y por eso nunca, ¡nunca! deja de enseñarnos cosas. ¡Me parece que no tiene ni idea de lo que habla! Es más, cada vez estoy más convencida de que esto tiene que ser una broma de pésimo gusto…
He tomado aliento. El agente ha vuelto a sonreír. Ahora lo he oído.
-Lamentablemente, no es así. No crea que no la comprendo, no… Pero, sintiéndolo mucho, debo avisarla –pausa-. Las normas de seguridad digital cada vez serán más estrictas. La estamos vigilando. No vamos a permitirle que siga publicando ciertos contenidos. En cuanto salte la alarma de riesgo, tenga por seguro que sus textos serán borrados automáticamente. Recibirá usted un aviso.
No puedo creérmelo. No puedo. De nuevo he sentido frío.
-Si reincide, volveremos a advertirla. A la tercera vez, sus cuentas de correo serán bloqueadas y usted no podrá acceder a Internet. Tendrá que pedir un permiso al juez. Recibirá en su casa la notificación oportuna. Y su actividad en la red será constantemente supervisada.
Me he quedado aturdida, como si me hubieran aporreado.
-Oiga… Me está diciendo…
-Le estoy diciendo que tenga cuidado con lo que publica. A partir de ahora, deberá evitar todo contenido que roce esos aspectos de riesgo. Usted puede escribir cuanto quiera… pero deberá imponerse unas restricciones.
-De acuerdo –mi voz ha salido pequeñita y delgada, como un hilo.
-No la volveré a molestar, señorita –me ha dicho Alvarez, ahora todo gentileza, como si se disculpara-. A menos que nos veamos obligados a ello. Era nuestro deber comunicárselo.
Ya. Ahora me viene de chico bueno. Después del sustazo.
-Bien… Gracias. Me doy por avisada.

Clic. He colgado, despacio.
De pronto, he sentido como si me hubieran chupado la sangre. Débil. Cansada. Muy triste.

Aún me tiemblan los dedos sobre el teclado.

Dios de la lluvia

Lo tengo comprobado. Nunca falla. El día que me decido a limpiar los cristales de mis ventanas, o a llevar el coche al túnel de lavado, sé que, invariablemente, al día siguiente caerá un chubasco monumental.

¿No os sucede lo mismo?

He hecho mis indagaciones y todo el mundo a quien le explico mi caso me responde que les ocurre igual.

Es curioso cómo las personas olvidamos estas cosas tan obvias a la hora de enfrentarnos a los grandes problemas vitales.

Este verano pasé las vacaciones en mi pueblo natal. Aldea apacible y bucólica, perdida en medio de la meseta castellana. Con su chopera, sus tierras de labradío, sus páramos desnudos, donde retozan las ovejas, y su campanar de espadaña. Tierra áspera engendradora de dura estirpe, azotada, como tantas otras, por la pertinaz sequía. Hasta su río, ironía del destino, lleva un nombre revelador: el río Sequillo. La mayor parte del año no es más que un lecho polvoriento de guijarros donde crecen algunos juncos escuálidos.

La sequía es algo atávico. Tanto, que a menudo pienso que, lejos de ser una maldición de lo cielos, más bien es el estado natural de esos parajes. Sequía y la eterna letanía quejumbrosa de los labradores. Qué le vamos a hacer. Un año más. Ay, Dios…

Pero, este año, la sequedad fue atroz. Sumada a un verano extraordinariamente caluroso, la amenaza de los cortes de agua se sumó a la constante alarma general, agravada por el bombardeo insistente de los medios de comunicación sobre el cambio climático.

Un día, la bombilla se encendió en mi mente. Comenté mi genial idea por la tarde, sentada con mis amigas de la infancia, bajo una sombrilla, mientras los niños correteaban por la calle, ajenos a la inclemencia del sol castellano.

-¿Nunca os ha ocurrido que, cuando limpiáis los cristales, al día siguiente llueve?
En seguida brotaron las afirmaciones vehementes y un cúmulo anécdotas caseras, sazonadas de barro, polvo y limpiacristales. A todas les había sucedido. Cuando se calmaron un poco, continué.
- Pues bien, ¿qué tal si nos ponemos de acuerdo, hacemos correr la voz, y todas las vecinas del pueblo limpiamos los cristales al mismo tiempo? Seguro que, al día siguiente, cae una tromba impresionante. ¡Se acabó la sequía!
Mis amigas se chotearon a gusto.
-¡Eso es peor que sacar a la Virgen para que llueva! –rió Charito.
-¿Cómo vas a poner de acuerdo a todas las mujeres del pueblo? –Esperanza se llevó las manos a la cabeza-. ¡Se te reirán a la cara!

El caso es que insistí y, finalmente, logré convencerlas. Por probar, ¡no había nada que perder! Soco, que era la secretaria del ayuntamiento, dijo que lo comunicaría en el pregón. Y, al día siguiente, los altavoces situados en el campanar atronaron el aire mañanero con este insólito anuncio:
“Se hace saber que, en vista de la gran sequía que asola nuestro pueblo, se ha decidido que mañana, día 12 de agosto, todas las personas que lo deseen están convocadas a limpiar los cristales de sus casas, a fin de propiciar una lluvia abundante. La limpieza general comenzará a las 10 de la mañana. Se invita a todos los vecinos y vecinas a participar de esta iniciativa solidariamente.”

