sábado, 1 de marzo de 2008

Amante reemplazado

Se frotó el rostro y suspiró, antes de volverse en la cama. El otro cuerpo yacía a su lado, en medio de un revoltijo de sábanas. Las apartó lejos de sí y se puso en pie, lánguida, penosamente. Arrastró los pies hacia la ventana y atrapó, de camino, el pequeño celular plateado que descansaba en la mesita.

La noche avanzaba. Era aquella hora de insólita quietud, antes del alba. En otra ocasión, Gail hubiera permanecido en pie, desnuda, ante la ventana abierta, dejando que la calma de la noche cayera sobre ella. El foco de luz exterior se había apagado hacía horas, tal como lo había programado, y la única claridad que bañaba el jardín era la de la luna.

“Menguante”, pensó, mirando la media sonrisa luminosa en lo alto del cielo. Pero aquel día la calma no llamó a sus puertas, y la mueca lunar se le antojó burlona e impertinente. Contrariada, marcó un número en el celular. Más que contrariada, estaba vivamente enojada.

-Buenas noches, señorita Hillman –la voz sonó jovial y despierta como si fuera en plena mañana-. ¿En qué podemos ayudarla?
-Se ha estropeado –contestó Gail, con voz agria-. Más bien… ¡se ha muerto! Justo ahora. Siento llamar a estas horas, pero…
-No se preocupe –la voz masculina era imperturbablemente cortés, casi seductora, y Gail sintió un inoportuno pinchazo en las ingles, que sólo consiguió aumentar su irritacion-. ¿Desea que lo reemplazemos ahora mismo?
-Si es posible… Es un modelo avanzado.
-Veamos… -oyó el leve tecleo de su interlocutor, debía estar consultando su ficha de cliente-. Oh, claro, ya lo comprendo. Tiene razón, señorita Hillman. Es el modelo Ayax. Si desea otro igual… me temo que no podrá ser hasta mañana. ¿Quiere que le traigamos otro, mientras tanto? Podemos servírselo esta misma noche, en menos de una hora.
-No, gracias –repuso ella, con voz hastiada-. Esperaré. Sí, quiero ese mismo modelo. No me importa esperar hasta mañana.

Cuando colgó, Gail se volvió hacia el lecho, suspirando. Apartó el nido de sábanas y lanzó una larga mirada, casi compasiva, hacia el espléndido cuerpo de curvas helénicas. Yacía inerte, con los ojos cerrados y un leve resplandor rojizo en el tórax, que se apagaba por momentos. Gail arrugó la nariz cuando sintió el olor a quemado.

* * *

-¡Qué mala suerte! –exclamó Nora, sin abandonar su semblante risueño-. ¡A eso se le llama sacarte el caramelo de la boca!
Lois y Ruth se echaron a reír y Gail acabó riendo con ellas, de mala gana. Tomaban sus refrescos tropicales en las hamacas del ático. Era su breve descanso del mediodía y el sol caía a plomo sobre la terraza entarimada de teca, decorada con palmeras.
-Lo peor es que no podrán traerme el mismo modelo hasta mañana –repuso Gail, después de tomar un sorbo de su vaso-. Dicen que esta tarde me enviarán un técnico. Parece que hay algún problema con el sistema de recarga.
-¡Eso te ocurre por pedir modelos tan rebuscados! –le espetó Lois-. Esos nuevos siempre dan problemas, y lo sabes. Demasiado cuerpo, demasiadas funciones… Y tú que lo quieres probar todo. ¡Los circuitos no resisten!
Sus compañeras rieron de nuevo.
-Los clásicos son los mejores –afirmó Ruth-. Yo tengo un Paris desde hace años y jamás me ha fallado. Sólo he tenido que cambiar el cargador un par de veces.

Gail hizo un ademán molesto. Detestaba los modelos clásicos, que también eran los más vendidos. Paris era el preferido por la mayoría de mujeres entre veinte y cuarenta, mientras que las adolescentes y las más maduras se decantaban masivamente por el modelo Adonis, dorado y grácil, casi andrógino, de curvas perfectas y sonidos dulces. Algunas románticas elegían a Tristán, que, además, podía cantar. Sólo las mujeres excéntricas, intelectuales y contradictorias como ella se atrevían a experimentar con modelos como Ayax, Ubuntu o el refinado Shiva.

Lois sacó una revista de su bolso y la abrió sobre sus rodillas. Todas se agolparon a su alrededor.

-Mirad. Aquí tengo el último catálogo… Se lo robé a mi esteticien.
Risas bulliciosas.
-¿Por qué no pruebas éste…? –dijo Lois, señalando una fotografía. También es nuevo, ¡lo último! Es el Idomeneo. Dicen que combina el vigor de Ayax pero con ciertos refinamientos exquisitos… Mira qué cabellera, qué pectorales…
Sus amigas la miraron, maliciosas. Gail movió la cabeza.
-Me gustaba mi Ayax. Pediré otro igual.
-Eres fiel a tus elecciones, ¿eh? –Ruth la miró con intención.
-Ya sabes que sí.
-Nuestra Gail es una conservadora –una voz sonó tras ellas y todas se volvieron, sobresaltadas-. Aparenta ser una intelectual avanzada, pero en el fondo le encanta todo lo antiguo.
Ellas fingieron enfadarse y abuchearon al recién llegado.
-Henry, no tiene gracia –dijo Gail, aburrida. Se puso en pie e imitó el gesto de apuntar con una pistola.
Henry soltó una carcajada. Era el único hombre de su planta y jugaba a hacerse el simpático, explotando su físico impecable, su rubia melena lisa y sus pequeñas lentes ultrafinas, que le daban un aspecto de hombre interesante y profundo. Nada más lejos de la realidad, pensó Gail. Henry era vano y superficial como el humo. A ratos era divertido, pero en ocasiones, como ésta, lo encontraba repelente.
-¡Ey, chica salvaje! No me mates, ¡no ha llegado mi hora! –rió él.
-Pero sí ha llegado la hora de irse –dijo Nora, mirando su brazalete reloj-. ¿Has venido a avisarnos, Henry? Vamos, chicas… se acabó el recreo.
Se pusieron en pie y dejaron los vasos vacíos sobre la mesa de bambú. Se dirigieron a la cabina acristalada del ascensor y descendieron al interior del rascacielos del Ministerio de Economía.
-¿De veras te gusta el Ayax? –le preguntó Henry, mientras el ascensor contaba pisos.
Gail enrojeció, indignada. Sabía que era estúpido, pero nunca le había gustado hablar de su intimidad con otros hombres. Con mujeres era distinto, pero…
-Eso no es asunto tuyo.
-Eres una mujer original –continuó Henry, y ella comenzó a impacientarse. Sus amigas no les quitaban el ojo de encima. ¿Por qué tenía que sufrir ese interrogatorio, justo ahí, en el ascensor… a escasos centímetros uno del otro? Henry proseguía-. ¿Sabes? A mí tampoco me van los modelos más comunes… ja, ja, ja. Nada de Afroditas o Dianas… La mía es una Perséfone.
Lois no pudo evitar una exclamación.
-¡Una Perséfone! ¿Tú? Nunca lo diría…
Henry sonrió con una mueca.
-Las Afro están bien para tíos ordinarios… ¡Son las que quieren todos! A mí me gustan diferentes. Perséfone es como una niña, pero perversa… Un ángel retorcido, ¡ah, es lo mejor de ella!
Gail giró el rostro, contrariada, y respiró con alivio cuando la puerta del ascensor se abrió suavemente en su planta.

* * *

La vida de una funcionaria estatal no era un sueño dorado, pero en muchos sentidos estaba cerca de serlo, pensó Gail, mientras conducía su ligero deportivo por la amplia avenida. Con un buen salario y un horario de trabajo cómodo, podía permitirse vivir en aquella urbanización de calles limpias flanqueadas por árboles frondosos. Su casa, como las del resto de vecinos, no era lujosa, pero sí moderna y con todas las comodidades. Alimentada por energía solar y geotérmica, con su jardín, su terraza con piscina y su programación domótica, constituía un pequeño paraíso donde refugiarse cada atardecer. La conexión a la gran red virtual y a la televisión le permitía un ocio variado y seguro, así como establecer múltiples amistades y relaciones que la distraían en sus horas de retiro. Y, cuando la soledad acechaba, siempre lo tenía a él… Siempre a punto, siempre obediente, amante y generoso en sus favores. Aunque ahora debería reemplazarlo, pero tan sólo serían dos días. Gail pensó, con un estremecimiento, cómo debía haber sido la vida de las mujeres generaciones anteriores a ella. Cargadas de hijos, atadas a esposos que podían llegar a ser insoportables, carentes de intimidad, de silencio, de libertad… Sí, la civilización había dado un paso de gigante y la tecnología permitía vivir mucho mejor que en décadas pasadas. Cada cual, hombre o mujer, podía ser dueño de sí mismo y de su pequeño universo personal. No era necesario esclavizarse con vínculos familiares. Ya no más sumisiones y ataduras. Si alguna mujer quería tener hijos, tan sólo debía ir a un banco de inseminación y, aconsejada por un médico, elegir los genes adecuados. Los hombres que también deseaban hijos tenían la opción de engendrarlos in vitro y solicitar una madre de alquiler. Finalmente, tanto para los que procreaban como para los que decidían vivir solos, la ciencia había diseñado aquel maravilloso avance, que saciaba los deseos más hondos y combatía la solitud. Los Amantes.

Aparcó el vehículo en el cobertizo lateral de la casa y caminó por el jardín, aspirando la fragancia de la madreselva, que trepaba por la valla de madera. Suspiró. Por fin en casa. Ella no quería hijos, ni complicaciones. Era feliz así… Nada le faltaba. Sólo que… Apartó una idea inoportuna de la cabeza y sacó su tarjeta magnética para abrir la puerta.

Apenas entró en el apartamento, sonó el teléfono. Dejando su bolso y su chal sobre el sofá, tomó el auricular.
-Gail Hillman.
-Señorita Hillman, la llamo de LoveTech. La hemos intentado localizar antes, pero no hemos podido contactar con usted.
-Lo siento. Estaba trabajando y he desconectado mi celular.
-No se preocupe. Quería avisarla. El técnico vendrá a su casa sobre las cinco y media.
¡Las cinco y media! Apenas faltaban unos minutos.
-Vaya…
-Sí, lo sé. Si no le va bien, podemos cambiar la hora.
-No, no. Está bien. Muchas gracias.

Cuando colgó, oyó el leve burbujeo del baño y una suave melodía que comenzaba a fluir por los amplificadores del hilo musical. Era jueves. “Mierda, el jacuzzi… Ya debe estar a punto. En fin”. Fue al panel de control y pulsó varios botones. “Supongo que en una hora estará”. Programó el baño a las seis y media y se descalzó. Arrellanándose en el sofá, tomó el mando a distancia, conectó la pantalla telemática y se dispuso a esperar.

* * *

El técnico llegó puntual. Era un hombre de mediana edad y aspecto ordinario, vestido con vaqueros y una camiseta deportiva. La saludó tímidamente, sin mirarla a los ojos, y Gail lo condujo hasta el cuadro de controles eléctricos de la casa. Abrió la puerta camuflada en el pasillo, a medio camino entre la cocina y el salón, y le señaló el laberinto de botones, terminales e interruptores.

-Verá –el técnico se volvió hacia ella y la miró por primera vez-. La avería que sufrió su modelo se ha producido en más casos. Hemos estado estudiando el fallo y hemos descubierto que puede ser debido a un problema en los cargadores de las casas. Si están gastados o se calientan mucho, pueden fundir algunas piezas internas, y esto afecta al robot.

Gail asintió y, sin saber por qué, un escalofrío le recorrió las vértebras. ¿Era la fijeza con que la miraba… o era aquella forma de hablar, tan calmada, tan aséptica? Robot, había dicho… Era un robot, sí, pero ella jamás hubiera sido capaz de pronunciar la palabra. No para referirse a él.

-Bueno, son cosas técnicas –continuó el operario-. Me han enviado de la compañía para que revise su sistema de recarga y compruebe su funcionamiento. Si encuentro algún fallo, se lo cambiaré y le pondré un dispositivo que evite ese calentamiento. Así no tendrá más problemas con el nuevo.
-Muy bien –repuso ella, grave.

Se alejó hacia el salón, pero no fue capaz de relajarse en el sofá. Ignoró la televisión, cogió una revista, pero al cabo de unos minutos la dejó, después de leer cinco veces el mismo párrafo sin tener la menor idea de qué trataba.

Se puso en pie y caminó hacia el pasillo. El técnico había abierto su maletín de herramientas y un sinfín de pequeñas piezas se esparcían a sus pies, mientras manipulaba el cuadro eléctrico. Gail lo observó, en silencio. Con el cabello canoso, al menos debía tener cincuenta años… ¿Tendría hijos? Los brazos eran fuertes y musculosos. Pero no era delgado. Tampoco grueso. ¿Era atractivo? Gail se reprendió a sí misma. ¿Qué idioteces te pasan por la cabeza? Se acercó.

-¿Ha encontrado algo?
Él se volvió y de nuevo le clavó aquella mirada. Azules. Los ojos eran azules. Lucían bien en la tez morena.
-Sí –dijo, con sencillez-. Efectivamente, está a punto de quemarse. Se lo voy a cambiar por otro nuevo. Serán sólo unos minutos, llevo recambios.
Se inclinó sobre su maletín y sacó una pieza. Gail lo miraba con interés.
-Así, ¿no tendré más problemas?
-Con este nuevo, no. Además, ahorrará energía. Es un nuevo prototipo, pensado para…

Sin dejar de trabajar, el técnico fue explicando, pausadamente, las bondades y prestaciones del nuevo artefacto. Gail dio un paso más junto a él, hasta que acabó tendiéndole las herramientas y sujetándole los utensilios que no empleaba. Fingía escucharle, pero las palabras le resbalaban. Sólo miraba, bebía con los ojos aquel perfil cincelado, los bucles canosos, el marcado bíceps… Intentaba adivinar. "Seguro que tiene el vientre fláccido. Y debe ser velludo". Nada que ver con el torso esculpido y terso, infinitamente suave, de su amado Ayax. "Huele… Huele a sudor. Y no es nada sexy. Nada".

-Y ya está –dijo él, cerrando la tapa del cargador, con cuidado. Atornilló con habilidad los dos visos y dejó caer el destornillador en la caja de herramientas-. Gracias, ha sido muy amable.

Se agachó para recoger el resto de piezas inútiles y herramientas, metiéndolas en la caja sin mucho esmero. Gail observó sus muslos mientras estaba en cuclillas, tensando el pantalón. "Es robusto". Sintió los latidos de su sangre entre las piernas.
Cuando él se puso en pie, a ella le ardía el rostro.

-¿Quiere… quiere tomar algo?
Él movió la cabeza.
-No, gracias. Tengo otro trabajo, me esperan.
-Bien. Muchas gracias… ¿Debo pagarle a usted?
-No. La compañía le pasará un recibo por su cuenta.
-De acuerdo –Gail buscó las palabras, desesperadamente, para no dejarlo ir. No tan aprisa. Finalmente, le tendió la mano.
-Me llamo Gail. Gail Hillman.
El vaciló un poco, antes de tomársela. Pero no dijo nada. Fue ella quien habló de nuevo, forzando una sonrisa.
-Y usted es…
-Brian.
-Brian –le estrechó la mano-. Brian… encantada.
El también se la estrechó, por fin. Caliente y fuerte. El calor la hizo temblar.
-Gracias por venir tan… tan puntual –dijo ella, sin soltarle la mano.
-Si tiene algún problema, sólo tiene que llamar a la compañía –replicó él, con rostro inexpresivo-. Vendremos en seguida.

Le soltó la mano y se volvió para coger su maleta. Gail lo acompañó hasta la puerta y lo siguió un trecho, en el jardín. Brian se despidió sin mostrar emoción alguna y se alejó hacia su furgoneta, a paso ligero. Tenía los glúteos respingones, pensó ella, y permaneció en pie, sobre el camino de grava, hasta que el vehículo se alejó por la avenida.

De pie, ante el espejo de cuerpo entero, velado por las brumas del baño, Gail se contempló desnuda. No estaba mal, pensó, para sus treinta y muchos años… Aún era esbelta, tenía los senos firmes y su cuerpo era proporcionado. Con su larga melena castaña, sus amigas le decían que era atractiva. ¿Lo era? Con los Amantes, ninguna mujer debía preocuparse. Ya no importaba sufrir por estar bella o agradar a un hombre, el placer siempre estaba garantizado. Incluso, se decía, las mujeres gruesas disfrutaban más de sus efebos, pues los pliegues de grasa permitían ciertos juegos voluptuosos que en cuerpos flacos eran imposibles. Pero Gail no pensaba así. Había descubierto que estar delgada aumentaba su sensibilidad, y que el ejercicio y la agilidad incrementaban su potencial erógeno. Se giró ante el espejo y contempló su cintura, mientras una idea inoportuna la asaltaba. ¿Qué amante debía usar Brian? Seguramente se recreaba con una Afrodita… quizás con una Ninfa. Rubias y curvilíneas, los modelos más corrientes y preferidos por los hombres simples. Bien alejados de su estilo. “Y yo… ¿Qué clase de modelo soy?”

Avanzó hacia la bañera rebosante. El dispensador automático ya había derramado su dosis de aceites y un velo de vapores fragantes flotaba sobre el agua coloreada de ámbar. Gail se sumergió y se dejó envolver.

Aquella noche, en sueños, gimió. Gimió y se retorció sobre la cama, hasta despertar sudorosa y jadeante. Era como si hubiera estado con él… Aferró las sábanas con los dedos, arrugándolas sobre su cuerpo, y luego las apartó bruscamente lejos de sí. Se llevó una mano al pecho, y la otra al sexo. La luz de la luna entraba por la ventana, atravesando la cortina transparente.

Respiró hondo. Dios, otra noche así y no podré… No podré… Se obligó a cerrar los ojos. Relájate. Relájate… No pienses más en él… Mañana estará aquí. Mañana…

De pronto, Gail se incorporó, asaltada por una certeza alarmante. Oh, Dios, no, no… ¿qué me sucede? Las mejillas le ardían, tanto como le ardía la pelvis. No era su Ayax quien había ocupado sus sueños. No. No era él. Era Brian.

* * *

Qué vergüenza. Si sus amigas imaginaran, tan sólo, que había abrazado a un hombre real en sueños… Y un hombre tan ordinario, tan basto. Un simple técnico de mantenimiento. Dios, qué bochorno. Gail intentó ocultar su rubor cuando saludó a Nora y los pensamientos revolotearon por su mente, insidiosos e inoportunos. Las relaciones entre hombre y mujer eran algo tan… tan zafio, tan primitivo, tan del pasado. ¿Para qué mantenerlas, cuando eran fuente incesante de conflictos y cada cual podía disfrutar de un perfecto amante, diseñado expresamente para el placer? Ni siquiera eran necesarias para procrear… ¡Qué absurdo era todo! ¿Por qué, entonces, sentía aquella fiebre?

Henry debe tener razón, pensó Gail, mientras se sentaba en su mesa, lanzando una mirada furtiva a su compañero. Soy una conservadora, una arcaica. Peor que eso. Alimento en mí pulsiones primitivas… Oh, Dios.

En todo el día, no pudo apartar a Brian de su mente.

* * *

Cuando sonó el timbre, Gail se puso en pie de un salto y corrió hacia la puerta. Allí estaban, dos operarios con su impecable uniforme blanco y la enorme caja de dos metros de alto. Cuando los vio, tuvo que reprimir su decepción. Había esperado… Pero no seas estúpida. Brian sólo es un electricista, ¿cómo puedes pretender que sea él quien te traiga el nuevo modelo? Forzando su sonrisa, Gail los recibió y los hizo pasar al salón. Los empleados de la empresa entraron el sarcófago en el apartamento y comenzaron a abrirlo meticulosamente, siguiendo el protocolo técnico.

Alto, musculoso y de rostro cincelado, el torso perfecto y la piel de silicona color marfil… Gail lo acarició con la mirada, mientras los operarios daban los últimos retoques a su corazón, el pequeño ordenador central que regía la vida del robot amante.

-Conservamos los datos del anterior –le explicó uno de ellos-. Los hemos copiado en su sistema y lo hemos programado tal como a usted le gustaba. La misma voz, los mismos movimientos y gestos. De todos modos, en el manual encontrará las instrucciones para incorporar todas las novedades que quiera.

El otro operario cerró el corazón, tomó un bote de spray y le aplicó una capa de esmalte dérmico. El cierre quedó totalmente oculto bajo los poderosos pectorales.

-En media hora, estará listo para su uso –dijo el operario-. Si quiere, podemos dejárselo conectado al cargador. Pero ya lleva una batería cargada. Le funcionará perfectamente durante toda la noche.
-No es necesario –respondió ella-. Muchas gracias.

Los dos hombres de blanco se despidieron, dándole la mano. Mientras los veía alejarse por el jardín, cayó en la cuenta de que no había sentido nada. Ni emoción, ni rubor… ni calidez en el apretón frío y cortés. Eran hombres, pero en aquel momento se le antojaron más fríos y asexuados que el espléndido robot que la aguardaba, mientras sus circuitos entraban en calor, plantado en medio de su salón.

* * *

No funcionaba. Dios, ¿qué le ocurría? Jamás le había sucedido… Ayax la buscaba y se movía, sinuoso como su anatomía artificial le permitía, enredándose entre las sábanas. Y ella lo apretaba desesperada, sin sentir más que la fría piel, frío metal interior, frío, frío…

Saltó de la cama, enfurecida.
-¡No! ¡No, no, no! ¡No quiero esto! ¡No!

Ayax tardó en reaccionar. Mientras ella contenía las lágrimas, los puños cerrados y la mandíbula tensa, el amante logró ponerse en pie y caminó hacia ella. Sus labios irisados se entreabrieron, desprendiendo vapor templado. Abrió sus brazos y se acercó a ella.

-Gail… -susurró su voz, casi humana.
-¡No! –gritó ella.
El robot no comprendió y dio un paso más, dispuesto a abrazarla. Gail se encontró aprisionada entre aquellos brazos fornidos que tantas veces la habían hecho temblar. Forcejeó y chilló, fuera de sí.
-¡Basta! ¡Suéltame! No… ¡esto no funciona! ¡No!
-Gail, te amo –susurró la voz.

Ella se revolvió y lo rechazó de un codazo. Pero Ayax era fuerte y pesado, y apenas se movió. Entonces ella comenzó a darle patadas.

El Amante no estaba programado para peleas. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Qué? De repente, Gail se vio invadida por una furia incontenible. Lanzó una carcajada y comenzó a propinar puñetazos al robot. Ayax movía los brazos, intentando acariciar su rostro, y ella descargó su ira contra él, gritando, riendo, llorando, lanzando puntapiés, hasta que lo hizo retroceder y lo derribó en la cama. Ayax permaneció inmóvil. El corazón despedía un leve resplandor rojizo y su boca y su nariz exhalaban vaho metálico. Gail se irguió, triunfante. La luna asomó por la ventana y arrojó sobre él su larga silueta desnuda.

-Maldita sea… ¡maldita sea!

Cayó de rodillas junto al lecho y estalló en sollozos.

* * *

Fue Nora la primera que lo percibió.
-¿Qué te pasa? ¿No has dormido bien?
-Mmmm. No mucho. ¿Por qué?
Como si no lo supiera. Ni su mejor maquillaje podía ocultar las ojeras y la palidez acusadora.
-Pareces enferma. ¿No te han traído aún…?
-Sí –la cortó ella-. Ya me lo trajeron. Y funciona de maravilla. No es eso. Es que…
-¿Qué? –Gail la miró, echando fuego por la mirada. A veces Nora, la dulce Nora, podía llegar a ser irritante.
-Nada –Nora se dio por avisada-. No es nada importante. Hace un par de días que me llevo trabajo a casa y duermo poco. Eso es todo.
-Descansa –susurró Nora, antes de ganar el refugio de su mesa.
-Lo haré –murmuró Gail, entre dientes

Y perdió la mirada en las cifras de la pantalla. “Maldita sea”. Era incapaz de concentrarse, y el informe y las estadísticas que cualquier día le hubieran llevado un par de horas, aquel día le llevaron toda la mañana.

En la terraza, Henry se reunió con las cuatro amigas.
-¿Qué le pasa a nuestra bonita Gail? –preguntó, en tono galante.
Lois sonrió aviesa.
-Su nuevo amante no la deja dormir.
-¿De veras?
Gail resopló, intentando contenerse. “Mejor no hacer comentarios”. Tomó su vaso de zumo y lo sorbió, lenta, distraídamente. Ruth dijo algo y comenzaron a hablar… Hablaban de algo, sí. Gail se distrajo mirando las hojas de una palmera.
-¡Eh! –de nuevo era Henry quien la llamaba-. Es por ti, princesa. ¿Se puede saber qué te ocurre? Dios, parece que estés enamorada…
Gail se sonrojó violentamente y se puso en pie.
-Basta.

Miró a Henry y a sus amigas, indefensa, enojada, incapaz… Incapaz de explicarles por qué hacía dos noches que no dormía, por qué su mente volaba lejos y ni ella misma podía reconocerse. Incapaz de explicar que deseaba a un hombre, un hombre de carne y hueso, con toda la voracidad que su cuerpo le reclamaba.

Lois, Ruth y Nora la miraron, atónitas y desconcertadas. Gail dio media vuelta y se dirigió hacia el ascensor.
-Debería ir a un médico –dijo Lois, cuando desapareció.
Los demás asintieron.

* * *

Cuando llegó a casa, Gail se desmoronó. Jamás salía sin hacer la cama, limpiar los platos de la noche anterior y ordenar el salón… Aquel día, el desorden cundía en la casa. Ni siquiera se había molestado en recoger los restos del desayuno de la mesa… Dios, ¿qué me ocurre?

Debería haberse cambiado de ropa. Debería recoger la mesa, pasar el aspirador… Debía hacer la cama, ventilar la casa y sentarse, tranquilamente, en el sofá, para relajarse ante sus programas favoritos. Debería… El solo pensamiento de la cama, arrugada, con el cuerpo de Ayax tendido en ella, la sacó de quicio.