A la incredulidad siguió el asombro. Y a la perplejidad, las burlas. Aquel día, tuve que aguantar murmullos, risitas, comentarios sardónicos y la vergüenza de mis propios hijos y de mi marido. “Mujer, es que tienes unas ideas de bombero…”, “Mamá, por favor, ¿a quién se le ocurre?”, “Mira, mira, ahora todos nos señalan”.

Sólo mis cuatro amigas incondicionales, Soco, Charito, Esperanza y Angelines, me apoyaron.
Pero, al día siguiente, un sutil efluvio de amoníaco perfumado se esparció por las calles del pueblo. Todas no, pero juraría que más de la mitad de las vecinas se puso a frotar sus cristales con ahínco.

Aguardamos.

El sol seguía sonriente su curso por el inclemente firmamento, de ese azul rabioso que sólo he visto meseta adentro. Por la tarde llevamos a los niños a la piscina del pueblo más cercano. Al caer la noche, nos reunimos un buen grupo, los amigos y vecinos de siempre, sacando las sillas a la calle, para tomar el relente y conversar hasta las tantas. Las estrellas relucían, gruesas como puños, y parecían guiñarnos el ojo, burlonas. Ni una nube.

A la mañana siguiente amaneció igual. Las miradas condescendientes y los susurros a mi espalda ya comenzaban a escocerme cuando, hacia las tres de la tarde, una brisita picarona barrió el polvo de la calle. En el comedor de la vieja casona familiar, bajo el ventilador de aspas, mi cuñado se dio un manotazo al hombro, por enésima vez.

-¡Joder, con las moscas! Qué pesadas andan. ¿No habéis enchufado el aparato ese?
-Pues claro –contestó mi prima, de mala gana-. Le cambié la pastilla al fogoeléctric esta mañana. Será el calor…

Yo dirigí la vista a la raya de luz que asomaba bajo la persiana bajada. Mmmm. Las abuelas sabían bien que, cuando las moscas están pesadas, el aire viene cargado…

Nos despertó de súbito, en medio de la siesta. Diría que medio pueblo saltó de sus camas y sofás, sobresaltado. El trueno retumbó como una bomba y se oyeron voces, acompañadas del chasquido de varias puertas y persianas. A los pocos segundos, las gotas de agua tamborileaban en el polvo. Y, apenas un minuto más tarde, cayó la lluvia.

No, no era lluvia lo que caía. ¡Era el diluvio! Un edredón de nubes cubría el cielo y el agua se abatió, como una manta líquida, espesa y metálica, arreciando contra la tierra.

La luz se cortó. Nos quedamos sin línea de teléfono. Salí a la calle, alborozada, y no tardé en reunirme con mis amigas. Bailamos como locas, chapoteamos en el barro, bebimos cataratas de lluvia y dejamos que aquella ducha de proporciones bíblicas nos empapara el cabello y las ropas, que en instantes se nos pegaron a la piel. Perdimos las chancletas, las gomas del pelo y hasta el decoro, ignorando las ceñudas caras que nos miraban a través de los cristales… Cristales que, por supuesto, habría que volver a limpiar.

“Están locas”. “¡Locas!” Por unos instantes, no nos importó la lluvia de críticas que se nos venía encima. Lo importante era la otra, la LLUVIA. Y nos reímos a carcajadas, cantando y chillando como poseídas, mientras el cielo escurría las nubes y se vaciaba sobre la aldea.

A los dos días, salimos en el periódico comarcal. “Inesperado diluvio arrasa la localidad de Villalba de Solera. Inundaciones en las casas. El pueblo se queda sin luz. La carretera, cortada. Se espera restablecer el tránsito durante el día de hoy. El río Sequillo se desborda de su cauce…”
Aún ahora recogemos cubos de agua y rascamos manchas de humedad de las paredes. El gobierno autonómico ha comenzado a pagar indemnizaciones… Pero los expertos también dicen, y lo creo, que la lluvia salvó la tierra. Los árboles reverdecen y la hierba crece por doquier. La próxima cosecha de Villalba de Solera será espléndida.

* * *

Ayer recibí un sobre de Angelines, que siempre me envía por correo un ejemplar de la prensa comarcal. “Lo de este verano aún trae cola”, me dice en su breve carta. Me sonrío leyendo: “La inexplicable tromba de agua que ha afectado el municipio de Villalba de Solera ha llamado la atención de físicos y meteorólogos. Un equipo de expertos se ha desplazado hacia el pueblo para estudiar el fenómeno. Se piensa que, de documentarse otros casos similares, podríamos hallarnos ante un nuevo fenómeno, causado, posiblemente, por los efectos del cambio climático…”

¡Qué cambio climático ni qué narices! No sé si ir a hablar con esos “expertos” de laboratorio… El único secreto es un trapo de algodón y una botella de Cristasol.