Se encontró marcando un teléfono, con dedos trémulos y la fiebre ardiendo en su frente.
-LoveTech, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
-Es… soy… Soy Gail Hillman, cliente suya. Mi número es…
-¿Qué desea, señorita Hillman?
-Tengo un problema… No, no es el amante. No. Se trata del cargador… Me pusieron un prototipo nuevo, creo que… -intentó contener el temblor de la voz-. Creo que no funciona bien. Verá, vino un técnico… Brian, creo que se llamaba. Sí, Brian… Eso es. Me parece que dejó algo suelto. Si pudiera volver… a arreglarlo, sí. Sí, se lo agradecería… Claro. Muchas gracias. Sí… ¿Cuándo? Esta misma tarde… ¡Perfecto! Sí, le espero. Muchas gracias, muy amable…

Colgó y se dejó caer en el sofá, aún temblorosa. Se llevó las manos a la frente y cerró los ojos, intentando olvidar.

De pronto, se puso en pie y corrió a la mesa. Esto no puede estar así… no puede… Corrió frenéticamente a la cocina, llenó un cubo de agua, se puso los guantes de látex y buscó el spray limpiahogar y una bayeta.

Cuando Brian llamó a la puerta, Gail aún estaba en el baño, intentando recogerse la melena. Se había duchado apresuradamente, se había perfumado… Sin pensar, había elegido aquel vestido. El de viscosa blanca y líneas simples, que caía sobre su cuerpo, ciñendo suavemente sus formas. "Debo estar loca". ¿Qué hacía, acicalándose así? Jamás lo había hecho más que para sí misma… o para impresionar a sus compañeras, o por pura diversión. Jamás se había vestido para…

Para un hombre, sí, se espetó a sí misma, lanzándose una mirada al espejo. "Te estás arreglando como una puta prehistórica, sólo porque ese hombre viene a tu casa… Oh, Dios, y ahora llaman... ¡Debe ser él!" Los prendedores rebeldes no se querían cerrar. Por fin, los arrojó al suelo y decidió dejarse el pelo suelto. Ahuecándose los bucles, corrió hacia la puerta.

Brian estaba en pie, con el mismo atuendo, la misma camisa y el mismo maletín, su expresión impenetrable y los grises cabellos encrespados. Miró a la mujer de cabellera exuberante, con el vestido blanco y el escote húmedo por el vapor del baño. En seguida apartó la vista, lanzando una ojeada alrededor. La casa resplandecía. Y ella… iba descalza.

-Me han avisado de que algo no funciona –dijo él.
-Sí… sí. Pase, por favor. Brian, ¿no es así?
Él no respondió y avanzó unos pasos, sin decidirse a seguir.
-¿Qué le ocurre? Quedó bien instalado. ¿No le ha funcionado bien, con el robot?

"No. Maldita sea, no", se dijo ella, para sí. Pero lo había previsto todo. Cuando Brian abrió la caja de comandos, contempló sorprendido los hilos retorcidos que Gail había estirado frenéticamente, rompiendo la tapa del cargador.

-¿Qué ha sucedido? –preguntó él, abriendo mucho los ojos. Ah, aquellos ojos azules… azules como piscinas. Dios, qué ojos.
La miró.
-¿Lo ha hecho usted?
Gail sonrió inocente, encogiéndose de hombros.
-Me temo que sí… Soy un poco… un poco bruta, ¿lo ve? Quise probar una cosa. No conecté bien el cargador, me impacienté y… Lo siento, de veras. Me temo que voy a darle más faena.
Brian movió la cabeza.
-Ese es nuestro trabajo –dijo, y se agachó para abrir su caja de herramientas.

¿Lo había dicho resignado? No, pensó ella. No, resignado no… Pero, ¡tan frío! ¿Dónde escondía sus emociones? Porque las tenía, estaba segura… Las tenía. Y algo en su interior le decía que un hombre que entierra tan bien sus emociones es porque las tiene muy poderosas.

Brian cambió pacientemente el dispositivo. Ella lo observó a distancia, en pie, apoyada en el sofá, mientras trabajaba concienzudamente, en silencio. Esta vez, no le ayudó. Tan sólo lo miraba, sorbiendo cada uno de sus movimientos, cada gesto minúsculo, cada ademán.

-Ya está.
Se acercó a ella, frotándose las manos contra los pantalones. Tenía las uñas mordidas y ennegrecidas, observó Gail, y seguro que sus pies eran aún peores… ¿Cómo puede atraerme alguien así?
-Por favor –ella se acercó, casi suplicante-, por favor, no se vaya. Déjeme que le invite a un refresco. Sólo serán unos minutos… ¿Quiere sentarse? Por favor…
Brian miró su reloj digital de pulsera y movió la cabeza.
-No debería… Ya lo sabe usted. Los clientes son clientes.
-Se lo ruego –insistió ella, bajando la voz, hasta llegar a un tono grave y aterciopelado. Dios, ¿cuántas veces se lo había pedido? Ella, que se jactaba de no pedir favores a nadie, de no ceder a las súplicas… ¿Cuántas veces le había dicho “por favor”?
El volvió a mirar su reloj.
-Está bien –y se sentó en el sofá, con torpeza. Gail corrió a la cocina y regresó con una bandeja y dos vasos.

Cuando Brian quiso reaccionar, ella lo había envuelto en sus brazos. Antes, ya lo había envuelto en su voz. Y él la había desnudado con la mirada, primero furtivo, abiertamente al fin.

Gail lo condujo al dormitorio, al lecho impecable, cubierto con sábanas de raso, recién estiradas. Y se libró a su cuerpo, un cuerpo imperfecto y maduro, con arrugas y vello, con pecas y zonas blandas, entre los duros músculos palpitantes. Un cuerpo de piel, húmedo y rezumando calor, con olor de virilidad.

La piel… La piel, la piel, la piel. La hubiera devorado entera, y aún no se habría saciado. Los labios. El cabello crespo. El miembro duro y vibrante. Vivo. Se hundió entre sus brazos y, mientras Brian la penetraba, lo aferró violentamente contra sí. Había traspasado el límite. ¿Qué ocurriría después? De pronto, decidió que no le importaba. Podría morir de gozo enredada, ligada, aprisionada en su cuerpo. El cuerpo de alguien real. Nada podría igualarlo. Nada. Gimió, exhausta y todavía hambrienta, y besó nuevamente su piel, tierna y cremosa, tensa y jugosa a la vez.
Bajo el lecho, el Ayax de anatomía perfecta dormía, olvidado y frío, con el corazón apagado, tristemente abandonado en su sarcófago de porexpán.

sábado, 2 de febrero de 2008

El jardín

La princesa era bella y altiva. Lucía oro en los cabellos y blanco marfil en su tez. Sus labios eran brasas encendidas pero, en cambio, el hielo asomaba en sus ojos.

Hija única de los monarcas, había crecido educada en la firme convicción de que todos cuantos la rodeaban vivían para cumplir sus deseos.

A los quince años, se despertó en ella una extraña inquietud, que la llevó a buscar sosiego fuera de los muros del palacio, en la novedad continua y en el abrazo del viento. Solía cabalgar, a lomos de su caballo árabe, acompañada tan sólo de su palafrenero, mancebo silencioso que cuidaba con devoción de su señora y de las monturas.

Un día, su paseo a caballo la llevó hasta el mercado de la ciudad. Hastiada de los buhoneros, los mercaderes de telas y de objetos exóticos, sus ojos se posaron en un sencillo puesto de flores.

La florista era joven, tal vez de su misma edad. De cabello castaño y ojos de miel, el rubor de la alborada se posaba en sus mejillas. No necesitaba anunciar su mercancía. Las flores pregonaban su belleza, saturando el aire con sus aromas.

La princesa las contempló, fascinada.

-¿Qué deseáis, mi señora?
Su voz era agua transparente deslizándose sobre los pétalos. Había reconocido a la princesa, y la miró con respeto y suave sonrisa.
La princesa comenzó a elegir.
-Estas… y éstas… Y aquel ramo. ¡Ah!, también esos lirios… Dame los azules, y los blancos… Mejor, ¡dámelos todos!
Con los brazos atestados de flores, el palafrenero ingenió la forma de colocarlas en las alforjas de su robusto jaco.
-¿Cuánto debo pagarte?
La florista se turbó y sus pómulos enrojecieron como las amapolas.
-Mi señora… ¡Os habéis llevado tantas flores! Para mí es un honor, consideradlo un regalo.
La princesa irguió su espalda grácil y negó con la cabeza.
-Una princesa paga espléndidamente por obtener sus deseos. No puedo consentirlo.

Sacando su bolsita de cuero, depositó tres monedas de oro en manos de la asombrada florista. Y, sin decir más, montó en su caballo y se alejó, seguida del palafrenero. Cabalgaba erguida y airosa, recibiendo la pleitesía de sus súbditos a su paso por las calles. Sólo el palafrenero volvió la vista atrás. La florista permanecía inmóvil, aún turbada, ante su puesto casi vacío, con las tres monedas en la mano.

Entre el frío mármol y los pesados tapices, las flores eran un estallido de vida en los aposentos de la princesa.

Ella las contemplaba, hechizada, durante horas. Paseaba por las estancias e iba de un ramo a otro, sentándose junto a ellas. Acariciaba los pétalos y aspiraba, hasta embriagarse, las fragancias rezumando néctar, aliento de hojas y savia de yerba.

-Están muertas… -murmuraba, para sí, mientras posaba sus labios sobre la piel aterciopelada de un lirio-. Sus tallos están cortados, ya no poseen raíz… pero, aún y así, ¡son tan bellas!

Jamás la habían visto sus padres tan embelesada con regalo alguno. Su melancolía desapareció, pero una euforia inquietante la invadió, alternada por súbitos cambios de humor.

Pasados unos días, cuando las flores comenzaron a marchitarse, la princesa regresó a la ciudad.

De nuevo eligió a su capricho, ante la sorpresa y la gratitud de la florista. Jamás había ganado una sola moneda de oro… y ahora su señora, la princesa, se dignaba a comprarle flores, ¡tan generosamente!

Aquella noche, la florista regresó a su morada, en el arrabal de la ciudad, allí donde las calles empedradas morían en el barro y los señoriales edificios cedían paso a las humildes casas de piedra y paja. Pensó que debía ampliar su puesto y quizás cultivar más flores, para poder agasajar a tan espléndida compradora sin desatender a sus clientes habituales.

La casa de la florista era pobre y diminuta. En cambio, estaba rodeada por un jardín exuberante. Nadie sabía por qué, pero durante todo el año rebosaba de flores. Violetas y lirios reinaban en abril, las rosas se expandían en mayo; margaritas, claveles y orquídeas competían en verano; las dalias alumbraban el jardín en otoño, los crisantemos en invierno… El perfume se derramaba por la vieja tapia de piedra, inundando la calle, hasta las casas cercanas. Los vecinos decían, admirados, que la muchachita solitaria, de quien no se conocía familia, tenía manos de hada.

La princesa se encaprichó de tal modo con las flores, que ya no podía vivir sin ellas. Al tercer día que volvió a la ciudad, fue acompañada de un carruaje y compró todas las que había en el puesto. La florista no supo qué decir, atónita.
Y así, una y otra vez, la princesa volvía, cada vez con mayor frecuencia, a buscar sus flores. Y la florista se afanaba por llenar su parada. El jardín necesitaba tiempo y comenzó a faltar algunos días en el mercado. Cuando, por segunda vez, la princesa quiso llevarse todas las flores del puestecillo, la florista intentó explicarse.

-Alteza, si os las vendo todas, mis clientes no podrán comprarme flores durante días…
La princesa se volvió, ofendida.
-¿Qué importan los otros clientes? ¿Acaso no te pago bien? ¡Soy la princesa de este reino! Debería bastarte con servir a tu señora. ¡Esas gentes nunca te pagarán con tal esplendidez!

Y la florista guardó silencio, bajando el rostro. ¿Cómo explicarle aquello que le pesaba por dentro? ¿Cómo decirle que una simple rosa teñía de gozo el rostro de una enamorada? ¿Cómo hacerle comprender que un manojo de claveles iluminaba un hogar o que un ramillete de margaritas hacía sonreír a una anciana, mientras que todas las flores de su puesto no conseguían alegrar el corazón insaciable de una princesa?

Trabajaba en su jardín, redoblando su ahínco. Se levantaba antes del alba, cuando aún el aliento de las flores se mezclaba con el rocío. Por las tardes el sol se acostaba antes, mucho antes que ella acabara su faena, removiendo la tierra, podando ramitas, regando y entresacando malas hierbas, bajo la mirada de la luna triste y la sonrisa fría de los luceros.

Sus vecinos y compradores se extrañaron. Se enojaron, y luego se entristecieron. La princesa lo tenía todo, ¿también quería privarles ahora de las flores?

Los aposentos de la princesa rebosaban. Y ella sentía acrecentarse su pasión. Vivía de las flores, no podía respirar sin ellas. Pasaba horas rindiéndose a su hechizo. Invitaba a las damas de la ciudad a visitarla, y todas admiraban la belleza de los artísticos ramos. Ella reía, aún ansiosa, las mejillas encendidas como rosas y los ojos brillantes, destilando escarcha.

Los vecinos de la florista veían cómo su mirada se apagaba y la tristeza se adueñaba de su rostro. Agotada y pálida, la veían trabajar, incansable, en su jardín. Ella se amustiaba con los días, pero las plantas florecían bajo sus manos, derrochando amor.

Hasta que un día, la princesa quiso más.

-Voy a celebrar mi fiesta de aniversario, ¡y quiero inundar el palacio de flores! –dijo a la florista-. No me basta con las flores de tu parada… ¡Quiero ver tu jardín!

Ocultando su temblor, la florista se encaminó hacia su casa, seguida de la princesa, el palafrenero y los sirvientes que conducían el carro, atestado de flores.

Cuando la princesa vio el huerto florido, enmudeció.

-¡Lo quiero! –exclamó- ¡Lo quiero todo! Todas esas flores… ¡en mis salones! Será magnífico.
La florista la miró, suplicante.
-Mi señora, no es posible. Si las cortamos todas, ¡no volverán a crecer en mucho tiempo!
De nuevo la princesa montó en cólera.
-¿Dices que no es posible? ¿Cómo osas oponerte a mis deseos?

En vano intentó la jovencita explicarle que las flores necesitaban tiempo y las plantas debían recuperarse… La princesa no quiso oír más. Llamó a sus guardias y a los jardineros del palacio real. Mientras dos soldados sujetaban a la florista, los jardineros y los guardias se armaron de picos, azadas y sacos. Impotente, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón desgajado, la vendedora de flores vio como, en pocas horas, devastaban su jardín.

Un solo hombre permaneció inmóvil, apartado, testigo mudo del llanto; el joven palafrenero.

En el palacio, un batallón de criadas recibió las montañas de flores y se libraron a la tarea. La víspera de su aniversario, la princesa ordenó a todos salir afuera. Sola, bajo la luz ambarina del ocaso, recorrió su salón, revestido de guirnaldas y maravillosos centros, donde surtidores de flores se desbordaban sobre lechos de hojas trenzadas. Allí recibiría a sus invitados, regia y hermosa, envuelta en el esplendor de las flores. Se descalzó y caminó sobre un sendero de pétalos, aspirando hondamente la fragancia. Cerró los ojos y suspiró, henchida de belleza y perfume.

Allá en el arrabal, en un jardín despojado, una muchacha humilde lloraba, arrodillada en el suelo. Hundió las manos en la tierra herida, húmeda y sangrante. Y lloró. Lloró sin descanso y sin consuelo, hasta ahogarse en sus lágrimas. Entonces cayó. Sus dedos abiertos enraizaron en la tierra, y sus cabellos esparcidos se cubrieron de rocío. La luna sonrió, con tristeza, y la besó en el rostro. La noche cerró sus ojos.

Amaneció el gran día. El palacio real bullía en gran agitación, preparándose para celebrar el aniversario de la princesa. Criados y sirvientes iban y venían, frenéticos, preparando mesas, abriendo balcones y cortinajes, disponiendo sillas y acomodo para los invitados. Los músicos afinaban sus instrumentos; en las cocinas, los hornos desprendían aromas de crema y pasteles. Las doncellas de la princesa se afanaban en el ropero, preparando sus mejores galas y joyas. Otras llenaban una bañera de agua humeante, perfumada con pétalos de rosa y jazmín.

La princesa madrugó. Apenas había dormido. Inquieta, no pudo esperar que llegara su hora. Tenía que verlas… antes. Antes de la recepción solemne, antes de abrir su salón, cuajado de flores, a sus vasallos e invitados.

Corrió descalza por el pasillo, sin apenas cubrirse, el fino camisón de seda queriendo huir de su cuerpo. Empujó la puerta de madera labrada, lacada en esmaltes y oro, y entró en la sala.

Las doncellas se alarmaron. ¿Dónde estaba su señora? Avisaron a la reina.
-La princesa no está en su lecho. ¿Dónde puede haber ido?

Angustiados, reyes, criados y doncellas, emprendieron su búsqueda, llamándola sin obtener respuesta. Hasta que llegaron a su salón privado, allí donde debía celebrarse la fiesta.

La puerta estaba entornada y el rey la abrió de par en par. Entró, seguido de la reina y una multitud de criados. Un grito escapó de todas las gargantas.

Horrorizados, contemplaron el funesto esplendor del salón. Todas las flores se desprendían, colgando de macetas y columnas, ennegrecidas y mustias. Las guirnaldas de hojas marchitas, macilentas como harapos, exhalaban un hálito putrefacto. Y en medio, tendida en el suelo, vieron a la princesa, los cabellos esparcidos sobre los pétalos arrugados y el horror contrayendo su rostro. En una mano, una rosa seca se deshacía entre sus dedos crispados.

Al anochecer de aquel aciago día, que debía ser festivo y fue duelo en el reino entero, un mancebo a caballo atravesó las calles de la ciudad. Los cascos de su montura resonaban en el pavimento desierto. Nadie vio a dónde iba.

Se dirigió al arrabal, y desmontó ante un viejo tapial de piedra. Entró por la cancela abierta y llamó a la puerta de la casita. Nadie le respondió. Volviendo sobre sus pasos, rodeó el muro y contempló el jardín, negra desolación de tierra desentrañada. Buscó con la mirada. ¿Dónde estaba la joven florista? Caminó, con suavidad, sintiendo el dolor de la tierra. ¿Dónde estaba la doncella, de ojos de miel y manos de hada?

De pronto, se detuvo. Cayó de bruces, y no pudo contener el llanto.

La florista ya no estaba allí. Pero en medio del jardín desnudo había brotado un arriate esplendoroso, cubierto de flores fragantes.

El sol se había ocultado y la luna asomó por el horizonte violeta. A lomos de su caballo, el joven palafrenero emprendió el galope. Su destino era ir lejos, muy lejos de aquel país. Tan sólo llevaba su capa y un puñado de recuerdos. Y una pequeña rosa, prendida en el cinturón.

miércoles, 23 de enero de 2008

La venganza

La derrota

La guerra entre las dos superpotencias tuvo un rápido final, con la clamorosa victoria de la REA –República de Estados Aliados– sobre su único y tenaz rival, el Imperio Nagasori. Dos bombas biológicas de última tecnología hicieron estallar las principales bases del ejército enemigo y en pocas horas, la radiación programada exterminaba a tres cuartas partes de su población. La rendición no se hizo esperar y Nagasori pasó a formar parte de la pléyade de estados satélite de la ahora única potencia hegemónica del planeta.

El Gran Mandatario de Nagasori se suicidó ante los últimos supervivientes de su cúpula militar. Y, en medio de la confusión y la desmoralización de un pueblo diezmado, su segundo ascendió al poder. Era un personaje gris, con escaso don de gentes y nula capacidad oratoria, que había crecido a la sombra de un líder carismático, tan aclamado como temido. Pero todos lo siguieron sin dudar, atraídos por su fría serenidad y su capacidad innata para la organización.

Lo primero que hizo el nuevo Mandatario fue destinar los menguados efectivos militares que se habían salvado a la emergencia humanitaria y a la reconstrucción del país. A continuación, reunió a un nuevo cuerpo de Consejeros, designados tras honda meditación. A los Consejeros incorporó un joven inquieto, su ayudante, a quien se propuso enseñarle el arte de gobernar con la idea, en el futuro, de convertirlo en su sucesor. Este joven fue conocido como el Discípulo.

Tras abrir la sesión y permitir que los Consejeros se desahogaran, formulando sus quejas y lamentos ante la debacle nacional, el Mandatario se puso en pie, acalló a todos con la mirada y tomó la palabra.

-Señores –dijo, con su voz inexpresiva- podemos considerarnos afortunados. Debéis saber que la derrota es el primer peldaño hacia la victoria. Y el nuestro, como habéis comprobado, ha sido muy elevado.

Los hombres

El Mandatario puso a sus Consejeros a trabajar. Era prioritario levantar la moral del país y para ello nada mejor que dar dos cosas a sus habitantes: ocupación y motivaciones. Desenterró viejos lemas y compuso otros nuevos, que se multiplicaron por todo el país en pancartas, muros, edificios públicos y paneles televisivos. “El trabajo te hace feliz”. El país comenzó a hervir en la fiebre reconstructora. “El ocio es el opio del pueblo”. Era preciso, también, combatir el desaliento ante las estrecheces y ensalzar la austeridad: “Vales por lo que haces, no por lo que tienes”. Las escuelas y las universidades recibieron un impulso especial. “El saber te hace libre”.

Su predecesor había sido poco amigo de las prácticas religiosas. Preguntado por los Consejeros, el Mandatario reflexionó.
-Es sabido que las personas con creencias religiosas muestran una mayor resistencia ante las adversidades –dijo-. No fomentaremos la religión, pero tampoco será perseguida. En estos momentos, nos resulta útil.
Así mismo, se preocupó de forma casi obsesiva por alentar los vínculos sociales y familiares. “El individualismo te destruye” y “La comunidad te fortalece” fueron sus últimos lemas.

En pocos años, Nagasori pasó de potencia derrotada a un dinámico estado que resurgía con fuerza de sus cenizas y comenzaba a despuntar en los mercados internacionales, con sus productos de bajo precio y notable calidad.

Entonces, el Mandatario reunió a sus Consejeros.
-Ha llegado el momento de iniciar nuestro desquite –dijo, con su frialdad acostumbrada-. Será un camino lento y gradual, pero seguro. Nuestro Consejero Hiziro, aquí presente, ha diseñado una campaña perfecta destinada a nuestro primer objetivo.

Las llamaban “Alas”. Se trataba de un nuevo modelo de aeronave, pequeña, pensada para vuelos cortos con un solo piloto, sin acompañante. Poseían un diseño elegante, carrocería ultraligera y potentísimo motor. Los ingenieros de Nagasori consiguieron abaratar los costes de fabricación hasta cotas inusitadas, y no tardaron en invadir el mercado mundial. Las Alas hicieron furor. Por supuesto, los primeros clientes fueron los jóvenes adinerados de la poderosa REA. Pero su bajo precio y su infinita variedad de diseños y modelos pronto las convirtieron en un vehículo popular que se extendió como plaga por todo los países.

-Con las Alas les brindamos emoción, libertad, poder, fuerza… -explicaba el Consejero Hiziro a sus compañeros-. El sueño de todo hombre: volar como un pájaro. Casi hecho realidad. Sólo que… los sueños tienen su precio.

En el Ministerio del Exterior se abrió una pequeña división cuya finalidad era desconocida por casi todos los empleados del edificio. Tan sólo trabajaban en ella tres personas y se instalaron en un discreto despacho del sótano, sin ventanas, aislado y extremadamente sobrio. A los funcionarios les llamó la atención, en cambio, la instalación de los mejores equipos telemáticos que jamás habían visto, una potente línea de comunicación vía satélite y dos líneas de teléfono seguras y protegidas. Una conectaba directamente con el Ministerio de Economía. La otra, con el Ejército. Los tres funcionarios asignados a aquel despacho pasaban tan desapercibidos como podían, y apenas se comunicaban con el resto de personal del Ministerio. Cuando fueron preguntados sobre su cometido, se limitaron a responder que trabajaban para el “Departamento de la Lista”.

Cuando las Alas se expandieron por todos los países, el Departamento de la Lista comenzó a trabajar de firme. Datos de ventas, estadísticas, cifras… Otra plaga comenzó a avanzar, negra y ominosa. Las Alas eran vehículos excesivamente frágiles para la enorme velocidad y capacidad de maniobra que poseían. Y sus pilotos no se limitaban a utilizarlas como medios de desplazamiento. Un nuevo género de diversión, y nuevas competiciones aéreas, cundieron por todo el mundo. La emoción de poder volar se incrementaba exponencialmente si se le añadía otro factor: el riesgo.

El Mandatario volvió a reunir a sus Consejeros.

-El Departamento de la Lista nos ha pasado datos recientes. Según las últimas estadísticas, la cifra de muertos por accidentes asciende a seis millones, y el ritmo crece. Si continúa la progresión actual, en cinco años habremos saldado la deuda.
Los consejeros asintieron, gravemente. El Discípulo pidió la palabra.
-No obstante, será una parte de la deuda, solamente. Aún falta el resto.
-Efectivamente –repuso el Mandatario-. Nuestro próximo objetivo será fácil.

Los niños

-El Consejero Mikami, doctor en psicología y ciencias de la mente, junto con mi Discípulo, se ha ocupado del siguiente público diana –explicó el Mandatario, e invitó al consejero a hablar.
-Será muy fácil –el aludido se puso en pie, era el más anciano de los Consejeros y hablaba con voz suave y profunda-. Emplearemos técnicas que ya usaron nuestros antepasados, con éxito. Sólo que esta vez reforzaremos el componente subliminal. Nuestros estudios sobre las adicciones y los impulsos más arraigados en el subconsciente nos han ayudado a encontrar los argumentos y las imágenes más efectivos.

Los juegos digitales eran una realidad ampliamente difundida en todo el mundo, pero las nuevas ediciones de juegos multimedia de Nagasori arrasaron el mercado del ocio infantil y juvenil. Millones de niños comenzaron a vivir literalmente conectados a sus pequeñas computadoras portátiles, sacrificando horas de escuela, ocio y descanso. Los mundos virtuales se adueñaron de los hogares y los espacios públicos de recreo. Y, con esta nueva invasión, creció otra oleada amenazadora, que convulsionó a las sociedades de los estados libres.

El Departamento de la Lista pasó nuevos reportes y estudios al Mandatario y a su gabinete de Consejeros.

-Se están levantando movimientos sociales contra nuestros productos –explicó el Consejero Soyoku, experto en economía-. Asociaciones de madres y de maestros en todo el mundo achacan a nuestros juegos la creciente oleada de violencia escolar, casos de depresión, asesinato y suicidio entre niños y adolescentes.
Tras unos instantes de silencio, el Mandatario habló, dirigiéndose al Consejero Fujiko, responsable de comunicaciones.
-Bien. ¿Qué dice el último informe de la Lista?
-Un millón de muertes. Escaso.
-Suficiente –repuso el Mandatario-. Vendrán más. Esos niños serán adolescentes en pocos años. Y luego adultos. Toda una generación marcada.
-Una generación de adultos incapaces de trabajar, de mantener relaciones estables y de responsabilizarse de su propia vida –añadió Mikami-, será un lastre social incalculable y derivará en otros problemas.
-De todos modos –insistió Soyoku-, no podemos desdeñar a los movimientos opositores.
-¿Son realmente importantes? –inquirió el Mandatario.
-Grupos de mujeres e intelectuales –repuso Fujiko-. Son minorías poco significativas. Están bien considerados socialmente, pero nadie les hace caso. ¿Qué pueden hacer cuatro pensadores antipáticos ante una masa de críos y adultos ávidos de diversión fácil?
El Mandatario esbozó una de sus leves y rarísimas sonrisas.
-Esa es la gran debilidad de nuestro enemigo… -dijo el Consejero Mikami, su voz sonora llenando la sala-. Y sus gobernantes no son mejores que esas masas aborregadas, con el vientre lleno y el cerebro vacío. Son tan estúpidos que aún no han comprendido lo que hace siglos ya sabían nuestros antepasados, cuando se inauguró la era de la comunicación digital: que el verdadero poder no está en su dinero, ni siquiera en sus armas, sino en la mente.

Las mujeres

Un tema preocupaba aún al Mandatario, al tiempo que el imperio de Nagasori se hacía con un lugar cada vez más preeminente entre las potencias satélite de la República de Estados Aliados. Reunió a sus consejeros y pidió asesoramiento a la única mujer entre ellos, Toki.

-¿Qué punto débil podemos encontrar entre las mujeres de los estados libres?
Toki sonrió mientras sus ojos negros centelleaban.
-Es muy fácil –dijo-. Podemos darles todo lo que desean. Además, económicamente será un negocio perfecto.

La belleza. La eterna juventud. Los cosméticos naturales con fórmulas milenarias de Nagasori comenzaron a abrirse camino en los mercados de los estados libres. A diferencia de las Alas y los juegos, los productos de belleza no debían ser competitivos en sus precios, sino más caros. “En cuestiones de salud y belleza, precio elevado equivale a calidad”, explicó Toki al consejo. “Nadie en el mundo libre escatima su dinero por un bien tan codiciado”.

Tal como había predicho la consejera, los beneficios de las ventas fueron ingentes. A los productos, les siguieron las terapias, las sesiones de trabajo mental, la gimnasia, la música y las dinámicas grupales para potenciar la salud, la belleza y la autoestima. Un batallón de sanadores, terapeutas psíquicos, entrenadores y consejeros se desplazó desde Nagasori para establecerse como profesionales de la salud en las repúblicas libres.

-Con un mínimo de constancia –explicaba Mikami, ayudante de Toki en esta campaña- estas terapias crean una adicción física y psicológica tan sutil, que las pacientes no son conscientes de ella. En cambio, no pueden renunciar a sus tratamientos, y siempre ansían probar nuevos productos y técnicas.
-Son un mercado seguro, pues –aprobó Soyoku, el ecónomo.
-Son víctimas seguras –lo corrigió el Discípulo, mirando a su maestro.

Los productos se comercializaban en atractivos envases, con aromas y texturas cuidadosamente estudiados y manuales de uso redactados e ilustrados con suma pulcritud. En las etiquetas se facilitaba información sobre sus ingredientes e incluso se avisaba sobre posibles efectos secundarios en caso de abuso. “Puede provocar trastornos cardiovasculares”. La letra menuda no mencionaba, sin embargo, otros efectos colaterales.

-Su consumo a medio y largo plazo provoca infertilidad –explicó Toki a los Consejeros-. Las hormonas que contienen esterilizarán a generaciones de mujeres sin ellas saberlo.
-De todos modos –añadió el Discípulo, con sonrisa desdeñosa- esto también las favorecerá. Las mujeres de los estados libres no desean criar hijos.

Fue este efecto colateral de los cosméticos el que inspiró a Toki una línea nueva para ampliar su campaña. Durante semanas, reunió información exhaustiva y datos que le facilitó el Departamento de la Lista. En la siguiente reunión del consejo expuso su idea ante el Mandatario y el resto de Consejeros.

-En los estados libres hay un valor que no ha dejado de estar en alza durante décadas. Es uno de los productos más rentables y, para los ciudadanos, prácticamente una obsesión. Me refiero al sexo.
Los Consejeros se miraron y el Mandatario animó a Toki a seguir.
-En cambio, estudios de fuentes totalmente fiables demuestran que al menos dos tercios de la población femenina de estos países carece de una vida sexual satisfactoria. La mayoría de mujeres no experimentan el orgasmo en sus relaciones y, debido a la fuerte presión social, se ven obligadas a fingir, con lo cual su vida íntima resulta altamente frustrante.
Toki se detuvo unos instantes. El mandatario la miró sin ocultar una brizna de curiosidad. Después de tantos años trabajando a su lado, la Consejera aún podía sorprenderlo.
-Bien, demos a las mujeres de los estados libres lo que tanto anhelan –continuó Toki-. Diseñemos los mejores afrodisíacos. Démosles el sexo que quieren, placer sin límites, orgasmos múltiples y sensaciones que jamás han soñado experimentar. Este, sin duda, será nuestro producto estrella.
El joven Discípulo apenas pudo reprimir una carcajada, que rápidamente contuvo, bajo la mirada censuradora de su maestro.
-Será nuestra arma maestra –susurró, mirando a Toki de soslayo.

Y así fue.

Como las anteriores, los elixires amorosos, las cremas y los aceites eróticos también tenían efectos secundarios. Pero, esta vez, se omitió toda alusión en el etiquetado.

El Departamento de la Lista arrojaba nuevas estadísticas a diario.

-Son ya veinte millones –dijo Toki en el consejo-. Y el número aumenta día a día.
-Veinte millones de adictas –murmuró Soyoku-. La cifra ha superado en mucho las de las otras campañas. Lástima que los resultados sean a largo plazo…
-Pero serán devastadores –aseguró Toki, con firmeza-. Una mujer adicta, enloquecida por el sexo, significa la disolución de su familia. Muchas quedarán estériles. El efecto de nuestras “armas” es multiplicador. Las sociedades de los estados libres se desmoronarán por dentro, simplemente.

El Mandatario observó a Toki, su busto erguido y su rostro terso e inexpresivo. Y no pudo evitar un levísimo estremecimiento.

El Desquite

La popularidad del Imperio Nagasori crecía sin cesar. Sus productos, altamente valorados, invadían los mercados. Sus filmes, sus juegos, su música y su cultura estaban de rabiosa moda. El Mandatario había comenzado a prodigar sus viajes al extranjero, firmando tratados comerciales y acuerdos amistosos con los estados libres. Especialmente cuidó sus relaciones diplomáticas con la poderosa REA, con cuyos presidentes mantenía un trato cada vez más fluido y cordial. Invitó a un par de ellos a visitar su país, y se embarcó en la ardua tarea de redactar un tratado de cooperación militar. Este fue uno de sus logros más elogiados por los Consejeros.

-Sabiendo que somos sus aliados, dejarán de ejercer un control riguroso sobre nuestras maniobras y sobre nuestra industria bélica –explicó el Consejero Suzaku, que era a la vez general del ejército-. Podremos desplegar nuestras fuerzas a la par que las suyas, e incluso conocer sus movimientos, sin sospechas por su parte. Pero lo que ignoran –añadió, con sonrisa sibilina- es que estamos superando su tecnología armamentística. Gracias a nuestro programa de innovación y mejora continua, nuestras armas pronto dejarán atrás las suyas, en eficacia y en sigilo. Nuestros misiles son prácticamente indetectables. Cuando quieran darse cuenta, los tendrán sobre sus cabezas.

El Mandatario era anciano. Muy anciano. Su Discípulo hacía años que había dejado de ser joven, y participaba en el Consejo como un miembro más. En el gobierno y en la calle, se murmuraba sobre la vejez de su líder, y las conjeturas acerca de su sucesor despertaban animadas discusiones. Pero el Mandatario, gracias a su parca alimentación y a los suaves ejercicios que practicaba a diario, se mantenía activo y con una indiscutible claridad mental. Muchos eran los que decían que no quería morir sin ver culminada su revancha. “El Desquite”, como era designado en círculos militares cerrados, se había convertido en asunto de interés nacional. El Imperio aguardaba su hora, como tigre agazapado. Y el Mandatario aguardaba, impasible y sereno, meditando sus decisiones mientras nivelaba la grava de su pequeño jardín, rastrillo en mano y la mirada fija en las pequeñas piedras blancas, salpicadas de pétalos de ciruelo en flor.

Fue en aquel jardín donde mantuvo una conversación a solas con su Discípulo, que éste jamás olvidaría.

-Nuestro país ha cambiado mucho –le dijo el Mandatario-. Ya no es el pueblo empobrecido de la postguerra. Hemos presentado una batalla silenciosa a nuestro enemigo y la estamos venciendo. Pero no debemos olvidar que esas mismas armas se pueden volver contra nosotros.
-¿Qué quieres decir, maestro? –inquirió el Discípulo-. ¿Hablas de traidores entre los nuestros?
-No me refiero a esto –replicó el Mandatario-. Mira a tu alrededor. Nuestra sociedad se parece cada vez más a la de los estados libres. Vivimos inmersos en el bienestar y corremos el riesgo de caer como ellos, adictos a nuestros propios productos. Víctimas de nuestras propias armas.
-¿Cómo evitarlo? –preguntó el Discípulo-. Nadie desea regresar a la penuria.
-Esa será tu gran misión, el día que me sucedas en el gobierno –dijo el Mandatario-. Deberás rescatar los viejos lemas y fortalecer nuestros principios. Recuerda bien esto: aquello que te curó, es lo que te mantendrá sano.
El Discípulo asintió, en silencio.
-Cuando sea el momento –añadió el Mandatario, mirándolo fijamente a los ojos- sabrás lo que debes hacer.

Y, por fin, llegó el día.

El Mandatario reunió a sus Consejeros y a la cúpula militar en la sala blanca y desnuda, la misma que había acogido tantas reuniones, desde los años duros de la postguerra y el inicio del Desquite.

-Ha llegado la hora –dijo, escuetamente-. El general Suzaku y mi Discípulo, que actuará como mi delegado directo en esta operación, os explicarán en detalle el plan.
El general se puso en pie y habló a sus oyentes.
-La poderosa República de Estados Aliados se hunde. Las crisis sociales y económicas, la caída demográfica, la corrupción del gobierno y la violencia sin control han minado a nuestro enemigo hasta límites antes no alcanzados. Su último presidente ha demostrado una total incapacidad para conciliar sus intereses con los demás países. No cuenta con otro aliado más firme que nosotros. Por tanto, es el momento en que debemos desplegar nuestras fuerzas.

Tras proyectar un mapa del planeta sobre la pared, el militar y el Discípulo fueron explicando, con la ayuda de un programa de simulación digital, la estrategia diseñada.

-Cuando el último misil sea lanzado –acabó el Discípulo, abarcando con su mirada a todos los presentes- podremos decir que el mundo entero estará en manos de nuestro Imperio.

Un silencio pesado siguió a sus palabras. El Mandatario observó a sus Consejeros, ancianos como él, a la implacable Toki, a los militares, ávidos de entrar en acción. El general Suzaku se adelantó, ceremoniosamente.

-Señor –dijo, inclinándose ante el Mandatario-. Este gran momento es, sin duda, el mejor fruto de vuestro trabajo. Será vuestra gran victoria.
El Mandatario movió la cabeza.
-Nuestro enemigo ya ha sido derrotado –respondió, calmadamente-. Lleva la destrucción inscrita en sus mismas entrañas, desde hace mucho tiempo. Nosotros sólo le hemos proporcionado las armas.

La silla del obispo

Con los pies embutidos en las galochas, chapoteando en la paja hedionda y escobilla en mano, Perucho contuvo el aliento y, por primera vez en mucho tiempo, maldijo su suerte.

Y no porque le fuera mal dada por la fortuna, no, la singular circunstancia en la que se hallaba. Más bien era una consecuencia irremediable de su regalada existencia durante los últimos tres meses.

Tres lunas atrás, el galopín aventurero había entrado a servir con Don Ramón, otro cura de entre el puñado de amos que conoció. Este era un prelado orondo y acomodado, tan amante de los placeres de la vida terrena como de las promesas de la eterna. Habíase ganado la simpatía y el favor de todo el pueblo por su carácter humoroso y campechano, su labia florida y su humanidad desbordante.

Don Ramón tenía formas peculiares de conquistar almas para la causa divina, y por ello no reparaba en frecuentar asiduamente la taberna –su segunda parroquia, como él la llamaba-, o en organizar sonadas batidas de corzo por el monte, reuniendo a mozos y señores de toda la comarca en alegres partidas de caza.

Durante el tiempo que Perucho sirvió en su casa, la vida se sucedió como una fiesta continua. Don Ramón ya tenía una mayordoma, doña Claudia, que se ocupaba de los menesteres más fatigosos de la casa rectoral. Mujer avinagrada y flaca, tiesa como una vara, doña Claudia era el contrapunto exacto de su pomposo amo, con quien mantenía no pocas y ruidosas disputas. Mas Don Ramón la conservaba a su vera, pues la buena señora era eficiente como la que más cocinando, cosiendo y fregando, y era mucha la faena por hacer en aquella santa casa. Perucho era su monaguillo, su “secretario” –aunque no sabía escribir- y su acompañante de correrías. Día sí y día también el buen párroco recibía huéspedes en la rectoría, cuando no acudía invitado a otros lares ajenos. Y en toda ocasión, el zagal acompañaba a su amo, compartiendo montura y mesa con él, pues Don Ramón era hombre afectuoso y de carácter llano, poco amigo de melindres y ceremonias, y pronto le tomó cariño al muchacho.

En pocas semanas, Perucho mudó su aspecto de forma notoria, hasta el punto de precisar ropa nueva, pues creció un palmo de estatura, ganando no menos de diez libras de peso.

La intensa vida social de Don Ramón y su floreciente parroquia, con abundante y generosa feligresía, no pasaron desapercibidas ante la diócesis. Y así fue cómo una noche, compartiendo cena con el sacristán, Perucho y un par de feligreses, el buen cura les anunció solemnemente la noticia.

-El señor obispo vendrá a visitarnos. El domingo que viene, concelebrará misa en la parroquia, y luego se quedará a comer en el pueblo. Por supuesto, lo he invitado a la rectoría.
A Doña Claudia, que servía la mesa, le faltó tiempo para echar el grito en el cielo.
-¡Y, por supuesto, no podía haber avisado antes, el monseñor obispo ese! ¿Este domingo, dice? ¡Y no se le ocurre otra cosa que invitarlo a su casa! ¡Dios santo! ¿Sabe usted la faena que me llevará? ¡No hay tiempo!
-Vamos, vamos, Claudia –Don Ramón sonrió, condescendiente-. ¡No será para tanto! Dios proveerá de tiempo y de cuanto haga falta. Todos te ayudaremos. ¿No es verdad, Perucho?
Perucho asintió vehemente.
-¡Sí! Él me ayudará… -bufó la Claudia-. ¡Otro inútil que no trabaja lo que come! ¡Santa Virgen! Más valdrá que se aleje de la cocina, ¡y de la casa! ¡Me lo pondrá todo patas arriba!
Perucho se encogió de hombros. Bien sabía que no era santo de su devoción, y sus incursiones furtivas a la despensa sacaban de quicio a la pobre señora. Los otros dos parroquianos, el Pepe y el Quico, se miraron entre sí, burlones.
-Claudia –la reprendió Don Ramón, benevolente-, no seas injusta con el rapaz. ¿No ves que es sólo un chico? No te preocupes, ya le daré yo trabajo en la iglesia, no te estorbará.
-Más le vale –gruñó Claudia, y se alejó aprisa, los brazos en jarras y el mandil azotando su gruesa falda de paño.
-Bueno, muchachos –agregó Don Ramón-. Hemos de preparar una buena recepción a nuestro obispo. ¡Será un acontecimiento extraordinario! Hace mucho que un obispo no visita este pueblo… ¿No es verdad?
Ni Pepe ni Quico ni el sacristán, y todos pasaban de los cuarenta y muchos, recordaban una sola visita episcopal a la aldea.
-Este pueblo está dejao de la mano de Dios –dijo Pepe-. Aquí no vienen ni los gitanos…
-… sólo los “deputaos” esos –continuó Quico-, cuando vienen a pedir votos, ¡los muy cabrones!
Don Ramón sonrió afable.
-Pues ahora, Dios se ha dignado a mirar sonriente a este pueblo, y nos envía a uno de sus insignes ministros, el señor obispo. Así que hemos de brindarle una recepción digna de un rey, para que siempre se acuerde de su visita y quiera repetirla, Dios mediante, en el futuro.

Todo el pueblo se puso en pie y, en pocas horas, el vecindario se volcó en preparar la venida del señor obispo. Las calles fueron barridas, las mujeres sacaron flores a los balcones, se arregló el caño de la fuente, atascado y roto desde hacía años… La parroquia sufrió el asalto de un batallón de feligresas devotas, que dejaron baldosas, suelos y altares relucientes como patenas, amén de atestar de flores los jarrones, cambiar todos los velones por cirios nuevos y poner los mejores paños, planchados con almidón e inmaculados.

En casa de Don Ramón tampoco hubo descanso. El buen cura era hombre detallista y había previsto todo cuanto el señor obispo pudiera necesitar. Le arreglaron el mejor dormitorio, en caso que quisiera reposar o dormir la siesta, con jofaina de porcelana fina y sábanas nuevas de hilo. Claudia preparó el servicio del banquete con esmero: mantelerías, cubiertos de plata, vajilla nueva. El carpintero del pueblo arregló un viejo sillón de brazos, sacado del coro de la iglesia, para que monseñor pudiera asentar sus sacras posaderas, y Claudia cosió un cojín forrado de terciopelo púrpura. Durante dos días, Perucho merodeó ansioso, acechando la cocina, con la boca hecha agua bajo los tentadores efluvios de guisos, empanadas y caldos que amenazaban con invadir la casa entera. Aunque no tuvo mucha ocasión de distraerse, porque Don Ramón parecía atacado del mal de San Vito, y no cesaba de dar órdenes, mandar recados o acudir a este o a aquél, con alguna nueva idea que se le había ocurrido para mejor agasajar al obispo.

Pero había un detalle, un solo detalle, que Don Ramón no había resuelto, y que le daba mal dormir. Así, el viernes por la noche, se reunió en la taberna con Perucho y sus dos buenos consejeros, Pepe y Quico, y les confió su inquietud.

-Hemos pensado en todo menos en una cosa… ¡y es casi la más importante!
-¿Qué es? –preguntó Perucho, muerto de curiosidad.
-Pues… ¿Cómo decirlo? Hemos pensado en su llegada, en la iglesia, en la mesa, el comedor, en las viandas… Pero, ¿qué ocurre después de comer, cuando uno ya está lleno y…?
Don Ramón se dio unas palmaditas en el vientre, mientras Pepe y Quico abrían mucho los ojos, asintiendo.
-¡Coño! Pos sí, es lo más importante…
Perucho los miró, sin comprender.
-¿Qué es lo más importante? –preguntó, inocentemente.
Ni Pepe ni Quico acertaron a pronunciar la palabra. Don Ramón miró al rapaz, comprensivo.
-Pues hacer de vientre, hijo mío, defecar… Y ¿cómo vamos a dejar que nuestro obispo vaya al corral, con sus vestimentas y sus zapatos… ¡Ah, eso no es digno! ¡Hemos de pensar algo!

Surgieron varias ideas, a cual más inverosímil o enojosa para poner en práctica. Hasta que, finalmente, fue Quico quien dio con la solución.

-Hagamos un bujero en el techo del corral, que dé a un cuarto retirado. Arriba, clavamos un cajón de madera en el suelo, con otro bujero que dé abajo. Y asentamos al señor obispo allí, con todo regalo.
Pepe aplaudió la idea.
-¡Esos lujos ni en la capital! Carajo, ¿de ánde sacaste esa idea?
Quico se ufanaba, y Don Ramón convino en que la solución era inmejorable.
-Y, pa’ hacerlo más refinao –añadió Quico-, que alguien se meta abajo, con una escobilla, y cuando monseñor descargue, que pase el cepillo po’l hueco y lo friegue.
De nuevo Don Ramón aplaudió la idea, mientras Quico jaleaba a su amigo. Perucho también reía a carcajadas. Reía alborozado imaginando el brillante ingenio… hasta que algo lo acalló de súbito.
-¿Y quién se mete ahí abajo?
-Pos… No sé. Cualquiera se pone.
Silencio sepulcral. Perucho tragó saliva, mientras las miradas se cruzaban entre unos y otros, vacilantes, para acabar posándose sobre su persona.
-Perucho, hijo… -comenzó Don Ramón.

Y allí estaba. Metido en el oscuro corral, oyendo resoplar a la mula y cloquear a las gallinas, que parecían mofarse de él, calzado con las madreñas y el cepillo, aguardando la hora fatal… Él, que había ejercido como digno monaguillo en la fastuosa misa solemne. Él, que había acompañado, engalanado con su chaleco y sus polainas nuevas, a su amo el cura y a monseñor el obispo, por su paseo en procesión por el pueblo. Él, que había esparcido la fragancia divina, a golpe de incensario, alrededor del altar. El que había ayudado a doña Claudia a acomodar a su ilustre huésped, su séquito y los invitados del pueblo a la mesa… Poco había podido disfrutar del pantagruélico banquete, y lo poco que había engullido fue aprisa, de pie en la cocina, mientras Claudia se afanaba con bandejas y fuentes para servir a los comensales. Tampoco le había aprovechado mucho, se lamentaba, mientras sentía su estómago inquieto, revolviéndose en la penumbra. El penoso cometido le había quitado el apetito y apenas pudo catar la torta del postre. Antes de enfrentarse a su destino, Perucho se asomó por la puerta entornada y contempló el salón comedor, saturado de voces, humo y olores, entre el clinc clinc de los cubiertos y las copas y el muelle sonido de treinta bocas masticando a dos carrillos los suculentos estofados de Claudia. Perucho observó al obispo. Era un hombre enorme y cuadrado, aún más corpulento que Don Ramón, y más alto. En la iglesia se había mostrado severo y distante, pero en el ubérrimo comedor del párroco, tal vez por arte del guiso, del buen pan, o del mejor vino, monseñor comenzó a charlar por los codos, sin dejar de comer con buen apetito. Perucho apretó los dientes, intentando no pensar en su misión.

Don Ramón lo vio, asomando la nariz pecosa por la puerta entornada, y le hizo una señal. Obediente, Perucho cogió su escobilla y descendió a los infiernos.

Por fin oyó unos pasos en el techo. Perucho aguardó, vigilante, y se apostó en su lugar. Echó un vistazo hacia arriba y no tardó en ver una sombra tapar la luz del agujero. “Ya está”, pensó. “Ahora, la descarga”.

Tras la última andanada, Perucho estiró el brazo, esgrimió su cepillo y lo pasó cuidadosamente por el orificio. Lo sacudió un poco y se retiró inmediatamente.

“Coño”, oyó decir, al tiempo que la luz volvía a asomar por el agujero. Perucho se sonrió. Sin duda, el obispo había quedado impresionado.

En el piso superior, monseñor se incorporó, atónito. Había juzgado prematuramente aquel pueblo perdido en las montañas como lugar primitivo y atrasado… ¿Pues no tenían retrete, con mecanismo de limpieza incorporado? Intrigado, se arrodilló junto al poyo de madera, apoyó las manos a ambos lados y aplicó el rostro a la apertura circular. Tenía que averiguar cómo funcionaba, para instalar un artilugio semejante en su palacio episcopal.

Perucho vio que la sombra tapaba otra vez el hueco del improvisado retrete. “No habrá quedado lo bastante limpio”, pensó. Y, ni corto ni perezoso, volvió a pasar el cepillo por el agujero. Esta vez lo hizo concienzudamente, una repasada de ida y otra de vuelta.

Tal como vaticinara Don Ramón, el señor obispo jamás olvidaría su visita a aquel pueblo.

lunes, 31 de diciembre de 2007

El desatascador

Subió los oxidados peldaños de hierro de dos en dos. Se dio el consabido coscorrón con el dintel del último rellano, dejó ir el acostumbrado “¡coño!” entre dientes y rebuscó en sus bolsillos antes de dar con las llaves. Los goznes chirriaron y el olor a piso cerrado, a pizza revenida y a calcetín de dos días le dio la bienvenida. Cuando la puerta se cerró de golpe, respiró hondo. Se despojó de la cazadora y lanzó sus zapatos a un rincón, dejando caer la pesada bolsa deportiva sobre la cama deshecha.

¡Por fin en casa!

Diego vivía en un palomar. Al menos, así lo llamaban los vecinos. Era un cubículo de apenas cuatro por cuatro, comedor-cocina-dormitorio todo en uno, con un WC y un plato de ducha empotrados en un pedazo de pared, detrás de un biombo apolillado. Estaba situado en lo alto de un decrépito bloque de pisos del casco antiguo de la ciudad y en su tejado anidaba una bandada de no menos de doscientas palomas callejeras, grises, ruidosas y plagadas de parásitos. Al principio las detestó. Odió el batir de alas, los despegues y aterrizajes, el cu-cu-rru-cú insistente, la lluvia de excrementos sobre el pequeño terrado. Pero, con el paso del tiempo, se acostumbró a su compañía y acabó reconciliándose con ellas. Su arrullo lo acompañaba durante sus largas sesiones de trabajo, lo adormecía por las noches y, al despuntar el día, lo desvelaba como el más sincronizado despertador.

Se sentó ante la ventana, en el escritorio atestado de papeles, con su tintero, su plumilla, sus lápices… y se sumergió en su trabajo.

Mojó la pluma en tinta y comenzó a retocar los dibujos de la tira que ya tenía ilustrada. Le gustaba hacerlo así, a mano. Rechazaba las nuevas tecnologías porque disfrutaba tanto inventando historias como sintiendo el tacto de la pluma entre sus dedos, la tinta deslizarse sobre el papel, rellenando huecos, trazando líneas, jugueteando en las curvas. Era un placer casi físico, que por nada hubiera querido cambiar.

Aquella tarde comenzó con Joshua. Su primer personaje. Aparentemente, resultaba una curiosa mezcla de Charlie Brown y Bart Simpson, pero él estaba convencido de que era original y mucho más ácido. Con Joshua, Diego arremetía contra las convenciones sociales y la familia tradicional, decía. Sus amigos, Lolo y Chema, insistían que aquel nombre no pegaba ni con cola para un personaje de cómic humorístico, pero Diego se defendía, alegando que era muy intencionado, todo un homenaje a las marujas y a una generación de niños llamados así. Sin embargo, los periódicos y revistas a los que había enviado sus tiras debían compartir la opinión de sus amigos, pues jamás se habían dignado a darle respuesta.

Cuando acabó la tira de Joshua, anochecía. Encendió el pequeño flexo y suspiró, mirando a la niña de sus ojos. Angelina. Esta vez, el nombre era un homenaje a su actriz favorita y amor platónico, Angelina Jolie. El personaje en cuestión era una adolescente de piernas largas y negros cabellos erizados, “la versión manga de Mafalda”, bromeaban sus amigos. Angelina era su arma política, sostenía Diego, y con ella desmenuzaba los avatares políticos de actualidad, pasándolos por el filtro de su humor más cáustico y demoledor. Chema y Lolo, sin embargo, no le encontraban la genialidad a las tiras de Angelina y, una vez más, las editoras debían pensar lo mismo, pues tampoco habían respondido a los envíos de sus mejores selecciones.

Era igual, pensaba Diego. El disfrutaba así. Aunque no ganara un duro con su arte… Sin embargo, el hambre obliga a ser realista y se había procurado otro trabajo alternativo que, al menos, le diera qué comer. También era fruto de su creatividad. Porque, además de artista, Diego era inventor.

El invento había sido un accidente, de hecho. Un día, en que la roña amenazaba peligrosamente su integridad en el palomar, Diego bajó al colmado de la esquina, decidido a comprar jabón y lejía. Omar el pakistaní entendía tan poco como él de productos de higiene hogareña, pero se las apañó para venderle las “joyas” de su colección –a saber, las botellas más polvorientas y trasnochadas de su variopinto stock-, sacándose de encima un par de litros de limpiahogar de la era jurásica y otro par de un producto de sospechosa apariencia, en cuya etiqueta, perdida entre caracteres chinos, había impresa una calaverita con dos tibias cruzadas que ni uno ni otro acertó a ver.

Llegado a su cubículo, y sin saber cómo emplear tanto líquido corrosivo, optó por una solución diplomática. Llenó medio cubo de agua y a continuación vació en él dos botellas, una de cada producto. Metió el mocho y removió… Tosió un poco y se enjugó los ojos llorosos. Pero hizo caso omiso del humillo que se elevaba del cubo y la emprendió con las desconchadas baldosas del palomar. A continuación, mojó una esponja en la mezcla y frotó con ahínco los azulejos del minúsculo baño. Y, para acabar, cuando ya el olor a ácido le perforaba los pulmones y se había visto obligado a abrir la puerta y la ventana, vació el contenido del cubo –negro, negro y espumeante- en la taza del inodoro. Se apartó unos segundos, tosió… y luego tiró de la cadena. Cerró la tapa de golpe y, a los dos segundos, volvió sobre sus pasos. “Coño, cómo brilla. ¡Y ha tragado!” Hay que señalar que el WC llevaba dos meses atascado y que, cada vez que tiraba de la cadena, debía andarse con tiento, pues el sumidero se llenaba hasta los bordes y tardaba su buena media hora en evacuar… Súbitamente inspirado, Diego decidió probar. Mezcló de nuevo: dos partes iguales de producto, una de agua. Esponja y a frotar. En pocos minutos, la pica del lavabo, la mesa de formica, el respaldo de sky de la silla… ¡hasta los cristales!, relucían. Diego se acostó aquel día, con las manos enrojecidas y la nariz irritada, y una idea insistente dándole vueltas en la mente. Pensó. Pensó en su madre, que lo creía compartiendo apartamento con sus amigos. “Un piso céntrico”, le había dicho. Sí, céntrico. Tan céntrico como el barrio chino… el barrio de las prostitutas, de los drogatas y la miseria. El distrito cutre. Donde, sin embargo, las marujas aún limpiaban. Pensó en las mujeres musulmanas. Ciento y la madre en un piso. En las viejecitas acartonadas del siglo pasado, sin fuerzas para fregotear. En las latinas. En las gordas del barrio de toda la vida. En los locutorios y los bares de shawarmas y falafel, en los pisos de citas... ¿Cuántos váteres, cuántas picas debían atascarse en los lóbregos tugurios de aquel marasmo de calles?

Así fue como, de la noche a la mañana, Diego desarrolló su fórmula y comenzó a venderla. Hizo un pacto con Omar: le proporcionaría la materia prima a precio de coste y, a cambio, él le pasaría una comisión sobre las ventas. Omar se frotó las manos: tenía todo un palet de aquel innombrable producto chino con fecha de caducidad y no sabía cómo darle salida. Sellaron el acuerdo tomándose una cerveza en las Ramblas. Y así dio comienzo su negocio. Incluso ilustró las etiquetas para su producto: Desatascador “el Ariete”. No hay roña que lo resista. Lolo y Chema se rieron aún más fuerte cuando lo supieron, pero sus carcajadas cesaron cuando su amigo les mostró las primeras ganancias obtenidas de su última creación. Diego no era muy guapo, pero sabía cómo seducir a las marujonas, mirándolas con ojos inocentones y ladeando la cabeza. Su mejor argumento era la prueba. In situ, les mostraba los prodigiosos efectos del “Ariete” vertiendo un chorro de líquido en los inodoros, amarillentos y con incrustaciones de lustros. La reacción era inmediata. Y a una venta se sucedía otra, pues sabido es que no hay mejor propaganda que el boca-oreja… “Joder, tío, aún te harás rico vendiendo esa mierda”. Diego reía con ganas. Rico no se haría, no… Pero, al menos, tenía con qué vivir. Y con qué pagar su pasión.

Sin embargo, aquella tarde Diego regresó a su casa descorazonado. Más que eso, ligeramente asustado. Al parecer, una extraña plaga se había extendido entre las viviendas del barrio: una inexorable corrosión había atacado todas las tuberías y sistemas de desagüe de los decrépitos edificios y toda una brigada de fontaneros no daba abasto a reparar fugas, inundaciones y atolladeros. Las perspicaces amas de casa no tardaron en relacionar tales catástrofes domésticas con el uso del nuevo producto y, como consecuencia, aquel día Diego se había topado con un puñado de miradas hostiles y caras agrias, más alguna insinuación de denuncia, entre dientes. Así que había regresado al palomar apresuradamente, con su mercancía intacta, barruntando cómo escapar de aquella. Como tantas otras veces, fueron Joshua y Angelina quienes lo rescataron de la negra depresión. Y se enfrascó en su trabajo.

El móvil sonó. Riiiiiing. Riiiiiing. Riiiiing. Lo ignoró, como solía hacer cuando estaba concentrado. En ese momento, daba los últimos retoques a una preciosa cola de caballo de su Angelina, disfrutando de cada pincelada… Dejó sonar el aparato hasta que se detuvo. “Ya me dejarán el mensaje”. Y continuó con la siguiente viñeta. Riiiiiing. Riiiiing. Riiiiiing. Otra vez, insistente. “Me cago en la…”. De pronto, una idea lo sacudió. “Un periódico. Puede ser de una redacción…” Aquella semana había enviado sus tiras a varias. Podían estarlo llamando. “Mierda. ¿Dónde estás?”.

Revolvió el arrugado edredón, tropezó con la pata de la cama y a punto estuvo de darse de narices contra la pica del lavabo. Por fin lo encontró, en el bolsillo de la cazadora.
-¿Diga?
-¿Es usted el señor Diego Garrido?
-Sí… ¿quién es?
-Señor Garrido –Dios, sonaba tan serio… Señor Garrido. Se irguió, inconscientemente-. Verá, quisiéramos hacerle un pedido.
-¿Un… un pedido? –sonaba extraño, pero también prometedor-. Sí, por supuesto. ¿Han visto lo que les envié? ¿Le ha gustado?
Silencio al otro lado del teléfono.
-¿Me… me oyen?
-Por supuesto, señor Garrido. No, no hemos recibido nada –leve carraspeo-. Debe de tratarse de una confusión. Usted no nos conoce… Deje que le explique.
Con el corazón saltándole en un puño, Diego tragó saliva.
-Hemos sabido que usted comercializa un desatascador de probada eficacia, vendiéndolo puerta a puerta.
Toda la ilusión se esfumó de golpe y Diego se dejó caer en la cama, desinflado.
-Bueno, la verdad es que… el producto necesita… eh… necesita perfeccionarse un poco, ¿sabe? De hecho…
La voz pareció sonreír. Era masculina. Grave pero correcta.
-Tal como está ahora, nos resulta perfecto –dijo.
¿Ignoraría el misterioso y futuro cliente los devastadores efectos secundarios de su invento? Diego sintió un leve escalofrío. Algo le decía que no.
-¿Quieren que les lleve el producto a su casa? –preguntó, tragándose la inquietud.
-No, no se trata de eso. Escuche, le voy a dar una dirección. Preséntese allí mañana, muy puntual, a las 8 de la tarde. No es necesario que traiga su producto. Lo elaborará in situ. Nosotros aportaremos los materiales que hagan falta. Ah, señor Garrido… Le pagaremos muy bien por esto.
-Sí… bueno –ahora sintió que el corazón trepaba hasta su garganta-. Claro... deberíamos hablar de las condiciones. Como comprenderán, este pedido es un poco…
-Sé que se sale de sus previsiones –lo interrumpió la voz del teléfono, amable-. No se preocupe. Firmaremos un acuerdo por escrito. Todo quedará muy claro. Y usted saldrá ganando, se lo aseguro.
“Maldita sea, quieren apoderarse de la fórmula. Debí patentarlo antes y ahora podría venderlo por una fortuna… ¿Cómo no se me ocurrió?”
-Oigan, ¿si lo que quieren es comprarme la patente o algo así, creo que deberíamos hablarlo antes.
Leve risa comprensiva.
-Oh, no se preocupe. No es nada de eso, se lo aseguro. No pensamos arrebatarle la fórmula, ni siquiera nos interesa saber cómo lo fabrica. Tan sólo queremos que fabrique una cierta cantidad, para un cliente que lo precisa, y nada más. Le pagaremos al contado y muy generosamente, créame. Y usted podrá volver a su trabajo y a vender su producto como lo hace cada día… No tiene por qué preocuparse.
¿No? Diego asintió, mientras su mente racional protestaba dentro de su cabeza.
-De acuerdo. Mañana a las ocho. ¿En qué dirección?

* * *

Las señas lo llevaron hasta un enorme rascacielos de cristal, situado en la moderna villa olímpica, junto al mar. Diego miró hacia arriba, casi con vértigo. Jamás había entrado en un edificio como aquel… Se preguntó cómo debían sentirse los trabajadores de aquella urna transparente, dotada con la más moderna tecnología. “Joder, cuando se lo cuente a Lolo y a Chema… ¡No se lo van a creer!”.

Lo esperaba a la puerta un hombre de cráneo rapado e impecable traje gris, junto a otro mucho más alto y robusto, con gafas oscuras y vestido con cazadora y vaqueros negros. Le dio un vuelco el corazón cuando vio la forma de un revólver colgando de su cinturón. “Dios, es un guardaespaldas… ¿Dónde me he metido?”. El hombre calvo le alargó una mano, rápida y seca.

-¿Señor Garrido? Encantado.
Diego farfulló un saludo. El hombre no se presentó, ni presentó a su acompañante. Tampoco reveló quién era su cliente. Y Diego comenzó a sentir un doloroso hormigueo en la boca del estómago. “La mafia… Son mafiosos, seguro. Y me han llamado para un trabajo sucio… Dios, ¿cómo escapo de ésta?”. Si echaba a correr, podía oír las balas silbando sobre su cabeza.
El vestíbulo del edificio estaba desierto. Se dirigieron al ascensor y, apenas las puertas se cerraron, el hombre calvo marcó el -2. “Me llevan a los sótanos, al parking…” Las imágenes de decenas de películas, crímenes horribles, asesinatos en garajes desiertos, poblaron su mente. Se mordió los labios, intentando ocultar su temblor.
Lo condujeron por un largo pasadizo hasta una sala iluminada por fluorescentes, con las paredes de cemento y varios enormes cuadros eléctricos. En el centro habían instalado varias mesas con caballetes, un ordenador, impresora, teléfono y fax. Había también una pica de agua, muchos bidones, cubos y embudos. En una esquina, Diego vio aparcado un pequeño toro mecánico. Un par de hombres de piel pálida y cabello rubio, con suéteres y vaqueros, los recibieron con breves gestos de saludo.
El calvo del traje gris lo hizo sentarse en una de las mesas y él ocupó una silla enfrente.
-Señor Garrido, éste será su lugar de trabajo… Digamos que su laboratorio, durante unas horas –esbozó una leve sonrisa-. Le explicaré en qué consiste su trabajo…
“No ha dicho pedido, sino trabajo”, se dijo él. “Joder, ¿en qué lío me he metido?”
-¿Cree que podría producir mil litros de desatascador en una noche?
Diego abrió mucho los ojos.
-¿Mil… litros? ¿En una noche?
-Exactamente.
-Bien, déjeme calcular cuánto necesitaría…
Uno de los hombres le alargó una calculadora. Diego se obligó a despejar su mente y se concentró en los números.
-Veamos… -tecleó, intentando pensar con rapidez-. Me ha dicho mil litros de producto. Diluido en una proporción del veinticinco por ciento… Son doscientas cincuenta ampollas de producto base concentrado. O sea, ciento veinticinco de cada. Pero eso… ¡es imposible de fabricar de golpe!
El hombre sonrió, benévolo.
-Para usted, que trabaja de forma artesanal, sí lo es. Pero nosotros le proporcionaremos todo el producto y el material necesario. Díganos qué necesita y se lo traeremos.
-Bueno… en realidad, mi proveedor principal es un tendero del Raval, un pakistaní… No creo que él tenga tanto stock. No…
-No se preocupe por eso. Denos sus señas y hablaremos con él.
Incrédulo, Diego les dio la dirección del colmado de Omar. ¿Qué pretendían hacer con tal cantidad de producto corrosivo? La imaginación se le disparó. “Joder, armas químicas… Esos tipos planean un atentado, por lo menos”. Tragó saliva y maldijo la hora en que contestó aquella llamada. Ya era tarde para volverse atrás. El guardaespaldas no le quitaba el ojo de encima y Diego vio, con alarma creciente, cómo bajo su cazadora llevaba en bandolera un rifle de asalto.
-Ahora, hablemos de sus honorarios.
“Honorarios”. Diego tragó saliva y apenas pudo murmurar un sí de consentimiento cuando vio el folio que escupía la impresora sobre la mesa y leyó las cifras.
-Sí, señor Garrido. Ha leído bien. Le pagaremos por cada litro veinte veces más de lo que pide usted cuando lo vende. Y será en efectivo, apenas acabe su trabajo. Tiene toda la noche por delante.

* * *

Las siguientes horas las pasó concentrado en su trabajo de mezclar y diluir botellas de producto en grandes cubetas. Los hombres rubios de vaquero y suéter entraron el toro mecánico cargado de botellas de detersivo chino, lejía, limpiahogar, bidones de agua, cubos, mangueras y embudos… El guardaespaldas trajo mascarillas para todos, y Diego intentó hacer oídos sordos a las conversaciones susurradas a media voz, en un idioma que se le antojó rarísimo y desconocido, bien distinto del chino, el árabe o el paquistaní que ya se había acostumbrado a oír en el barrio. “Ruso”, concluyó. Y se obligó a no pensar en todas aquellas películas de acción que le habían atiborrado la mente, presentando la mafia rusa como la más brutal de todas las organizaciones criminales. Pero no podía ignorar las entradas y salidas del hombre calvo y trajeado, cada vez más impaciente, sus continuas llamadas telefónicas, sus cuchicheos con los otros hombres, las miradas frías que le lanzaba… Finalmente, captó una conversación en español. Sus oídos se aguzaron y lo que oyó lo dejó atónito.
-Sí, ¡ja, ja, ja! … Como lo oye. Con esa mierda, nos ahorraremos al menos medio millón de euros por día. Sí… Reducirá todos los costes de la tuneladora… Ja, ja, así es. Cuando vean la demostración nos otorgarán la concesión de la obra… Por supuesto.
La tuneladora. De pronto, Diego lo vio claro como el día. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Su fenomenal producto abrasivo iba a substituir el trabajo lento, penoso y carísimo de una gigantesca máquina excavadora.
Reduciría el trabajo. Reduciría los costes. Y aquellos mamones, pensó, conseguirían la concesión de innumerables obras y se forrarían de millones a costa de su producto. De su invento.
Y, de pronto, se indignó. Cuarenta mil miserables euros no pagaban aquel negocio redondo.
Su reloj marcaba las cinco de la madrugada cuando tuvieron los mil litros de preparado, convenientemente mezclado y envasado en las garrafas. El calvo alargó a Diego un papel, del cual apenas pudo leer nada. “Un recibo”, le indicó el hombre de la calva, en un tono que no admitía réplica.
Con dedos torpes, Diego firmó.

El guardaespaldas extrajo el fajo de una maleta, que a buen seguro contenía otros muchos como aquel, se sacó una goma de pollo del bolsillo y sujetó con ella los billetes. El calvo se lo tendió pero cuando Diego alargó la mano, se detuvo.
-Recuerde una cosa, señor Garrido –su voz sonó amenazadoramente serena-. Este dinero paga su trabajo y su silencio. ¿Me entiende?

Diego asintió, tragando saliva, y lo embutió en su bolsillo, tembloroso. Apretón de manos, escolta hasta el ascensor, subida al vestíbulo y a la calle. El sol lo deslumbró pero apenas tuvo tiempo de mirar a su alrededor. El guardaespaldas lo obligó a meterse en el vehículo y lo dejó lejos de allí, junto al parque de la Ciudadela, despidiéndolo con un gesto. Diego regresó andando a su casa, con la mente en una nube y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.

Cuando por fin ganó la seguridad del palomar, apenas sintió el dintel tras el consabido coscorrón. Trastabillando, llegó a la puerta, introdujo la llave en la cerradura casi a tientas y, tras cerrar la puerta, se derrumbó en la cama deshecha, sin quitarse la cazadora ni los zapatos siquiera. Lo último que recordó, antes de caer dormido, fue el tacto del abultado fajo de billetes en el bolsillo del pantalón y el escozor intenso en los ojos.

Despertó a media tarde, con el currucucú de las palomas armando alboroto en la azotea. Alguna atolondrada golpeteó el cristal de la ventana, antes de remontar el vuelo hasta el tejado. Diego entreabrió los párpados, doloridos e irritados, y desvió la mirada hacia el reloj digital de su muñeca.

¿Las seis? ¿Hasta tan tarde había dormido? Se puso en pie, sobresaltado. “Joder, ¿qué hago acostado… con zapatos? El peso en el lateral de su pantalón lo devolvió a la realidad. Palpó los billetes. Se frotó la frente. Caminó arrastrando los pies hasta el espejo del lavabo. No, no había sido una pesadilla.

Contó y recontó los billetes, esparciéndolos y amontonándolos sobre su escritorio, entre los lápices, las borraduras de goma y las tiras de Joshua y Angelina. Cuarenta mil euros. ¿Qué demonios hacer con todo eso?
Descartó abrir una cuenta en el banco. Jamás había tenido una, ni la necesitaba. “Sería sospechoso. Viviendo en este barrio, tendría a la poli detrás de mí en un periquete”. Podía mudarse e ir vivir a un apartamento grande, moderno, limpio… Aunque, pensándolo bien, una casa grande sólo le daría más trabajo. Más espacio que ordenar, más que limpiar. “Bah, ya estoy bien aquí. Además, en el barrio todos me conocen y nadie me molesta cuando quiero dibujar…” No vale la pena. Luego pensó que podría autoeditar su obra, lanzar una tirada de sus comics e intentar distribuirla y venderla por todas las librerías. ¡Sí, esa sería una buena inversión! Pero pronto se desanimó. La distribución sería cara, tendría que luchar por vender cada uno de los libros… No, valía más esperar que alguna editorial la valorara en su justa medida, y ahorrarse tantos afanes. También podía montar una pequeña imprenta digital, pensó, y así publicar sus obras y las de tantos artistas anónimos muertos de hambre, como él. Su veta solidaria afloró, durante unos minutos de euforia soñadora. Pero la realidad se impuso de nuevo. Una cosa es la inversión inicial, otra mantener el negocio… Si no funciona, en poco tiempo puedo estar en la ruina de nuevo. Mejor no complicarse la vida.
Una lucecita perversa se encendió en su mente. Ah, podía emplear otros métodos… Con esa cantidad, podía sobornar a algún periódico de gran tiraje para que publicara sus viñetas, al menos durante un tiempo. Estaba convencido de que los personajes gustarían tanto que los propios editores le pedirían que continuara trabajando para ellos. Sí, esa era una buena idea… que acabó descartando, también. Y no por exceso de de honradez, sino por orgullo. “No. Si mis tiras se publican, será por mérito propio, no porque haya comprado a nadie. Será porque lo valen”.
Y así, dándole vueltas al asunto y manoseando los billetes nerviosamente, Diego cayó en la cuenta de que todo aquel dinero no le serviría para ayudarlo a alcanzar sus sueños.

* * *

Transcurrieron varios días de inquietud e insomnio, días en que hasta la inspiración huyó de él, instalándose en el palomar un permanente desasosiego, un negro temor. Como fugado de la justicia, Diego rehuyó la presencia humana de sus vecinos, de Omar e incluso de sus amigos, Lolo y Chema, quienes se cansaron de dejarle mensajes en el móvil. Escondió los billetes en los lugares más inverosímiles de su cubil, cambiándolos de escondite cada dos por tres, temiendo ser descubierto de un momento a otro. Salía al anochecer, tan sólo para comprar coca cola, un shawarma para cenar y la prensa diaria, temiendo ver, cualquier día, una noticia alarmante en portada: “Terroristas rusos perpetran un atentado con productos químicos explosivos”. “Descubierto laboratorio de armas químicas en un sótano de la villa olímpica”. “Socavón inexplicable en las obras del AVE en…”
Por fin tomó una determinación. En un súbito arranque de inspiración, decidió invertir sus cuarenta mil euros en aquello que accidentalmente le había procurado la prosperidad: su desatascador.

* * *

Decidió mejorar la fórmula. Hizo pruebas. Con menor concentración de producto, “el Ariete” podía funcionar… Y funcionó. Se alió con Omar, el paquistaní. Alquilaron un localito y compraron producto al por mayor. Contrataron a una administrativa y un par de comerciales a comisión dura, dos latinos sin papeles con una labia sin igual. Diego diseñó nuevas etiquetas, que, esta vez, hizo imprimir a todo color. Compró un ordenador portátil nuevo y creó una página web. Y se dispusieron a distribuir “el Ariete”, puerta a puerta, por toda la ciudad, y en la red.

Al cabo de un año, Diego abría su primera cuenta bancaria con ciento treinta y cinco mil euros en depósito.

Al cabo de dos, abrió su primera sucursal, con oficina y central de llamadas. Omar era el gerente, tenía diez empleados y los latinos –ya con papeles- actuaban como jefes de comerciales y responsables de exportaciones. Facturó doscientos mil euros más.

Al cabo de tres, habiendo perdido la cuenta de sus ganancias, se presentó a un concurso. No de cómic, ni de dibujo, sino de “jóvenes emprendedores”, organizado por la federación de empresarios de la ciudad. Por su brillante y original iniciativa de venta de productos higiénicos a domicilio y por Internet… quedó finalista.

En la cena de entrega del premio, ocupó mesa junto a sesudos señores de la élite empresarial y política barcelonesa… Y, ¿quién era aquel señor barbudo, con su pipa, vestido de traje negro y con gemelos de brillantes, que lo miraba escrutador? Nada menos que el “director”. El director del periódico en el que siempre había soñado publicar…

Angelina y Joshua lo habían acompañado siempre. Jamás había dejado de tener un tiempo para ellos, en sus años de expansión empresarial. Y Diego supo que aquella noche era su oportunidad. Allí, en la mesa redonda, entre copas de cristal de bohemia, puros habanos y centros de orquídeas, supo que debía presentar batalla.

Y la libró. “Envíeme unas muestras”, le dijo el director.

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Cuatro años y un mes después de una llamada singular, Diego Garrido publicó su primera tira de Joshua en un gran rotativo de la ciudad. Seis meses después, Angelina se convirtió en la heroína de miles de adultos y adolescentes, ávidos de inocencia mezclada con cáustico humor. Y una conocida empresa de ropa se lanzó a comercializar bolsitos de charol y camisetas con su efigie.

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Seis años después, Diego ya no vive en un lóbrego palomar del Raval. Pero aún lanza sus zapatos al aire cuando entra en el elegante ático de la Avenida de Sarriá; aún se derrumba vestido en la cama de metro sesenta con edredón de seda, que la chica de limpieza se empecina inútilmente en alisar, y su inmenso escritorio de metacrilato, iluminado por un foco halógeno, no da abasto para contener los papeles, la tinta, los lápices y las borraduras de goma…

A veces se detiene a pensar. Nunca supo más del hombre calvo del traje gris, de su guardaespaldas ni de sus compinches. Pasaron por su vida como un sueño, una pesadilla fugaz. Pero dejaron algo muy real. En medio de la abundancia, Diego mira por los ventanales impolutos de doble cristal de su ático. A un lado ve el Tibidabo, al otro puede ver el mar. Sólo echa de menos una cosa. Las palomas. Nunca creyó que las llegaría a añorar. Aún recuerda el cucurrucú, el jaleo de alas revoltosas, el olor que llegó a detestar… Lo añora intensamente, cuando sale ya anochecido para recorrer las calles del Raval, para encontrarse con Omar a pasar cuentas y tomarse un Shawarma en el garito de la esquina, en compañía de Lolo y Chema, a la sombra del bloque destartalado que fue su hogar.